El «centro» en política. Por Ángel Rodriguez Kauth*


En geometría el concepto de centro es relativo, del mismo modo es relativo cuando se lo usa para evaluar posiciones políticas o ideológicas. El centro es una posición política «oportunista» adoptada por aquellos que no quieren caer en los extremos de la izquierda o la derecha, aunque puede ser tan extremista como aquellos en sus postulados según sean los corrimientos que hayan sufrido sus
referentes de ambas puntas de un continuum que, normalmente no es tal, como ocurre con la posición centrista que ha adoptado el capitalismo globalizado.

Contemporáneamente ha hecho su aparición -con fuerza y ocupando un espacio sobresaliente en relación a las ideologías tradicionales- un nuevo polo de atracción política, cual es el “centrismo” político -que a veces transita con pretensiones de posición ideológica- que atrae las voluntades políticas del electorado.

Es como que el elector prefirió adoptar el descompromiso con aquellas posiciones que puedan significar algún grado de participación con los extremos, ya sean estos de izquierda o de derecha (Rodríguez Kauth, 2001).

Tal fenómeno tiene implicancias sociales y políticas, ya que el anodino «centro» no posee definición ideológica por sí mismo, sino que la misma es relativa a otras posiciones del espectro político y, el eventual corrimiento de estas en búsqueda de redefiniciones, implica necesariamente el corrimiento del «centro» a otras ubicaciones que en un tiempo histórico anterior pudieron haber sido consideradas como de izquierdas o de derechas, aunque en la actualidad resulte complejo poder manejar estos criterios -izquierda y derecha-adecuadamente (Bobbio, 1995, Mouffe, 1993).

En este líneas trataré de desentrañar algunas implicancias del vocablo en cuestión, que -particularmente en el mundo occidental- sirve de imán a la conducta electoral de grandes masas de votantes que se han sentido escaldados con las experiencias producidas tanto por la derecha como por la izquierda.

Obvio es que los corrimientos ideológicos suponen, en la actualidad, una marcha indisimulada hacia las clásicas posiciones de la derecha tradicional, especialmente en el aspecto referido a políticas económicas, dónde el «centro» se presenta como el adalid del liberalismo económico, importándole poco y nada las concepciones del tradicional -y olvidado- liberalismo político que fue el que diera
pié a la Revolución Francesa y a todos los movimientos sociales y políticos que se presentaron defendiendo la individualidad y protegiendo los derechos humanos (1) . En consecuencia, iré avanzando por diferentes espacios a fin de considerar la palabra -y posible concepto- que aquí nos ocupa.

a) «Centro» deriva del griego, donde significa punta fija del compás que traza un círculo. En su origen es un concepto de raíz geométrica: el punto equidistante de todos los extremos. Se trata de un ente de razón que no se encuentra en la realidad ya que la idea de «punto» es una construcción euclidiana (2) : cualquier punto gráfico, se transforma en un círculo a medida que indefinidamente se amplíe su imagen al microscopio. El centro -tanto geométrico como político- tiene una característica lógica fundamental, es una pura abstracción intelectual. «El centro de un cono o de una esfera es el polo de la recta impropia del plano -al infinito del espacio- respecto al cono o al cuadrado» (Varios, 1994).

Si se trata de un territorio inmóvil, estar en el centro depende de los límites del área arbitrariamente elegida, por ejemplo, el centro de la Ciudad de Buenos Aires es distinto del centro de la Argentina, y ambos son diferentes del centro de América. Y así sucesivamente se puede ampliar el perímetro de referencia. Luego, estar en el centro no depende tanto del sujeto cuanto del objeto sobre el que convencionalmente se ha situado. El centrismo geográfico no es una independencia de ubicación, sino solamente es una subordinación a un entorno previamente definido.

En cambio, si se trata de extremos móviles, el centrismo es una carrera continua: el centrista es esclavo de los extremos; basta que uno se desplace para obligar a rectificar la posición. En el espacio físico, el centrismo dinámico no es un lugar prefijado, es un movimiento constante y siempre dependiente de factores ajenos a él.

El centrismo ideológico es la equidistancia entre dos tesis propuestas, lo que -como es obvio- en innumerables casos es imposible de realizar. ¿Cuál sería el punto medio entre el teísmo y el ateísmo, entre lo finito y lo infinito?. Lógicamente, cuando dos nociones se excluyen mutuamente, no cabe la posibilidad del centrismo. Solamente se puede definir cuando entre dos afirmaciones cuantitativas existen diferentes niveles intermedios, entonces aparece la posibilidad de una aproximación a un centro plausible de ser pensado. La posición del centrista representa a una media aritmética supuesta o teórica. Pero si uno de los puntos varía su posición, el centrista tiene que moverse inmediatamente -por ejemplo en una escala térmica- haci(3) . Por lo cual el pretendido centrista -en
cuestiones políticas- no defiende un ideal, sino que se somete a las decisiones tomadas por otros. El centrismo ideológico no es una afirmación política con definición propia, en todo caso es una sumisión a las decisiones de otros de tipo oportunista (Ferrater Mora, 1971).

b) Según el idealismo alemán clásico, la evolución del pensamiento y de la realidad se realiza de una manera dialéctica: a la presentación de una tesis se contrapone una antítesis, y del enfrentamiento entre ambas surge una síntesis. La experiencia demuestra que los hechos fácticos no siempre suceden de esa manera, puesto que existen innumerables testimonios de progresos, tanto en el plano conceptual como en el material, donde el mismo se produce por la simple adición de los elementos (tesis y antítesis). En cualquier caso, la elaboración de una síntesis supone una superación y la consecuente anulación de las contradicciones previamente establecidas.

El centrismo, en cambio, supone una equidistancia entre posiciones disímiles, las que continúan sin ser superadas, a la vez que permanecen activas. La síntesis es un proceso que elimina la contradicción, mientras que el centrismo se apoya en la contradicción, ya que la necesita para tener sentido propio. El centrismo no es una síntesis, ni siquiera es un eclecticismo, más bien, su talante es dubitativo: su «verdad» oscila según las afirmaciones de los otros.

c) Tampoco el centrismo es el resultado de maniobras políticas por alcanzar la convergencia entre las diversas ideologías presentes en el menú electoral. Esto obedece a que no necesariamente se converge hacia el centro: por ejemplo, la red de ferrocarriles argentinos no convergen sobre el centro geográfico del país, sino que lo hacen sobre uno de sus márgenes: la costa rioplatense que opera como centro económico y político del país. Trasladado el ejemplo al ámbito de lo político, convergencia es una tendencia a hacer coincidir las discrepancias en un lugar, pero ese punto no tiene razón alguna de ser el centro, el meollo, de la disputa, en todo caso pueden llegar a ser solamente algunos aspectos del acuerdo a que se ha arribado, tanto desde una lectura antagonista como agonista del hecho en cuestión.

d) El centrismo no es una afirmación sustantiva en sí, sino que se trata de un testimonio de escepticismo para la expresión política comprometida. Tanto el liberalismo económico como el socialismo, por ejemplo, presentan tesis en evolución e, incluso actualmente, en intercambio recíproco; pero, en cada momento, enarbolan el programa de sus «verdades» políticas. En cambio, el centrismo depende siempre de concepciones ajenas del mundo para -recién entonces- adoptar una posición intermedia entre aquellas propuestas.

Con ciertos sistemas de escrutinio electoral (4), este escepticismo basal tiene la ventaja tácita de poder dirigirse, en cada coyuntura, al supuesto voto mayoritario y captar no sólo a los más o menos adictos a su postura, sino también a los indefinidos, los perplejos y a los parcial o totalmente frustrados por su decisión electoral tomada anteriormente. Termina por ser una indeterminación que opera como un señuelo electoral, juega como un truco para atraer a opiniones dispares, confundidas por el equívoco de la vaguedad. Es una estrategia de engaño, hipocresía e irracionalidad (Rodríguez Kauth, 1993).

e) Un postrero reducto argumental del pretendido centrismo es prescindir de los contenidos ideológicos y sólo compadecerse con un modelo: el de la moderación. Al respecto, vale señalar que moderar es sinónimo de templar o mitigar. Tal acción de morigeración supone la existencia de una situación previa con características de radicalización. Inmediatamente, la cuestión se desplaza hacia el fondo: ¿qué es lo que se va a moderar?, ¿la expresión del mercantilismo -por ejemplo, la del capitalismo salvaje (5) o la del socialismo en su testimonio de la dictadura del proletariado?. Ante tal desafío lógico, el moderado tiene que definirse con un programa concreto y sustantivo y, en tal caso, automáticamente se situará a la izquierda o la derecha de otras formaciones próximas, con lo que el declarado centrismo se volatiliza, se esfuma. La moderación no es una creencia en el sen-
tido estricto de definirla, es un modo de procedimiento que requiere de materia externa para funcionar. En el espacio de las ideas, existen el realismo, el idealismo, el nominalismo, el ontologismo, el ateísmo, el comunismo, etc,, todos ellos pueden ser moderados; pero, en sentido de lógica estricta, no existe el «moderantismo».

Todas las posiciones que se asuman, ante la cosa pública, son susceptibles de moderarse y, el verbo en cuestión las matiza, pero no las expresa. Por ejemplo, Gorbachov (1986) fue un marxista moderado y Blair es un moderado estatista, pero no por eso cabe, lógicamente, ni tampoco ideológicamente, considerar los como correligionarios entre sí y situarlos en un idéntico y común centro político e ideológico. La simple moderación no es una categoría taxonómica, es sólo
un modo semántico que en gran parte está vacía, que exige ser dotada de fuerza y valor para así cobrar rigurosa significación política. El epíteto «moderado» permanece vago y flotante mientras no se le adhiera un sustantivo al que referirse.

Ciertos criterios de análisis de que se refieren a lo formal, como moderación, compromiso, etc. suscitan una inicial simpatía por parte de los oyentes y suelen ser útiles como incitaciones que apelan al plano de la afectividad, de lo emocional; pero cuando son analizados con un mínimo de rigor intelectual, terminan por revelar su oquedad significativa y su condición de comodines para posibles -y casi seguras- maniobras electorales espurias.

f) Aristóteles acuñó la idea del «justo medio». Entre la vanagloria y el auto desprecio, entre la osadía y la cobardía, entre la anorexia y la gula, ubicaba a la virtud. Esta era -y es- una especie de punto intermedio entre los excesos y los defectos. Pero en estos ejemplos, como en análogos que puedan presentarse, no existe relativismo alguno, hay condena expresa de la vanidad, de la pusilanimidad y del suicidio (6) a la vez que se hace una elogiosa afirmación de la prudencia y de la templanza. Además, esa fórmula presenta el grave inconveniente metodológico y de aplicabilidad de que hay innumerables acciones, como por ejemplo asesinar y odiar, que son «malas» en todos sus gradaciones y no permiten legitimar un supuesto punto intermedio entre odiar y amar, o matar sólo un poco, por ejemplo, en un cincuenta por ciento, lo cual es un soberano disparate.

El justo medio no es, como el centrismo político, una bisectriz entre dos concretas opciones igualmente lícitas, sino algo distinto de lo que se consideran dos males ideológicos, ya sean por exceso o por defecto de sus contenidos.

g) En la última década decimonónica se ha puesto de moda la llamada «tercera vía» europea -que tiende a ser imitada e implementada por algunos políticos latinoamericanos- que no es otra cosa que una expresión propagandística que periódicamente ha sido lanzada desde ocasionales planteamientos políticos. Históricamente, el primero en utilizarla fue el británico dirigente conservador H. MacMillan; luego hubo una experiencia en el comunismo checoslovaco, encabezada
por O. Sik- sin mayores relevancias; y, el tercero, ha sido Blair con su programática -y pragmática- propuesta desde el contemporáneo gobierno laborista británico. La fórmula está recobrando actualidad simultánea entre los pragmáticos dirigentes de la derecha y de la izquierda. Pero la misma expresión ha significado algo distinto en cada uno de los tres ejemplos. El primero trataba de incorporar al conservadurismo algunas de las consignas y propuestas del socialismo, dominantes por entonces en la Gran Bretaña. A su vez, el doctrinario checoslovaco intentó insertar dentro del comunismo tradicional una forma peculiar de mercado, algo así como un socialismo de mercado. Y el político Blair -como sus portavoces- pretenden salvar la faz socialista del laborismo británico dentro del esquema del libre mercado (Rodríguez Kauth, 1999). Se trata de tres operaciones diver-
sas, aunque con el mismo objetivo. La «tercera vía», patrocinada por algunos socialistas actuales, tiene más de medio siglo de una ineficaz ambigüedad; ya que la misma ni es nueva, ni es única y, para peores, ni siquiera ha funcionado más allá que como serviles obedientes a los mandatos de la belicosa derecha norteamericana. Se trata de un trío de terceras vías; pero pueden ser más y todas
ellas son potencialmente innumerables y de plural contenido; es un término maleable y sin rigor intelectivo. La metáfora espacial de la tercera vía confirma la relatividad y la constitución equívoca del supuesto centro político.

h) En resumen, la relatividad (7) del centro político es una de las relatividades más inestables que se puedan pensar, esto debido a que ante la cosa pública los extremos son extraordinariamente mutables, cambiantes ante las modificaciones contextuales que se le presentan. Los supuestos centros han asumido esquemas del más variado contenido. ¿Qué parecido existe entre los programas de los diversos «centros» argentinos que operaron durante la última dictadura militar del Siglo XX y aquellos que se pusieron en marcha durante los períodos democráticos?. Todos ellos han sido diferentes, porque el centro no es una doctrina o ideología política, sino solamente es el aprovechamiento «oportunista» de una coyuntura derivada de otras posiciones políticas.

Desde esta perspectiva y, aunque parezca paradójico, el centro político entre dos extremos en la presencia electoral Argentina estaría hoy en algún lugar del aggiornado peronismo -en la expresión que le impusiera el menemismo gobernante durante la última década- en su particular cruzamiento con el radicalismo y la coyuntural alianza de éste con sectores disidentes del peronismo original. Si se observa con algún detenimiento, cuando se compara al centro con alguno de los extremos, ese centro se convierte rápidamente en otro extremo.

Al recorrer las páginas de la historia del pensamiento político, se podrá encontrar que han existido teóricos de distintas ideologías políticas, tales como el anarquismo, el comunismo, el liberalismo, el nazismo, el conservadurismo, etc.; pero no hay alguien que haya definido una presunta ideología centrista, ni una filosofía, ni una economía, ni una sociología, ni una moral que puedan ser definidas
como centristas. En consecuencia, resulta un imposible que tenga contenido propio aquello que depende de posiciones exteriores a él, no es más que la resultante ocasional y momentánea de definiciones doctrinales ajenas.

Esporádicamente aparecen en el menú de ofertas electorales posturas políticas que, siendo intrínsecamente liberales económicas o socialistas, se autodenominan centristas. Este fenómeno puede ser interpretado como la traducción semántica de un complejo de inferioridad político, o simplemente se trata de un ardid de baja estofa para captar votos incautos o indefinidos, estos últimos, los llamados «indecisos» por las modernas técnicas de encuestas preelectorales. Y hay programas políticos que se suelen adornar con estilos simpáticos para ganar votos «golondrinas», hoy los acompañan y mañana los abandonan por otro que no haga esta particular metamorfosis camaleónica. Tal forma de expresión de hacer o entender la acción política aporta muy poco a la teoría sociopolítica, a la vez que contribuye de manera harto peligrosa a la perversión de la cultura política de la ciudadanía.

Todo esto debe entendérselo como la aparición de una paranoica huida de los originarios liberales hacia un supuesto centro, como fórmula útil para escapar de la proscripción verbal que viene dictada desde la izquierda. Una primera aproximación a la definición de la derecha sería aquella posición política en la que nadie quiere ser situado … aunque se participe de su ideario de propuestas. Entonces, lo óptimo es ponerse la máscara de alguna posición más aceptable -que
se corresponda con lo políticamente correcto- como es el centro. Está claro que si esta fase dialéctica concluyera con la total desaparición de la derecha nominal, empezaría otra similar contra el centrismo como derecha vergonzante o encubierta. Se trata de un testimonio de la humillación que conduce a los cambios de nombres, hipocresías, enmascaramientos, concesiones y entregas a las que se condenan quienes padecen esto que se puede definir como complejo de inferioridad de identificación política.

(*) Profesor de Psicología Social y Director del Proyecto de Investigación «Psicología Política», en la
Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de San Luis, Argentina.

Notas:

1 O derecho de gentes, como se le conoció hasta la década del ’40 del siglo pasado.

2 En la actualidad se le podría llamar virtual .

4 Mayorías y minorías acceden solamente al Parlamento.

5 Lo cual supone que existe algún capitalismo que no sea salvaje. Pareciera ser que esta nueva
forma retórica ha sido inventada para mostrar que sólo algunos capitalistas son salvajes, los otros –
la mayoría- son civilizados, es decir, buenos y, fundamentalmente, humanos; lo cual es a todas
luces un ocultamiento de la realidad y una profundización de la falsa conciencia de las clases traba-
jadores (Rodríguez Kauth, 2001b).

6 Debe recordarse que el suicidio también puede ser un testimonio altruista, según bien lo presentara Durkheim (1948).

7 El concepto de relatividad que aquí se utiliza, en nada debe confundirse con el Principio General y
Especial de la Relatividad que elaborara A. Einstein.

Fuente: Fundamentos en humanidades. Universidad Nacional de San Luis Año IV – N° I/II (7/8) 2003 / pp. 19-28 https://www.google.com/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=3&ved=0ahUKEwjAm7mDhbnVAhWHZiYKHZ7FBCQQFggsMAI&url=https%3A%2F%2Fdialnet.unirioja.es%2Fdescarga%2Farticulo%2F1272942.pdf&usg=AFQjCNH2ROvSe9SKtZ_zUsi_mpCVoDAqaw

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4 pensamientos en “El «centro» en política. Por Ángel Rodriguez Kauth*

  1. Pura alquimia política, cualquiera se cansa de oír hablar del centrismo político cuando en el mundo actual se esta en el bando proclamado como democrático o te aniquilaran con el terrorismo financiero o un bombardeo como lección suprema de democracia. La lista de las victimas es larga y bien conocida.
    El tema es tan tonto como hablar de economía, en realidad no puede existir economía en un mundo donde unos pueden sencillamente imprimir toda la riqueza que le de la gana y tener ademas la ventaja de poner el valor de lo que producen los otros a su capricho y que todos deben aceptar o atenerse a gravisimas consecuencias.
    Por eso el trato actual al mundo recuerda la famosa compra de la isla de Manhattan, todo a cambio de bolitas de vidrio para los otros. En el mundo de hoy solo se puede hacer la lucha buscando sobrevivir y ni eso es seguro hoy en dia.
    Sabemos que este es un mundo donde includo muchos gobiernan contra los intereses de los pueblos, delincuentes sostenidos solo por el aplauso del mundo democrático, en el cual halagar para agradar y dejar robar es lo unico que vale y se debe dejar hacer. Eso nunca seria centrismo.
    Un mundo donde no se respeta poder económico ni bombas atomicas y misiles, solo hay que ver el actual show contra Rusia, porque creen que habiendo tomado la humanidad como rehén con el dollars sin respaldo, pueden hacer cualquier cosa, descuidando que van dejando poco que perder para los otros. El aumento de los que se inmolan por falta de esperanzas, incluso en el mundo desarrollado crece dia a dia y debería llamar la atención.
    El centrismo no puede existir en un mundo donde te somete o te linchan, un mundo donde aterroriza ver como aplauden los campeones democratas a los modernos émulos de los inquisidores cristianos del medioevo, quemando vivos sus vecinos en las calles de Venezuela por tener ideas diferentes y con esos alabados y subsidiados democratas venezolanos nadie puede creer que valga algo el centrismo.

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