Vincent van Lezama. Por Rogelio Riverón


Este relato del escritor Rogelio Riverón obtuvo Primera mención del Concurso de cuentos del año 2000 de la revista La Gaceta de Cuba, donde apareció por primera vez. También fue publicado en la revista Casa de las Américas, número 224 y en la edición 10 de La Jiribilla, además de estar incluido en varias antologías de narrativa cubana. El tema del cuento: Un enano que quiere ser famoso y elabora un plan para ser censurado… 

En L’isola del giorno prima Umberto Eco deja una frase para mí, piensa el enano, bellamente egocéntrico. Digo para mí, el protagonista, no el autor de este cuento, prepotente como todos. La frase es esta: era como tratar de oca a un cisne y simboliza como ninguna el menosprecio que padecemos algunos artistas.
No sé si hayan prestado atención a este detalle, explica después a un auditorio imaginario, soñando con la conferencia de prensa que ofrecerá cuando llegue a famoso: casi todos los enanos que se ven son adultos. Salvo en la literatura, donde aparecen como proféticos y circunspectos, los enanos damos la impresión de haber venido al mundo ya hechos. Dios nos prescribe una adultez casi mística y una fama de soberbios, igual que a los cojos. Nadie estima, sin embargo, nuestra pericia intelectual, porque para pelearnos un sitio nos falta el arresto, digamos, de los homosexuales.
Días después, entre el bullicio fatigoso de una feria del libro, el enano descubre una edición alemana de Paradiso. No puede sustraerse a la tentación de tomar el hermoso ejemplar, abrirlo y, como ignora la tersura de aquella lengua, olerlo al menos. Después lo separa de sí, para mejor admirarlo, y casi recita: Si Lezama lo supiera… El encuentro con la novela más llevada y traída de toda Cuba lo obliga a una melancolía vaporosa, a un repentino lamentarse, pensando en que Lezama a fin de cuentas pudo burlarse de censuras y traspiés y que, si bien obró su coronación indiscutible desde la muerte, el triunfo de sus libros le otorga otro tipo de vida, una tregua mayor en ese barranco que es el olvido. El enano en cambio no ha sido publicado más que en una ocasión, y censurado, jamás. Se sabe –exagerando poco– un gran artista. Tiene para nombrarse una frase que de vez en vez le cede en préstamo a su amigo Roberto Zurbano. Es, asegura, un proletario de la imagen. Claro que ya sabe sobre el atractivo de la censura. Prohibir una obra es en realidad una forma expedita de hacerle propaganda, pero a él, no lo olviden, nadie piensa en censurarlo.

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Su mujer –opina el enano– tiene un cuerpo renacentista, un olor a lluvia sobre piel de guayaba y la costumbre de que le hagan el amor al mediodía. Le place acomodarse sobre las piernas del marido y tomar su miembro (ella le dice el lanzallamas) como si fuera la porra de un policía. Después lo manipula fingiendo que comenzará a golpear con él a izquierdas y derechas. A veces lo observa a la distancia, igual que hizo el enano con la novela de Lezama. Permanece silenciosa y se pregunta qué fórmula o qué genética les ha dado a los enanos ese poder en la entrepierna. Tras la venturosa contemplación el enano invariablemente le pide que se acerque al lanzallamas y le hable, que lo muerda y le demuestre que es tan hembra como para intentar tragárselo. Ella le recuerda que es mujer y más, que sabe rugir, curvarse como nadie para recibir la inspección del lanzallamas que repta por todo su cuerpo, se mete entre los senos donde el enano amenaza con dejar el primer semen, pero al rato sale y pasea por los sobacos, por la cara de ella que saca la lengua y lo pincha, le habla en efecto como a un totem, como al brujo que sabe curarle las ganas, y comienza a engullirlo con los ojos cerrados y una expresión de niña mustia, de niña de Guatemala.
Esa vez, durante el primer respiro, el enano le confiesa a su donna lo que ha visto en la feria del libro. Era Paradiso –se emociona–, una edición deliciosa, con una cubierta incandescente, como recién sacada del horno. Después prende un fósforo y traslada el fuego al pico de su cigarrillo. Se coloca bocarriba y la mujer posa la cabeza en su pecho.
–No me acuerdo de ese libro– admite.
–Cómo no,– explica el enano– si hace poco te leí una parte, el capítulo ocho.
–Ah, –recuerda ella– aquel que, según tú, extirparon de alguna edición.
–Sí, –el enano conviene– ese.
–A mí no me gustó. Al final resulta que lo más importante son los maricones –declara la donna y acaricia los pies del enano.
Después corre la mano hacia arriba y tropieza con el lanzallamas. Parece que tuviera tres piernas, piensa regocijada.
Tras geométrica pausa, habla el enano:
–¿Te das cuenta de cuál es el alcance de la censura? Tú misma condenas al Maestro porque te parece indecente, pero ignoras el misterio que ese capítulo, tras haber sido confinado, ofrece a su novela.
–No sé, –dice ella– pero si ese maestro tuyo tratara a los enanos como a las gansas, no estarías tan orgulloso de él.
Hay una grandeza en burlarse de uno mismo, susurra el enano y permanece tranquilo, en la evocación de Lezama. Mientras la donnna prueba a despertar las resonancias de su animal aletargado, él repasa con esperanzada comezón una lista de escritores alguna vez súbditos de la censura. Su mente los menciona y él les entrega el homenaje de su envidia, convencido de que, si le prestaran esa dicha, también llegaría a famoso. Juega la mujer con la estatuilla perezosa y él sale de Lezama para entrar en Piñera, en Bruno, en Cyrano, en Rabelais, en Marx, en el Vargas Llosa de La ciudad y los perros, en Orwell, en Kafka, en Solzhenitzin, en Lin Yu Tang, en Rushdie, en Bulgakov, en Arthur Miller. Tengo que lograr que me vigilen, que prohiban mis libros, que los mutilen por lo menos, piensa emocionado y desemboca, por una lógica del resguardo poético, en la imagen de Van Gogh muerto de hambre y de locura sólo para que sus torrenciales girasoles y sus autorretratos dementes comiencen a venderse como si fueran oro. El enano confía en la trascendencia y admitiría ser su hidalgo a posteriori. Se conformaría, para ser exacto, con acechar a los clásicos, no a los omnipresentes, sino tan solo a los de su país. Añora una obra que les de el alerta, una novela de inapresables vestigios, operática, con palabras como claves para los infidentes. Allí, en ese disfraz de la desnudez, en esa sencillez ecuacional, prende con facilidad el equívoco. Con suerte, la obra se vuelve sospecha, evidencia, comidilla en las actualidades de la farándula. Clásicos nacionales, dice para sí, en guardia. Vivos o muertos, deberán hacerme un lugarcito.

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Si, tal como busca el enano, un ceñudo voyeur político hubiera estado pendiente de su puerta, lo habría visto partir, pasada la plenitud del mediodía, a encontrarse con su discípulo. Pero sale en el anonimato de costumbre y se detiene un segundo frente al balcón donde la mujer rezonga porque él se negó a azuzarla otra vez con el lanzallamas. Adiós, le dice, no demoro. La donna arrecia en la protesta y le hace saber que sospecha de ese discípulo al que nunca ha visto. Boba, le dice él, si vive ahí mismo, debes habértelo tropezado más de una vez, y se bambolea rumbo a la calzada. Por los portales avinagrados, entre la gente y los ruidos, se pone a mirar las columnas y comprende que, para comulgar con el júbilo habanero de Alejo Carpentier, hubiera debido andar la acera y observar más bien las columnas de enfrente. El acicalamiento de aquellos pilares otrora gallardos, piensa, tiene una intención anterior, invita a fiesta sólo a quien mira las fachadas. La Habana de Lezama es, por lo tanto, más esencial, deduce, siendo menos descriptiva, nos coloca de plano en un ambiente del que resulta difícil recuperarse .Anda todavía con aquellos retozos impresionistas, cuando escucha su nombre y se detiene. Entonces reconoce al discípulo.
–Qué tal, maestro.
–Casualidad precisa,–responde el enano– voy camino a tu casa.
–Venga, venga, –lo anima el pupilo– salí a conseguir algún té para solemnizar la sesión de hoy.
–¿No será que olvidaste la cita? –reprocha el enano. Mira que hoy hablaremos sobre el más allá del Arte.
–Perfecto, maestro –exclama el adolescente abriendo la puerta– pase usted.
El enano penetra en la casa y, rumbo al sillón que le reserva el discípulo, ataca:
–Qué es para ti un clásico?
El joven se queda pensando. Después se acerca al librero y toma un libro pequeño, de portada roja. Dice:
–Esto me ha hecho pensar en todo ese problema de la trascendencia.
El enano, que no acaba de reconocer el libro, salta del sillón y se acerca.
–¿Qué es eso? –inquiere.
–Una noveleta– explica el adolescente– ochenta páginas apenas y me ha dejado intrigado.
El enano coge el libro. Mujer, Mujer, lee y hace un gesto de desaprobación. Seguidamente  aconseja:
–No se puede leer todo lo que aparece. Yo, por ejemplo, uso a mi mujer como otros a un gato para saber si es tóxico lo que piensan comer. Libro del que no me fío, lo lee ella primero y, aunque no le tengo gran confianza, decido por sus impresiones si debo emprenderla con él.
–Pues mire –confiesa el pupilo– que a mí Mujer, Mujer me ha servido de mucho. Será porque a mi edad se lee sin prejuicios.
Prejuicios, mierda, piensa el enano, quien está convencido de que una generación literaria debe ponerse en guardia contra su descendencia. Sospechar de los que te suceden: no leerlos sino para criticarlos, añade. Seguidamente mira al alumno desde su autoridad y le advierte:
–Aún no tengo tu definición de clásico.
El adolescente se le acerca y, con una venia, lo despoja de la noveleta. Diserta:
–Este libro me ha puesto a dudar de todo lo imperecedero. Dice, entre otras verdades, que eso de la trascendencia es apenas un aplazamiento. Desde que lo leí he comenzado a preguntarme cuánto dura la posteridad (El enano regresa al sillón, trepa y se acomoda). Más atinado parece conceder a cada época sus plazas para clásicos, aunque siempre ha de haber más pretensiosos que tipos que satisfagan todos los requisitos (Sonríe el enano, mira al pupilo, burlón). La cuestión estaría en saber si, por ejemplo, Cervantes es ya un paradigma para siempre jamás (El enano está serio, se rasca la frente).  ¿No vendrá un tiempo arrasador en que nadie se acuerde de Grecia? –concluye el adolescente y el maestro se tira del sillón, lo persigue con ojos de verdugo y lo llama fanfarrón, soberbio, analfabeto.
Pasa unos diez minutos explicándole que quien sea capaz de tocar a las puertas de la historia del arte está inmunizado contra los olvidos. Por más dados a las revalorizaciones que sean algunos, su nombre será imborrable. Incluso si ya nadie la leyera (como parece ser) La Eneida sigue ahí, como una sombra que apuntala, asevera y, sin escuchar la riposta del muchacho que estima que su visión es demasiado estática, pues confunde lo establecido con lo eterno, vuelve a mencionar a Van Gogh. El enano no es ambicioso. Mejor dicho: ambiciona ser inmortal, no millonario. Por eso lo fascina el desorejado y se le perfila como sucesor, aunque desde las letras. Si alguien pudiera asegurarle un poco de brillo póstumo, estaría satisfecho. Es más, sueña dejar, como Van Gogh y Lezama, una obra que haga palidecer a los enemigos y relamerse a los admiradores. Y lo que a otros se les dio casualmente, puntualiza, él lo pondrá en práctica con todo propósito: pronto ha de ser censurado.
Se asombra el pupilo. ¿Censurado?, pregunta y argumenta que, si no ha entendido mal, la censura es todo lo contrario de la fama. A primera vista, sonríe el maestro, a primera vista. Si eres ducho en maniobrar con tu censura, la oralidad te tenderá una mano. Cuando Cuba –con algún riesgo de tu parte, también la Hispanidad– sepa que se han abalanzado contra tu libro, comenzará a correr un humor subterráneo muy pernicioso para los ambientes oficiales y enseguida vendrán a proponerte una revisión, un entendimiento. Esa es una de las puertas de la historia, hijo mío; a la edición cubana, que se agotará en unos días, sucederán las de Lumen, Planeta, Simon & Schuster.
El pupilo se ha quedado pensando, después suspira y le cuenta al maestro que hace poco tuvo líos con un cuento.  El enano se le acerca, se interesa en detalles y él especifica: días atrás leyó en la Casa de Cultura y algunos asintieron, elogiaron, pero un desconocido habló de implicaciones, y estaba muy serio. El maestro calla, con la sonrisa que esboza después irrumpe muy a su disgusto un poco de admiración por el adolescente. Le pide ver el cuento, pero el pupilo se disculpa: aún quisiera retocarlo, de todo lo que se dijo en la lectura ha decidido acatar dos o tres ideas. Pero aquí está, a mano para leérselo pronto, asevera y deposita el pliego sobre la mesa de escribir.
–Pues vendré pasado mañana para que me lo leas– dice el enano.
El alumno lo mira, riposta apenado:
–Pasado mañana no, maestro, que tengo visita.
–¿Alguna sabrosa ninfa?
Sonríe el discípulo, graciosamente envanecido.

cu4tro
La donna ruge, tiene los ojos cerrados, las piernas abiertas y tiembla. El enano aferra el lanzallamas con ambas manos y se coloca en posición. La donna abre los ojos y se afirma en la delicia de reconstruir algo que todavía no ha pasado, pero que ella sabe de memoria. El enano se acerca, imprime un movimiento oscilatorio al animal y la donna desespera. Fuego, fuego, pide y el enano embiste, la ensarta y mientras saborea sus quejidos comprende que es la decisión que ha tomado lo que lo enerva a tal extremo. El vaivén del émbolo hace que la mujer pierda totalmente los estribos y se muerda los labios y lo insulte halagadoramente. Fuego, fuego, insiste ahora, ya sin voz, y el enano se desboca, suelta la andanada y se va quedando quieto.
Satisfecha, la donna insiste en conocer qué bicho lo ha picado hoy, por qué le ha hecho el amor como si fuera la primera vez, con la potencia de un equino. Nada, desestima él, es que me siento bien.
La donna se levanta, asperje su desnudez por el cuarto, va al baño y orina con la puerta abierta, no se seca, prefiere sacudirse con una contorsión de las caderas, como una blasfemia incitadora. El enano la ve, sonríe, disimula. Cuando la tiene otra vez al lado se pone a hablar del futuro. Evoca su único libro publicado, se detiene en algunos méritos puntuales de esa obra que inicia en la literatura cubana otro modo de tratar su contexto, pondera una gacetilla que a su vez lo pondera en la mejor revista del país, y no comprende por qué la donna permanece apocada, a punto de trasponer el sí mismo del aburrimiento. ¿Le confesará el secreto, la intención, la necesidad de aparecerse en casa del pupilo y tomar el cuento que puede impulsarlo hacia la fama, por esa virtual condición censurable? Ella no está preparada para comprender estas cosas, se dice y opta por advertirle vagamente sobre su triunfo cercano.
–Voy a publicar un cuento que será un escándalo– anuncia.
La mujer lo mira. Contradice:
–Hace años que ensayas para cuando tengas que hacer de consagrado.
–Pues ya está al levantarse el telón, –ríe el enano– esta vez me censurarán sin falta. Los propios verdugos bruñendo mi corona…
–Si es tan escandaloso como anuncias, dudo que alguien se atreva a aceptar ese cuento.
–La cosa está en eso –explica el enano. Si lo rechazan por blasfemo, no por malo, se sabrá enseguida. Entonces quedará como un fantasma danzando en el sueño de los funcionarios, como bailó La novela teatral, de Bulgakov, en la conciencia de Stalin.
–Total, si no lo publican nadie sabrá de qué se trata –afirma la donna.
–Lo prohibido es curioso –sentencia el enano. ¿Dudas que todo el mundo conozca, por ejemplo Locus solus o el retrato de Dorian Gay?
–No sabía que hubiera algo con ese título.
–Ya lo saben; –dice el enano– tú y el que nos esté leyendo. Apuesto a que ahora tratarán de averiguar en qué consiste ese cuento.
–¿Con el tuyo pasará igual?
–Igual –afirma él. Además, puedo mandarlo a un concurso. Los jurados tienen más arrojo que los editores. Dan el premio y ya. Nadie les pide cuentas. El que acepta un jurado acepta de antemano una opinión que no es la suya.
La mujer se incorpora, comienza a vestirse. Razona:
–Todo eso está bien, pero yo creo que exageras. No me parece que haya tanta censura por ahí.
–No es que haya, es que está, –dice el enano– aunque no actúe. Es una rara forma del equilibrio, un componente del sistema literario, pasivo o no. A veces, por supuesto, se desboca, sale de revoluciones y entonces, mientras unos se lamentan, otros lo celebramos. Esa es mi táctica, lo del río revuelto. Pero la censura siempre está a punto de activarse, como los sensores térmicos. Este propio cuento, tan real, tan plano, sobre enanos y artistas, pudiera ser vetado, su autor llamado incisivo, tramposo, aunque reconozco que él tiene esa potestad. El que escribe puede ser demagógico, el que es escrito no.
Ironiza la donna:
–¿Cuál es tu caso?
–El mío es dual, –plantea el enano– cuando me escriben soy manso como un preso, porque la cacareada autonomía del personaje literario depende de la lucidez de quien lo traza. Eso de que éste  obra a su antojo es una justificación para la falta de previsión al concebirlo. Hay demasiados escritores indecisos que leen mal las posibilidades de sus personajes y dicen después que los han engañado. Como creador, en cambio, sé que soy omnipotente. Mi pluma es el barro iniciático, la costilla adánica. Lo curioso es que los censores también lo saben y tratan de oponérseme. Para ellos cualquier cosa puede ser un exceso, un mal ejemplo. De eso pretendo valerme para llegar a clásico.

5inco
Como la donna no piensa emocionarse con su coronación inminente, el enano decide estimularla. Estimularse ambos, debiera escribirse, pues lo que hace es buscar un billete de veinte y pedirle que vaya por una botella de ron. Protesta ella, no deseo ir a la calle, pero se va dejando convencer. El enano la acaricia, impulsa la mano del ombligo a los senos y se dice que, tras un buen ronazo, bien pudiera volver a someterla al fuego de su lanzallamas. La donna adivina lo que piensa el marido, pero ahora ya no quiere guerra. Mejor aprovecho el aire de allá afuera, decide y abre la puerta, se alegra con el bullicio que la recibe, se deja sobar las nalgas de mala gana, apretar los muslos por el enano que la despide, poético: Vaya mi pájaro preso/ a buscarme arena fina.
–Qué fastidio– dice ella y sale.
El enano va a tirarse a la cama. Se queda mirando al techo y hace rodar por la madera encalada exquisitas escenas de su triunfo cercano. Soy un proletario de la imagen, pronuncia y se ríe, convencido de que hurtar el cuento del pupilo es un acto de justicia consigo mismo. Al fin y al cabo,  ¿cuánto de mis enseñanzas no habrá en él?, agrega y se felicita por lo que pronto ejecutará.
Al rato se da cuenta de que la donna no ha vuelto. El ron lo venden a dos cuadras, así que no se explica la tardanza. Se levanta y sale al balcón, sube a un pedestal de ladrillos que se hizo para sobrepasar el borde de la barandilla, y otea el horizonte cruzado por voces y latigazos de polvo. Como no descubre a la mujer, decide bajar. Llega hasta la tienda y pregunta: hace días que no tienen bebida.
El enano supone que la donna trata de conseguir el ron en otra parte. Sigue hasta la calzada, pensando en llegarse hasta la tienda más cercana, donde posiblemente la encuentre. Va despacio, mirando a las mujeres que se le cruzan e imaginando que vienen desnudas, cuando se da cuenta de que está frente a la puerta de su pupilo. Entonces se le ocurre llamar, quizás si el adolescente se descuida pueda llevarse el cuento. La mujer que espere: después de tanto demorarse con el ron, ha perdido el deseo de emborracharse. Antes de golpear la puerta, quiere mirar por la ventana: una inspección al terreno nunca está de sobra, sentencia.
Mete un pie en el hueco de la reja y se empina. La sala está vacía, pero hacia el fondo de la casa trepida una voz. Al momento se ve al pupilo venir rumbo a la sala, gesticulando molesto. El enano se deja caer y toca a la puerta. Aparece el joven, qué tal, maestro, no lo esperaba, y le hace camino de mal grado. Con mirada traviesa, el enano trepa a su sillón y le pregunta:
–¿Tienes visita?
–No, –responde el pupilo– estoy solo.
El maestro ha decidido divertirse. Comprende que el joven mantiene oculta a una ninfa y se promete que no se irá sin conocerla.
–A tu edad yo nunca estaba solo –le dice malicioso.
El otro no sabe ripostar. Tampoco disimula el malestar que lo hace ir de un lado a otro, hasta quedar anclado frente a la ventana. El enano quiere ser más agresivo, encuentra no sabe qué placer en el engorro de su alumno y busca tensar el dramatismo de la situación.
–Necesito ir al baño –declara y salta al suelo.
El pupilo se alarma, abre la boca, pero él lo ataja:
–No te preocupes, ya conozco esta casa.
Sin darle tiempo a moverse, enfila el pasillo, pasa frente al baño y sigue hasta el cuarto, imaginando que, si a la suerte se le antoja, incluso podrá encontrar a la ninfa desnuda, ahora en la realidad y no en su mente, como las mujeres de la calzada. No está desnuda, pero en cambio le tiene una sorpresa: es la donna.
El enano se ha quedado sin voz. Después se va recuperando poco a poco, mientras la mujer lo mira, resignada y valiente. Con que así es la cosa, murmura y da inicio a una cadena de insultos de la que, curiosamente, se hace objeto a sí mismo. Eso me pasa por creer en hetairas, bufa y se le encima, pero la mujer ha levantado un madero. Si te acercas te mato, maricón, asegura. El enano desestima la tabla y salta hacia ella, la toma por el cuello y la acorrala en un rincón. La donna aúlla, le pide al pupilo que acabe de aparecer, que la defienda, pero el enano se ríe, la golpea, declara que se caga en el pupilo y que para puticas ya tiene con ella. Se dispone a golpearla nuevamente cuando llega el pupilo, la mujer lo insulta, cobarde, por tu culpa me están matando, llora y logra safarse del enano, se lanza hacia la tabla que ha ido a parar al otro extremo del cuarto, logra apoderarse de ella y se la pasa al pupilo.
–Despíngalo, despíngalo– clama la donna.
Enana sucia,  dice el enano, sinvergüenza, y se encara con el joven, que levanta la tabla, pero no se atreve a golpear. La enana entonces grita, se sube a la cama y salta hacia el marido que la ve, la espera y, de un puñetazo la deja tendida. Después va rumbo al pupilo que se deja caer al suelo y se cubre la cabeza con los brazos. Puercos de porra, dice el enano y sale del cuarto, se va por el pasillo, llega a la puerta y, a punto de salir, recuerda algo, regresa, escarba en los papeles del alumno y toma el cuento.
–No digo yo si me hago famoso– masculla.

 

2 pensamientos en “Vincent van Lezama. Por Rogelio Riverón

  1. Saludos. Espero no molestarlos, ustedes mandan muchas cosas interesantes, espero que esto que les envío les guste. Enrique R. Martínez Diaz, CIPI.

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