Corriendo y de prisa. Por Eliseo Diego


Allá adentro están cosiendo la bandera: han olvidado cómo es la de Narciso López y el propio Carlos Manuel tuvo que inventar otra de prisa; pero no importa, porque lleva los mismos colores. Todo se hace así corriendo, con la radiante velocidad que pide una fiesta próxima. Las armas alcanzan, más o menos; pero al fin y al cabo, no son más que treinta y siete hombres.

Afuera, Carlos Manuel está mirando por última vez su ingenio a la luz de octubre. Es el día diez, cifra redonda, y el siglo del progreso ha avanzado mucho, hasta el año sesenta y ocho. No está mal, el ingenito, con sus calderas de vapor y todo lo otro. Pero parece mucho más grande; tanto que, Don Carlos Manuel de Céspedes sacude impaciente los hombros y respira tan hondo como puede. Pronto se lo van a quitar de encima.

Pronto todos se van a quitar también de encima lo que estorbe. Las mujeres se quitarán las joyas y el cuidado de la porcelana; los abogados, las leontinas; los negros, las cadenas. ¡Tan fuerte es el ansia de respirar a pulmón lleno el aire libre, que se les ha ido a la cabeza! Por eso se hacen las cosas corriendo y de prisa. Aquí todos están locos. No pasan de treinta y siete hombres; pero no se puede esperar ni un minuto más.

El jelengue durará cien años. Valmaseda, gordo bajo sus entorchados españoles, no lo entiende; los cafetaleros de uñas sucias no lo entienden; los norteamericanos, ni qué decir tiene. Tan pronto las cosas empiezan a marchar sobre sus rueditas engrasadas, allá vienen los locos en un bote. Se les olvida que no son bastantes para comenzar siquiera. No se dan cuenta de que no tienen siquiera lo indispensable.

No tienen –ese es el secreto-  ni quieren. El diez de octubre de mil ochocientos sesenta y ocho esta isla se arrancó la codicia del cuello y se la echó al diablo. Desde entonces no hay quien la entienda –ni quién pueda con ella.

(Tomado de “El libro de quizás y de quién sabe”, Ediciones Unión, 2015)

16 pensamientos en “Corriendo y de prisa. Por Eliseo Diego

  1.  

    HOJAS 

      Calendario de lavida,

    “cada hojaes un motivo”,

    que va formando elarchivo

    de la existenciacumplida.

    En bajada o en subida

    se triunfa o sefracasa,

    y en ocasiones rebasa

    el cúmulo deilusiones,

    “y porlógicas razones”

    el tiempo impasiblepasa.

      Juan Carlos Pirali

    Dolores/Argentina.

      “Y porlógicas razones…”

      Es como arbusto el humano:

    Nace, reproduce ymuere

    donde transforma, siquiere,

    el mundo que está en sumano.

    Convierte en útil lovano

    con carácter positivo.

    Por siempre seaprecia vivo,

    en cuánticasdimensiones,

    “y porlógicas razones

    cada hojaes un motivo”.

      Ramón Espino Valdés

    Cuba/México.

    25/05/2016.

  2. Por eso me siento tan feliz de ser cubano…., nadie nos entiende y mucho menos nos comprenden.
    Solo asi, hemos luchado desde el 1868 y hasta ahora y hasta siempre. Adelante los mambises que murieron por su patria, adelante los de la Generacion del 30; que ofrendaron sus vidas, adelante los barbudos de la Sierra y los combatientes del llano… Adelante los alfabetizadores, los milicianos, los CDR que jugaron tan importate papel en el enfrentamiento al enemigo de clase, los Jovenes Rebeldes, la juventud Comunista, los trabajadore y campesinos. ADELANTE PUEBLO DE CUBA…!!!! que la lucha no ha terminado, acaso termina de empezar…!!!!!!!

  3. La gente no debería hablar de lo que no sabe.
    La bandera de Manzanillo no la ideó Céspedes así porque olvidara la de Narciso y le pusiera sus mismos colores sino porque se inspiró en la de Chile y porque consideraba a aquélla como anexionista.
    La tela la encargó a Manzanillo pero los encomendados con la tarea debieron regresar a la finca por la situación de máxima alerta allí precisamente esperando problemas.
    Entonces se utilizó tela del ajuar de su joven esposa, más bien concubina.
    Métase eso en el moropo: la bandera de Manzanillo no se creó para imitar la de López; fue original de nacimiento y como tal la defendió su autor ante la camarilla conspiradora de camagüeyanos que optaron por la otra.
    Es por eso que siempre he soñado con Manzanillo como una región autónoma, pues el resto de Cuba ignora olímpicamente su historia y su cultura.

  4. Ah, y la única luz que menciona en su discurso es la que se filtra a través del Turquino, que ciento ocho años después la NDPA le arrebató y entregó a Santiago. El que lo dude que mire un mapa de la provincia Santiago.

  5. Muy buena selección Iroel.
    La batalla por la independencia y la soberanía tiene que ser “para todos los tiempos”. Pensar que todo está logrado es una ingenuidad imperdonable. Tenemos problemas serios y hay que verlos, para poder atacarlos a fondo. Educación y Cultura tienen que hacer lo suyo, y hacerlo bien. La Revolución ya no es tan joven y tiene suficiente experiencia. No hay que estar inventando el agua tibia. Es importante retornar a momentos en que las cosas se hicieron bien y se cometió -nunca he logrado entender por qué- el error de cambiar. Hay que estudiar el pensamiento de Fidel; su genio es resumen de una tradición de pensadores cubanos desarrollados en el proceso de formación de nuestra nacionalidad.
    A los cubanos, cual si fuéramos herederos de los atlantes, nos respetan amigos y enemigos porque somos un pueblo orgulloso de su esencia, que tiene ética, principios, educación, cultura. Pero nada es eterno. Como todo, si no se le atiende, se deteriora y puede llegar a destruirse.

    • Glorialicia;
      Los cubanos abusamos del azúcar no sólo en el café sino también en la Historia.
      El padrazo abandonó y humilló a su esposa cuando tomó a la hija de su capataz.
      Sus compatriotas lo dejaron sin bandera y después lo destituyeron, enviándolo a las montañas de San Lorenzo (región manzanillera) sin escolta, a donde fueron los españoles a cazarlo como un conejo y lo asesinaron vilmente; un hombre casi ciego.
      Tras una discusión con Agramonte, éste lo retó a duelo, que no rehuyó Céspedes por cobarde, que no era, sino por bien de la Patria. Retar a un hombre treinta años mayor no suena bien.
      En cada aniversario de Céspedes se hacen comentarios donde nunca se menciona a Manzanillo, que es donde hizo todo lo que le valió el título de Padre de la Patria.

      • Mike, que manera tan burda y poco profunda muestras los hechos, cuando se habla de la historia de Cuba, hay que mostrar respeto y sobre todo conocimiento para resumir en tres oraciones un período tan complejo. Espero que los lectores no asuman tus opiniones, sino que lean y no solamente en Internet.

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  7. PEQUEÑA HISTORIA DE CUBA
    I
    Cuando en los pueblos la tarde cae de polvo a púrpura,
    en Bejucal o en Santa María del Rosario,
    Calabazar, rincón de soledades,
    Artemisa del alma o misterioso Guáimaro,
    la gente se va a los parques. Desde la tierra
    los ojos lentos suben a la locura del murciélago
    yendo y ahondando las vacuidades solitarias,
    y pónese uno a hablar de los taínos, y de David y Boticelli.
    Los españoles no hicieron aquí cosas muy grandes,
    pero tampoco, es cierto, las hicieron los indios, esos pobres,
    que en vez de templos o pirámides nos legaron cazuelas,
    en vez de altares para la sangre, recipientes
    para el casabe. No sabían mucho, eran más bien felices
    y no escribieron nunca. En Cuba no había oro.
    Pánfilo de Narváez batió en vano sus mandíbulas
    y desquitóse luego matando hasta por gusto, a tajos.
    De prisa y corriendo se hicieron dos o tres ciudades, a lo sumo,
    porque no había oro: qué vergüenza. Quizás una pepita o dos,
    a lo más cuatro,
    y así quién hace catedrales. (El Hijo del Carpintero
    tampoco habría podido costearlas). Y piénsese que todo el tiempo
    el Almirante mismo, Colón, Cristóbal,
    el genovés de los ojos obstinados,
    había dicho que ésta era la tierra más linda que soñaron ojos humanos
    con todo lo demás que dice sobre los pajaritos piando esplendores.
    Pero no les bastaba. En la ridícula Isla no había oro,
    y así quién pinta, quién guerrea, quién construye, quién hace nada.
    De rabia desgajaron los bosques, deglutieron la tierra, se tragaron las aguas.
    La belleza de la Isla que se la lleve el diablo.

    II

    Entre un murciélago y el otro cabe la invención de la caña,
    en Bejucal, en Santa María del Rosario,
    entre la tierra y la locura de los aires
    cabe el negrero, el bocabajo, el látigo: por fin tuvieron oro.
    Tumbaron todos los bosques, chapotearon en sus feos trajines, locos de gusto,
    esparcieron horror a manos llenas, agarraron su oro.
    El espectro de Pánfilo de Narváez iba en la lluvia riendo gordo,
    Calabazar lo vio y también Artemisa y el remoto Guáimaro.
    Pero los negros no tenían ni grandes templos ni tampoco pirámides
    ni hermosos ritos crueles por los que suba el humo de la sangre
    a borbotones de miles y de miles de sacrificios humanos.
    (Tampoco los taínos enviaron a los cielos otro humo ritual que el del tabaco).
    No trajeron, los negros, en la estrechez de los barcos negreros,
    más que su música y sus bailes y esa voz que resuena como
    en el mismo corazón del hombre.
    Por fin había oro, pero los españoles no hicieron catedrales a Dios gracias,
    ni en Artemisa ni en Bejucal ni en la mismísima Santa María del Rosario: no había tiempo.
    (Nazaret fue un pueblo así de raso: no se menciona su sinagoga para nada).
    El oro era tanto, que no había tiempo más que para pegar, arrancar y llevárselo.
    Con lo que nos cansamos por fin los blancos y los negros (indios ya no había)
    y nos quemamos los ingenios (¡cómo chillaban!) y nos
    quemamos los plantíos (¡cómo lloraban!)
    y los botamos a patadas. Sólo que con la ira
    la mano se nos fue en el fuego desde Calabazar a Guáimaro,
    y los pueblos siguieron tan feos como antes. Sí, la usura
    desgarró de fealdad la tierra más hermosa; luego vino la cólera;
    luego empezamos otra vez, dale que dale con el oro,
    ya es verano en El Encanto, haga su agosto en La Ópera, sea vivo,
    dale que dale con el oro, emporcándonos,
    masticando en inglés, mandándonos al diablo, hasta que por fin nos cansamos.
    Vivos, vivones, vivarachos de siempre, se acabó lo que se daba; ya no hay oro.
    Porque no nos importa, porque es un sucio becerro y no nos da la gana,
    porque no especulamos, de espejo a turbio espejo,
    ya infernalmente con la caña,
    porque las mismas manos que la cortan la llevan a la boca:
    ya no hay oro.
    Desde los bancos de los parques el humo sube poquito a poco, empinándose,
    confundiendo al murciélago: sobre la hoja del plátano
    amanece el cocuyo, la trémula belleza del origen,
    y ya podemos irnos, soñando, a casa. Mañana será la Isla
    como la vio Cristóbal, el Almirante, el genovés de los duros ojos abiertos,
    en amistad la tierra con el mar, tierra naciente
    de transparencia en transparencia, iluminada.
    Eliseo Diego

    En voz de Eliseo Diego: http://www.poesi.as/reciedi77036.htm

  8. CÉSPEDES Y AGRAMONTE

    El extraño puede escribir estos nombres sin temblar, o el pedante, o el
    ambicioso: el buen cubano, no. De Céspedes el ímpetu, y de
    Agramonte la virtud. El uno es como el volcán, que viene, tremendo e
    imperfecto, de las entrañas de la tierra; y el otro es como el espacio
    azul que lo corona. De Céspedes el arrebato, y de Agramonte la
    purificación. El uno desafía con autoridad como de rey; y con fuerza
    como de la luz, el otro vence. Vendrá la historia, con sus pasiones y
    justicias; y cuando los haya mordido y recortado a su sabor, aún
    quedará en el arranque del uno y en la dignidad del otro, asunto para
    la epopeya. Las palabras pomposas son innecesarias para hablar de
    los hombres sublimes. Otros hagan, y en otra ocasión, la cuenta de
    los yerros, que nunca será tanta como la de las grandezas. Hoy es
    fiesta, y lo que queremos es volverlos a ver al uno en pie, audaz y
    magnífico, dictando de un ademán, al disiparse la noche, la creación
    de un pueblo libre, y al otro tendido en sus últimas ropas, cruzado del
    látigo el rostro angélico, vencedor aun en la muerte. ¡Aún se puede
    vivir, puesto que vivieron a nuestros ojos hombres tales!
    Es preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para
    saber cuál fue la fortaleza del que, sin más armas que un bastón de
    carey con puño de oro, decidió, cara a cara de una nación implacable
    quitarle para la libertad su posesión más infeliz, como quien quita a
    una tigre su último cachorro. ¡Tal majestad debe inundar cl alma
    entonces, que bien puede ser que el hombre ciegue con ella! ¿Quién
    no conoce nuestros días de cuna? Nuestra espalda era llagas, y
    nuestro rostro recreo favorito de la mano del tirano. Ya no había
    paciencia para más tributo, ni mejillas para más bofetones. Hervía la
    Isla. Vacilaba la Habana. Las Villas volvían los ojos a Occidente.
    Piafaba Santiago indeciso. “¡Lacayos, lacayos!'” escribe al Camagüey
    Ignacio Agramonte desconsolado. Pero en Bayamo rebosaba la ira. La
    logia bayamesa juntaba en su círculo secreto, reconocido como
    autoridad por Manzanillo y Holguín, y Jiguaní y las Tunas, a los
    abogados y propietarios de la comarca, a Maceos y Figueredo, a
    Milaneses y Céspedes, a Palmas y Estradas, a Aguilera, presidente por
    su caudal y su bondad, y a un moreno albañil, al noble García. En la
    piedra en bruto trabajan a la vez las dos manos, la blanca y la negra:
    ¡seque Dios la primera mano que se levante contra la otra! No cabía
    duda, no; era preciso alzarse en guerra. Y no se sabía cómo, ni con
    qué ayuda, ni cuándo se decidiría la Habana, de donde volvió
    descorazonado Pedro Figueredo cuando por Manzanillo, en cuyos
    consejos dominaba Céspedes, lo buscan por guía los que le ven
    centellear los ojos. ¡La tierra se alza en montañas, y en estos
    hombres los pueblos! Tal vez Bayamo desea más tiempo; afín no se
    decide la junta de la logia; ¡acaso esperen a decidirse cuando tengan
    al cuello al enemigo vigilante! ¿Que un alzamiento es como un encaje,
    que se borda a la luz hasta que no queda una hebra suelta? ¡Si no los
    arrastramos, jamás se determinarán! Y tras unos instantes de silencio,
    en que los héroes bajaron la cabeza para ocultar sus lágrimas
    solemnes, aquel pleitista, aquel amo de hombres, aquel negociante
    revoltoso, se levantó como por increíble claridad transfigurado. Y no
    fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió
    a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos.
    La voz cunde: acuden con sus siervos libres y con sus amigos los
    conspiradores, que, admirados por su atrevimiento, aclaman jefe a
    Céspedes en el potrero de Mabay; caen bajo Mármol Jiguaní y Holguín;
    con Céspedes a la cabeza adelanta Marcano sobre Bayamo; las armas
    son machetes de buen filo, rifles de cazoleta, y pistolones comidos de
    herrumbre, atados al cabo por tiras de majagua. Ya ciñen a Bayamo,
    donde vacila el Gobernador, que los cree levantados en apoyo de su
    amigo Prim. Y era el diecinueve por la mañana, en todo el brillo del
    sol, cuando la cabalgata libertadora pasa en orden el río que pareció
    más ancho. ¡No es batalla, sino fiesta! Los más pacíficos salen a
    unírseles, y sus esclavos con ellos; viene a su encuentro la caballería
    española, y de un machetazo desbarban al jefe; llévanselo en brazos
    al refugio del cuartel sus soldados despavoridos. Con piedras cubiertas
    de algodón encendido prenden los cubanos el techo del cuartel
    empapado en petróleo, a falta de bombas. La guarnición se rinde, y
    con la espada a la cintura pasa por las calles entre las filas del
    vencedor respetuoso. Céspedes ha organizado el Ayuntamiento, se ha
    titulado Capitán General, ha decidido con su empeño que el préstamo
    inevitable sea voluntario y no forzoso, ha arreglado en cuatro
    negociados la administración, escribe a los pueblos que acaba de
    nacer la República de Cuba, escoge para miembros del Municipio a
    varios españoles. Pone en paz a los ceo ¡osos; con los indiferentes es
    magnánimo; confirma su mando por la serenidad con que lo ejerce. Es
    humano y conciliador. Es firme y suave.
    Cree que su pueblo va en él, y como ha sido el primero en obrar, se ve
    como con derechos propios y personales, como con derechos de padre,
    sobre su obra. Asistió en lo interior de su mente al misterio divino del
    nacimiento de un pueblo en la voluntad de un hombre, y no se ve
    como mortal, capaz de yerros y obediencia, sino como monarca de la
    libertad, que ha entrado vivo en el cielo de los redentores. No le
    parece que tengan derecho a aconsejarle los que no tuvieron decisión
    para precederle. Se mira como sagrado, y no duda de que deba
    imperar su juicio. Tal vez no atiende a que él es como el árbol más
    alto del monte, pero que sin el monte no puede erguirse el árbol.
    Jamás se le vuelve a ver como en aquellos días de autoridad plena;
    porque los hombres de fuerza original sólo la enseñan íntegra cuando
    la pueden ejercer sin trabas. Cuando el monte se le echa encima;
    cuando comienza a ver que la revolución es algo más que el
    alzamiento de las ideas patriarcales; cuando la juventud apostólica le
    sale con las tablas de la ley al paso; cuando inclina la cabeza, con
    penas de martirio, ante los inesperados colaboradores, es acaso tan
    grande, dado el concepto que tenia de si, como cuando decide, en la
    soledad épica, guiar a su pueblo informe a la libertad por métodos
    rudimentarios, como cuando en el júbilo del triunfo no venga la sangre
    cubana vertida por España en la cabeza de los españoles, sino que los
    sienta a su lado en el gobierno, con el genio del hombre de Estado.
    Luego se obscurece: se considera como desposeído de lo que le
    pareció suyo por fuerza de conquista; se reserva arrogante la energía
    que no le dejan ejercer sin más ley que la de su fe ciega en la unión
    impuesta por obra sobrenatural entre su persona y la República; pero
    jamás, en su choza de guano, deja de ser el hombre majestuoso que
    siente e impone la dignidad de la patria. Baja de la presidencia
    cuando se lo manda el país, y muere disparando sus últimas balas
    contra el enemigo, con la mano que acaba de escribir sobre una mesa
    rústica versos de tema sublime.
    ¡Mañana, mañana sabremos si por sus vías bruscas y originales
    hubiéramos llegado a la libertad antes que por las de sus émulos; si
    los medios que sugirió el patriotismo por el miedo de un César, no han
    sido los que pusieron a la patria, creada por el héroe, a la merced de
    los generales de Alejandro; si no fue Céspedes, de sueños heroicos y
    trágicas lecturas, el hombre a la vez refinado y primario, imitador y
    creador, personal y nacional, augusto por la benignidad y el
    acontecimiento, en quien chocaron, como en una peña,
    despedazándola en su primer com bate, las fuerzas rudas de un país
    nuevo, y las aspiraciones que encienden en la sagrada juventud el
    conocimiento del mundo libre y la pasión de la República! En tanto, ¡sé
    bendito, hombre de mármol!
    ¿Y aquél del Camagüey, aquel diamante con alma de beso? Ama a su
    Amalia locamente; pero no la invita a levantar casa sino cuando
    vuelve de sus triunfos de estudiante en la Habana, convencido de que
    tienen todavía mejilla aquellos señores para años: “no valen para
    nada ¡para nada!” Y a los pocos días de llegar al Camagüey, la Audiencia
    lo visita, pasmada de tanta autoridad y moderación en
    abogado tan joven; y por las calles dicen: “¡ése!”; y se siente la
    presencia de una majestad, pero ¡no él, no él! que hasta que su mujer
    no le cosió con sus manos la guajira azul para irse a la guerra, no
    creyó que habían comenzado sus bodas.
    Por su modestia parecía orgulloso: la frente, en que el cabello negro
    encajaba como en un casco, era de seda, blanca y tersa, como para
    que la besase la gloria: oía más que hablaba, aunque tenía la única
    elocuencia estimable, que es la que arranca de la limpieza del
    corazón; se sonrojaba cuando le ponderaban su mérito; se le
    humedecían los ojos cuando pensaba en el heroísmo, o cuando sabia
    de una desventura, o cuando el amor le besaba la mano: “¡le tengo
    miedo a tanta felicidad!” Leía des pacio obras serias. Era un ángel para
    defender, y un niño para aca riciar. De cuerpo era delgado, y más fino
    que recio, aunque de mucha esbeltez. Pero vino la guerra, domó de la
    primera embestida la soberbia natural, y se le vio por la fuerza del
    cuerpo, la exaltación de la virtud. Era como si por donde los hombres
    tienen corazón tuviera él estrella. Su luz era así, como la que dan los
    astros; y al recordarlo, suelen sus amigos hablar de él con unción,
    como se habla en las noches claras, y como si llevasen descubierta la
    cabeza.
    ¡Acaso no hay otro hombre que en grado semejante haya sometido en
    horas de tumulto su autoridad natural a la de la patria! ¡Acaso no haya
    romance más bello que el de aquel guerrero, que volvía de sus glorias
    a descansar, en la casa de palmas, junto a su novia y su hijo! “¡jamás,
    Amalia, jamás seré militar cuando acabe la guerra! Hoy es grandeza, y
    mañana será crimen. ¡Yo te lo juro por él, que ha nacido libre! Mira,
    Amalia: aquí colgaré mi rifle, y allí, en aquel rincón donde le di el
    primer beso a mi hijo, colgaré mi sable”. Y se inclinaba el héroe, sin
    más tocador que los ojos de su esposa, a que con las tijeras de
    coserle las dos mudas de dril en que lucía tan pulcro y hermoso, le
    cortase, para estar de gala en el santo de su hijo, los cabellos largos.
    ¿Y aquél era el que a paso de gloria mandaba el ejercicio de su gente,
    virgen y gigantesco como el monte donde escondía la casa de palmas
    de su compañera, donde escondía “El Idilio”? ¿Aquél el que arengaba a
    sus tropas con voz desconocida, e inflamaba su patriotismo con
    arranques y gestos soberanos? ¿Aquél el que tenía por
    entretenimiento saltar tan alto con su alazán Mambí la cerca, que se
    le veía perder el cuerpo en la copa de los árboles? ¿Aquél el que
    jamás permite que en la pelea se le adelante nadie, y cuando le viene
    en un encuentro el Tigre al frente, el Tigre jamás vencido brazo a
    brazo, pica hondo al Mambí para que no se lo sujeten, y con la espada
    de Mayor, y la que le relampaguea en los ojos, tiene el machete del
    Tigre a raya? ¿Aquél que cuando le profana el español su casa nupcial,
    se va solo, sin más ejército que Elpidio Mola, a rondar, mano al cinto,
    el campamento en que le tienen cautivos sus amores? ¿Aquél que
    cuando mil españoles le llevan preso al amigo, da sobre ellos con
    treinta caballos, se les mete por entre las ancas, y saca al amigo
    libre? ¿Aquél que, sin más ciencia militar que el genio, organiza la
    caballería, rehace el Camagüey deshecho, mantiene en los bosques
    talleres de guerra, combina y dirige ataques victoriosos, y se vale de
    su renombre para servir con él al prestigio de la ley, cuando era el
    único que, acaso con beneplácito popular, pudo siempre desafiarla?
    ¡Aquél era; el amigo de su mulato Ramón Agüero; el que enseñó a leer
    a su mulato con la punta del cuchillo en las hojas de los árboles, el
    que despedía en sigilo decoroso sus palabras austeras, y parecía que
    curaba como médico cuando censuraba como general; el que cuando
    no podía repartir, por ser pocos, los buniatos o la miel. hacía cubalibre
    non la miel para que alcanzase a sus oficiales, o le daba los buniatos
    a su caballo, antes que comérselos él solo; el que ni en sí ni en los
    demás humilló nunca al hombre! Pero jamás fue tan grande, ni aun
    cuando profanaron su cadáver sus enemigos, como cuando al oír la
    censura que hacían del gobierno lento sus oficiales, deseosos de verlo
    rey por el poder como lo era por la virtud, se puso en pie, alarmado y
    soberbio, con estatura que no se le había visto hasta entonces, y dijo
    estas palabras: “¡Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del
    Presidente de la República!”
    ¡Esos son, Cuba, tus verdaderos hijos!
    José Martí: El Avisador Cubano, Nueva York, 10 de octubre de 1888.

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