Bértolo: “La rabia individual es fácilmente asumible por el sistema”


Carlos Pérez

Constantino Bértolo

Constantino Bértolo

El editor y ensayista Constantino Bértolo es uno de los fundadores de la Escuela de Letras, la primera de este tipo creada en Madrid. Como referencia política de la edición en español, Bértolo cree que, a pesar de la situación de crisis económica la burguesía está atravesando su Siglo de Oro “con la imposición sin aparentes alternativas de su lógica constituyente: la lógica de la rentabilidad. Ocurre sin embargo que el avance de esta lógica, la ola neoliberal, crea toda una serie de contradicciones: si ya todo es mercancía, lo sagrado –el arte– deja de tener lugar y los sacerdotes quedan secularizados, es decir, convertidos en productores de fetiches, todavía portadores de los restos del aura pero desposeídos por tanto de sus tradicionales privilegios”.

¿Qué papel cumples dentro de un grupo como Random House?
Caballo de Troya supone para la multinacional a la que pertenece, Random House Mondadori, una especie de “invernadero” o laboratorio centrado en el trabajo de exploración hacia nuevos autores, nuevas voces y nuevas literaturas, con el objetivo interno de encontrar escritores que en algún momento pudiesen nutrir a las editoriales literarias, Mondadori, Lumen, con mayor peso y visibilidad dentro del grupo. Ése es el objetivo marcado que conlleva un dato colateral, pero básico: la empresa no pide al proyecto beneficios económicos directos. Éste es para mí el “rasgo diferencial” del proyecto, porque este dato es el que permite leer los originales que llegan sin atender a criterios de rentabilidad a corto plazo. Eso supone un “leer diferente”. No digo que mejor: diferente.

Hasta qué punto eres libre de editar lo que quieres. ¿Hay algún límite? ¿Dónde está?
No, no soy tan ingenuo como para creerme que soy un editor libre. Tampoco soy un editor independiente, por mucho que la editorial haya buscado situarse en ese perfil. Soy un editor, un director literario, con autonomía relativa a la hora de leer y decidir la programación. Pero autonomía no es soberanía. La autonomía es siempre el resultado de un desequilibrio en la relación de fuerzas: se es autónomo respecto a un poder superior. Sé que el trabajo de la editorial tendrá sentido para la empresa siempre y cuando cumpla con sus objetivos: el trasvase en un número razonable de autores a las editoriales que soportan con más fuerza la exigencia de rentabilidad. Ése es el pacto, si de pacto puede hablarse existiendo una relación laboral por el medio. Y lo que trato de editar, de “hacer público”, es una literatura con vocación de intervenir y con voluntad de interpelar.

¿Sería tu trabajo distinto en una editorial sin grupo?
Sería radicalmente distinto. En un gran grupo, los beneficios directos o indirectos pueden establecerse desde una estrategia económica a medio plazo. Con capital propio, y salvo que uno sea rico por su casa –suelo afirmar, medio en broma, que para ser editor lo mejor es ser catalán y rico–, el negocio editorial obliga a trabajar con toda una serie de variables económicas que determinan en buena parte el criterio editorial. Trato de ser, en lo posible, un editor “pendiente”. Pendiente de lo que entiendo que esta sociedad reclama más allá o por debajo de sus demandas domesticadas y prefabricadas. Pero confieso que a veces tengo nostalgia de la dependencia económica directa. La rentabilidad funciona, queramos o no, como brújula de la actividad, de cualquier actividad. En realidad es la única brújula legitimada en nuestra sociedad. He tenido que establecer otra: el número de originales que me llegan me sirve para ponderar su recepción.

Parece que trabajar para el capital es un problema con el que se debe enfrentar todo escritor/ editor que cobra por su trabajo, ¡¡pero…!!
Bueno, lo que hemos venido llamando arte y literatura son construcciones históricas profundamente ligadas a las castas sacerdotales, ya religiosas, ya políticas. Arte y literatura son producto del “excedente” e históricamente han contribuido a que ese excedente siga gestionado por unas clases dominantes que entienden el arte como un espejo, en plan madrastra de Blancanieves, donde verse como los más guapos, superiores, y legitimados para ejercer su poder. De forma brutal podríamos decir que la literatura ha venido suministrando los textos de autoayuda necesarios al respecto y este reflejo sólo ha sido puesto en duda cuando los movimientos de emancipación pusieron en cuestión su hegemonía. Frente a esa amenaza, las clases dominantes reaccionaron y siguen reaccionando con enorme agresividad estética: la política nada tiene que decir sobre el arte. La burguesía siempre ha pagado a sus sacerdotes, bien a través del mecenazgo, bien a través del mercado.

La proliferación de editoriales y pequeñas librerías, esta apertura de macroespacios institucionales (Matadero, Casa Encendida, etc.) o mixtos (Tabacalera) a prácticas culturales más o menos críticas, incluso a la intromisión de los movimientos, ¿a qué puede responder? Uno, a veces, piensa que nuestra producción cultural es estructuralmente inofensiva y que no hace sino canalizar y moderar la rabia.
No me preocupa tanto la canalización de la rabia como la domesticación de la imaginación que la institucionalización de las actividades críticas puede representar. Si esto fuera una guerra –y para mí la lucha de clases lo es– hablaríamos de maniobras de diversión en las retaguardias dando cancha a los pacifistas y opositores internos para que no se les ocurra lo necesario: pasarse al enemigo. La rabia individual es fácilmente y favorablemente asumible por el sistema, incluso por la televisión; la rabia grupal, llamémosla punk, mientras se oriente a okupar espacios en barbecho, requiere mayor vigilancia, pero no parece capaz de generar altos riesgos (salvo que se dedicase a okupar bancos, cuarteles o empresas). Lo peligroso para el sistema es la rabia colectiva organizándose para el asalto y a ese respecto no deja de ser llamativo –llega con comprobar qué memoria se está forjando de la Guerra Civil– el fomento por doquier, por tierra, mar y letra, de la sospecha y el descrédito hacia las organizaciones de clase, incluso y muy especialmente, en el seno de los movimientos sociales.

(Tomado de Diagonal)

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