Un adiós al gran Jaime Crombet, de un discípulo agradecido


Néstor del Prado Arza
Sepelio de Jaime Crombet. Sus nieto Felipito lleva la urna con sus cenizas.

Sepelio de Jaime Crombet. En primera fila, junto a su viuda Ofelia, los vicepresidentes Machado Ventura y Ramiro Valdés. Su nieto Felipito lleva la urna con sus cenizas.

El pasado 8 de mayo, gracias a la terminación anticipada de una reunión en la zona de Altahabana, pude lograr un caro propósito varias veces pospuesto: visitar a Jaime para expresarle mi solidaridad y decirle que podía contar conmigo en lo que fuera necesario.

Desde hacía más de 6 años que no nos encontrábamos, yo siempre interrumpía cualquier actividad, cada vez que  él salía por la TV, me alegraba verlo lleno de optimismo; con su amplia y franca sonrisa y su típica gestualidad para apoyar su expresión oral, fruto de un razonamiento agudo y llano a la vez, siempre marcado por la sinceridad y la modestia que lo caracterizó.

Ya en los últimos meses y antes de anunciarse su solicitud de liberación del cargo, su semblante me preocupó, evidentemente su salud no estaba bien.

En noviembre del pasado año, en la actividad por el 90 aniversario de la Revista Alma Máter, le pregunté a Ricardo Alarcón, ahí supe que la enfermedad de Jaime era grave, pero que mantenía su lucidez y su imbatible deseo de continuar siendo útil a la Revolución. Le pregunté a Alarcón si consideraba oportuno que lo visitara y me respondió que sí, que seguramente se alegraría.

Pasaron casi 6 meses, en varias ocasiones pasé frente a su casa, pero entre la incertidumbre de que  no fuese  oportuna mi visita y la tiranía del tiempo, no me decidía, hasta que el 8 de mayo todo sopló a favor.

Sobre las 5 de la tarde de ese día, empecé a merodear la casa intentando divisar a alguien; al no lograrlo, me disponía a dejar una nota en un candadito de la puerta principal exterior, cuando una doctora que estaba de visita en la casa, alertó a Ofelia que un hombre estaba haciendo algo en la puerta.

Ofelia salió preguntándome qué deseaba, al escuchar mi voz y reconocerme, me  invitó a pasar. A  ella no la veía desde hacía mucho más tiempo, pero nos saludamos con el cariño de siempre. De inmediato le dije: “no vengo a causar ninguna molestia a Jaime, vengo a saber de él, y a darle un abrazo si fuese posible”. Me dijo que estaba con oxígeno puesto, pero insistió en que pasara para que me tomara un café.  Le comentó a la doctora del barrio, sobre mí y enfatizó en mi paso como dirigente de la Escuela Vocacional Lenin, ya que estaban en realización las pruebas de ingreso a la educación superior. Me comentó que su nieto Felipito había hecho la prueba de matemática el día anterior, que era muy buen estudiante, que era el presidente de la FEEM de la Lenin y que aspiraba a la carrera de Automática en la CUJAE.

Luego de actualizarla de mis actividades actuales, llamó a Felipito para que conversáramos sobre la prueba de ingreso, la matemática y la selección de la carrera.

Le conté algunas anécdotas de mi paso por la Lenin, desde agosto de  1973 hasta agosto de 1981; 8 años de plena juventud, consagrada a una colosal obra.

Ese oficio que he cultivado de descubrir el talento juvenil, me confirmó que estaba ante un excelente joven, modesto, inteligente, jovial.

Me dijo que había comprado el libro Paseo por el universo de los números, de la editorial Academia, que yo dirijo.

Cuando ya pensaba marcharme, luego de tomar el café; Ofelia me dice que Jaime quería que pasara a verlo. ¡Respire profundamente!

Efectivamente, Jaime estaba acostado en una pequeña cama, con oxigenación artificial, estaba viendo un juego de pelota entre Industriales y Villa Clara, en la porfía por el cuarto escaño. Entré acompañado de Ofelia y Felipito, que ya era mi amigo.

Aprecié que  Jaime estaba ya indefenso ante la muerte, eso me golpeó profundamente, pero intenté disimularlo.

Tal como me había anunciado Ofelia, Jaime de inmediato le dijo a su nieto, que yo había sido el primer presidente de la FEU Nacional, orgánicamente fundada en 1971, y que además era un gran matemático y promotor de la computación.

Le dijo a Ofelia que me había visto en una entrevista en la televisión, “haciéndole un disparo” a la conductora, que es una linda muchacha. Le dije “eso lo aprendí de ti”, todos rieron. Le expliqué que hice algo no habitual, le anuncié a Indira que le regalaría una flor intelectual; que explicaría eso al final de la entrevista. Entonces le dediqué un elogio argumentado, combinando el piropo con la creatividad en el conocimiento científico; parece que salió bien, pues ella se emocionó y en el estudio aplaudieron.

Al preguntarle a Jaime cómo estaba, me dijo que tenía un montón de problemas de salud, que tuvo que ponerse oxígeno, ya que al hacer ejercicios, se sintió con falta de aire; me explicó lo del problema cardiovascular, lo de los pulmones, lo de la columna. Entonces le pidió a Felipito que me detallara cada dolencia, pues ya se las sabía mejor que él.

Fue una explicación digna de un especialista, pero lo que más me impresionó fue la carga de amor y admiración por su abuelo; en ocasiones Jaime precisaba algo. La mente de Jaime estaba excelente, se me ocurrió decirle que tal vez lo del oxigeno era un placebo, y sin pestañar, me ripostó: “no, Néstor  del Prado, un placebo es cuando el medicamento es aparente y va dirigido a lo que el paciente piensa que lo va a aliviar, pero esto es por insuficiencia respiratoria real”. Comprobé que estaba como en sus buenos tiempos, ágil de mente y con vasta cultura.

En un ambiente distendido y cariñoso, le dije que le pediría una confesión sobre un hecho histórico del cual fue protagonista, en el año 1968, durante la realización de un pleno ampliado del comité nacional de la UJC, realizado en el CSO Cristino Naranjo. Cuando aquello, yo era miembro del Comité Universitario de la UJC-FEU de la Universidad de La Habana.

Se trataba de un debate muy controvertido sobre un tema, que no detallaré,  del que opinaron personalidades de la política y la cultura. Recuerdo las argumentaciones del cineasta Santiago Álvarez, las de Carlos Rafael Rodríguez, entre otras.

La tarde del 8 de mayo de 2013, en que me despedí de Jaime, obtuve su respuesta; realmente no me la esperaba, pero su honestidad a toda prueba y la argumentación que me dio, me dejó convencido que era la pura verdad.

Tal vez en otro momento haga pública su respuesta y su argumentación.

Conversamos un rato más, pero el sentido común me decía que ya era tiempo de marcharme. En el estrechón de manos de la despedida, intenté expresarle todo mi agradecimiento por sus enseñanzas y su ejemplo; y de ocultarle mi consternación por la certidumbre,  de que se trataba de una despedida definitiva.

Fue una visita reconfortante para todos, al menos así la sentí.

Ofelia me dio el teléfono de la casa y me invito a volver cuando quisiera.

Me despedí de ella, de Felipito y de Laura, la otra nieta de Jaime y de Ofelia, una niña dulce y educada, con mirada inteligente.

Al doblar la esquina y  abordar el automóvil, no pude evitar que un intenso nudo en la garganta me obligara a derramar lágrimas  verdaderas.

El 24 de mayo en la edición estelar del Noticiero Nacional de la TV., supe de la aciaga noticia. Al poco rato comencé a escribir esta suerte de crónica.

Al terminarla me vinieron a la mente muchos recuerdos y vivencias sobre el quehacer de Jaime como líder juvenil, como dirigente del PCC y el Gobierno. Tal vez un día me decida a escribirlas y a publicarlas.

Por lo pronto me decidí a escribir estas sentidas palabras, para desahogarme y para compartirlas con Ofelia y Felipito; al conocer la noticia de la muerte de ese gran revolucionario, que tuve la dicha de tener como mentor y paradigma.

25 de mayo de 2013.

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9 pensamientos en “Un adiós al gran Jaime Crombet, de un discípulo agradecido

  1. No pero nació en una región de Cuba donde hay muchos apellidos franceses fruto de la emigración procedente de Haití luego de la Revolución antiesclavista allí.

  2. Jaime, además, pertenece a una de las más notables familias cubanas, desciende en línea directa del General mambí Flor Crombet. Él siempre fue digno de su apellido lleno de gloria, una gloria que siempre honró con su servicio distinguidísimo a la Nación. Lo conocí entrañable y personalmente, mi padre y él fueron siempre como hermanos, una hermandad forjada en medio de las batallas ideológicas y políticas que como dirigentes universitarios tuvieron que enfrentar en la segunda mitad de la convulsa década del 60 y de las que no se ha escrito lo sufieciente. Entonces mi padre era presidente de la FEU de la Facultad de Ingeniería Civil y vanguardia nacional de esa organización cuando se graduó. Unos años después regresó a la Universidad a estudiar Ciencias Políticas, lo que sería por siempre su vida. Siempre recuerda ésa, como su época más feliz y desde entonces y para siempre surgió la admiración por la inteligencia genial, la sencillez y la autenticidad de su hermano del alma, el grandísimo Jaime Crombet…

  3. Seguidores de lapulilainsomne: les confienso que quedé sorprendido al conocer que mi modesto pero auténtico testiminio de aquella visita, estuviese en el ciberespacio. Lo que escribí era solo para Ofelia, y en el mensaje le decía que jamás lo publicaría sin su autorización, ya que era algo más bien para la familia. Hoy en la mañana en una peregrinación de más de cuarenta compañeros de Jaime, hasta la tumba que guarda sus restos mortales, supe por su hija Tania, que ella le había envíado mi crónica a Iroel, y que a este querido amigo, le había parecido bien publicarla en su blog. Ya esa información me devolvió la paz; aunque para no dejar cabos sueltos hablé con Ofelia y luego con Iroel, y todo quedó aclarado. Ojalá los que la hayan leído y comentado con otros se sumen al homenaje a ese gran revolucionario, que supo vivir, y también morir con una entereza, modestia y sencillez guevariana.
    Comprobando el poder de las Redes Sociales, al salir del cementerio, en plena calle 23, me interpela una persona, que al principio no reconocí, para decirme que Silvio le había enviado mi crónica y que le había llegado muy profundamente.
    Tengo en mente estimular la escritura de un libro sobre Jaime Crombet, en que no menos de 50 compatriotas que compartimos con él la vida juvenil, plasmemos en no más de dos cuartillas, nuestros más fervientes y educativos recuerdos, que sirvan a las nuevas generaciones como fuente nutricia de las buenas causas de nuestra querida Cuba. Bien podría titularse. «Así fue Jaime Crombet, respetado y querido. Evidencias testimoniales».

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