Jorge Fraga


Álvaro Castillo Granada

—Álvaro, ¿Ése no era Jorge Fraga?, me preguntó Gloria, mi primera jefa, cuando salió de la librería aquel hombre alto, de ojos azules o grises, con el que estuve conversando durante mucho rato sobre cine mientras mirábamos, sentados en el piso, esa sección de libros.

   —No sé…, le respondí extrañado. Es la primera vez que viene… Estaba buscando unos libros de Eisenstein…

   —Debe ser él. Es igualito. Lo conocimos en un festival de cine de La Habana.

   —¿Y quién es Jorge Fraga?

   —Un director de cine cubano muy famoso.

   Ahí quedó la cosa por un tiempo. De manera que un director de cine cubano muy famoso… Vea usted… El primer director de cine, cubano o no, que veía en mi vida. Eran esos primeros tiempos maravillosos del oficio cuando lo desconocíamos casi todo y a todos. Cada día era una sorpresa nueva. Cada encuentro abría puertas insospechadas al asombro.

   Y a la ignorancia:

   —¿Qué autores italianos tiene usted?

   —Italo Calvino, Cesare Pavese, Dino Buzzati, Elías Canetti —respondí con pedantería.

   —Canetti es búlgaro…

   Poco tiempo después regresó.

   —¿Usted es Jorge Fraga?, le pregunté a quemarropa.

   —Sí, soy yo —me dijo sonriendo.

   —Ah… Fue todo lo que acerté a decir. Y se puso a hablarme de libro que acababa de tomar con sus manos, Mi vida, de Charles Chaplin, como si yo fuera un experto. No por los términos que empleaba sino como si fuera lo más natural hablar de La quimera de oro o Tiempos modernos con un librero, por entonces, flaco y de pelo largo, que no decía nada pero sí ponía mucha atención. Gloria, la dueña de la librería, se acercó y se presentó recordándole la vez que se habían visto en La Habana. Me hice a un lado. Él la miró, bastante extrañado por esa interrupción, le dijo “Sí, sí claro, ya me acuerdo”, volteó la cara y siguió conversando conmigo.

   Desde entonces fuimos amigos. Unos amigos que no se visitaban ni buscaban pero que se  tropezaban constantemente por la calle. Sí, aunque parezca extraño, Jorge Fraga y yo teníamos rutas comunes de paseantes solitarios, bueno, él no tanto, siempre estaba acompañado por su esposa Patricia. Se trababan el uno al otro como si fueran lo más grande y hermoso de este mundo. Su mirada del uno al otro reflejaba una historia de amor preciosa, de esas con las que es casi imposible toparse. Nos cruzábamos y saludábamos. Un día me dio su teléfono y empezó a hacer encargos. Y claro, comenzamos a hablar de Cuba, esa tierra, ese espacio, por mí siempre soñado y esperado. Fue el primer cubano que conocí y que me habló de la revolución con fervor y lealtad inmensa. Yo le conté de mis ansias y anhelos por ir alguna vez. Y claro, como no, hablamos del Che, largo, y de cómo alguna vez vio a Camilo Cienfuegos y le gritó “Adiós, Camilo”, y él frenó, se regresó y le preguntó “¿quién tú eres?” y empezó un diálogo entrañable entre el héroe de Yaguajay y ese joven imberbe que no tenía claro hacía donde ir pero sí con quién estar, con la revolución.

   A los pocos días se me apareció en la librería con dos regalos. Un libro de fotografías hermoso, precioso, Cien imágenes de la revolución cubana y los dos tomos de Pensar al Che. “Mira bien las fotos, me dijo. Vas a encontrarte con una que te va a asombrar”. Lo ojeé y ahí estaba. Sí, era el Che sonriendo, con las botas embarradas, sentado en el piso, con la camisa abierta y barriga. Descansado un momento. “Esa foto me encanta —dijo—, ése era el Che”.

   Era la primera vez que veía esa foto y para siempre se quedó en mi memoria.

Cuando ocurrieron los incidentes en La Habana, cerca del Hotel Deauville en 1994, las noticias que llegaron estaban distorsionadas y manipuladas… Él apareció, como si lo hubiera llamado, a explicarme lo que sucedía y a decirme “No te preocupes, llegó Fidel, escuchó a todos y se hizo cargo. Seguimos adelante en medio de todos los obstáculos”.

En el año 1997 me lo encontré en Cartagena. Se había ido a vivir allí. Yo estaba asistiendo al festival de cine, devorándome cinco películas diarias, gracias a una credencial de periodista maravillosa que el magnífico Jorge García Usta me había regalado. Durmiendo en el Hotel Doral y desayunando, cada día, un dedito de queso con un jugo de maracuyá o lulo. Quería  yo conocer a uno de los miembros del jurado de  quien había leído una novela impresionante, Un rey en el jardín. “¿Quieres conocer a Senel Paz? —me dijo ante mi pregunta sobre el paradero del escritor—. Mira, —indicó señalando hacia el fondo del pasillo—, es el niño aquel… Vamos”. Y nos acercamos y me presentó como un librero y amigo de la revolución cubana. Senel me sonrió y me habló con la misma timidez que aún hoy —cuando el tiempo ha pasado y ya no soy el muchacho flaco y de pelo largo— lo acompaña.

   Así eran, así fueron nuestros encuentros a lo largo de casi veinte años. Rara vez buscarnos. Más bien toparnos. De cuando en cuando llamarme para que le ayudara a buscar un libro. Y siempre preguntarme por Cuba, la mía, la que empecé a visitar en mayo de 1995. Resultó después, además, ser el director de la tesis de Marcela Márquez Petinato, Marceliana, mi primera compañera de trabajo en aquella librería.

   Hacía ya varios años que no sabía de él. Su voz era ahora débil y ahogada. Casi un susurro. Me llamó Patricia una mañana para decirme que Jorge quería venderme unos libros. Fui a su casa temprano. Era una mañana gris. Un cernidito me acompañó hasta que toqué en su puerta verde en lo alto del barrio de la Candelaria, cerca de Pöltarness, ese lugar donde nos amamos tantas veces con Catalina. Entré y él estaba al fondo, después de la cocina, en su estudio. “Mira los libros y llévate los que quieras, me dijo con una voz que era más un ahogo. Bueno… no todos… Los de Martí no”, añadió con una risa que se confundió con una tos. Avergonzado, sin saber qué hacer pues nunca me ha gustado comprarle libros a gente con la que me une algún lazo, comencé a escoger. Pocos, muy pocos. “Mira bien”, dijo ante mi parquedad. Y saqué más hasta que una pila inmensa se alzó ante nosotros.

   —Don Jorge…, le dije. ¿Cuánto quiere por ellos?

   —Dame lo que tú quieras, Álvaro.

   —No, así no, tiene usted que decirme. Son sus libros.

   —Yo no sé nada de eso. Hazme una oferta. Lo pensé un momento y le dije una cifra ridícula con la esperanza inmensa de que me dijera que no, que qué me pasaba, que quién me creía, que no fuera comemierda…

   —Bueno, dijo sonriendo. Lo que yo quiero es que tú te los lleves.

   Y me tocó empacarlos en medio del estupor y de sentirme aquello que ya sabemos.

Cuando terminé me dijo “¿Tienes la autobiografía de Chaplin? Quiero volver a escribir sobre él y se me perdió”.

   Me reí por dentro diciéndome: “Vaya… Cómo son las cosas… Supe de la existencia de ese libro por usted hace todos los años del mundo”.

   —No se preocupe, yo se la consigo. Hace unos días estuvo en inglés en la librería.

   —No importa… quiero volverla a leer…

   Y me fui dándole la mano, con la espalda doblada por el peso de una tonelada de libros. Mientras bajaba hacia la carrera séptima en busca de un taxi me acompañaba el mismo cernidito.

   A los pocos días la noticia en Facebook: “Murió en Bogotá el director de cine cubano Jorge Fraga”. ¿Cómo? Si apenas hace unos días lo vi y le compré unos libros y me tomé por primera vez un tinto en su casa y me encargó Mi vida de Charles Chaplin… Y sí, se fue y te enteraste unos días después.

   Llamé a Patricia y le conté todo lo que le debía a Jorge, todo lo que me había enseñado a lo largo de años.

   Hoy subía por G, después de conversar gran parte de la tarde y algo de la noche con Fina, mi Fina García Marruz. Al llegar a 21 vi sentados en un banco a un hombre mayor de pelo abundante y plateado que conversaba con un muchacho de pelo lacio y largo.

Los miré. Me miraron. Nos sonreímos.

   Eran Jorge Fraga y Álvaro Castillo Granada conversando en La Habana donde alguna vez debieron encontrarse.

   —¿Ése no es Jorge Fraga?, podría volver a preguntarme Gloria.

   —Sí, ése es, podría responderle ahora. Nunca he visto una película suya. Solo sé que es un cubano amigo mío.

(La Habana, Corrales)

5 pensamientos en “Jorge Fraga

  1. FILMOGRAFÍA
    1960
    Venceremos (Doc.)
    1961
    Escambray (Codirección con Santiago Álvarez. Doc.)
    …Y me hice maestro (Doc.)
    La montaña nos une (Doc.)
    Cuba, pueblo armado (Asistente de Dirección. Doc.) Dir. Joris Ivens
    Carnet de viaje (Asistente de Dirección. Doc.) Dir. Joris Ivens
    1962
    Cuba 58 (Dirección del cuento Año nuevo, Asistente de Dirección de Un día de trabajo y Los novios)
    1964
    En días como estos (LM. Ficc.)
    1965
    El robo (LM. Ficc.)
    1968
    La odisea del General José (LM. Ficc.)
    1970
    Escuela en el campo (Doc.)
    1971
    VI Juegos Panamericanos (Doc.)
    1972
    Un juego histórico (Doc.)
    Vanguardia en la Isla (Doc.)
    1973
    La nueva escuela (LM. Doc.)
    1974
    El huerto (Doc.)
    1975
    Amistad (Doc.)
    1977
    La sexta parte del mundo (Doc. Codirección)
    1981
    Leyenda (Codirección. LM ficc.)
    1983
    La rosa de los vientos (LM. Ficc Colaboración en guión). Dir. Patricio Guzmán

  2. Para la primera palabra a escribir, dude entre Dios! Joder! y finalmente pongo la que primero pensé: Carajo! qué manera de hacersele un nudo en la garganta a uno cuando lee cosas como esta! Y que barbaro poder contar historias como estas, y conocer a gente asi de hermosa! Gracias, Iroel, leer La Pupila siempre es un “regalo de lesa humanidad”!!

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