“No permitamos que un criterio gerencial extraliterario mantenga arrinconado a cada país”


Roberto Hernández Montoya

Roberto Hernández Montoya Foto Diario Región

Discurso de Roberto Hernandez Montoya en ocasión de la entrega del XVII Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos.

Gabriel García Márquez terminó de escribir Cien años de soledad en 1966 y la envió a Buenos Aires por correo, en dos bultos, porque no tenía dinero para un solo envío ni para hacer siquiera una copia al carbón. Riesgo calculado. «Más vale que sea buena», dijo su esposa. El año siguiente la Editorial Sudamericana publicó la novela, en menos de dos semanas ya se agotaba en las librerías de la América Latina y durante meses casi no se habló de otra obra en los círculos literarios del continente.

Fue la época del Boom Literario. Hay quienes sostienen que esa bonanza fue una maniobra comercial de las editoriales, pero tan ilustres teorías literarias tendrán que explicar qué clase de infraestructura comercial puede generar por sí sola un resultado estético tan formidable. Me refiero a aquellas remotas editoriales vocacionales, casi artesanales, a veces constituidas por asociaciones de quienes escribían o por individuos abnegados. Pocas había tan grandes como para llamarlas multinacionales y aun ellas escasamente perturbaban el horizonte literario. Eran mediadoras, pues obviamente el Boom no fue un plan tortuoso, pero aquella red de editoriales fue lo suficientemente sólida como para servir de plataforma para esa explosión estética, que aún nos dura, y que fue precedida por ilustres y numerosas literaturas que toda lectura alerta conocía en el continente americano. Muchas figuras pasaron de ser nacionales para volverse latinoamericanas: Sor Juana, Vallejos, Mistral, Borges, Ibarburu, Cortázar. Es paradójico que esa estructura sea ahora más maciza pero incapaz de interconectarnos.

Es que hoy es otra cosa. Como la mayoría de los medios privados de comunicación, casi todas las editoriales cardinales se conglomeraron en corporaciones gigantes que han devorado casi todas aquellas casas de edición.

Uno pasea por las ferias del libro, grandes, pequeñas, medianas, internacionales, nacionales, municipales y constata que predominan en ellas los libros de autoayuda, chismes de casas reales, de farándula, que revelan quién se ha llevado mi queso y denuncian que la culpa es de la vaca. Todo rociado de algunos clásicos. No es que no publican obras de valor. Las distinguidas con el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos son un ejemplo de que se pueden hallar libros magníficos en esas grandes corporaciones. No es ese el problema.

Tampoco es ahora que obras de poco valor reciben el privilegio de la tinta. Desde la invención de la imprenta hay toneladas de novelas rosa, prensa del corazón, memorias olvidables y hasta libros de caballería que volvieron loco a uno en cierto lugar de La Mancha. Tampoco es ese el problema, si problema es, pues el derecho a leer incluye el de elegir soberanamente.

El problema está más abajo porque viene de más arriba. Es decir, alguna doctrina gerencial de las grandes corporaciones tiene como efecto la balcanización de nuestras literaturas. La mayoría se ilusiona porque una de esas empresas publica sus obras, solo para verse bajo secuestro dentro de las fronteras de su país. Ese es el resultado y no es bueno. No quiero pensar que sea un objetivo deliberado y avieso para mantenernos separados, tanto como durante siglos lo hemos estado en lo político, económico y militar. Nos lo han impuesto los imperios para mantenernos débiles y fácilmente dominables. Antes estábamos dominados y balcanizados, pero nos leíamos y admirábamos mutuamente, lo que contribuyó a mantener cohesionada la identidad de la que Martí llamó «nuestra América».

Sea como sea, deliberado o no, el hecho es que en este presente de lucha en cada país conocemos con mucha dificultad la novedad literaria de cualquier otro país y hasta de España.

Es conocida la política imperial española de mantener sus colonias aisladas entre sí. No podíamos comerciar con las demás colonias sino con la metrópoli. En parte del siglo XVIII en Venezuela la Compañía Guipuzcoana monopolizó el comercio. Todo debía pasar por ella, tanto importaciones como exportaciones.

Por supuesto que no fue así de modo absoluto; el contrabando compensaba aquel ahogo y también generó levantamientos. La propia Compañía introdujo libros prohibidos en la Península, como los de la Ilustración, razón por la cual muchos países siguieron el ejemplo que Caracas dio.

Pero por debajo de la Guipuzcoana y demás estructuras comerciales similares, había artes y veredas para el contrabando, que se volvió modo y medio de vida. No era fácil controlar tantos kilómetros de costas, sin radares, sin satélites, sin patrulleras motorizadas y sobre todo no podían controlar el mantuanaje, cada vez más poderoso, que mantenía un equilibrio tenso con la Corona y terminó conspirando y levantándose contra ella.

Hasta ahora hemos hilado pocas alternativas a este cerco. Dos de esas alternativas son venezolanas, es decir, ejemplos que Caracas sigue dando. Vamos a verlas.

La primera que citaré es la política editorial del Estado venezolano. Los Ministerios del Poder Popular para la Cultura y el de Comunicación e Información, entre otros, editan libros en cantidades que ya es ocioso seguir midiendo, que han permeado todo el tejido social y que cuando no son baratos es porque son gratuitos. Libros de la más alta calidad gráfica y de la más amplia variedad de diseños, géneros, épocas y musas ideológicas. Se ha creado una nueva editorial para ediciones que por masivas no son de menor calidad: El Perro y la Rana. Se ha instalado una Imprenta Cultural que edita millones de libros, periódicos, revistas, carteles y todo tipo de material impreso. Se ha creado una red de imprentas regionales. Nunca en Venezuela se produjeron tantas revistas culturales y de calidad tan elevada como ahora. Hemos creado una Distribuidora del Libro, hemos ampliado la cobertura de la red de Librerías del Sur. Se han fortalecido las editoriales de siempre.

Otro hecho que forma parte de este esfuerzo es la alfabetización de 1.500.000 personas en tiempo récord, inmediatamente incorporadas al sistema educativo formal desde la primaria hasta la universidad.

Y hay que contar también el libro electrónico gratuito, legible y audible, a través de los sitios Web de Cultura y Comunicación e Información, particularmente la Biblioteca Ayacucho.

La otra alternativa venezolana a la balcanización literaria es el sistema de premios. Algunos, como este Rómulo Gallegos, son de larga data. Pero también están otros, muchos nuevos, como el Premio Libertador al Pensamiento Crítico, el Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora, el Premio Internacional de Ensayo Mariano Picón Salas, el Premio de Investigación sobre la Emancipación, el Premio de Poesía Fernando Paz Castillo. Estas y otras distinciones, recientes o más tradicionales, contribuyen a orientar la lectura y son nuestro instrumento autónomo de legitimación. Blanco nocturno ya circulaba en nuestras librerías, pero quienes no la conocían ya tienen su mirada puesta en esa novela laureada por este y otros galardones y que ahora es más accesible al bajo precio en que la estamos ofreciendo desde hoy. La nueva literatura se ha visto consagrada por este premio Rómulo Gallegos y si no consagrada ha visto su obra consolidada. Los premios en general contribuyen a franquear las aduanas literarias que represan el torrente creador de nuestros pueblos.

A veces por estar dentro del fenómeno nos cuesta verlo, pero el actual horizonte literario del país está siendo movilizado radicalmente por estos hechos, que apenas esbozo.

La lengua española goza hoy de más vigor que nunca, es hablada por cientos de millones de personas como lengua nativa y por una cantidad difícil de calcular de gente que la habla como segunda lengua. Poco se advierte y menos se dice que los Estados Unidos son uno de los más notorios países de habla hispana. La literatura producida hoy en esta lengua es abundante, variada y de alta calidad. No se justifica, pues, esta debilidad que nos está invadiendo como fenómeno externo.

La española es una lengua en la que es posible difundir ciencia y técnica, por ejemplo. Cualquier lengua puede nombrar el universo, pero algunas habladas por cientos de millones no se han insertado en el sistema educativo de Estado, lo que dificulta su empleo para la ciencia y la tecnología.

El castellano vive desde hace más de mil años y goza hoy de una literatura construida durante ese lapso, cada vez más rica y profunda, en un mundo en que no se pone el sol. Es el mismo sol aquel de Felipe II, solo que ahora «el claro sol de mi país» está alumbrando libertades, como decía el insomne Leoncio Martínez. Este acto de hoy es un testimonio crucial de ello.

No permitamos, pues, que un criterio gerencial extraliterario mantenga arrinconado a cada país. Hemos emprendido en nuestra América experiencias soberanas en el campo económico, político y hasta militar: el Alba, Unasur, Mercosur. Es hora, pues, de fortalecer esas experiencias afianzando las ya iniciadas, como el Alba Cultural y otras.

No pretendo ni tiene sentido cargar toda la responsabilidad a las grandes corporaciones; más bien me propongo llamar la atención sobre nuestras carencias, pues no debemos aspirar ni exigir que otros hagan el trabajo que nos corresponde como pueblos soberanos y que nos encomendó aquella gente integradora y emancipadora hace no menos de 200 años. Será el mejor homenaje que podamos hacerle. (Tomado de Aporrea)

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