Un libro sobre las relaciones raciales en Cuba*


Portada del libro "Las relaciones raciales en Cuba", publicado en La Habana por la Fundación Fernando Ortiz este 2011

Recientemente se presentó en La Habana el libro Las relaciones raciales en Cuba, un fragmento de cuya introducción reproducimos a continuación.

La historia de Cuba, desde el mismo siglo XVI, está signada por un intenso proceso de transculturación y mestizaje entre indígenas, africanos y españoles, no obstante las relaciones de dominación y explotación que lo marcaron. Téngase en cuenta que en la Isla, durante los tres primeros siglos de la Colonia, la esclavitud —aun cuando ninguna variante de esa institución pueda catalogarse de “blanda” ni se justifique— no alcanzó gran magnitud, acorde con el limitadísimo desarrollo socioeconómico del país, abandonado a su suerte y dependiente del sistema de flotas que anclaban en el puerto de La Habana en su ruta hacia España. Ello explica que, durante todo ese largo período de lento crecimiento de la población, se fuera formando un importante grupo de negros y “pardos” libres, que comenzó la histórica convivencia con los blancos de los sectores más pobres1.

Tal situación se extendió hasta la época de la ocupación de La Habana por los ingleses (1762), cuando la introducción de esclavos experimentó un brusco aumento. Para finales del siglo, con la Revolución de Haití y la consecuente explosión en la industria azucarera local, puede ya hablarse de la economía cubana como una economía de plantación esclavista, que alcanzó su momento culminante en las primeras décadas del siglo XIX. En general, entre 1763 Y 1800 fueron introducidos más esclavos que en toda la historia anterior de la Isla (Portuondo, 1965). Y este ritmo vertiginoso se mantuvo, no obstante la entrada en vigor, en 1820, del tratado sobre la abolición del tráfico de esclavos impuesto por Inglaterra a España. La trata ilegal continuó, debilitándose paulatinamente, hasta 1860.

En este período se refuerza el sistema de ideas y mitos acerca de la desigualdad racial, que apelaba a las diferencias raciales y culturales perceptibles para legitimar la explotación y la injusta estratificación social; y cuya influencia se evidencia aún hoy, sin que la hayan podido borrar los sucesivos cambios estructurales acaecidos a lo largo de nuestra historia. Siempre presentes, tales elaboraciones ideológicas se impondrían o cederían ante las nociones de igualdad racial, según los avatares del proceso de formación nacional.

Tanto es así que, justo coincidiendo con el esplendor plantacionista, en los años 1820, se oyen voces como la del padre Félix Varela, que en sus Memorias demuestra la necesidad de extinguir la esclavitud de los negros en la Isla de Cuba, atendiendo a los intereses de sus propietarios, anexas al primer Proyecto de Decreto sobre la abolición de la esclavitud en la Isla de Cuba, resalta los méritos de los africanos y sus descendientes, y mues­tra como los libres de color

 están casi todos dedicados a las artes, así mecánicas como liberales [ … ],   …la mayor parte de ellos saben leer, escribir y contar [ … ], … de su infortunio [sacaron] los originarios de África estas ventajas, pues hallándose sin bienes y sin estimación han procurado suplir estas faltas en cuanto les ha sido posible por medio de su trabajo, que no solo les proporciona una cómoda subsistencia, sino algún mayor aprecio de los blancos … (Varela, 1971: 272).

Varela defiende el derecho de los originarios de África a la libertad (p. 272); afirma que sus derechos “no son otros que los del hombre tan repetidos por todas partes [lo que], les hace concebir deseos muy justos de ser tan felices como aquellos a quienes la naturaleza ‘solo diferenció en el color’” (p.2 73); avizora que “el primero que dé el grito de independencia tiene a su favor a casi todos los originarios de África” (p. 274), y, lo más importante, otorga a los descendientes de esclavos carta de ciudadanía: ” … desde que las artes se hallaron en manos de negros y mulatos se envilecieron para los blancos. [ … ]. De aquí se infiere cuán infundada es la inculpación que muchos han hecho a los naturales de la Habana, por su poco empeño en dedicarse a las artes… Yo solo pido que se observe que esos mismos artistas oriundos de África no son otra cosa que habaneros [las cursivas son nuestras], pues apenas habrá uno u otro que no sea de los criollos del país” (p. 272).

Por el contrario, José Antonio Saco, discípulo de Varela, aun cuando dedicó numerosos escritos a luchar contra la trata y la esclavitud —también sin perjudicar los intereses de los propietarios— (Saco, 1938), excluyó a los negros de su concepto de la nacionalidad cubana. Saco utilizaba la voz “raza” como sinónimo de “pueblo”: raza cubana, española, africana, anglosajona… (Saco, 1971: 334-336).

Sirvan estos dos ejemplos de los puntos de vista contrapuestos que se sucedían o simultaneaban en el pensamiento cubano de la época. Ya durante las guerras independentistas comenzadas en el año 1868, que marcan el parto doloroso de la nación cubana, la presencia de las ideas racistas fue solapada por las necesidades libertarias. En las guerras lucharon codo a codo negros, blancos, chinos…, consolidando la amalgama biológica y cultural que nos caracteriza.

El proceso integrador que maduró en la gesta libertaria ocupa un importante lugar en la obra de José Maní. Bastaría recordar su sentencia de que “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro. Cubano es más que blanco, más que mulato, más que negro. En los campos de batalla, muriendo por Cuba, han subido juntas por los aires las almas de los blancos y de los negros” (Martí, 1965: 110). En sus labores de preparación de la “guerra necesaria” (1895-1898), en la búsqueda de la imprescindible unidad de todos los cubanos, no fueron pocos los espacios dedicados por el Maestro a atacar el racismo y la discriminación:

No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas (Martí, 1965:161-162).

El hombre no tiene ningún derecho especial por­que pertenezca a una raza u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos […]. Todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la humanidad (Martí, 1965:109).

También en el período interbélico, el Congreso Obrero de 1892 —en el que se destacó “la labor unitaria de E. Roig San Martín” por “la igualdad social y la unidad de los trabajadores” (Serviat, 1986: 65) —, se pronunció contra la discriminación y por la igualdad social.

Gran amigo de Martí, Juan Gualberto Gómez, aun cuando centró su “ingente labor pública” en la reivindicación del sector negro-mestizo, y se convirtió en “el más importante agitador social” de la época para dicha población (Mendieta, 1989:4)2, era contrario a organizar un partido político solo por la gente” de color”, pues sostenía la tesis de que la lucha por sus derechos no debía separar a negros y blancos, que debían unirse y redimir la patria común (Mendieta, 1989: 35).

Desde 1898 —en lo que fue notable la influencia de la ocupación norteamericana—, las expectativas de igualdad forjadas durante las guerras de independencia y luego de la abolición de la esclavitud fueron frustradas, y la participación de negros y mulatos en la vida socioeconómica y política de la naciente república se vio muy limitada y marcada por la discriminación.

Contra la unidad obrera entre blancos y negros que se gestaba y la integración de la población “de color”, se dirigió una política divisionista que perseguía fraccionar las “fuerzas nacionales y populares” como forma de dominio y explotación, que se incrementó desde el nacimiento de la república mediatizada (Serviat, 1986: 65). Por sobre el mito de la igualdad racial en Cuba volvió a imponerse la ideología de la supremacía blanca, con el predominio de estereotipos negativos sobre el negro y el desconocimiento de la herencia cultural africana.

En ese contexto, en 1908, surge el Partido de los Independientes de Color, con un avanzado programa de lucha que abogaba por la igualdad racial y la plena integración de negros y mulatos en la sociedad. En sus bases se proponía “mantener el equilibrio de todos los intereses cubanos, difundir el amor a la patria, desarrollar las relaciones cordiales [y] la conservación de la nacionalidad cubana”. Su divisa era: SIN PREOCUPACIONES DE RAZAS NI ANTAGONISMOS SOCIALES. Los reclamos referidos en específico al “problema racial” se dirigían hacia los derechos ciudadanos que eran prohibidos o escamoteados en la práctica social: acceso al cuerpo diplomático, enseñanza gratuita y obligatoria, incluyendo las artes y oficios, acceso igualitario y gratuito a la universidad, entre otros (Serviat, 1986: 82).

Es decir, la mayoría de sus postulados eran de carácter social general. Pero el partido fue acusado de racismo contra los blancos y, víctima de la represión, organizó una protesta armada en 1912, que culminó con una masacre racista considerada una de las páginas más vergonzosas de nuestra historia.

En lo adelante, sobre todo a partir de la década del veinte, las estrategias de lucha de negros y mulatos por sus derechos se desarrollaron con la participación de forma activa en el movimiento obrero y en los partidos políticos de izquierda, algo lógico si se tiene en cuenta la relativa coincidencia clase-raza que marcó la estructura socioclasista cubana desde los tiempos de la esclavitud. Paralelamente, se afianzó el reconocimiento de la contribución de negros y mulatos a la cultura nacional, y los elementos culturales y religiosos de origen africano penetraron la cultura dominante (Helg, 2000).

La historiografía cubana cuenta desde esa época3 con la encomiable contribución que hizo don Fernando Ortiz al conocimiento de las raíces etnoculturales de la nacionalidad, con una visión más sistémica de la cultura nacional y de la etnogénesis del pueblo cubano (1940 a y b; 1991; 1993).

El centro de su atención fue dirigido al rescate y revitalización del acervo cultural incorporado por los esclavos. El resultado son los numerosos trabajos de corte etnohistórico y etnográfico sobre el africano y sus descendientes, que abarcan los distintos momentos de su presencia en tierras americanas, desde el tráfico inhumano de esclavos, los horrores de la esclavitud, hasta una semblanza de la vida social del negro en los diferentes estratos de la sociedad colonial (1975, 1986). Se destacan además los estudios sobre las comidas, la música, los bailes y los instrumentos musicales de los africanos, así como también de su universo religioso (1920, 1921, 1922, 1923-1925, 1947-1949, 1956, 1957, 1965, 1981).

Las profundas investigaciones de Ortiz sobre la realidad cubana le permitieron conceptualizar el fenómeno estudiado la transculturación, a partir de un enfoque más dinámico y totalizador de los intensos y complejos procesos etnogenéticos que se operaron en las nuevas condiciones económicas y sociales de América, sin limitarlos a una simple aculturación del elemento dominado: lo concibió como un intercambio mutuo, dinámico, “un toma y daca”, cuyo fruto sería una nueva realidad (Ortiz,1940a:278; Malinowski, 1940:222).

Es imponderable, por último, la trascendencia de los trabajos de don Fernando al denunciar que “… en mi tierra el color oscuro en la piel llevaba implícitamente consigo una prejuiciosa consecuencia de inferioridad y vilipendio social transida de injusticias y dolores… “; y evidenciar la falacia de las teorías racistas, puestas al servicio de las ideologías fascista e imperialista: “lo más negro del negro no está en la negrura de su piel, sino en la de su condición social.” (Ortiz, 1943, 1945, 1951, 1953, 1955a, b, 1975).

Al nombre de Ortiz se vincula además la actividad de la Sociedad de Estudios Afrocubanos (1937) y su correspondiente publicación, que contribuyeron de manera notable a la revalorización cultural del negro y a la lucha contra el racismo; también la Sociedad del Folclor Cubano, igualmente interesada en el tema.

De las décadas del 40 y del 50, merece señalarse la repercusión que tuvo la lucha contra el fascismo y el racismo en sectores obreros, campe­sinos y juveniles, con la participación de notables personalidades, como Juan Marinello, Nicolás Guillén4, el propio Ortiz, entre otros; así como la acción de la Federación de Sociedades Negras, dirigida a lograr una legislación contraria a la discriminación racial, y que fuese aprobada por la Asamblea Constituyente de 1940. En torno a este objetivo se integraron otros sectores y se creó una fuerza social que logró la proclamación, en la Constitución del 40, de la igualdad de todos los cubanos y la ilegalidad de la discriminación racial; aun cuando, por algún tiempo, ambas aspiraciones quedaran en letra muerta.

En 1959 triunfa la Revolución Cubana que, hacién­dose heredera de lo mejor del pensamiento martiano, emprendió el camino de profundas transformaciones, en las que el racismo y sus bases socioeconómicas y culturales quedaron muy maltrechos. Ya en el propio año 1959 aparecen en los discursos e intervenciones de Fidel la preocupación y el llamado a la lucha contra la discriminación y los prejuicios raciales como una obligación de la Revolución, con particular énfasis en la necesidad de combatir las limitaciones de acceso al empleo, las escuelas o los centros de recreación. Entre las principales transformaciones acometidas es posible destacar las siguientes:

1.   La eliminación de la propiedad privada sobre los medios fundamentales de producción, su nacionalización y socialización. Este proceso requiere, quizás, un análisis más cuidadoso y detallado para develar su nexo con la eliminación de las bases económicas y sociales del racismo y la discrimi­nación, en tanto que prácticas e ideologías. No obstante, en líneas generales, deja ver algunos aspectos que pueden ser mencionados:

a.     Desaparecieron del panorama social las elites económicas, históricamente constituidas, yen las que predominaban los blancos. Estos grupos, por su historia y posición socioeconómica, eran mucho más susceptibles de sustentar y apropiarse de las ideologías racistas, puestas al servicio de su dominación5.

b.     Se sentaron bases que limitaban las posibilidades del ejercicio de la discriminación en el espacio del poder económico, que en las condiciones anteriores, en nombre del sacrosanto principio de la propiedad privada, permitía la exclusión de personas o grupos.

c.     La administración de los bienes nacionalizados o socializados pasó a manos de los representantes de las masas populares, a muchas personas nacidas en las capas más humildes del pueblo, sin distinción del color.

2. La destrucción del orden político anterior y la creación de otro, ahora de base popular. Se trata de un proceso complejo en el cual las nuevas estructuras de poder se fueron perfilando como profundamente populares. Tal proceso estuvo acompañado de una aguda lucha de clases, en la que se abrieron amplios espacios de cooperación entre los elementos más humildes, sumados masivamente a la práctica sociopolítica. A la vez, se producía una intensa movilidad social, mediante la cual esos representantes de las capas populares ascendían a diferentes posiciones de poder. Por otro lado, el núcleo básico de la burguesía derrotada emprendía el camino de la migración, lo cual dejaba a la resistencia sin base de apoyo. Todo ello tuvo un efecto doble sobre el carácter de las representaciones y conductas raciales que se iban configurando en el nuevo contexto. En primer lugar, la cooperación cotidiana en las diferentes tareas que imponía el proceso de hacer la revolución, contribuyó a acercar sensiblemente a los diferentes grupos, a atenuar prejuicios ancestrales asentados en la psicología social y a desmarcar, en muchos aspectos, las fronteras entre grupos raciales. En segundo lugar, la emigración de la inmensa mayoría de los representantes de la clase burguesa, heredera histórica de los antiguos dueños de esclavos, marcó el carácter de las representaciones raciales que perduraron en el medio social: las que habían sido asimiladas por las capas medias y trabajadoras. Se trataba, por tanto, de un racismo residual.

3. La promulgación por el gobierno revolucionario de un conjunto de medidas de carácter profundamente popular —que provocaron, a partir de una gran identificación de intereses, la incorporación de las masas al proceso social—, entre las que se pueden mencionar:

a. La eliminación de todos los exclusivismos raciales existentes anteriormente: en playas, clubes, etcétera.

b.    La rebaja de los alquileres y la adopción de otras medidas relacionadas con la vivienda, como la ejecución de programas de construcción y la implementación de diferentes legislaciones que protegían al usufructuario y le otorgaban la propiedad.

c. El desarrollo de una profunda reforma agraria, que hizo propietarios del suelo a campesinos arrendatarios. Esta medida benefició a muchos trabajadores del campo, en particular a negros y mestizos, históricamente excluidos de la propiedad de la tierra, en tanto que descendientes de esclavos.

d. La alfabetización de las masas populares y la universalización de la enseñanza, gratuita y obligatoria para todos los menores de edad.

e. La extensión de los servicios de salud de forma gratuita a toda la población, sin distinguir complejidad o costos.

f. La gestación de una política de pleno empleo y la reducción de las desigualdades sociales al mínimo. Las que se empezaron a producir dependían fundamentalmente de la calificación y se daban en un rango muy estrecho.

4.   La estructuración de un discurso sociopolítico desde el poder, que proclama la igualdad y estigmatiza todas las formas de exclusión, incluyendo las raciales. De este modo, el discurso dominante fue haciendo del racismo un pecado capital, que no solo envilece al ser humano, sino que, además, divide y debilita la Revolución. Ante él, las manifestaciones del racismo que pervivieron necesitaban replegarse, y adoptaron cada vez más la forma de un racismo de “pero” (“yo no soy racista, pero… “).

El conjunto de circunstancias enumeradas —con las que apenas se hace el boceto de una intensa etapa histórica, rica en acontecimientos y contradicciones permite comprender que el proceso vivido fue mucho más allá de la simple “eliminación del racismo institucional”, concepto este último acuñado, y muy traído y llevado, para denotar la eliminación de las formas de discriminación asociadas a instituciones formales del poder o refrendadas jurídicamente de uno u otro modo. Noción que, en el mejor de los casos, trata de delimitar el racismo que se instituye desde el poder, del que se reproduce al nivel de la psicología social. Algunas personas lo simplifican aún más, al reducirlo a su eliminación en el papel, o lo que es lo mismo, en la letra vacía de un discurso. Tal idea constituye una reducción simplista de un proceso mucho más complejo y multilateral, que caló profundo en el mundo espiritual y la cultura de las grandes masas. El efecto más evidente de todo este acontecer es el repliegue experimentado por el racismo hacia las esferas íntimas de la vida familiar y las relaciones interpersonales, en las que los prejuicios eran reconocidos con cierta culpa, como nota discordante; pervivía en ciertos chistes y fraseologías de uso en la complicidad de la familia y el grupo de amigos, o quedaba oculto en determinadas formas de paternalismo que se daban en la vida social.

Indudablemente, el proceso de construcción de la nueva sociedad abrió enormes posibilidades de desarrollo para todos; y ante las circunstancias bos­quejadas, se dio por solucionado el problema racial —baste recordar el título de Pedro Serviat El problema negro en Cuba y su solución definitiva (1986)—;6 sobre lo cual aparecen referencias en textos posteriores de Fidel, donde se habla de la discriminación racial en pasado: Antes teníamos también la discriminación racial”; “muchas de las mejores playas del país eran privadas; en muchos hoteles, bares, centros de recreación, no dejaban entrar personas negras. Con el triunfo de la Revolución todas esas cosas se eliminaron”; “gracias al esfuerzo de nuestros trabajadores y a nuestro régimen socialista, hoy en nuestro país […] no existe discriminación racial.”; “nosotros hemos resuelto […] la discriminación racial … ” (Castro; 1982, 1984, 1985).

El fenómeno, entonces, dejó de tener visibilidad durante un largo período de tiempo. El tema desapareció del debate público por varias razones, entre las que se pueden contar:

— Un panorama social en el que los niveles de igualdad alcanzados no tenían parangón, evidenciados en particular en la cercanía de los límites mínimos y máximos de los ingresos salariales. Las desigualdades en este campo dependían fundamentalmente del esfuerzo y la calificación, por lo que adquirieron cierta invisibilidad.

—   Los recelos que suscitaba el tema, ante la necesaria unidad de todos los cubanos, motivaron que desde las estructuras de poder se mirara con desconfianza cualquier intento de traerlo a la polémica pública: esta situación contribuyó a convertirlo en una especie de tema tabú.

—   En el quehacer y modo de hacer transformativo, en el que estaban involucradas las grandes mayorías, encontraba muy pocos oídos interesados, existía muy poca, o ninguna base social, para que el diálogo se formara desde abajo.

O sea, los de arriba no querían y los de abajo no estaban interesados. Se generó, de esta forma, una especie de consenso social alrededor de la inconveniencia de la problemática, que ayudó a silenciar el problema, y favoreció su supervivencia. Incluso, las variables raciales dejaron de ser medidas en la mayoría de las estadísticas sociales. En esta coyuntura, fue en el Tercer Congreso del Partido Comunista de Cuba cuando se sacó el tema de su letargo, al analizar los resultados del censo de 1980, y observar determinadas desproporciones de negros, mujeres y jóvenes en los puestos de dirección.

A principios de la década de los 90, coincidiendo con la bancarrota del llamado “socialismo real”, se produjo en Cuba una profunda crisis económica. El producto interno bruto llegó a decrecer aproximadamente un 35% en 1993 (año en el que tocó fondo la economía), respecto a 1989, lo que obligó a la dirección del país a adoptar una serie de medidas. El conjunto de estas circunstancias fue aportando complejidad al panorama social cubano. En particular se formaron desigualdades y escenarios socioeconómicos en los que se enfatiza el aspecto competitivo.

Entonces se hizo evidente que el punto de partida para el acceso a las oportunidades creadas por el proyecto revolucionario cubano y su disfrute no había sido igual para todos: negros y mestizos estaban en desventaja en cuanto a condiciones de vida heredadas; marcados por una serie de estereotipos y prejuicios relacionados con la pertenencia racial, y por la existencia objetiva de particularidades etnoculturales grupales en la esfera espiritual.

Desde la abolición de la esclavitud, en la convivencia de negros y blancos procedentes de los estratos más humildes, sobre todo en el entorno marginal urbano, pero también en los antiguos barrios populares, en el ambiente de solares y cuarterías, surgieron rasgos culturales que nada tienen que ver con el aspecto racial, sino con el estatus socioeconómico, la desventaja habitacional, el nivel educacional y cultural, que engendran formas específicas de comportamiento y una cosmovisión propia: “una cultura de ciudadela”, al decir de una delegada del Poder Popular de El Vedado. Tal modo de vida engendra patrones culturales y estilos de vida que se transmiten de generación en generación y que, a pesar de transformaciones estructurales, son resistentes al cambio.

Sin embargo, se tiende de manera casi siempre inconsciente y espontánea a identificar de forma arbitraria al negro con esos rasgos culturales, en lo que influye el hecho de que indiscutiblemente el negro predominó entre la población que sobrevivía en semejantes condiciones, y se mantiene aún hoy a pesar de las posibilidades de movilidad social que propició la Revolución en desventaja; sin olvidar la importancia del factor ideológico ya mencionado.

“No se podía esperar que la sociedad se librase de ellos [los estereotipos y prejuicios] desaparecida la esclavitud; ni que los descendientes de esclavos se rehacieran súbitamente del efecto multisecular de las condiciones en que su grupo fue mantenido por tantas generaciones” (Nogueira, 1955:506). Como formas de conducta no razonada, esas ideas son rígidas, generalizadoras y persistentes, y “persistirán, sin ley que los destruya, hasta tanto no se transforme la situación” (Fernandes, 1955b:212).

Entonces, las desigualdades heredadas se agudizaron por la crisis del “período especial”, que las profundizó. Al mismo tiempo, la dignificación real del hombre que fomentó la Revolución y que trae consigo el aumento de la intolerancia ante la segregación de cualquier índole, provocó una acelerada toma de conciencia del “problema racial”.

Es precisamente en el contexto de la crisis, a inicios de los noventa, cuando se comenzaron en el Instituto Cubano de Antropología los estudios acerca de esta compleja problemática —considerados pioneros entre los dedicados al tema—, que se convirtió en centro de debate sobre todo a partir del segundo quinquenio de la propia década, al incorporarse al quehacer investigativo de otros centros científicos, aparecer en trabajos de diploma de diferentes facul­tades universitarias y en publicaciones diversas7.

La conciencia de la nueva situación también ha sido reflejada en los pronunciamientos de los líderes políticos cubanos en los últimos años. Baste recordar el llamado hecho por Fidel en la clausura del Congreso Pedagogía 2003:

…habiendo cambiado radicalmente nuestra sociedad, si bien las mujeres, antes terriblemente discriminadas y a cuyo alcance estaban sólo los trabajos más humillantes, son hoy por sí mismas un decisivo y prestigioso segmento de la sociedad que constituye el 65 por ciento de la fuerza técnica y científica del país, la Revolución, más allá de los derechos y garantías alcanzados para todos los ciudadanos de cualquier etnia y origen, no ha logrado el mismo éxito en la lucha por erradicar las diferencias en el status social y económico de la población negra del país, aun cuando en numerosas áreas de gran trascendencia, entre ellas la educación y la salud, desempeñan un importante papel (Castro, 2003).

*Fragmento de la introducción al libro Las relaciones raciales en Cuba. Estudios contemporáneos. Niurka Núñez González, Pablo Rodríguez Ruiz, María M. Pérez Álvarez, Odalys Buscarón Ochoa. Fundación Fernando Ortiz, 2011.
Notas:
1- Sin obviar una típica estructura clasista, donde la población “de color” se concentró de forma mayoritaria en los estamentos inferiores, a su vez, en cada grupo racial, se produjo históricamente una estructura socioclasista particular, que dio por resultado una segmentación del componente racial desde este punto de vista. Ver Deschamps, 1971. Esa diversidad estructural de los grupos raciales se proyecta en el campo de las expresiones ideológicas al interior de cada grupo.
2- G. Gómez estuvo al frente del Directorio Central de las Sociedades de la Raza de Color en Cuba, creado en 1887, para actuar en la “más estrecha legalidad” y en el marco del sistema político establecido luego de 1879 (creación de partidos, libertad de prensa y otras posibilidades de acción social). A pesar de ello, su “ejercicio estaba obstaculizado por los profundos prejuicios raciales” y la marginación a la que era sometido el sector “de color”.
3- Los primeros trabajos de Ortiz se remontan a los inicios del siglo; pero es en este período cuando se encauzan en el rumbo que los marcaría definitivamente.
4- En la obra guilleniana encontramos, ya desde los años 30, una encendida crítica a la situación del negro en Cuba, la defensa de sus valores y el llamado a la efectiva integración de blan­cos y negros como necesidad del proceso de consolidación nacional (Guillén, 1972, 1975).
5- Existen referencias en la literatura especializada que mencionan la existencia de expresiones más agudas de racismo entre los pequeños blancos. O sea, entre los grupos más pobres y, consecuentemente, menos distantes de los negros históricamente dominados. Tales análisis, sin embargo, no evalúan en su justa medida el hecho de que se trata de fenómenos que se producen dentro de una estructura social en la cual las elites de poder económico, aunque más distantes de las relaciones sociales específicas entre grupos, son las que marcan las pautas y los códigos culturales que alimentan muchas de esas actitudes.
6- Una idea que estaba en correspondencia con cierta corriente del pensamiento marxista que considera que el fenómeno racial es parte del clasista: una de sus derivaciones. O sea, que la solución del problema de clases conlleva la eliminación de las desigualdades raciales.
7- Ver Caño, 1996; Guanche, 1996 b, 1998; Pérez, 1996 y 2001; Rodríguez, 1997, 1998,2001; López, 1998; Selier y Hernández, 2000; Hernández, 2002; Morales, E., 2002, 2007; Morales, S., 2003; Carrazana, 2005; Gómez, 2005; Argyriadis, 2006; Núñez, 2007, entre otros.

Leer la introducción completa en  La Jiribilla

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