Investigación de AP: graves errores en la CIA y responsables promovidos


WASHINGTON (AP) – En diciembre del 2003, unos soldados abordaron un autobús en Macedonia y se llevaron a un ciudadano alemán llamado Khaled el-Masri. En los cinco meses siguientes, el-Masri fue un fantasma. Solo un selecto grupo de agentes de la CIA sabía que lo habían llevado a una prisión secreta para interrogarlo en Afganistán.

Pero habían capturado a la persona equivocada.

Una impulsiva analista de la CIA había embarcado a la agencia en lo que resultó un tremendo papelón diplomático. La analista, no obstante, no fue castigada. De hecho, siguió trepando en la agencia.

Ese es apenas uno de numerosos ejemplos de la impunidad reinante en el interior de la CIA, donde la supervisión de sus empleados es inconsistente e imprevisible, según funcionarios del mismo organismo.

En los años que pasaron desde los ataques del 11 de septiembre del 2003, los agentes que cometieron errores que generaron la detención, e incluso la muerte, de personas inocentes no fueron castigados o recibieron llamados de atención menores, según una investigación de la AP.

Por más que el presidente Barack Obama haya tratado de dar vuelta a la página del escándalo derivado del programa de interrogatorios secretos de la CIA, muchos funcionarios que cometieron errores importantes ocupan hoy cargos prominentes en la agencia.

La analista del caso de el-Masri, por ejemplo, ocupa uno de los principales puestos en el Centro Antiterrorista de la CIA.

La investigación de la AP reveló que la CIA tiene un sistema disciplinario en el que pasan años antes de que se tome una decisión, aplica castigos en forma incoherente y dentro de la misma agencia reina la impresión de que abunda el favoritismo. Cuando hay castigos, rara vez involucran a los jefes.

“Si alguien comete un error grave, no puede seguir trabajando en la agencia”, sostuvo el ex senador republicano Kit Bond en noviembre, cuando completó su período en la Comisión de Inteligencia del Senado. “Hemos visto caso tras caso en los que no hubo consecuencias” para las malas acciones.

Por ejemplo, cuando un sospechoso de terrorismo murió congelado en una prisión de la CIA en Afganistán en el 2002, el inspector general de la CIA responsabilizó a Matt, quien dirigía el centro de detención, y expresó dudas respecto a Paul, el agente de mayor jerarquía en ese país. La CIA, sin embargo, no le impuso castigos a ninguno de los dos.

Igual que la mayoría de las decenas de personas que entrevistó la AP, los funcionarios hablaron a condición de no ser identificados porque no estaban autorizados a hablar públicamente.

La AP identifica a Matt, Paul y otros agentes encubiertos de la CIA con nombres parciales porque son figuras centrales en la investigación de quiénes rinden cuentas por sus actos y quienes no y porque su testimonio aumenta la credibilidad de la investigación de la AP. La política de la AP es usar nombres completos toda vez que sea posible, pero determinó que ni siquiera los servicios informativos comerciales más sofisticados podrían averiguar los nombres completos de los agentes o sus direcciones, a partir del nombre de pila y del dato de que trabajan para la CIA. La AP omitió incluir cualquier dato que podría ayudar a identificarlos.

La CIA pidió que no fuesen identificados ni siquiera con nombres de pila, diciendo que ello podría beneficiar a los terroristas y a naciones hostiles. El portavoz de la agencia George Little dijo que la decisión de la AP era un acto de “imprudencia”, pero no suministró información alguna sobre amenazas. En el pasado la CIA ofreció argumentos detallados al solicitar a la AP y otras organizaciones noticiosas que no publicasen o demorasen la publicación de determinada información por considerar que comprometería la vida de agentes o la seguridad nacional, pero ello no sucedió en este caso.

La CIA revisa rutinariamente libros de agentes retirados y les permite identificar a sus colegas con el primer nombre y la inicial del apellido, incluso cuando siguen trabajando en la agencia. El organismo afirmó que solo ellos están en condiciones de tomar esas decisiones luego de analizar cada caso.

Paul llegó a ser director de la División del Cercano Oriente, que supervisa las operaciones en el Medio Oriente. Matt completó asignaciones en Bahrain, Afganistán y Pakistán, donde fue subjefe de operaciones tribales.

En otro caso que involucra el mal trato de un detenido, un interrogador llamado Albert apuntó a la cabeza de un sospechoso de terrorismo con un arma y con un taladro sin broca en una prisión secreta de Polonia. El inspector general dijo que se había tratado de un “simulacro de ejecución”, algo que está prohibido en Estados Unidos. Albert recibió un llamado de atención. Su supervisor Mike, quien dirigía la prisión, se jubiló durante la investigación.

Albert siguió trabajando en la CIA hasta que se jubiló. Y luego volvió como contratista. Ron, el jefe de estación de Polonia que presenció el episodio y no hizo nada por impedirlo, dirige hoy la División del Centro de Europa.

Little, el vocero de la CIA, aseguró que la agencia tiene un vigoroso proceso de supervisión de sus empleados. El director de la CIA Leon Panetta despidió varios empleados que cometieron irregularidades, dijo Little.

“Cualquier insinuación de que la agencia no se toma en serio su obligación de estudiar las fallas de un empleado –incluidas las de quienes ocupan puestos altos– está equivocada”, manifestó.

Cuando un agente se pasa de la raya, las acciones disciplinarias se llevan a cabo generalmente en secreto. En casos complicados, se puede designar una comisión para analizar el asunto. Pero la última palabra la tiene el director.

Estas revisiones, junto con las investigaciones del Departamento de Justicia y del Congreso, pueden mantener las carreras de los agentes en el limbo por años y dejan a muchos empleados preguntándose por qué algunos fueron castigados y otros no.

En el caso de el-Masri, si bien había agentes que dudaban de que se tratase de un terrorista, Frances, una analista sin experiencia de campo, insistió en que fuese detenido y llevado a una cárcel secreta fuera de su país para ser interrogado. La AP aceptó una solicitud de la CIA de que se usase su segundo nombre porque el primero es muy inusual y sería fácil identificarla.

Los altos mandos fueron informados y una abogada del Centro Antiterrorista, Elizabeth, aprobó la operación, según ex agentes.

El inspector general de la CIA concluyó que no hubo justificación legal para la detención de el-Masri.

El informe cuestionó duramente a Frances y dijo que el análisis legal de Elizabeth había sido malo. No se mencionaron fallas de ningún alto mando.

El director de la CIA de entonces, Michael Hayden, decidió que era necesario hacerle un llamado de atención a Elizabeth, según funcionarios en servicio o jubilados. No se tomaron medidas contra Frances, según le comentó ella algunos colegas, porque no querían que los agentes se sintiesen inhibidos a la hora de actuar.

Frances dirige hoy la unidad Yijad Global de la CIA, dedicada a combatir a al-Qaida, mientras que Elizabeth es asesora legal de la división del Cercano Oriente.

Panetta, el actual director de la CIA, podría estar imponiendo más medidas disciplinarias. Desde que asumió, un centenar de empleados fueron sometidos a revisiones disciplinarias, según un agente del servicio de inteligencia. Incluidos varios jefes altos. Muchos fueron despedidos o renunciaron.

El año pasado, Panetta castigó a 16 agentes o ex agentes involucrados en un fiasco ocurrido en Perú hace una década. Un avión civil fue abatido al pensarse que transportaba drogas y en el incidente murieron un misionero estadounidense y su hija.

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