Bajo el signo telúrico de las grandes tormentas. Por Alejo Carpentier


“Puede desarrollarse un ciclón al Este de la Florida”… leíase ayer en nuestro periódico. Y muchos, al tropezar con la palabra “ciclón”, no acertarían a figurarse hasta qué punto pueda parecer extraño, a un europeo, eso de oír hablar de ciclones. Cuando Goethe, en una carta famosa, hablaba de la amable naturaleza, “por siempre domada y sosegada” del Viejo Continente, su mente había dejado atrás las eras de los ciclones, y también las de las grandes inundaciones y grandes furias del cielo. Cuando el Sena crece exageradamente, lo más que pueda ocurrir, en París, es que se inunden dos calles y una plaza aledaña. La peor de las trombas -todavía quedan algunas, allá- no pasa de echar abajo tres o cuatro chimeneas de fábricas… Y es que donde la tala ha clareado las tierras durante siglos, transformando las selvas primitivas en campos de labranza, los ríos se amansan y hasta el cielo cambia de fisonomía. No están abajo, ya, los grandes Laboratorios de la Humedad, para hinchar unas nubes en constante actividad, que, de súbito, se enfurecen y estallan sobre el espinazo de montañas vírgenes, que aún asumen las funciones de divisorias de las aguas que la Biblia les encomendara en los primeros capítulos del Génesis. El meteoro de Europa es meteoro de pequeñas dimensiones, como hecho para el escenario de Bayreuth. El rayo ha dejado de ser una manifestación de la cólera divina, desde que Benjamín Franklin lo cazara con un pararrayo. Y la lluvia torrencial ha sido substituida, hace tiempo, por la garúa que cala lentamente, por persuasión, a los transeúntes que nada hacen por evitarla, en las calles de sus ciudades…

Ese desencadenamiento de ciclones, cada otoño, en el Caribe, es todavía una presencia, siempre activa, de las pavorosas “tormentas de las Bermudas”, citadas por Shakespeare y los dramaturgos del Siglo de Oro Español -tormentas que llegaron a hacerse mitos americanos, desde los inicios de la Conquista, como la existencia de las Amazonas o la Fuente de la Eterna Juventud. Y el hecho de que hoy, en 1952, sigamos leyendo los partes meteorológicos que a ellas se refieren, nos demuestra que estamos muy lejos de haber vencido nuestra propia naturaleza, como la habían vencido, amansado, domesticado, los contemporáneos de Goethe.

La Habana acepta, como algo normal, la fatalidad de un ciclón que, cada diez años -en promedio- habrá de caer sobre la ciudad, causando los consiguientes estragos. El correspondiente al año 1926 -el anterior se había arrojado de lleno sobre la capital en 1917- dejó una serie de fantasías tremebundas como marcas de su paso: una casa de campo trasladada, intacta, a varios kilómetros de sus cimientos: goletas sacadas del agua, y dejadas en la esquina de una calle: estatuas de granito, decapitadas de un tajo; coches mortuorios, paseados por el viento a lo largo de plazas y avenidas, como guiados por cocheros fantasmas. Y, para colmo, un riel arrancado de una carrilera, levantado en peso, y lanzado sobre el tronco de una palma real con tal violencia, que quedó encajado en la madera, como los brazos de una cruz.

Todavía América vive bajo el signo telúrico de las grandes tormentas y de las grandes inundaciones. Habrá siempre algún parte meteorológico, de Miami, de La Habana, de la Isla de Gran Caimán, para recordarnos que nuestra naturaleza no ha llegado todavía a ser tan “amable” ni tan “sosegada” como Goethe hubiera querido que fuera la del mundo entero -a semejanza de su romántica Alemania.

(Fragmento de la novela El siglo de las luces)

4 pensamientos en “Bajo el signo telúrico de las grandes tormentas. Por Alejo Carpentier

  1. Estas terribles Tormentas de trópico son las que obligan a vivir sin grandes lujos y a disfrutar la vida con danzas, canciones y alegría

  2. Qué novela, qué grande Alejo. Creo que si no recibió el Nobel fue por cubano y revolucionario. Se lo merecía como padre del realismo mágico y sus magistrales novelas.

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