Pedro Miguel: Periodismo y Tecnología (Parte I)


Rosa Miriam Elizalde e Iroel Sánchez
Pedro Miguel

Pedro Miguel

Pedro Miguel es editorialista del diario mexicano La Jornada. Recientemente estuvo en La Habana y volverá a fines de este mes para un intercambio en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Esta es la primera parte de un diálogo que sostuvimos con él en distintos momentos de su visita a Cuba que incluyó un intercambio con blogueros y usuarios de las redes sociales en nuestro país al que Pedro Miguel accedió amablemente. Diversos temas como las transformaciones provocadas por Internet y la informática en el periodismo, su relación con Wikileaks y Julian Assange y  la formación de un nuevo profesional para la información son abordadas por el experimentado periodista en estas conversaciones que publicaremos en tres partes en La pupila insomne

P: Háblanos un poco de ti. ¿quién eres?, ¿de dónde vienes, ¿cómo te hiciste periodista? ¿Cómo has llegado acá?

R: Vengo de México, y como esas señoras que trabajan lavando ropas de otras familias, algo que en esa tierra llaman “lavar ajeno”, yo también vivía de escribir ajeno, ese era mi oficio.

Nací en Guatemala. En 1967, a la edad de 9 años, llegué a México, y me quedé allí como guatemalteco, siendo y sintiéndome guatemalteco hasta los 20, 21 años. Después perdí todo interés y todo vínculo con Guatemala y me consagré a México.

No tengo una formación universitaria. Básicamente mi educación transcurrió en México donde llegué a hacer cuarto de primaria y luego un año de secundaria en Guatemala. De formación académica superior solo dos semestres de lengua francesa, uno de arquitectura, tres de antropología y ya.

Sin embargo tenía un oficio: escribir, y me ganaba la vida escribiendo, ajeno. Guiones, tesis, discursos, cartas de amor, por supuesto, ¿no?

P: ¿Confundías los programas?

R: No, no llegué a tanto. Me pasaron cosas muy graciosas a ese respecto, pero no llegué a tanto. Por ejemplo, responderme a mí mismo; eso sí fue muy divertido.

P: ¿Cómo fue eso?

R: Una amiga quería seducir a un tipo y me dijo: “Oye, escribe algo, que yo lo firmo”. Le dije que sí. Como a las dos semanas llegó el tipo, que era otro amigo y me dice: “Recibí algo, pero no estoy a la altura. Por favor, ayúdame.” También le dije que sí, que le redactaría una respuesta. Fue un error. Se casaron y fueron una pareja horrible.

Yo vivía de eso. Me metí de lleno en la museografía, y comencé a especializar mis textos; creo que uno de ellos logró salvarse. Esto requiere muchísima producción de textos, desde el guión museográfico.

Después, en una de las tantas crisis económicas de México, me quedé sin contratos, sin trabajo. Necesitaba un sueldo, porque si no me moriría de hambre. Entonces fui donde necesitan gente para escribir: ¿qué mejor que un periódico?

Toqué las puertas de El Día, diario que vivía su momento de gloria, y me dieron trabajo como redactor de información internacional.

P: ¿En qué año fue eso?

A: 1983. Ya para entonces yo tenía muchos amigos en el viejo periódico Uno más uno, y colaboraba en el suplemento de historietas que se llamaba El más o menos. Ahí escribía una seccioncita que se llamaba Hoy más o menos, que era el acontecer nacional y mundial en versos, como para niños.

Entonces yo lo escribía, un tipo lo ilustraba, y hacíamos una tira cómica en versos. Recuerdo que hicimos poemitas más o menos de la elección de Reagan, se llamaba “El imperio contraataca”, esa serie de cosas.

Nos divertíamos muchísimo. Y en El más o menos aprendí cosas técnicas de periodismo: fotocomposición, diagramación; especialmente con Magoon, el jefe de este medio. Sabía cómo se armaban los cartones para los originales; para las placas, cómo se reproducían las cosas. En aquel momento no había impresora láser, ni Photoshop; todo era fotográfico.

Acababa yo de entrar al periódico El Día, cuando el Uno más uno, otro medio mexicano, se desgaja y sale un grupo de descontentos e inconformes para fundar La Jornada. Ahí estaban mis amigos: “te tienes que venir a La Jornada”, y entonces fui. Me presenté con Carmen Lira, actual directora general de La Jornada, a un examen para ver si decidían o no contratarme. El examen fue a hacer editoriales, por tanto empecé a hacer también ese trabajo. Terminé de redactor de internacionales, el mismo trabajo que hacía en El Día. Yo tenía esas cosas de la museografía: ser sintético, tener una visión globalizadora, por eso no me resultó difícil.

Entonces en La Jornada empecé como redactor y muy pronto empecé a hacer editoriales.

P: ¿Las editoriales siempre tenían una pauta del director?

R: Sí, siempre me preguntan sobre eso.

P: Lo que pasa es que uno siente que en los editoriales de La Jornada hay como algo más.

R: Mira, te voy a decir que es lo que hay: una tradición. Se hacían dos editoriales; uno nacional y el internacional. Es decir, los editoriales escritos por mí, a veces eran del área internacional, del área nacional jamás. ¿Quiénes hacían los editoriales de La Jornada? Aguilar Camín, Granados Chapa, Gilly, Palmeira, Rodríguez Araujo,  esos eran los editorialistas.

Se fue forjando un lenguaje, un universo semántico, unas reglas; se fue formando sobre todo el manejo de principios que permitió tener una visión sobre cualquier asunto.

P: Aunque no es algo estricto.

R: No, no, no. No hay una constitución, no la hay. Sí están planteados los principios fundacionales del diario en un documento, en el que se convocó a la sociedad a formar un periódico en el 84. Pero no así aplicado al editorial.

La Jornada se fundó en medio de la miseria, nuestra gran maestra fue la miseria, porque nuestros recursos no alcanzaban, y para entonces –te hablo del principio de los años 80-, lo que había en el mercado eran sistemas de fotocomposición, dedicados, especiales,  y cada terminal de fotocomposición costaba de cinco a diez mil dólares.

Y alguien descubrió que una computadora personal (PC) IBM podía hacer el trabajo de una terminal de fotocomposición, si tú la programabas, y podía hablar con una fotocomponedora, si tú le ponías los programas y cierres necesarios.

Se compraron entonces 12 computadoras personales, que estaban enchufadas a la fotocomponedora por medio por medio de una caja, era la caja HIJ.

P: ¿Cómo de qué año estamos hablando?

R: 1984. Eso conformándose, era Word Star, era Word Perfect, era DOS. Tú con tu mando le decías  a la caja HIJ: “compón así; justifica; línea a la izquierda, centra”.

Así se funda La Jornada. Es decir, debió haber salido a circulación el primero de septiembre del 83. Es el día del informe presidencial. A los directivos les parecía era una fecha crucial, políticamente importante. Pero empezamos a circular el 19 de septiembre. El cable que conectaba a la computadora con la HIJ, no podía salir de la aduana, y retrasó toda la salida un cable, un cable serial.

Y como era todo economía cerrada, estábamos a diez años casi de firmar el TLC. Sacar un tornillo de la aduana era una pesadilla. Tenía que llegar un especialista evaluador a cotizar, para ver qué impuesto tenías que pagar.

En el tiempo de solicitud de la autorización para poder sacar el cable serial, alguien en el periódico dijo: “oigan, seguro vienen los diagramas de las conexiones. Vamos a fabricarlos nosotros; con soldaduras.” Y el cable todavía está en la aduana. Fabricamos uno y lo enchufamos, ya desesperados.

Son historias muy interesantes. Entonces tú le decías a la HIJ, conformándose entre brakes lo que tenía que hacer: permitir una capitular, que la metiera en negrita, que la metiera en cursiva, que le diera tanto de interlínea, que le diera tanto ancho.. Y salían galeras, en papel fotográfico que había que revelar y después encerar para pegarlas en cartones para ir armando las planchas, y después al Off Set. Estábamos saliendo del linotipo, de los tipos calientes.

Después Payán me encontró con una computadora bajo el brazo. Las primeras computadoras personales que podía uno comprarse eran unas que enchufabas al televisor y almacenabas información en casetes de audio, ¡un horror! Cuando hubo una, me la compré, por supuesto.

P: Eso no llegó a Cuba. Aquí llegaron los flopys de 8 pulgadas…

R: Ah, los flopys. Aquella computadora es contemporánea de los flopys de 8 pulgadas, pero los flopys eran muy caros, casi prohibitivos. Entonces tenías la alternativa barata que era la casetera, que grababa.

Yo tenía inquietudes con la informática desde mucho tiempo atrás. Para mí las computadoras fueron un hallazgo, un descubrimiento, una obsesión.

Me atraía el aspecto literario. Yo decía: “es que este aparato me puede ayudar a escribir”. Por supuesto, cuando en México aparecieron las máquinas de escribir electrónicas, yo empeñé mi choche y me fui a comprar una. Era una maravilla. Las compu que hacían galeras.

Payán estaba obsesionado, yo estaba obsesionado. El día que Payán me descubrió con la computadora me dijo: “¿Y eso qué es?” “Es una computadora.” “No, si es más grande.” “No, es que esto es solo el teclado y el CPU, luego la enchufas a la tele.” “Te nombro coordinador  informático del periódico”, es fue el peor error de Payán en su gestión como director, nombrarme a mí jefe de sistemas.

Me pone la obligación de automatizar el periódico. Debía comprar una computadora a Estados Unidos para hacer el periódico, para formar el periódico en pantalla, ya no en cartones. Era muy adelantado para su tiempo.

Fui a Estados Unidos varias veces, a ver sistemas y estudiar por tres meses el funcionamiento de la computadora que íbamos a comprar.

P: ¿Dónde estudiaste? ¿En una universidad o en un periódico?

R: No, en una academia de esa empresa, tenían sus propias academias en donde formaban los técnicos. Tenías que aprender a reparar, a reprogramar, las funciones, desde el sistema operativo. Era una máquina multiusuario, con 32 terminales, CPU paralelos, floppys de 8 pulgadas, respaldo. Unos discos duros inmensos.

Una aventura muy interesante, muy de pesadilla también. Acabé mal, es decir, acabé hundido en una depresión total, porque no era lo que yo podía esperar.

P: ¿Y cómo asumiste ese cambio tan brutal?

R: Pésimo, pésimo. Estamos hablando del 87, 88; y ya había en el gobierno una tendencia neoliberal configurada: los tecnócratas. Pasé a ser el tecnócrata, el que iba a dejar sin trabajo, el enemigo público número 1. Tuve al sindicato absolutamente en contra, también a los reporteros. Pasaron cosas inverosímiles, inverosímiles.

Uno de los reporteros me decía: “No, me niego a escribir entonces”. Le pregunté por qué y respondía: “Mira, yo tacho continuamente guiones, y guiones. Si no me gusta empiezo a escribir otra cosa, entonces tengo que estar viendo lo tachado, no puedo”.

Bueno, le inventé una fuente tachada que no existía. Le dije: “mira, escribe, si no te gusta lo marcas, lo vuelves fuente tachada y sigues escribiendo.” Entonces, estuvimos perdiendo disquetes que eran de cinco un cuarto porque las computadoras tenían dos lectores de disquetes, uno arriba y otro abajo. Y ellos tenían las habilidades para meter el disquete en medio de las ranuras. “Se comió mi disquete la máquina”. “¿Cómo que se lo comió?” “Sí, no sale.” “Tiene que salir, nada más mueve la palanca.” “No, no sale.” Entonces iba, “pero es que no hay disquete.” “Sí, está en medio.”

P: De la ingeniería al periodismo…

R: Y el gerente, en esa época, como buen gerente, me mandó a  comprar para él la mejor computadora, la más cara. La más inútil computadora que se compró, la compró él. Un día me llama y me dice: “Oye, mi computadora no sirve.” Le digo: “¿Qué le pasa?” Dice: “se le descompuso el porta vaso.” “Las computadoras no tienen porta vaso”, dije yo. “La mía sí tenía, ven a ver”. El lector de CD ROM; se había comprado una computadora de CD ROM y lo usaba como porta vasos. En fin, pasaron muchas de esas cosas.

Salí de informática, y fui a buscar un ingeniero que me reemplazara, y le dije: es mejor que se encargue de los hierros. Y regresé a mi trabajo de redactor.

P: ¿De vuelta a la redacción internacional?

R: Sí. Muy poco tiempo después empezó La Jornada con un proyecto de cooperación entre varios medios: World Mailer, lo inventaron unos chicos que salieron de Liberación, en Francia, para hacer su propio medio. Lo inventaron en El País, que en ese tiempo tenía una relación muy fraterna con La Jornada. Después, sabes lo que pasó, El País siguió…

P: Su rumbo inexorable…

R: Su rumbo. Entonces, Payán me pidió que me pusiera al frente de eso. Fue muy hermoso, primero porque viajabas mucho y conocías diferentes lugares: Estambul, Jerusalén, etc. Pero era muy hermoso, porque realmente se hacían visiones globales de las cosas, eran repasos muy exhaustivos de un tema mundial.

P: ¿Qué fue la World Mailer?

R: La World Mailer era una red de periódicos, donde estaban Liberación, El País y, por supuesto, La Jornada.

P: ¿Qué hacían? ¿Trabajos en conjunto, publicaciones simultáneas?

R: Mira, había dos reuniones anuales de los medios. Entonces, una vez aprobado el tema, se fijaba un calendario para producir el material, y se dividía el trabajo.

Podía ser el panorama religioso, por ejemplo. “¿Qué nos propones como reportaje?” “Bueno, tenemos el tema de la santa muerte, que es un tema que está surgiendo.” Entonces, “¿qué más tienes con colaboradores?” “Bueno, tenemos al hijo de Rulfo que es fotógrafo, y que está bien…” “Entonces ahí tenemos fotos de México, tenemos un reportaje de México.”

Propones un escritor, “Fulano”. Bien, La Jornada va a aportar esto, eso y aquello. “¿Qué vas a hacer tú?” “Voy a hacer algo sobre el culto gaélico, el culto celta de muerte.” “Perfecto, ¿tú qué vas a hacer?” “Quiero hacer algo sobre la masificación de los velorios, el mercado de la muerte en Estados Unidos.” “Perfecto.” Entonces íbamos juntando materiales a lo largo del exterior.

P: Tenían unos traductores espectaculares, ¿no?

R: En muchos casos se hacían sinergias. Por ejemplo, nosotros usábamos las traducciones que hacía El País, les servían a ellos y a nosotros. O bien no nos gustaba y hacíamos la nuestra.

P: ¿Quién financiaba todo eso?

R: Cada medio ponía un dinero para cada número, y eran suplementos que quedaban para publicar, 64 páginas si querías. Entonces cada medio tomaba sus decisiones soberanas, en cuánto a qué publicaba, cómo lo publicaba, con qué diseño, con qué formato. Si lo publicaba todo junto, si lo hacía a lo largo de un mes, a lo largo de una semana; eso ya cada quién lo decidía.

P: Ah, no era un suplemento, o sí, lo podías hacer como suplemento o como artículo del domingo, era libre a utilizar el material.

R: Artículos cuestionables, y la redacción central producía las tipografías.

P: ¿Qué tiempo duró el proyecto?

R: Duró cuatro años. La participación de La Jornada fue solo de dos, porque entró a partir del segundo número, y se salió porque hubo una crisis en México, y no podía costear los 10 mil dólares por número.

P: ¿Por mes, al año?

R: Por edición, dos veces al año.

P: ¿Y por qué fracasa entonces la World Mailer?

R: No funcionó el modelo de publicidad. Los medios participantes no aguantaron, es decir, invirtieron e invirtieron, pero nunca lograron vender la suficiente publicidad como para sostener aquello. La idea de poder comercializar esos suplementos y sacarle mucho más dinero, eventualmente, despareció.

R: Después, con la renuncia del coordinador de opinión, hay un momento de crisis en La Jornada. Yo asumí el cargo.

En el 92, hicimos un proyecto de televisión, hacer programas noticiosos, en el que el periódico aportaba el diseño editorial. Nos tuvieron también ahí destacados. Creo que hacíamos el guión y todo.

P: ¿Ya eso después del levantamiento zapatista?

R: Antes. Entonces como coordinador de la opinión de La Jornada debía invitar a escritores, hacer mi comentario, en fin.

De ahí pasé a ser coordinador editorial, y en ese tiempo inventé un suplemento de cibercultura, que se llamaba Virtualia, duró unos tres años. Después de eso me dediqué solo a hacer artículos, columnas, editoriales. Hasta la fecha no tengo ningún cargo.

P: Háblanos de la experiencia de Cibero América.

R: Bueno, ese es un proyecto mío que no tiene nada que ver con La Jornada. Lo inventamos un amigo y yo,  pensando que queríamos tener en Internet el pensamiento de integración de América Latina, y que este era el instrumento para integrarlo.

P: Rebelión fue en el 96. ¿Eso es antes o después?

R: Es contemporáneo, pero nosotros no teníamos nada, podemos decir. Teníamos una preocupación regional, de continente idiomático, una preocupación semiótica sobre cómo eran los lenguajes en Internet.

Cómo se redacta en Internet, cómo se diseña y narra en Internet, que no es papel, no es tele, ni radio, es otra cosa.

P: ¿Cibero América sería específicamente el periodismo mirado desde la Web, o sea, la evolución que se está dando en esta plataforma?

R: Sí, eso era lo que queríamos.

P: Además de la preocupación por el lenguaje.

R: Sí, la sistematización del lenguaje era fundamental.

P: ¿Eso salía? ¿En qué lenguaje?

R: Por Internet. Teníamos un servidor.

P: ¿Una página Web, con FPT y demás?

R: Sí, estábamos actualizando todo el día.

P: No fue hasta el 96 que Estados Unidos permitió a Cuba conectarse al cable a una velocidad de 512 KB. ¿En qué año comenzaron?¿Qué navegación tenía México en ese momento?

R: El proyecto lo empezamos a partir del 95, pero lo organizamos en el 99. En esos tiempos las conexiones telefónicas eran insuficientes. Compramos una conexión de 64 KB, que a nosotros nos parecía un avión y aún así la reventamos.

Después, a los pocos meses, contratamos una de 128 KB. Muy pronto renunciamos a ampliar el eje de banda y lo que hicimos fue enviar todo el material a unos servidores en los Estados Unidos.

Tenía una C1, un monstruo, y lo que hacíamos era subir por esa PC nuestro contenido a ese servidor, y ese servidor mediaba con el tráfico, que llegó a ser monstruoso.

Era enorme, fuera como fuera. Estábamos muy adelantados para la época. Nadie entendía qué era la complicidad de línea, y por ello fracasamos estrepitosamente. Estábamos ofreciendo valores agregados que eran comprensibles, por ejemplo, contratamos a Fuentes, contratamos a Rosa Montero, los contratamos como colaboradores.

P: ¿Fue Cibero América algo más que una especie de blog adelantado hecho por dos personas?

R: Sí, fue un proyecto grande. ¿Sabes? Ahí perdimos un millón de dólares.

P: ¿Vendían o no el periódico después?

R: Era gratuito, la idea era la publicidad.

P: Publicidad en línea, porque no era impreso, era un sitio.

R: Era un sitio, y además muy arrogante, muy pretencioso. Nos tomábamos dos semanas en hacer intertextual cada trabajo. Porque con cada artículo que escribiera cada uno de estos grandes, hacíamos 40 líneas por páginas, de modo que el artículo se volviera como una ley que se nos permitía.

P: Así hacíamos nosotros La Jiribilla.  Aunque ahora agota un poco, esa cantidad de vínculo a veces sobra.

R: También hicimos videos. Por supuesto, el usuario tenía que esperar 20 minutos para ver el video. Hicimos un diseño en el que estaba prohibido el scroll, porque el scroll está erradicado. La pantalla tiene su representación, pero también tiene debilidades.

P: Pero eso es también un adelanto para la época.

R: No se podía pasar de pantalla en pantalla, ni navegar para donde quisieras.

P: ¿Qué modelo periodístico utilizaban en ese momento?

R: Ninguno. Nosotros inventamos nuestra serie de reglas. Nos preguntamos cuántos caracteres podrían leerse en la pantalla y dijimos: “Si vas a redactar tu nota, la redactas en fragmentos de 540 caracteres.”

P: ¿Le ponían esa regla a todo el mundo?

R: No, a los colaboradores no, pero a los reporteros y redactores sí.

P: ¿Cuántos reporteros llegaron a tener?

R: Como seis. Llegamos a ser 20 personas.

P: ¿Cómo era el staff?

R: Habían dos diseñadores, cinco reporteros, tres redactores que estaban en plantilla, dos o tres coordinadores que se turnaban. La redacción funcionaba 24 horas, y entonces siempre había alguien de guardia.

Nuestro siguiente delirio fue poner una redacción en Madrid, de esta manera cuando nos fuéramos a la cama, le pasábamos la estafeta a Madrid, esta toma el control y viceversa.

P: Eso fue lo que salvó ahora El País con la foto de Chávez, que tenían una guardia en México.

R: Tenían una guardia en México, así es.

P: Volviendo a Cibero América, ¿qué tiempo duró esa experiencia?

R: Tres años y medio, casi cuatro años.

P: ¿Y fracasó económicamente?

R: Sí, nunca logramos ni siquiera el equilibrio financiero, siempre fueron pérdidas.

P: ¿El sostenimiento era solo sobre la base de la publicidad en la Web?

R: No había otra.

P: ¿Qué reflexiones te dejó esta experiencia? Digamos, ¿qué quedó de esa experiencia para las próximas aventuras?

R: Que hay que emprenderlas.

P: ¿Aún cuando no escaló la tecnología como ustedes pensaron que iba a hacerlo?

R: Es cierto que no escaló la tecnología, ni escalaron los mecanismos económicos como queríamos. Incluso hasta la fecha, tal vez seguiríamos siendo inviables, no sé.

P: ¿Hoy, cuánto da la publicidad en la Web?

R: No tengo idea, no tengo idea.

P: Pero debe ser casi nada.

R: Muy poco. Lo que sí te puedo decir, es que si me dijeran: ¿volverías a hacer Cibero América a sabiendas de que vas a fracasar? Yo diría: “sí, lo vuelvo a hacer”. ¿Por qué?, en primer lugar, entramos en contacto con mucha gente.

Mira nuestro pobre ejemplo. Cubrir a distancia hechos que se nos escapaban, cuyo significado se nos escapaba. La rebelión en Ecuador, hablamos de los tiempos de Abdalá Bucarám. En una de esas rebeliones, estábamos nosotros saliendo del horror del rescate bancario en México, que fue la socialización de una deuda privada de 56 mil millones de dólares, una de las mayores atrocidades.

Estábamos todavía con esa experiencia horrible, y se vienen insurrecciones en Ecuador y no entendemos nada de lo que está pasando. Entonces a la gente que nos escribió desde Ecuador comentándonos al medio, nosotros le escribimos de regreso: cuéntenos qué pasa en tú país.

P: Ahí está este compañero, ¿cómo se llama? ¿Osvaldo, Osvaldo León?

R: Sí, Osvaldo León. Y entonces esta gente nos empieza a escribir vía correo electrónico. Empiezan a reportear, hasta que llega uno y dice: “yo conozco un coronel que tiene la visión muy precisa de la situación. Se los voy a poner para que les escriba”. Nos pone en contacto y el coronel dice: “lo que pasa es que el gobierno se quedó sin presupuesto público, porque le tiene que dar todo el dinero a los bancos que están quebrados. Entonces eso ha desatado la insurrección.”

Entonces no pasaba solo en México, también en Ecuador. A raíz de eso yo ordeno una investigación de rescate y descubro que es la tónica en América Latina.

P: Claro, de ahí viene el corralito, de ahí viene todo.

R: Este coronel se llamaba Lucio Gutiérrez. Después colaboró muchísimo con nosotros. Hubo gente que se formó sin que nos conociéramos. Era un taller a distancia.

P: Los editores eran los que propiciaban eso, ustedes no tenían correctores de estilo, ni nada de eso.

R: No, había un contralor encargado de parar los últimos goles. Además de las erratas en Internet.

P: ¿A qué te refieres con parar los goles? ¿Revisar?

R: Hacer las últimas revisiones para que todo estuviera en orden, pero además, la errata en Internet es mucho menos relevante que en el papel.

P: Se arregla, inmediatamente que alguien la detecta, claro.

R: El público te lo dice al minuto.

R: El público siempre lo ve.

Se formó una generación de gente en las habilidades del diseño Web de la redacción, de la composición. Pero sobre todo en las habilidades de concebir cosas. Hay un grabador cubano, Miguel Valdés, que, por un buen tiempo, fue nuestro diseñador.

P: ¿Trabajabas simultáneamente en Cibero América y en La Jornada? La Web es entrega total.

R: Tenía dos trabajos a tiempo completo y, además, era papá soltero. Tenía que hacerme cargo de mi hija a la hora de la comida. Cierto que tenía un equipo, yo dirigía aquello. Pero igual no dormía, igual puse un sofá en mi oficina para quedarme a dormir allí, porque tenía citas a las 7 de la mañana, incluso me bañaba allí a veces.

Tenía que terminar de ver cosas a las tres de la mañana, y también trabajar para La Jornada.

P: La experiencia es muy interesante de todos modos.

R: Esto hay que repensarlo. Yo volvería a hacerlo porque una escuela para mí, un aprendizaje acerca de cómo coordinar equipos, y todo el proceso técnico de una página Web. Aprendí periodismo viéndolo por primera vez como jefe, desde arriba.

P: Ahora es más fácil.  Los sistemas modulares, las plataformas se van construyendo en el camino prácticamente, reconstruyendo, actualizando, incorporando, es una maravilla.

La segunda versión de Cubadebate la sacamos en junio del 2009, y de la fecha hasta el momento ha tenido como diez actualizaciones. Claro, porque con Word Press tienes una comunidad trabajando para ti.

R: Alguien tiene que inventar ese contenido. En ese tiempo nosotros tuvimos que inventar nuestra consola para manejar la página. Tuvimos que programar, picar piedra en la programación, para que un redactor o un reportero pudiera subir la nota por sí mismo, sin tener que ir con el ingeniero. “No, no, tú lo haces; hay un botón “publicar”.” Claro, de ese botón pasaba a la revisión de supervisores. Un lector de contenido.

Ahora, hoy día tú tienes Twitter.

P: Todo el rastreo de la información de Cubadebate, se hizo mucho tiempo por Twitter.

R: Claro, pero aún así no tienes control de los contenidos, del diseño, es decir, inviertes lo de la foto.

P: Es el filtraje de la información. Ahí tienes los periódicos, las agencias, la gente, los editores. Tienes la gente inteligente que te gusta y le escribes y tienes los hechos, por ejemplo, cuando el golpe de estado en Ecuador. Estos medios dejan prácticamente obsoleta la televisión.

R: No es necesario, la imagen en la televisión es atrasada. Mi concepto de tiempo real es Twitter.

Un pensamiento en “Pedro Miguel: Periodismo y Tecnología (Parte I)

  1. Las computadoras no tienen porta vaso, dije yo. La ma s tena, ven a ver. El lector de CD ROM; se haba comprado una computadora de CD ROM y lo usaba como porta vasos. JAJAJA .. Que gerente! JAJAJA

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