Lento movimiento. Por Javier Gómez Sánchez


javiergosanchez09@gmail.com

De vez en cuando se habla de los ¨productos ociosos o de lento movimiento¨. A veces lo escuchamos en la televisión o leemos la frase en los periódicos. El término ha tomado un uso más frecuente como parte de los llamados a sustituir importaciones y a sanear la economía del país.

En los años 90 y aun a principios de los 2000, el país tuvo un cúmulo importante de estos artículos, debido a la desaparición del Campo Socialista. Antiguas tiendas como la capitalina Fin de Siglo fueron dedicadas a su ¨venta a la población¨. Ahí podían verse en la planta baja desde lentes para cámaras fotográficas Zenit hasta gorros ushankas como los del Ejército Rojo.

Durante años las cantidades almacenadas por el Estado de productos importados y nunca utilizados siguieron acumulándose, y el tema vuelve a tomar actualidad como un problema a solucionar. Los productos ociosos provenientes del Campo Socialista fueron en parte por la desaparición de acuerdos y fábricas, la incompatibilidad, la obsolescencia, y algunas importaciones innecesarias como parte del vínculo de Cuba con la Unión Soviética, Checoslovaquia, la RDA y otros países. Pero entre las razones de existencia de estos en la actualidad, acumulados durante los últimos 20 años o más, se incluye la importación de algo que se producía en el país o que otro ya había importado, la sustitución de lo que aun funcionaba, lo que puede haber sido fruto del vínculo o interés de algún directivo. Lo que se trajo para algún proyecto que quedó a medias.

Pero lejos de las naves de almacenamiento, mucho más cerca de nosotros y más visibles, permanece lo que probablemente sea la mayor acumulación de productos ociosos o de lento movimiento que sufre la economía del país. Porque habría que preguntarse a qué se le debería llamar hoy  ¨productos ociosos o de lento movimiento¨. Adecuar el concepto a lo que en vez de estar oculto en algún oscuro almacén está a la vista de todos y que el nombre lo retrata. Una cantidad significativa  de artículos y productos ociosos o de lento movimiento los podemos ver en las tiendas minoristas de las llamadas ¨en divisas¨.

Con solo entrar a estas llama la atención la cantidad de cosas inútiles en los estantes que apenas se venden, junto a otras cosas necesarias pero que la gente no puede comprar. Y ahí permanecen. Con precios que supongo no guardan relación con el menor estudio de mercado, cogiendo polvo en exhibición con las etiquetas del precio ya amarillentas. Televisores de viejo diseño a más de 600 CUC, junto a freidoras, tostadoras, hornos, lava-vajillas, obsoletos reproductores de DVD, bocinas y equipos de música, todos conformando una especie de escenografía electrónica. Memorias y tarjetas flash que con el doble de capacidad y la mitad del precio pueden ser compradas en el mercado informal. Tablets a las que la rebaja les llegó indolentemente tarde y ya ni así se venden. Cocinas de gas a precios de nuevos ricos, cuando los nuevos ricos compran estas cosas en Panamá. Ropas con rastros de óxido por el tiempo que llevan en las perchas, con 3 y 4 etiquetas de rebajas simbólicas tachadas con bolígrafo. Casitas plásticas de jardín para juegos infantiles, arrinconadas y sucias. Cosas que los empleados han olvidado el tiempo que llevan ahí.

Otras apenas se mueven: Licores polvorientos con más tiempo en la tienda que varios trabajadores.  Tenis de marca a precios olímpicos rodeando a aburridos empleados. Artículos del hogar sin hogar. Boutiques que abren y cierran, para abrir otra y volverla a cerrar. Perfumerías de lujo sin un hueco en sus estantes, en un país donde el mayor indicador de que algo se vende es que se acaba. Conservas europeas que rellenan los estantes de alimentos, frascos y latas gigantes de encurtidos, enormes formatos de lavavajillas, suavizantes, blanqueadores, que ayudan a que los estantes no se vean vacíos. Todo grande, colorido, que ocupe espacio, un montaje que sería la envidia de un set  cinematográfico.

¿De dónde ha salido todo eso que se ha acumulado en las tiendas durante años?

Uno de los mayores problemas para abastecer el país es la escasa disponibilidad de divisas (de las de verdad) con que el país puede salir a comprar en el mercado internacional. Cuando usted compra en una tienda en Cuba, paga con CUC o pesos, pero el artículo tiene que ser importado en dólares o euros. Dólares para pagarlos, para servicios de flete,  que son asignados a las empresas importadoras para abastecer el país. Pero… ¿De cosas que después no se venden?

¿Qué tiempo tiene que esperar la economía nacional para recuperar lo invertido en productos que llevan meses o años sin venderse? Que su venta es a cuenta gotas o que apenas se han vendido. Si se calculara lo que le ha costado al país -sin recuperar un centavo- la permanencia eterna de esos productos en las tiendas, algunas de las carencias que sufre nuestra economía por falta de liquidez para importar otras cosas tal vez pudiera cubrirse.

Se habla ahora de no pagar salarios sin ¨respaldo productivo¨, a partir de lecciones aprendidas, debería hablarse también de no importar productos sin respaldo comercial.  Lo que en el capitalismo regula el mercado, en el socialismo no puede regularlo otra cosa que no sea la conciencia.

15 pensamientos en “Lento movimiento. Por Javier Gómez Sánchez

  1. Sería bueno un artículo de investigación sobre como las inversiones que se reciben también condicionan lo que el país está obligado a importar… Hace poco tiempo escuche una pequeña entrevista en la TV nacional donde sin mucho detalle se dejaba entre ver que algunos productos importados que se ven en las tiendas están ahí porque es interés de los inversores que esos productos se vendan, se sabe que una empresa que invierte en el turismo por ejemplo tienen acciones diferentes actores; productores de alimentos, bancos y hasta periódicos… Sería bueno conocer hasta qué punto influye esa presión de los inversores en lo que se importa por el país… No creo que sea de mucho interés para nadie en Cuba importar productos como el “Acqua Panna” o “San Pellegrino”, pero se importan, claramente por interés de los inversores…

  2. Error, puede también regularlo la ley, no sólo la conciencia. Establecer plazo de venta y luego rebaja porcentual como algo obligatorio. Revisar estructuras burocráticas de las cadenas. Pasar todas al mincin y mintur o arrendarlas a privados. No solo existe mercado y conciencia, se pueden exigir leyes q soporten avance de uno u otra. Saludos

  3. “Lo que en el capitalismo regula el mercado, en el socialismo no puede regularlo otra cosa que no sea la conciencia.”
    Genial frase con que termina el excelente artículo. Y, amigo Liborio, para que exista una Ley que regule, primero debe existir la conciencia de la necesidad de regular, de corregir y evitar el problema.
    Saludos,
    Miguel A.

  4. En efecto, el último párrafo de Javier tal y como indica Miguel A. es excelente, añadiría que la razón fundamental es que Capitalismo es “la cultura del tener” y en cambio socialismo es “la cultura del ser” como ya lo tenemos definido, y lo que más se precisa es la conciencia, y con esa conciencia legislar las leyes como indica el compañero Liborio y cumplirlas con conciencia.

  5. Yo creo que lo que se plantea no es de socialismo o capitalismo, es recuperar una inversión realizada y que falta le hace al país, y eso no es cosa de conciencia sino de regulaciones, como se hace en el mundo entero, un ejemplo en las tiendas cuando se está acabando el verano y empieza a ver ropa de invierno, las ropas de verano se empieza a liquidar a menor precio, y eso solo se hace para tener dinero y seguir invirtiendo, debe haber políticas de las empresas cubanas para que delimiten el tiempo de los productos de poco movimiento e ir bajando progresivamente el precio hasta que ese producto se venda, un país como cuba pobre, subdesarrollado y con un bloqueo como el que tiene no se puede permitir el lujo de tener productos que costaron divisas y sudor al pueblo estén en las tiendas que en muchos casos es de años.

  6. Los productos ociosos y de lento movimiento son en parte el resultado de importar los hábitos de consumo del mundo capitalista y, en su día, del extinto campo socialista europeo, en clara contradicción con el socialismo como proyecto soberano y genuino. Buena parte de la culpa reside en los problemas de la economía cubana para dar respuesta a la demanda de la población y en las dificultades y condicionantes a la hora de acceder a los mercados internacionales, como resultado del bloqueo.

    Cuando el autor se refiere a la regulación del mercado bajo el capitalismo, no debemos pensar en una mano invisible que deja plenamente satisfechos a la oferta y la demanda, a productores y consumidores. Hace ya muchos años que el egoísmo de los productores se impuso al egoísmo de los consumidores o, dicho de otro modo, que el beneficio marginal se impuso a la utilidad marginal como mecanismo regulador del mercado, lo que, lamentablemente, ha salpicado a Cuba por la necesidad de importar insumos y, a menudo, aceptar las peores condiciones y productos del mercado. Muchos de los artículos ociosos que cita el autor son el resultado de la obsolescencia programada del mundo capitalista, que acorta los plazos de caducidad de mercancías que responden a los dictados de la moda o a avances tecnológicos estimulados por el ánimo de lucro de los fabricantes.

    Si unimos a ello el bajo poder adquisitivo, podría darse el caso de que las pocas tiendas cubanas especializadas en la venta de material electrónico acumularan en sus estanterías unidades de las diferentes versiones de iphone de Apple y no les quedara espacio para otros artículos. ¿Debemos culpar a las autoridades cubanas de los errores y perversiones de la economía de mercado, en que prevalece el ánimo de lucro de los productores sobre la racionalidad y el bienestar de los consumidores? La crítica debería centrarse más bien en la baja capacidad de respuesta del socialismo en los sectores donde existe ese problema de productos ociosos y en otros en que la rotación de existencias procedentes de mercados foráneos es mayor pero implica un alto coste en calidad de vida, seguridad, bienestar.

    Cuando el autor del artículo contrapone la conciencia a los mercados está denunciando de algún modo el funcionamiento de estos, que serán muy eficientes a la hora de producir y distribuir las mercancías, pero con el único propósito de maximizar beneficios, haciendo del consumo otra forma de explotación del ser humano y manipulación de la conciencia. Pensemos en la ropa desgastada y rota que hoy llenan las estanterías de las tiendas capitalistas y que, por suerte, yo todavía no he visto en las tiendas cubanas. Los fabricantes de ropa, uno de los sectores que más facturan en el mundo capitalista, no paran de revolucionar el mercado, acortando así los plazos de vida útil y, sin duda, no hay mejor forma de acabar con el fondo de armario de la ropa cara y bien conservada que sustituirla por la ropa desgastada y rota. Con la ayuda de fuertes inversiones en publicidad comercial, los jóvenes de hoy se aficionan a la ropa rota con más facilidad que los perros de Pavlov a la salivación en presencia de comida en el condicionamiento clásico. Algún grado de conciencia debe existir en las autoridades cubanas para que esta ropa de marca, cara y de mal gusto no se convierta en un producto “no ocioso y de rápido movimiento” en las estanterías de las tiendas cubanas.

    Ojalá muchos de los artículos de importación que rotan fácilmente en las estanterías de las tiendas cubanas fueran ociosos o, mejor, que la economía cubana contara con una respuesta mucho más satisfactoria desde el punto de vista de la conciencia y menos del mercado capitalista, en que prevalecen muchas veces intereses especialmente perversos. Un claro ejemplo es el sector de la alimentación. La mayoría de los insumos alimenticios importados en Cuba están procesados y cuentan con numerosos aditivos procedentes de la química de síntesis, que, con el tiempo, causan graves problemas de salud crónicos, desde alergias a cáncer. Estos efectos perniciosos, que jamás debieron consentirse, responden a intereses económicos de grandes corporaciones, que han encontrado en las patentes asociadas a la química de síntesis una lucrativa fuente de beneficios sin competencia, pero sobre todo al sector que vive de la enfermedad y que, Estados Unidos, factura la friolera del 18% del PIB. El negocio de la enfermedad comienza con tolerancia máxima hacia la comercialización de la comida y bebidas basura y toda clase de mercancías del hogar, vehículos e industria que contienen química de síntesis. Una parte de ellos (afortunadamente pequeña) están en las estanterías de las tiendas cubanas y no es su ociosidad lo que debería preocupar sino su rápida rotación. Por suerte, marcas cubanas como Conchita se parecen más a los productos artesanales que cada vez más gente preferimos en el mundo capitalista por su elaboración más artesanal y con ingredientes procedentes de la agricultura ecológica, mientras que otras, como Ciego Montero, cada día asemejan más los ingredientes de sus refrescos a los del mundo capitalista, en una especie de intento de homologación que deja en muy mal lugar la conciencia de las autoridades cubanas y el derecho a la salud del pueblo.

    En cualquier caso comparto totalmente el criterio del autor en el sentido de que debe prevalecer la conciencia sobre el dictado de los mercados capitalistas, lo que debe traducirse en un mayor desarrollo de las bondades de la economía cubana, como es todo lo relacionado con la agricultura ecológica, la medicina natural, el transporte colectivo, los productos artesanales y todos las mercancías elaboradas con química natural o tecnología propia, ya que es sinónimo de calidad y respeto a la vida y dignidad humana frente a los graves abusos y efectos perniciosos que el consumismo desaforado y al servicio de la maximización de beneficios de las grandes corporaciones está provocando en el mundo capitalista. El mejor modo de solucionar el problema de la ociosidad de los artículos de importación sería la concientización crítica de la población hacia lo que viene de fuera y el desarrollo de la economía local desde una conciencia humanista y al servicio del bienestar del pueblo.

    Los casos de corrupción en Cuba apuntan a que se ha perdido el miedo al castigo y a que existe algún tipo de incentivo económico que es tolerado o que no es abortado en tiempo y forma. De este modo, las personas implicadas se parecen cada día más a la mentalidad individualista y competitiva del mundo capitalista, producto en gran medida de la escasez creada por el bloqueo criminal. Sin embargo, la grandeza del ser humano no reside en el egoísmo ni en una existencia sin autocontrol en que te dejas arrastrar por las leyes adictivas del mercado sino en el desarrollo de una conciencia inspirada en valores y creencias que cada uno de nosotros podemos aprender a manejar de forma voluntaria y con independencia de los cantos de sirenas foráneos, que el desarrollo tecnológico y el turismo han llevado a Cuba. Sólo apelando al autodesarrollo de la voluntad, a partir de valores y creencias que están por encima de los condicionantes ambientales, es que se puede entender la personalidad de Fidel Castro o de Ernesto Guevara en permanente lucha con una realidad que les desbordaba ampliamente y que intentaba disuadirles muchas veces de su conducta ejemplar. Entre ser como ellos y ser una rata de laboratorio al servicio de los mercados, yo creo que la elección es clara si tienes autoestima y dignidad.

  7. Creo también que además de la conciencia debe regularlo la ley. La economía en general no puede funcionar solo a base de conciencia. Debe evitarse la confusión entre capitalismo y distribución de la responsabilidad

  8. Otra solución parcial, para los productos que no se producen en Cuba, podría ser la libre importación por parte de las cooperativas y cuenta propistas de los insumos que necesiten, o a través de alguna empresa importadora pagando un arancel razonable. De esta manera casaría mejor la oferta y la demanda en ese eslabón del comercio y se evitaría el desabastecimiento temporal de productos de alta demanda. De igual manera potenciar los contratos directos entre las cooperativas o cuenta propistas con las empresas y fábricas de productos nacionales, evitando el innecesario intermediario que son las tiendas minoristas o los incipientes ensayos mayoristas. Esto podría aliviar el acceso de la población a los productos en las tiendas minoristas, y favorecer la industria nacional con una tasa de reposición mucho mayor y contratos que aseguran la venta directa de parte de la producción.

  9. Miguel A. Tienes toda la razón. Pero escribí eso porque a veces nos quedamos en la denuncia, el llamado a la conciencia, y eso está bien para Javier y el blog, pero ocurre !hasta en el parlamento! Estamos trabajando, se ha trabajado, hace falta exigir más… Pero en la concreta, las leyes son ambiguas y manda Pepe, el buró mas cercano. Que pueden hacer? Mucho, di quieren. Con qué? Entre otras cosas con leyes concretas.

  10. Pues mira, ya era hora q me gustara en serio alguno de los artículos de Javier Gómez. Ojo, han habido otros que los he encontrado interesantes pero este lo veo un escalón por encima.

  11. ushankas?,..en el Caribe?,por suerte Rusia perdono la deuda, hay un “cuento de camino” sobre barredoras de nieve y otras muy reales sobre “La Conchita” y mango para llenar una piscina(olímpica?). Esperemos que en la nueva Constitución incluya algo sobre “reestructuración” y “transparencia”(en la era Soviética se conoció como “Glásnost” y “Perestroika”).

    Algo que me llamo “mucho” la atención sobre el escrito fue… “paga con CUC o pesos, pero el artículo tiene que ser importado en dólares o euros”….Este Señor que escribe no sabe que el CUC esta respaldado con el dolar norteamericano y los productos que se vende en esta moneda estan sobre valorados?.

    Yo no se si sera por mi posición política, pero estos escritos son Pan pa hoy y hambre pa mañana, no hay nada nuevo en el cielo de La Habana en los últimos 60 años.

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