Isaac Rosa sobre “la impotencia de construir una acción colectiva”


César de Vicente

Cubierta de "La mano invisible", de Isaac Rosa

El escritor de El vano ayer, Premio Rómulo Gallegos, y autor del blog Trabajar cansa, habla con la revista Diagonal sobre su nueva novela, La mano invisible.

Sus novelas parecen tener un horizonte común como escribe de las suyas Honoré de Balzac en el prólogo a La comedia humana. ¿Cree que, en efecto, hay algo así o trabaja en función de una especie de contingencia literaria?

No tengo un proyecto literario, en el sentido en que Balzac pretendía retratar la sociedad de su tiempo, o Zola con los Rougon-Macquart. Pero sí tengo unos intereses que son comunes a mis novelas, intereses políticos y literarios, pues hasta ahora mis novelas responden a una doble inquietud: sobre el tiempo en que vivo, y sobre la forma en que la literatura retrata o interpreta ese tiempo.

En el capitalismo, el trabajo es una forma de explotación. En La mano invisible, el programa mediático convierte la actividad laboral como tal en una tarea absurda, y explota, sin embargo, la imagen del trabajo. De hecho, la intriga sobre ser visto, ver a los otros, etc., es un elemento fundamental en la novela. Los personajes no acaban de entender el mecanismo mediático. ¿Es también una novela sobre una relación social, el trabajo, mediada por imágenes, tal y como definía Debord el espectáculo?

Aunque hay también una crítica hacia la sociedad del espectáculo en la que todo se convierte en mercancía, la decisión de situar la actividad laboral bajo los focos, en un escenario, con espectadores y atención mediática, tiene otra intención: pretendo sacar el trabajo de su contexto, desnudarlo, despojarlo de todo aquello que lo naturaliza, que hace que lo entendamos, que lo justifiquemos, todo ese contexto social que hace que tomemos una forma de trabajo (la propia del modo de producción capitalista) por el trabajo en términos absolutos, con mayúscula, y que no nos preguntemos por alternativas. Descontextualizando al trabajador es como vemos el sustrato último de las relaciones laborales en el capitalismo: disciplinamiento, violencia, extrañamiento, deshumanización y absurdo. Aquello que es común a todo trabajo, aunque en muchos casos se amortigüe o disimule, bien con mejores condiciones laborales, bien mediante eso que llamamos vocación. Y aunque parezca paradójico, encontré que la mejor manera de desenfocarlo era colocarlo bajo esos otros focos, de modo que al mismo tiempo el lector no sepa dónde situarse: al principio de la novela el lector se sienta en la grada, es un espectador más, pero según avanza la novela puede acabar él mismo en el escenario, pasando de observador a observado.

Los títulos de sus novelas son ciertamente determinantes. El vano ayer, El país del miedo. Con su última novela estamos ante una metáfora conocida pero a menudo simplificada. La “mano invisible” es una idea del liberal Adam Smith que, según teoriza, funciona en el marco de los sentimientos morales señalando que la capacidad de empatía, de ponerse en el lugar de los demás, y un egoísmo racional llevan al bienestar social, sin intervenciones del Estado. Sin embargo, no hay bienestar en la novela.

Titular una novela sobre el malestar laboral, económico y social La mano invisible tiene un evidente propósito irónico, más evidente en momentos como éste, en que por ninguna parte se ve esa mano invisible de los liberales, sino más bien la mano negra económica que está aprovechando la crisis para escribir un nuevo capítulo de la ‘doctrina del shock’. Hay además una reivindicación de esa otra “mano invisible”, la laboral, que sufre una invisibilidad social, mediática y literaria, y que es la que en realidad mueve el mundo. Hoy que el factor trabajo es supeditado más que nunca al factor capital, y todo se escribe en lenguaje macroeconómico y financiero, yo quería reivindicar todo ese trabajo que está detrás de cuanto nos rodea.

Siempre hay una consciencia del escritor que se hace presente en sus novelas. En general, se tiene la impresión de que rechaza la omnisciencia del autor decimonónico. No deja de verse el artefacto novela pero al mismo tiempo parece que hay una persistencia en colocar al lector en otra posición que la del consumidor de relatos, casi como testigos. Sólo se encuentra este efecto en dos novelas actuales: en Lo real de Belén Gopegui y aquí. Gopegui usa un recurso brechtiano, usted uno de la posmodernidad crítica: lo paradójico.

De la misma forma que, como decía, he intentado sacar el trabajo de su contexto naturalizador, también busco sacar la novela de su contexto, de la forma habitual de leer, pues cuando abrimos una novela todos llegamos preparados para leer de una manera determinada, aquella con la que hemos aprendido a leer ficción, y que tiene que ver con unas expectativas, unas limitaciones, unas reglas de verosimilitud más bien restrictivas, etc. Intento romper el espejismo (que a menudo aceptamos al firmar el trato que implica leer ficción) por el que una novela se presenta como un relato autónomo, del que el novelista es poco más que un transcriptor; se trata de recordar al lector algo que puede parecer obvio pero que solemos olvidar: que detrás de toda ficción hay un autor, con intereses, con ideología, que decide qué cuenta, cómo, desde dónde y para qué.

Sus novelas siempre presentan como mecanismos narrativos, puesto que se convierten en motores de la narración, disfunciones y ambigüedades. ¿Cree que es suficiente para revelar un mundo, como parece intentar?

No sé si es suficiente, pero sí necesario para revelar cuánto de disfuncional y ambiguo hay en ese mundo, que no es poco.

Lo ausente en esta novela, los explotadores y sus vidas ¿no son necesarios para explicar las reflexiones sobre el trabajo, el dinero, las formas de vida, etc. en la que están los personajes de La mano invisible?

No creo que estén ausentes, como mucho omitidos, y no siempre. Me parece evidente su presencia. En algunos momentos de la novela están presentes; en otros no hace falta explicitarlos, por obvios; y en otros pueden ser tan invisibles como la mano que maneja los hilos de la trama.

¿Qué ha dejado atrás para escribir esta novela?

La primera renuncia fue la de escribir una novela, llamémosla, convencional sobre el mundo del trabajo. Para el propósito de desnudar las relaciones laborales e ir a su sustrato común no me servía una historia de trabajadores sin más. No quería hablar de condiciones laborales, sino del trabajo en sí mismo.

La mano invisible es también el relato de una impotencia. Hay una narración subyacente por la que los trabajadores “ficticios” (lo digo en tanto que su actividad no es productiva en el sentido completo, sino espectacular) no consiguen unirse para afrontar los cambios que el programa les impone (ritmos, cambios, etc.). ¿Es en esta situación en la que nos encontramos?

Es, en efecto, la impotencia de construir una acción colectiva, que deja a los trabajadores desarmados, mermada toda resistencia. Lo que está ocurriendo hoy es lo que le pasa a los trabajadores de la novela: mientras nos dan sucesivas vueltas de tuerca, equivalentes a los aumentos de ritmo en la novela, no estamos siendo capaces de organizar esa resistencia.

Una novela de ficción documental
Una cajera de supermercado, un carnicero, una telefonista, o un albañil son algunos de los personajes de esta novela que, como insistentemente nos recuerda la portada y la contraportada del libro, trata sobre el trabajo. Todos ellos son contratados para participar en un show televisivo que los convierte en espectáculo. Todos ellos serán explotados a medida que el show requiera alicientes para mantenerse.En efecto, hay pocas novelas que afronten escribir sobre el trabajo en el capitalismo sin ocultarlo bajo el velo argumental, y los recursos retóricos, de la novela negra, del melodrama o de la novela psicológica. Isaac Rosa depura en La mano invisible la narración sobre el trabajo hasta ir a la raíz, a la condición primera de la actividad laboral y a su dominación por una lógica de la explotación, para, desde allí, encontrar las relaciones sociales que produce.Después de las muchas batallas por el realismo habidas a lo largo del siglo XX, Rosa parece aceptar aquí, como también hace en El vano ayer, los principios de un realismo ontológico de carácter crítico que vendría a considerar la ficción igualmente como materia documental (desde el momento mismo en que la vida de los trabajadores aparece en esta novela en bloques de realidad) restituyendo, como escribía André Bazin, la densidad del ser (su condición como trabajadores), la presencia específica del trabajo y de su ámbito.Esta exploración permite al lector encontrar la memoria del trabajo, su presencia (visibilizándolo) y el relato vital que lo sostiene.

(Tomado de Diagonal)

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