Cuba: ideología e identidad


José Steinleger

La cresta de la confusión entre identidad e ideología se alcanzó a inicios del decenio de 1990, cuando los partidos políticos de América Latina (sin excepción) fueron centrifugados por las hélices de la licuadora neoliberal: apoliticismo posmoderno, implosión en los países del socialismo real, y el cuento de la democracia “como en España y Chile… ¿ves?”.

Pocos años después, con la aparición del EZLN en Chiapas (1994) y el triunfo electoral del Movimiento Quinta República en Venezuela (1998), la identidad nacional y popular de nuestros pueblos volvió por sus fueros. Observación: adictos al simplismo, abstenerse. El articulista no está pensando en nacionalismo y populismo.

La identidad es un concepto subjetivo porque depende de una elección. Podemos cambiar de nombre y nacionalidad. En cambio, cuando políticamente nos expresamos desde lo nacional y popular (una sabrosa enchilada suiza, la defensa de los compañeros de Atenco), fijamos posición objetiva frente a lo que se le opone: la identidad cosmopolita y elitista.

Observación dos: la sustitución de la una identidad por la otra es tarea vana, pues en el mundo de hoy ambas funcionan como vasos comunicantes. Aunque la una, a expensas de la otra. Entonces, si la pretensión apunta a separar la paja del trigo, conviene tener claro si pensamos (o no), con criterio nacional y popular.

Observación tres: el pensamiento nacional y popular no consiste en prescindir de saberes originados fuera del país, sino en valorar las potencialidades del propio para visualizar los resortes de la dominación interna, y las presiones externas que nos impiden ser mejor de lo que somos.

A muchos intelectuales y políticos les atrae más recorrer el camino inverso. El costo va de suyo: aspirar a ser (en el mejor de los casos y sin garantías para ello) talentosos versificadores de lo que otros pensaron y consiguieron, piensan y consiguen en lugares y situaciones distintas a la propia. O, de plano, en cotorras del marxismo y el liberalismo de importación.

Observación cuatro: si en los países ricos (o sea, imperialistas) la exaltación de lo nacional y popular siempre ha sido igual a racismo, exclusión y discriminación, en los países pobres (o sea, saqueados y explotados) conlleva igualdad, derechos, justicia, inclusión.

Las prodigiosas realizaciones de la ciencia y la tecnología no son malas porque fueron engendradas por el capitalismo altamente desarrollado. Son malas (y sin comillas), porque sus beneficios y aplicaciones excluyen a tres cuartas partes de la humanidad.

En consecuencia, desde lo nacional y popular deberíamos preguntarnos por qué nuestros magnates, en lugar de invertir en actividades productivas, sólo aspiran a especular y figurar en la nómina de la revista Forbes. ¿No es triste verlos tan felices y serviles cuando, a la hora de cortar el pastel, los países imperialistas les dan una patada en el culo y, cuanto mucho, les permiten servir la mesa del festín neoliberal, quintaesencia del crimen organizado?

¿Cómo reformular una causa noble que aún es idea? El socialismo no figura en la agenda política de movimientos y gobiernos con identidad nacional y popular (lopezobradorismo en México, kirchnerismo en Argentina) ni en procesos emancipadores que lo invocan (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua): sus políticas son capitalistas.

El socialismo cubano, que responde a otras coordenadas, ha empezado un gran debate para ver cómo apuntalar su economía y conquistas sociales. Lo cierto es que la suerte de la revolución depende, como nunca, de las iniciativas de cooperación, integración y solidaridad que en América del Sur se han puesto en marcha.

A ver, chamanes de las ideologías reveladas: ¿a qué le juegan? No le pidamos más a la revolución cubana, que ya hizo demasiado por quienes la respetan, y por quienes aseguran respetarla peeeeero… Y en este para nada inocente peeeeero, antes que el derecho a la crítica subyace el perfeccionismo marxista, persuadido de que por operación de la Gracia Divina es posible alcanzar y mantener la perfección moral que los trabajadores de verdad serían los primeros en deplorar.

Si queremos ayudar a Cuba, evitemos aturdirla con señalamientos que, a más de ignorar las potentísimas reservas de su identidad nacional y popular, le dictan a control remoto el catecismo de la revolución proletaria mundial. “Como bien recalcaba Lenin…” ¡Por Ochún! Estos recursos verbales de autoridad ya suenan a logia de carbonarios.

Los presupuestos marxistas que se transmiten con frenesí notarial han sido causa de graves perturbaciones ideológicas y sicológicas. ¿Que en 32 páginas de un documento económico-social destinado al congreso del partido de abril 2011, la palabra socialismo aparece sólo tres veces?

Con algunas páginas más, el único momento en que Marx usó en El Capital la palabra revolución, fue para referirse a la técnica. Por último, si mal no recuerdo, Marx dijo en la sexta tesis sobre Feuerbach: El hombre es el conjunto de sus relaciones sociales. Ya lo ve, nadie está exento de apelar a la autoridad. (Tomado de La Jornada)

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