El gran problema de esta historia era cómo contarla


Álvaro Castillo Granada

ospinaLos días del verano que nunca llegó en 1816 —debido a los trastornos climáticos causados por la erupción en Indonesia del volcán Tambora—, cuando del 16 al 19 de junio se hospedaron en la Villa Diodati, cerca del lago de Ginebra en Suiza, Lord Byron, Mary Wollstonecraft Godwin, Percy Bysshe Shelley, Claire Clairmont, la condesa Potocka, Matthew Lewis, y John Polidori (entre otros) y, en medio de una atmósfera fantasmagórica, Lord Byron propuso que cada uno escribiera una novela de terror, naciendo entonces y para siempre Frankenstein o el moderno Prometeo, de la después conocida como Mary Shelley, y El vampiro, de John Polidori, han sido suficientemente narrados y explorados. Hasta hoy. Y lo seguirán siendo.

¿Cómo volver a narrar entonces “historias tan viejas que estaban ya cubiertas de musgo y retorcidas como raíces”? Lo que ya se sabe, lo que ya ha sido explorado y estudiado hasta la saciedad (una de las últimas, y más fascinantes, versiones de los últimos años es Fake, (2003) del cubano Alberto Garrandés)

William Ospina (Padua, Colombia, 1954) encontró la respuesta al ver que la única manera posible era no inventar nada y hacer de los azares biográficos, temporales y geográficos, la materia de un viaje personal alrededor de la historia, la geografía, los lugares y los libros que rodean los sucesos de estos tres días. “No sólo ignoramos para dónde va sino que a cada giro todo en ella se mezcla con todo y los protagonistas más apartados se juntan de pronto sin que nadie haya pretendido unirlos, como si todo obedeciera a una conjura secreta, a un plan oculto gobernado por alguien, que traza rutas secundarias en los planos del laberinto, que superpone sombras y transparenta espejos y duplica destinos”. La clave está en reconocer que “nadie es capaz de reconstruir una historia si no hay hilos secretos que la enlazan con su propia vida”. Los vasos comunicantes nos llevan a un recorrido del cuál no podemos ni queremos desprendernos, pues al reconocerlos nos reconocemos. Ése es el gran logro de este libro (¿novela, diario de viajes, autobiografía, ensayo?): hacernos partícipes de la investigación y contagiarnos de la misma curiosidad y extrañeza que habitan al autor.

Descubrimos que nada es gratuito, que todo sucede por algo, que cuando un tema (o cualquier cosa) nos obsesiona y anida no hay que buscarlo, pues siempre llega a nuestro encuentro, se topa y cruza con nosotros, nos rodea, porque de alguna manera extraña estamos destinados a él. “El radar del azar” (como escribió el poeta Armando Orozco) es algo que no debemos esperar/comprender sino, más bien, ver. Y en El año del verano que nunca llegó se trata, sobre todas las cosas,  de que al mirar “esos fragmentos muertos que había que ensamblar para tener una noción de la vida”, descubrimos que las fuentes de las que salen las historias se nutren tan sólo de tiempo. Y el tiempo y lo que hagamos con él y en él es lo que define nuestra vida.

Vale la pena adentrarse en los meandros de esta historia. Saldremos llenos de dudas y preguntas que nos llevarán a otras lecturas. Porque todo se relaciona con todo. La clave, el secreto, está en querer ver la figura.

P.D. Para este librero fue un placer descubrir que la biografía de Lord Byron, de André Maurois, publicada por la editorial Aguilar, que le consiguió hace años al autor de este libro, cumplió su cometido en este viaje fantasmagórico e infinito.

(El año del verano que nunca llegó, William Ospina, Penguin Random House, Colombia 2015)

4 pensamientos en “El gran problema de esta historia era cómo contarla

  1. Buscaré el libro en la biblioteca, ojalá esté, aunque lo dudo, libros nuevos se encontraban en Minerva y ya no existe . Como siempre, gracias

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