¿Cuál es la verdadera Ana Belén Montes? Por Julián Gutiérrez Alonso


Últimamente grandes medios de comunicación como la CNN, el Washington Post y otros apoyados por los congresistas anticubanos Ileana Ros, Marcos Rubio y David Nunes nos han tratado de imponer la matriz de que Ana Belén es “…una de las más peligrosas espías en la historia reciente de Estados Unidos…”¿Es esto así?

Para mi Ana Belén es la espía que evitó con sus acciones la muerte de miles de norteamericanos y cubanos cuando convenció, con sus informes, a los presidentes George W. Bush y Bill Clinton de que Cuba no era una amenaza para la Seguridad Nacional de los EUA, evitando de esta manera una posible invasión a Cuba. Como dice el cantautor estadounidense David Rovic en su canción “Song for Ana Belén Montes” cuando dice Ana Belen Montes,   you are a spy after my own heart.” Que pudiéramos traducir como “Ana Belén Montes, eres una espía como las que me gustan.”

Ahora bien, ¿Cuál es la realidad que nos acompaña hoy con relación a la actitud de Ana Belén? En su alegato de Defensa Ana Belén dijo:

“Nosotros hemos hecho gala de intolerancia y desprecio hacia Cuba durante cuatro décadas. Nosotros nunca hemos respetado el derecho de Cuba a definir su propio destino, sus propios ideales de igualdad y justicia. Yo no entiendo cómo nosotros continuamos tratando de dictar cómo Cuba debe seleccionar sus líderes, quiénes no deben ser sus dirigentes y qué leyes son las más adecuadas para dicha nación, ¿Por qué no los dejamos decidir la forma en que desean conducir sus asuntos internos, como Estados Unidos ha estado haciendo durante más de dos siglos?

“Mi mayor deseo sería ver que surja una relación amistosa entre Estados Unidos y Cuba. Espero que mi caso, en alguna manera, estimule a nuestro gobierno para que abandone su hostilidad en relación con Cuba y trabaje conjuntamente con La Habana, imbuido de un espíritu de tolerancia, respeto mutuo y entendimiento.

“Hoy vemos más claro que nunca que la intolerancia y el odio—por individuos o gobiernos—lo único que disemina es dolor y sufrimiento. Espero que Estados Unidos desarrolle una política con Cuba fundamentada en el amor al vecino, una política que reconozca que Cuba, como cualquier otra nación, quiere ser tratada con dignidad y no con desprecio.

“Una política como esa llevaría nuevamente a nuestro gobierno a estar en armonía con la compasión y la generosidad del pueblo estadounidense. Ella permitiría a los cubanos y estadounidenses el aprender cómo compartir unos con otros. Esto permitiría que Cuba abandone sus medidas defensivas y experimente cambios más fácilmente. Y esto permitiría que los dos vecinos trabajen conjuntamente y con otras naciones para promover la amistad y cooperación en nuestro ´país mundial´ y en nuestra ´patria mundial”

¿No creen que Ana Belén anunciaba en fecha tan temprana lo que en diciembre del 2014 y en su visita a Cuba en marzo del 2015 dijera Obama? Ella hizo muchos esfuerzos para que se normalizaran las relaciones entre nuestros dos países antes de que esto fuera una política de los dos gobiernos.

Por tanto, podemos considerar a Ana Belén como un peligro para los EUA o como una heroína para nuestros dos pueblos. ¿Cuál es la verdadera Ana Belén Montes para ti?

11 pensamientos en “¿Cuál es la verdadera Ana Belén Montes? Por Julián Gutiérrez Alonso

  1. Canción para Ana Belén Montes

    Por David Rovics / versión al español de Germán Piniella para Vicente Feliú.

    Veinticinco años fue lo que dijo el juez,
    Luego golpeó su mazo y sacudió la cabeza
    Usted ha hecho mal, burló nuestra confianza
    Ahora la atrapamos y la hemos arrestado
    Ahora pasará estas décadas tras rejas de acero;
    Pensó que podía jugar con nosotros, pero esto es al duro
    Usted le dio secretos al enemigo
    Ahora va a vivir en prisión en la tierra de los libres.

    Pero aquí bajo este sol de Cuba
    Sólo quisiera darte las gracias por todo lo que has hecho
    Hoy estoy desgarrado.
    Ana Belén Montes, eres una espía como las que me gustan.

    “Seguí mi conciencia en vez de la ley”,
    Dijiste en tu juicio secreto
    No recibiste dinero por tu trabajo,
    Dice tu archivo desclasificado
    Advertiste a los cubanos de los planes
    De los asesinos de EE.UU.
    Otras buenas obras que hiciste,
    Posiblemente nunca nos las dirán.

    Pero aquí bajo este sol de Cuba
    Quisiera darte las gracias por todo lo que has hecho.
    Hoy estoy desgarrado.
    Ana Belén Montes, eres una espía como las que me gustan.

    En los altos niveles del Departamento de Defensa,
    Serviste al bien común.
    Trabajando sola, noche y día,
    Hiciste justamente lo que debías.
    De todos los grandes personajes que he conocido,
    De pocos yo diría que es más grande
    Que una mujer que obedecía a una ley superior,
    A quien el juez llamó “traidora”.

    Pero aquí bajo este sol de Cuba
    Quisiera darte las gracias por todo lo que has hecho.
    Hoy estoy desgarrado.
    Ana Belén Montes, eres una espía como las que me gustan.

  2. La Maza, dedicada por Silvio Rodríguez a Ana Belén Montes, heroína para los pueblos del mundo, cuyo desinteresada labor a favor de la defensa, independencia y soberanía de Cuba evitó otra guerra imperialista en el Caribe.

  3. Pingback: ¿Cuál es la verdadera Ana Belén Montes? Por Julián Gutiérrez Alonso – Alma Cubanita

  4. Esta historia ha quedado un tanto atrapada en el silencio, primero escuche sobre el tema, pero me sorprendió cuando leí su historial en Cartas desde Cuba, sin dudas es una mujer excepcional y ha contribuido al acercamiento de los Estados Unidos a Cuba y sin dudas demostró que Cuba no constituye peligro para el Imperio

  5. ¡Libertad para Ana Belén Montes!

    Ponencia sobre Ana Belén Montes al celebrarse el 8vo Encuentro
    Continental de Solidaridad con Cuba, del 28-30 de julio de 2016, en
    República Dominicana . Por Miriam Montes Mock, prima hermana de Ana.

    Ana Belén: Obedecí mi conciencia más que obedecer la ley

    “La sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes, luchar
    contra el imperialismo dondequiera que esté”
    Che

    Hace varios años el líder pacifista hindú Mahatma Gandhi dijo lo
    siguiente: “Existe una corte superior a las cortes de justicia y esa
    es la corte de la conciencia. Ella excede todas las otras cortes”.
    Ana Belén Montes decidió obedecer su conciencia antes que obedecer la
    ley. Obedecer su conciencia le valió una condena de 25 años de cárcel
    en una prisión de alta seguridad. Desde afuera, el edificio parece un
    enorme depósito de concreto del color de las tumbas. Lo rodea una
    estela de grama, verde y saludable, como para contrastar la sensación
    que producen los espacios desolados. Pero desde el interior del
    edificio no es posible advertir la vida que palpita en el resto del
    mundo. Apenas tiene ventanas. Adentro, el lugar hiede a orines y a
    excrementos.
    Las paredes blancas del monótono Federal Medical Center, Carswell,
    ubicada en Fort Worth, Texas, contiene en una de sus celdas a una
    prisionera que se diferencia de la población general. Allí las mujeres
    gritan, arañan, muerden, patean, destruyen, enloquecen, o se echan a
    morir. Ella, en cambio, construye para sí misma una burbuja. Desde ese
    lugar de protección todo lo ve, todo lo oye, todo lo siente; pero no
    muere. Si rompiera su burbuja, habitaría en un recinto tormentoso. De
    alguna manera, Ana ha logrado preservar quien siempre ha sido. Al
    menos, la persona que se estremeció ante la injusticia y optó por
    solidarizarse con el perjudicado. Ella tiene los ojos vivos y la mente
    despierta.
    Hace catorce años que Ana Belén Montes sobrevive el infierno de
    Carswell. Cada mañana se despierta para enfrentar un día parecido al
    anterior: privada del contacto con la naturaleza, del abrazo de sus
    seres queridos, de conversaciones coherentes y de una atmósfera que
    alimente su sentido de valía. Por fortuna, su conciencia respira paz.
    Sabe que no hubiera podido vivir con el pensamiento tranquilo si
    hubiera ignorado al pueblo cubano. Se trataba de un país vapuleado por
    otro país. Uno era poderoso y con ansias de dominación. El otro, el
    cubano, decidido a construir un sistema de gobierno propio.
    Era el año 1985. Para entonces Ana Belén había conseguido un empleo en
    la Agencia de Defensa de Inteligencia, conocido como la DIA por sus
    siglas en inglés. Ella misma decidió solicitar trabajo allí, tras
    completar una maestría en Estudios Internacionales en la Universidad
    John Hopkins. Ana fue una estudiante sobresaliente. Apenas unos años
    antes se había graduado de un bachillerato en Relaciones Extranjeras,
    en la Universidad de Virginia. Su inteligencia, su pensamiento
    analítico y su alto nivel de responsabilidad, lograron que escalara
    puestos de mayor influencia. La asignan al Boiling Air Force Base, en
    Washington, y allí trabaja como especialista en investigación de
    inteligencia. En el 1992 se une al Pentágono como analista. Al momento
    de su arresto, en el 2001, Ana Belén se desempeñaba como una de las
    analistas especializadas en Cuba.
    Ana entendió el motor ideológico que impulsa a los países prepotentes.
    Supo de lo que han sido y son capaces de hacer con tal de imponer sus
    negocios en tierras ajenas. Las intervenciones de los Estados Unidos
    en los países latinoamericanos son tan viejas como el propio país.
    Nicaragua, Guatemala, El Salvador, México, Chile, República
    Dominicana, Puerto Rico, entre otros, han sido objeto de maniobras
    ilícitas por parte del gobierno estadounidense. La historia lo
    almacena todo en su memoria.
    Ana trabajó desde las entrañas del país poderoso. Para entonces, la
    política de la nación estadounidense llevaba más de treinta años
    imponiendo castigos al pueblo cubano. Hoy día sobrepasa el medio siglo
    de agresiones y hostilidades. Ana pudo haberse hecho de la vista
    larga. Después de todo, ni siquiera se trataba de su país ni de su
    gente. Pudo haber hecho silencio. Hacer lo que hacen tantos. Limitarse
    a realizar su trabajo, y ya. Ignorar lo que parecía imposible de
    cambiar. Pero a ella se le retorcieron los intestinos cada vez que
    advirtió un crimen de estado en contra de Cuba. Otro crimen, y otro.
    Optó por el camino que asumen unos pocos. Es muy grande el riesgo. Se
    juega la libertad personal. Es más, la propia vida. Se trata de la
    misma ansia justiciera que impulsó a Martin Luther King, Mahatma
    Gandhi, Simón Bolívar, Nelson Mandela, y otros tantos héroes y
    heroínas que la historia ha reconocido. Se entregó como ellos
    hicieron, con un compromiso insobornable ante la afrenta, aunque cada
    quien asumió distintos rumbos en la lucha que escogieron. En el fondo,
    los apremiaba un mismo fin humanitario. Por eso fueron capaces de
    alzar la voz y empuñar el brazo. Por eso vibraron con los principios
    que nos hacen humanos y buenos vecinos. Por eso también impulsaron el
    sentido de la dignidad; defendieron el derecho a la autodeterminación;
    resistieron la corriente de la política apabullante; y transgredieron
    la propia injusticia creada por el brazo opresor.
    Tal vez sin ella saberlo, Ana Belén se inserta dentro de la tradición
    de la lucha antillana, según la enunció Ramón Emeterio Betances hace
    más de un siglo. Para entonces, la Confederación Antillana perseguía
    terminar con el colonialismo europeo en las Antillas, mediante la
    consolidación de las Antillas Mayores en un ente regional que
    contribuyera a preservar la soberanía de República Dominicana, Cuba y
    Puerto Rico. Otros patriotas abrazaron la misma idea solidaria de
    Betances: Eugenio María de Hostos, José Martí, Gregorio Luperón, Juan
    Rius Rivera, Pedro Albizu Campos, Juan Antonio Corretjer Montes, Juan
    Mari Brás y Rubén Berríos, entre otros. La lucha aún continúa.
    En el 16 de julio de 1867 el Comité Revolucionario de Puerto Rico
    emitió la siguiente proclama:“¡Cubanos y puertorriqueños, unid
    vuestros esfuerzos, trabajad de concierto, somos hermanos, somos uno
    en la desgracia; seamos uno también en la Revolución y en la
    independencia de Cuba y Puerto Rico! Así podremos formar mañana la
    confederación de las Antillas.”
    Como si tuviera en su sangre los postulados heroicos del líder
    antillano, Ana Belén Montes, de padres puertorriqueños, nacida en
    Alemania y criada en los Estados Unidos de América, ofrenda su vida
    con tal de que Cuba pudiera preservar su derecho a la
    autodeterminación, muy a pesar de las presiones impuestas por el
    imperio norteamericano.
    Ana Belén tenía la oportunidad en sus propias manos. El sistema
    estadounidense urdía nuevos ataques contra Cuba. Ana se debatía entre
    dos opciones: actuaba o se mantenía en silencio. Se hacía cómplice de
    las agresiones o denunciaba la mano criminal. Sintió miedo. Era
    consciente de las consecuencias de su acción. Sabía que, de ser
    descubierta, se enfrentaría a una condena perpetua. Incluso, a la
    posibilidad de la pena de muerte. Mientras tanto, Ana no recibía nada
    a cambio. Ni dinero, ni favores, ni reconocimiento. Acaso, la soledad
    que impone un trabajo clandestino que requería una extrema discreción,
    y el miedo a ser atrapada. Pero la voz de su conciencia fue más
    fuerte. Se armó de valor. Trató de contribuir a que el país caribeño
    se protegiera del terrorismo de estado organizado y financiado por los
    Estados Unidos. Ese fue su crimen.
    Ana Belén fue detenida el 21 de septiembre de 2001 en su propia
    oficina. Los agentes del seguridad llevaron una silla de ruedas para
    llevársela arrestada, en caso de que fuera necesario. No fue
    necesario. Pálida y en silencio, Ana caminó erguida y con la frente en
    alto.
    Un año después, el 16 de octubre de 2002, Ana se enfrentaba a la Corte
    Federal de los Estados Unidos. Le echaron 25 años de prisión en una
    cárcel de máxima seguridad tras declararse culpable de conspiración
    para cometer espionaje a favor de la Dirección de Inteligencia de
    Cuba. Con la entereza usual en ella, leyó en la Corte Federal las
    declaraciones que revelaron los principios y los valores que la
    indujeron a proteger al pueblo cubano de la política hostil de los
    Estados Unidos. En su alegato, proclamó lo siguiente:
    “Honorable, yo me involucré en la actividad que me ha traído ante
    usted porque obedecí mi conciencia más que obedecer la ley. Yo
    considero que la política de nuestro gobierno hacia Cuba es cruel e
    injusta, profundamente inamistosa, y me consideré moralmente obligada
    a ayudar a la isla a defenderse de nuestros esfuerzos para imponer en
    ella nuestros valores y nuestro sistema político”.
    Ana Belén es mi prima hermana. A pesar de que ambas vivimos en países
    distintos (ella, en los Estados Unidos y yo, en Puerto Rico), siempre
    mantuvimos correspondencia y nos visitábamos durante algunos veranos.
    Desde niña, sentí admiración hacia Ana. Recuerdo su tendencia hacia el
    estudio, su actitud reflexiva, su discreción. Demostraba buenos
    sentimientos hacia sus padres, sus hermanos, su abuela y sus tías.
    Siempre me pareció sensata, bondadosa, consciente de los demás y
    cariñosa con su familia. Hasta su cabellera larga y lustrosa quise yo,
    a mis doce años, imitar. Con el tiempo, el respeto hacia mi prima
    creció. Observé su sentido ético, su capacidad para mostrarse
    solidaria ante los menos afortunados, y su actitud desprendida en
    favor de otros. En cierta ocasión, durante un verano en que se
    hospedaba en casa, tuvo la iniciativa de contribuir económicamente con
    una pareja de escasos recursos que contraía matrimonio. Ana tendría
    dieciséis o diecisiete años. Ella no los conocía, no estaba invitada a
    la boda, pero su generosidad la movió a obsequiarlos, de forma
    anónima, y alivianarles así la carga financiera. Sus inclinaciones, lo
    confieso, respondían a una manera de vivir muy distinta de la que se
    promueve en las sociedades materialistas, enfocadas en lo efímero, en
    el engrandecimiento del ego o en el hedonismo.
    En otro de esos veranos en los que Ana nos visitaba, observé que un
    día se vistió de un negro riguroso. “¿Por qué?”, le pregunté, a lo que
    me contestó: “El papá de mi mejor amiga murió”. Y añadió: “Quiero
    estar con ella”. Con gestos como este, en el anonimato, Ana se
    solidarizaba con los que sufrían. Su amiga se llamaba Terry. Nunca me
    olvidé.
    Cuando Ana venía a Puerto Rico, la playa era un destino obligado. Le
    encantaba meterse al mar, solearse, comer piña fresca y beber agua de
    coco. Disfrutaba la compañía de las primas y los primos, sobre todo de
    los más bromistas. Se aseguraba de visitar a la abuela, las tías y las
    tías abuelas. A todas obsequiaba. Con todas era muy afectuosa.
    Desde su encierro, hace catorce años, Ana Belén y yo nos escribimos
    tan a menudo como podemos. Confieso que desde entonces, nos hemos
    acercado aún más una a la otra. Las cartas son un abrazo en la
    distancia. Las palabras impresas, un lujo. A través de ellas nos
    contamos la vida y los desafíos de cada quien. Ella, desde su apretado
    mundo físico. Yo, desde la amplitud de un espacio sin cerrojos. Pero
    el espíritu no conoce murallas. Por eso las palabras que
    intercambiamos se encuentran. Ahí coinciden los anhelos de Ana y los
    míos; las reflexiones de Ana y las mías; los amores de Ana y los míos.
    Y el cariño a prueba de treguas.
    Ella no lo sabe pero desde siempre, me ha emocionado su energía
    solidaria. Es como si se le hubiese impreso en sus células la
    consciencia de que otro ‒distinto a ella pero igual de valioso‒
    existe. También me he enriquecido al advertir su capacidad de escuchar
    de manera atenta, de hacerse presente con las palabras y con el
    sentimiento, de reaccionar al dolor ajeno y convertirse en parte de la
    solución. Pero Ana me ha regalado algo más. Con su proceder, ha sido
    un ejemplo de valor y de humildad. Y me ha dado el privilegio de
    acompañarla, también “vestida de negro”, dentro de los barrotes de su
    celda.
    Ana Belén resiste. Lo hace agarrada de los principios que inspiran su
    vida. Por eso cuando el 14 de diciembre de 2014 el presidente Obama
    declaró que: “Estos 50 años han demostrado que el aislamiento no
    funciona. Es hora de tener una nueva estrategia”, a Ana el corazón le
    retumbó. Ana no es ingenua. Sabe que la nación estadounidense
    intentará lograr su objetivo, si no con hiel, con miel. Aun así,
    interpreta el gesto del presidente como el indicio de una posible
    reconciliación entre ambos países. Y para Ana, esto no es otra cosa
    que advertir que su sueño de amistad entre ambos pueblos recién
    comienza a hacerse real.
    Ana resiste gracias a la lealtad que ella le otorgó a su propia
    conciencia. Porque esa, querámoslo o no, nunca nos abandona. Por eso
    creo que la conciencia de Ana la acompaña en medio de su soledad. Y
    estoy segura de que, en medio del infierno que vive, le da un sentido
    infinito de paz.
    Ana resiste con las palabras que lee. Lee con avidez palabras de
    otros. Ana se instruye, analiza, formula opiniones, se expresa. Sabe
    que los libros son un antídoto contra la necedad y el olvido. Lee de
    historia, de política, de espiritualidad, lee verdades universales en
    el lenguaje de los niños. Se ha encantado con José Mujica, ex
    presidente uruguayo, y con el Papa Francisco. A ambos admira por su
    profundidad, su sencillez, y su identificación con los menos
    afortunados.
    Ana resiste mientras contempla y aprecia las bellezas naturales en los
    documentales del NationalGeographic narrados por David Attenborough
    que transmiten en la prisión. Esas le recuerdan que existe un mundo
    armonioso fuera de las rejas que la aprisionan. Ana le hace espacio en
    su alma a ese universo asombroso. Sabe que a pesar de las injusticias
    que ha atestiguado, la bondad humana existe. Y de repente, se ha
    sabido querida por un conjunto de hermanos y hermanas procedentes de
    Cuba, de Puerto Rico, Francia, Brasil, Italia, Canadá, República
    Dominicana, Chile, Argentina, entre otros, que la apoyan y se
    solidarizan con los principios que ella defendió. Creo no equivocarme
    si afirmo que le han entibiado el corazón.
    Ana se permite sentir. Le bajan lágrimas cuando la emoción la abraza.
    Se conmueve al advertir que la lucha por ella es realmente la lucha
    por un ideal más amplio y más trascendental que su excarcelación. Esa
    lucha se refiere al proceso de reconciliar países y pueblos, al
    acercamiento de ciudadanos del mundo, aun cuando estos tienen o
    persiguen distintos modos de vivir. Como ella misma pronunciara,
    inspirada en un proverbio italiano: “Todo el mundo es un mismo país”.
    Ana ama a Cuba. Pero ama más las causas justas. Protegió a Cuba porque
    resultó ser el país vapuleado por una nación poderosa y hostil. Si
    hubiese sido lo contrario, si Cuba o Puerto Rico hubiesen sido las
    naciones poderosas, Ana hubiese defendido al pequeñín Estados Unidos.
    Ana no quiere protagonismo. Le incomoda que la tilden de heroína o
    excepcional. Para ella, su proceder obedeció a una obligación personal
    que no era posible ignorar. Le sucedió igual que les ocurrió a los
    médicos cubanos que sintieron la obligación de ofrecer sus servicios a
    los pacientes de ébola, allá en Africa Occidental, muy a pesar de los
    riesgos que ello implicaba. Ellos no se sacrificaron para que la
    historia los reconociera como heroicos o excepcionales. Tan solo
    obedecieron su conciencia; atendieron su obligación y asumieron los
    riesgos. Una obligación que a ellos ‒igual que le ocurrió a Ana‒ les
    resultaba inquebrantable.
    Así siento a Ana. Por eso no busca ni espera el elogio. Por eso
    soporta el vituperio. Por eso también soportó el miedo que pudo
    provocar su lucha y aún soporta el infierno de la prisión. Para ella,
    el apoyo a su causa no es otra cosa que el apoyo a la soberanía de
    Cuba ante los Estados Unidos; o mejor dicho, al derecho que debe
    asistir a todos los países del mundo a construir su propio destino.
    Ana aún se solidariza con este principio universal, y estoy segura de
    que continuaría ofrendando la vida con tal de que Cuba no abandone su
    ideal libertario.
    Esa es Ana. Internacionalista. Innegablemente solidaria. Respetuosa de
    la humanidad. Aferrada a los principios de justicia y paz por los que
    tanto han luchado otros héroes y heroínas a través de las edades. Y
    con la modestia que suelen tener aquellos que le habitan ideales
    nobles.
    ¡Libertad para Ana Belén Montes!

  6. Tampoco la invasión a Cuba se hubiera dado sin el informe de ABM. La referencia al peligro es simplemente por ser espía dentro de la propia inteligencia militar estadounidense.

  7. Tuve la oportunidad de leer el libro escrito por su captor Scottw Carmichael¨Dentro de la investigación y captura de Ana Montes, de Cuba Maestro espía, verdadero creyente¨,está lleno de reconcor y aún más, de admiración y respeto de este por Ana .Creo que todos debemos hacer más por la pronta liberación de Ana,que ya de por su valentia y bonda tiene un lugar en la historia, en la lucha de David contra Goliat y no Scottw que irá para el basurero de la historia.¡LIBERTAD PARA ANA MONTES YA!

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