Paul Ryan y la visión de los conservadores respecto a Cuba


Jesús Arboleya Cervera

Paul Ryan

La selección de Paul Ryan como candidato republicano a la vicepresidencia de Estados Unidos, da continuidad a la estrategia seguida por ese partido en las últimas elecciones, una vez que la derrota de Bush padre, en 1992, les mostró el peligro que representa moderar sus posiciones, a costa de los reclamos del núcleo duro ultraconservador.

Las victorias de su hijo, en 2000 y 2004, fueron posibles gracias al decidido apoyo de esta masa de votantes que, aunque no sobrepasa el 25 % de los electores, demostró ser suficiente para ganar contiendas electorales marcadas por la apatía y el abstencionismo. Si, a pesar de la selección de Sarah Palin, ello no funcionó para John McCain en las pasadas elecciones presidenciales, se debió al entusiasmo generado por Barack Obama en un sector del electorado que por lo general no concurría a las urnas.

El análisis de los republicanos es que este entusiasmo ha disminuido como resultado de la situación económica y la incapacidad del presidente para satisfacer las expectativas que determinaron su elección, por lo que la ecuación electoral vuelve a sus variables anteriores, tornando decisivo el minoritario voto ultraconservador.

Lo que algunos consideran debilidades de Paul Ryan para atraer el voto de los indecisos, dígase sus propuestas para limitar la asistencia social, su actitud antiinmigrante o su fundamentalismo ideológico respecto a temas como el aborto y otras cuestiones, constituyen precisamente sus fortalezas para movilizar a este segmento del electorado. El cálculo puede fallar, pero sería ingenuo suponer que le experimentada maquinaria republicana no tuvo en cuenta estos detalles. Los conservadores no apuestan a la ampliación de la democracia, sino a controlarla acentuando sus limitaciones.

Tienen a su favor que ninguna de las partes se plantea la crítica al sistema, reduciendo el debate a problemas administrativos, relacionados con el papel del Estado en la economía. El movimiento popular que por instinto de clase ha traído a colación la crítica a los privilegios del 1 % de la población no estará representado en las elecciones, ni siquiera por el primer presidente negro del país, que tantas esperanzas generó en estos sectores.

Tampoco existen diferencias sustanciales respecto a la política exterior de Estados Unidos. Por el contrario, Obama ha fortalecido su posición demostrando que puede ser tan intervencionista e implacable como los republicanos, por lo que el tema no será una prioridad en los debates electorales. En verdad, no serán sus contrarios los que lo criticarán por no cerrar el campo de concentración de Guantánamo, haber invadido Libia y avanzar con los mismos propósitos en Siria e Irán.

En este contexto, diríamos que por la puerta trasera y con relativa importancia electoral solo en el sur de La Florida, aparece el problema de las relaciones con Cuba. Está claro que tanto conservadores como liberales quisieran ver desaparecer el régimen socialista cubano y, como un acto de fe, este propósito forma parte de su discurso, pero existen matices en cuanto a la forma de lograrlo y el precio que debe pagarse por ello.

El presidente se mantiene en la defensa de su política de flexibilizar los viajes y las remesas, a la vez que continúa arreciando el bloqueo económico y condiciona otros avances a eventuales cambios del sistema político de Cuba, con lo cual pretende cubrirse de las críticas de uno y otro bando.

Por su parte, Romney ha hecho lo usual en los candidatos republicanos: prometer cualquier cosa con tal de satisfacer a la extrema derecha cubanoamericana y cortejar a sus principales figuras, principalmente al senador Marco Rubio, el cual incluso se manejó como posible candidato para la vicepresidencia y será el encargado de presentarlo en la convención republicana.

Lo novedoso ha sido que Paul Ryan se encuentra entre los más consistentes opositores al bloqueo dentro del Congreso norteamericano. Tanto los políticos republicanos cubanoamericanos como el propio Romney han tratado de evadir el problema que ello plantea, aduciendo que ya “educaron” suficientemente a Ryan respecto a Cuba, por lo que su posición ha cambiado.

Incluso es posible que el propio candidato a vicepresidente se vea precisado a reconocer su supuesto analfabetismo y asuma una posición más conveniente con vista a la campaña electoral, pero ello no cambia la realidad de que, contrario a lo que ha querido hacer ver la ultraderecha cubanoamericana, la posición de Ryan no es una anomalía, sino que se corresponde con la visión de un importante sector de los propios conservadores norteamericanos, que abogan por un cambio de política hacia Cuba.

Todas las iniciativas apoyadas por Ryan para modificar esta política contaron con un amplio respaldo bipartidista en la Cámara e, incluso, en su mayoría, fueron iniciativas de sectores conservadores republicanos interesados en ampliar el comercio con Cuba. A ello se suma la convicción ideológica que favorece el libre comercio y el rechazo a la intervención del gobierno en los negocios privados, lo que explica que, en fecha tan reciente como el 2009, Ryan declarara no entender una política que favorece el libre comercio con China y, a la vez, lo prohíbe en el caso de Cuba.

Si estas iniciativas no prosperaron en la primera década de este siglo, se debió a la reticencia del gobierno de George W. Bush y las presiones que, en tal sentido, ejerció sobre el sector agroalimentario, dependiente de los subsidios gubernamentales. El lobby cubanoamericano, por su parte, repartió contribuciones millonarias para “educar” a algunos políticos desviados y todo ello frenó temporalmente el impulso inicial del proceso.

No obstante, la moraleja de esta historia es que, respecto a la política hacia Cuba, la extrema derecha cubanoamericana marcha a contracorriente de la visión conservadora predominante en Estados Unidos.

Hasta cuándo serán capaces de forzar el respaldo de algunos políticos conservadores a cambio de la garantía del voto cubanoamericano en un estado clave como La Florida, dependerá de la propia evolución del electorado cubanoamericano, un fenómeno que ya resulta tan evidente, que parece cuestión de tiempo que llegue a tener expresión concreta en las urnas.

A lo mejor las próximas elecciones nos deparan algunas sorpresas y hasta la selección de Ryan no resulta tan negativa en Miami como algunos suponen.

Un pensamiento en “Paul Ryan y la visión de los conservadores respecto a Cuba

  1. ¿Cuál fue el resultado? Este lunes Ryan sacó de la manga un nuevo punto de vista sobre Cuba. Le aseguró a dos medios floridanos, entre ellos a FLDemocracy, que Mario Díaz-Balart era uno de sus mejores amigos en el Congreso y que tanto él como la señora Ileana Ross-Lehtinen le habían explicado la necesidad de mantener el bloqueo y lo imprudente que sería aliviar las presiones sobre el gobierno cubano, o el régimen de Castro, como tanto gusta decir en Washington.

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