Cinema Paradiso (+ video con banda sonora)


Álvaro Castillo Granada

cinema_paradiso2Hace veinticuatro años vimos esta película juntos. Como todo en ese tiempo, sólo tenía sentido si lo hacíamos los dos. Era nuestra forma de ser novios. Ser los dos siempre. Firmar con un solo nombre. Intentar compartirlo. No podíamos entender el estar juntos de otra forma: el tiempo que nos separaba era apenas una pausa, un detenerse, antes de volver a encontrarnos.

Nos hallamos en una calle, ¿recuerdas? Me habías dicho el día anterior que no querías ser mi novia pues ibas a perder al amigo. Yo te dije que eso no era así: que yo iba a ser tu amigo y novio. Las dos cosas podían ser lo mismo. En ese entonces podían ser lo mismo.

Esa tarde iba/venía caminando por la carrera séptima. Rumbo a mi casa. Rumbo al trabajo. Ya no sé. Era un 20 de enero. La fecha no se me olvida. Hacía cincuenta y un días que había empezado a trabajar. Solamente por un mes. Por las vacaciones. Ya van a ser veinticinco años de librero. Nos cruzamos. Me sonreíste. Nos detuvimos un segundo y me preguntaste: “¿Quiere ser mi amante?”. Te dije: “Sí”. Y eso fuimos durante casi cinco años. Así de simple. Con una pregunta de cuatro palabras y una respuesta de una sola.

Debió ser, por la fecha, una de las primeras que vimos juntos. En el cine te sentabas siempre a mi lado izquierdo. Nos tomábamos de la mano. Había un momento en el que tú decidías, no yo, meter tu mano en mi pantalón. Eras diestra. De ahí la importancia de donde te sentabas. Tu mano me tomaba y no cesaba hasta cuando atrapabas, como si fuera un tesoro, lo que llamabas “lembas”. Sí, “lembas”, como el pan de los elfos.

Durante casi seis meses leímos en voz alta los tres tomos de El señor de los anillos. Asistíamos lo menos posible a clase. Nos íbamos a cualquier jardín o prado de la universidad y nos alternábamos en la lectura. Primero en un ejemplar prestado. ¿Recuerdas? Fue Juan Manuel Camargo el que nos lo prestó. Después, una tarde, mientras caminábamos por el Parque Santander (¿a dónde íbamos, de dónde veníamos?) la lluvia nos atrapó. Recuerdo que nos sentamos a escampar en la entrada del edificio de Avianca. Ahí recordaste que cuando niña te habían abierto una cuenta de ahorros. Y que tal vez había ahí lo suficiente para comprarnos nuestro Señor de los anillos. Sí, nuestro. Sacaste la plata al día siguiente. Yo saqué lo que tenía. Se lo encargamos a Mauricito (quien en esa época era el que conseguía ciertos libros). Nos llamó a los pocos días y el 3 de abril de 1989 nos lo entregó. Ese día lo marcamos con el que durante tanto tiempo fue nuestro nombre: “catalinálvaro”. Si íbamos a estar juntos toda la vida, si nos íbamos a amar eternamente, no había necesidad de tener dobles ciertas cosas. Los libros, por ejemplo. Nos lo llevamos a Aquitania, al lado de la laguna de Tota, a donde nos escapamos para estar solos, para poder estar solos. Donde por primera vez estuvimos juntos. Y lo leímos antes del amor. Y después del amor. Empezamos a ser nosotros. Fuimos nosotros.

Por ese entonces fue que vimos la película. Recuerdo que lloramos en las mismas escenas. Había un lazo, una corriente, que nos unía de manera inexplicable. Éramos juntos. A los pocos días de verla me dijiste que tenía otro final, que Cinema Paradiso no terminaba así, que al final ella lo esperaba sentada en la banca de un parque porque nunca había podido olvidarlo. Siempre lo había esperado. Y así se quedó la película: con dos finales. El que vimos y el que tú sabías.

Hoy, veinticuatro años después, la vuelvo a ver. Ya no contigo. Solo. Ya no somos. Hace mucho tiempo que no somos. Llegué a mi casa y me dije: “Hoy voy a ver Cinema Paradiso”. En la versión del director que ya no recuerdo cuándo ni dónde compré. Es del 2002 y tiene 50 minutos más. Cuando la vi me dije: “En esta debe estar el final que ella dice, el otro”. Volví a llorar en las mismas partes. Casi todo lo recordaba. Casi todo. Esperaba el final que tú decías y no habías visto. El que te imaginaste, el que te contaron, el que te inventaste porque una historia de amor no podía terminar con dos amantes separándose y olvidándose. No podía ser y así no iba a ser la nuestra. Aunque así fue después. Así es.

Y pasa todo lo que pasa en esos cincuenta minutos y el final que tú habías creído no era. Es otro, Más hermoso y desgarrador. Diferente y el mismo. Y lloré nuevamente porque ahora entendí las palabras que Alfredo le dice a Totó poco antes de marcharse de Giancaldo: “Evidentemente tenía que ser así. Cada quién tiene una estrella que seguir”.

Así tenía que ser. Así fue. No fue el final que vimos, ni el que me contaste. Fue otro que nadie jamás esperó. Ni tú ni yo. Así es la vida… Y hoy escribo por primera vez tu nombre sabiendo que te nombro a ti, Catalina…

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