El nuevo juguete de Daniel Chavarría*


Iroel Sánchez
Daniel Chavarría presenta su "Juguete Nuevo"

Daniel Chavarría presenta su “Juguete Nuevo”

En Completo Camagüey, una novela publicada en coautoría con Justo Vasco allá por el año 1983, Daniel Chavarría ubica como causa de la detección de un agente de la CIA enviado para ejecutar una agresión biológica contra Cuba, su desconocimiento del habla popular cubana de los años setenta y ochenta del siglo pasado mientras conversa en un bar habanero.

Esa vocación lingüística del profesor de Latín y Griego de la Universidad de La Habana, y conocedor de varios idiomas occidentales, que es Chavarría, también aflora en los relatos presentes en este volumen titulado Cuentos para ser oídos.

El habla de los cordobeses argentinos, que estiran las vocales, de gagos montevideanos, de las prostitutas colombianas que gritan “Duro, su mercé”, de un matón salvadoreño narrando cómo se hizo terrorista, o del modo en que un argentino “que se decía sirio libanés “reencauchado” en Chile” utiliza  las palabras güevón y güevada como comodines, se suman en este libro a la divertida manera en que un grupo de campesinos cubanos aprenden la fonética francesa o un africano emigrado a Alemania machuca la lengua de Shakespeare. El profundo conocimiento que posee Chavarría, no sólo académico, sino el que le ha deparado el hecho de compartir las más diversas circunstancias con personajes  de variados estratos y realidades sociales, sobre todo en Nuestra América, se mezcla aquí con esa capacidad para convertir anécdotas y personajes salidos de los lugares más oscuros en protagonistas de historias extraordinarias como la de las “tortillas escalonadas” que cierra el libro.

Es algo que Chavarría sabe hacer con maestría, como demuestra su novela El ojo de Cibeles, en la que un mendigo y una prostituta estremecen hasta los cimientos la Atenas de Pericles.

Impresiona también el modo en que alguien no nacido en estas tierras ha logrado penetrar las esencias del comportamiento cubano, desde lo marginal hasta lo épico, pasando por el testimonio de la relación del autor con otros protagonistas de nuestra cultura.

Lo ficcional y lo histórico se mezclan en este libro de manera tal que podemos, de la mano de su autor,  asistir al suicidio en Bogotá -por amor no correspondido- de la joven guatemalteca Arabella Árbenz, leer un insólito relato sobre el intento de Sir Francis Drake de combatir la calvicie de la reina Isabel, o historias de mafiosos reales e inventados, de gordas fatídicas y gulas inoportunas, donde no faltan el humor y el ingenio de seres humildes como un niño limpiabotas, o un profesor que se auxilia de una manguera y enfrenta el burocratismo de sus jefes, llamado Daniel Chavarría.

Están acá las lealtades del autor a sus contemporáneos en su natal Uruguay y también a este país en que se hizo escritor. Por eso en este libro no faltan los datos donde van: que el padre de la muchacha suicidada en Bogotá es Jacobo Árbenz, el mismo que la CIA derrocó en 1954 por hacer una Reforma Agraria, o que quien evoca a Edmundo Dantés –el Conde de Montecristo- desde una celda en Miami de apenas seis metros cuadrados por dos de alto, es el héroe cubano Gerardo Hernández, condenado a dos cadenas perpetuas por proteger a Cuba del terrorismo.

No tuve el privilegio de ser alumno de las ya legendarias clases de lenguas clásicas de Daniel Chavarría pero recuerdo con detalle  la primera vez que hablé con él. Cuando comenzaba a trabajar en el Instituto Cubano del Libro y decidimos rescatar el espacio Sábado del libro, donde cada semana se presenta un título nuevo a los lectores cubanos, Chavarría fue el autor escogido para reiniciar la saga en mayo o junio del año 2000.

Concluida la presentación conversamos un rato, y Daniel me confesó su desaliento en los años más duros de la durísima década del noventa en Cuba, junto a su decisión de permanecer aquí, a pesar de que como me dijo, pensaba que sólo Fidel creía en aquellos momentos que el país no colapsaría y junto con él las aspiraciones de justicia e independencia que décadas atrás habían empujado al autor de La sexta isla a echar raíces en nuestra tierra; me contó también de su negativa a complacer a los editores europeos que le pedían renegar de su obra anterior y sumarse a la moda –tan aparentemente imposible de evadir en aquellos años- de denostar de la Revolución cubana.

“No pido panfletos ni apología de compromiso; y desde luego, no ignoro que en este país abundan razones para la crítica, por sus imperfecciones, errores, corrupción en algunos casos, y hasta abusos e injusticias a veces; y yo mismo he escrito de eso en mis novelas, pero nunca con rencor ni mala leche”, dijo Chavarría semanas atrás al hacerme el honor de presentar mi libro Sospechas y disidencias, y evocó de modo involuntario aquella vez en que el gran ser humano que es se mostró tras el escritor que muchos admiramos.

Con estos Cuentos para ser oídos, el autor de aquellas palabras prueba esa honestidad intelectual que trasluce su postura y lo hace con el sentido lúdico, la sabiduría lingüística y la cultura enciclopédica que ha sabido poner siempre al servicio de las ideas en que cree.

Como diría Luis Rogelio Nogueras, Hay muchos modos de jugar pero éste que nos regala hoy nuestro querido Daniel Chavarría es de admirar y agradecer.

Gracias, Daniel.

* Palabras en la presentación del título Cuentos para ser oídos, de Daniel Chavarría, en la Feria Internacional del Libro de La Habana.  (Publicado en CubAhora)

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Un pensamiento en “El nuevo juguete de Daniel Chavarría*

  1. Daniel Chavarria es, además de un gran intelectual, una persona realmente encantadora. Los que asistimos esta mañana de domingo a la Sala Nicolás Guillén de San Carlos de La Cabaña, en ocasión del coloquio sobre su vida y su obra, tuvimos la dicha inmensa de compartir junto a él un espacio y un tiempo que supo llenar de calor humano, alegría, música, poesía y amor, con la complicidad de sus amigos. Deseo que sean muy felices, le dijo luego a mis hijos, mientras les dedicaba sus libros, y en su boca no era el lugar común tantas veces abusado, sino una suerte de conjuro pronunciado por un mago bueno. Gracias Daniel.

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