¿Por qué somos internacionalistas? Por Orlando Cruz Capote


La realidad que representó el primero de enero de 1959 rompió todo un esquema teórico y práctico anterior en el panorama económico y político cubano y latinoamericano. No fue una quimera llevar adelante una lucha armada, política – popular y cívica victoriosa en contra de la oligarquía gobernante y su ejército profesional apoyado por un vecino tan poderoso como los Estados Unidos de América.

Se podía triunfar en contra del ejército, sin contar con él y, también no a favor del mismo, o sea, obviándolo. Cuba fue un ejemplo vital de su factibilidad y de la destrucción del mito del fatalismo geográfico, a sólo 90 millas del imperialismo más poderoso de la Tierra.

No fue obligado que el socialismo triunfara primero en los EE.UU., tal como se concebía en el movimiento comunista internacional; asimismo, el socialismo triunfó en un solo país, y aunque se esperara la sublevación y rebelión popular revolucionaria en otras partes de Nuestra América, Cuba socialista se consolidó gracias a la resistencia proactiva del pueblo en Revolución y porque recibió el apoyo del campo socialista este europeo y la Unión Soviética.

Heredera de las mejores tradiciones históricas, políticas y culturales de la nación cubana, de sus luchas de liberación nacional y social, articulando el ideario y el accionar de José martí con el marxismo y el leninismo, teniendo presente la experiencia teórico-práctica atesorada por el movimiento revolucionario mundial y, en particular el latinoamericano, la Revolución Cubana emergió triunfante sin derivarse de una confrontación militar de carácter internacional y no contó con el apoyo material de fuerzas externas. Y, aunque recibió en el fragor de la batalla guerrillera y clandestina las simpatías y solidaridad de gran parte del mundo, la victoria fue consecuencia de una guerra llevada a cabo en su territorio donde la derrota armada, política y moral del aparato represivo de dominación fue el factor determinante.

La victoria revolucionaria cubana demostró que, sin lo nacional específico ninguna Revolución puede ser creación heroica; que ninguna Revolución auténtica puede separarse de la mejor historia de su pueblo, sin peligro de frustración. Y se trató, a la vez, de encontrar el perfil nacional dentro de un proceso revolucionario que es, por esencia, internacional. Haciéndose necesario el encuentro del proyecto revolucionario, a través de los “desarrollos independientes del marxismo”, con su propia historia y de articularlos decisoriamente en el marco internacional de las luchas nacionales y clasistas.

Por otra parte, el triunfo, consecuencia de una lucha armada-política y popular contra una dictadura sangrienta, tuvo una profundización ininterrumpida hasta transformarse en una genuina revolución social de carácter socialista y liberación nacional-antiimperialista, sumamente radical, que destruyó el aparato estatal represivo del régimen y liquidó el sistema y orden capitalista vigente rompiendo, además, los lazos neocoloniales que ataban a Cuba con los Estados Unidos de América. Y todo ello implicó, paralelamente, la construcción de un nuevo sistema político a lo interno, muchas veces muy original, y el ordenamiento socialista de su sociedad tanto en el plano de la vida material como en la espiritual. No se trató de alcanzar la liberación nacional para luego abrir paso al socialismo, sino de abrir paso a éste para, consecuentemente, alcanzar la liberación nacional.

La Revolución Cubana expresó la astucia y la grandeza de la historia porque se hizo en medio de la sorpresa del mundo, del asombro de Europa, pero también de la conmoción en algunas zonas del movimiento comunista y revolucionario mundial. El partido comunista no había dirigido la lucha y, aunque fue una de las fuerzas revolucionarias fundamentales, sería el Movimiento Revolucionario 26 de Julio, una organización de frente amplio popular, quien la encabezó. La Revolución no se había realizado de acuerdo a un esquema de los tantos transitados por los partidos comunistas y, desde luego, tampoco por los tantos caminos seleccionados por sectores y grupos autodenominados de “revolucionarios” que se sentían privativos de un nacionalismo, casi siempre de corte reformista y populista.

El mayor éxito y mérito de la experiencia de la Revolución Cubana es que demostró una vez más la indigencia del dogmatismo y los esquemas prefabricados, de las ideas axiomáticas, recetas a priori y los sectarismos que conllevaban a la espera del momento objetivo, sin preparar a fondo las condiciones subjetivas del cambio revolucionario.

La trascendencia de la Revolución Cubana es un hecho indiscutible. Ella signó, con inusitada nueva fuerza, el curso de la historia del movimiento revolucionario mundial, el del hemisferio occidental y, en especial, la región latinoamericana y caribeña, imprimiéndole un sello particular a más de uno de los complejos acontecimientos regionales e internacionales durante el primer decenio de su triunfo. En todos estos años, el evento político antillano reafirmó paulatinamente el ‘síndrome de Espartaco’, el derecho a la rebelión contra la explotación y la opresión de muchas naciones y pueblos. A partir de la Revolución Cubana el epicentro de la lucha revolucionaria se trasladó al escenario del Sur subdesarrollado demostrando, además, el inicio de una ola de auge del movimiento antisistémico capitalista en el orbe que incluyó a los propios países industrializados.

Antes de 1959, el subcontinente era incapaz de concitar la máxima atención de los especialistas -politólogos y académicos- y, muchos menos, de convertirse en uno de los puntos nodales de las relaciones internacionales. De un área de pocos conflictos esenciales en el mapa mundial, a partir del triunfo de la Cuba revolucionaria, esta región pasó a ser un elemento de especial interés, análisis e implementación de nuevas estrategias por parte del imperialismo norteamericano y se transformó en un nuevo foco de controversias, antagónicas en la mayoría de los casos, entre el Este versus Oeste y el Norte industrial Versus el Sur subdesarrollado (tercer mundo o sur geopolítico), entre los explotados y los explotadores, los oprimidos vs. opresores.

Fue el momento y espacio geopolítico en que los EE.UU. pusieron a prueba sus nuevas políticas de política exterior en el marco referencial obligatorio de la archiconocida Guerra Fría que, en instantes, pareció trasladarse desde el Berlín Europeo a La Habana latinoamericana-caribeña.

La proyección internacional de la Revolución en la Mayor de las Antillas con una clara visión / convicción nacionalista-patriótica, latinoamericanista, antiimperialista, tercermundista y socialista, que salvó el escollo de ser excluyente y discriminatoria, porque fue además anticolonialista, antineocolonialista, antirracista, antixenofóbica y, más que todo, humanista y universalista, se ganó el  odio inmediato de los círculos más  reaccionarios del  panorama político norteamericano y latinoamericano-caribeño. Los gobernantes del Potomac y las oligarquías clientelistas de la región, prisioneros de los dogmas de la Guerra Fría no pudieron convivir, menos aceptar, en un largo período histórico -ni de facto ni de jure- un proceso revolucionario autónomo por lo que tempranamente acusaron al régimen de la Isla de ser parte de un “complot comunista” y de convertirse en un “satélite” incondicional de ese bloque / sistema.

Junto a las políticas de “contención al comunismo”, de la “represalia masiva”, la “respuesta flexible” y de la doctrina “al borde de la guerra”, los EE.UU.,  transitaron a la preparación simultánea de una guerra “simétrica”, contrarrevolucionaria en esencia, contra los países del Tercer Mundo, denominándola “reacción flexible” con el fin de desarrollar un enfrentamiento contrainsurgencia vs. guerrilla, eufemísticamente denominada como una “guerra limitada”, con el propósito explícito de evitar una confrontación militar abierta y directa con la URSS. La exitosa estrategia y táctica insurreccional política, armada-popular de Cuba dio la clarinada que la guerra de guerrillas exigía de nuevos métodos y tácticas de guerra por parte de los centros de poder imperiales.  La experiencia de la China de Mao Tse Dong, en 1949, y del Vietnam de Ho Chi Minh, en 1954, no suscitó la misma preocupación de los imperialistas norteamericanos, quizás por la lejanía de estos procesos, a pesar de los constantes consejos de los gobernantes británicos y franceses. 

El breve, pero intenso tránsito recorrido por la Revolución Cubana, desde el primero de enero de 1959 hasta el 4 de febrero de 1962, etapa historiada, mostraron el ahondamiento del proceso de desarrollo de una revolución ininterrumpida hacia el socialismo. La vanguardia política del proceso  revolucionario cubano junto a las masas populares, como sujeto-objeto activo, supo articular conscientemente, de forma original y creadora, su propia realidad interna a la existente en el plano hemisférico y del orbe, comprendiendo que era necesario coexistir con independencia y, al mismo tiempo,  interrelacionándose  en  todas las esferas  de la política, la economía, ideología y cultura incluidos con los numerosos  factores  externos -tanto los positivos como los negativos-  para  que estos, lejos de constituir amenazas irremediables pudieran ser evitados, encontrándose siempre las oportunidades y las brechas adecuadas para superar el controvertido sistema regional e internacional vigente convirtiéndolo en un catalizador de los cambios o en un apoyo necesario para las transformaciones socioeconómicas y políticas. La estrategia en aceptar el desafío, resistirlo y desarrollar la política revolucionaria a pesar de cualquier obstáculo presente.                       

El hecho de que la Revolución Cubana representó un desafío victorioso ante los Estados Unidos y una negación de toda su política hemisférica durante casi un siglo de existencia quedó demostrado con certeza, ante los ojos de los revolucionarios latinoamericanos, cuando se pudo realizar en toda su extensión y profundidad una revolución nacional liberadora y socialista con fuertes vínculos con la Unión Soviética, el movimiento comunista internacional y las fuerzas revolucionarias tercermundistas. La perduración en el tiempo del proceso revolucionario cubano logró que los marxistas y radicales de izquierda lucharan con una moral muy alta, justificando la impaciencia revolucionaria de esas organizaciones, agrupaciones políticas y las potencialidades subversivas de los pobres y oprimidos del subcontinente.

Más allá de las connotaciones ideologizantes que se dieron al proceso cubano y su influencia material real, se puede aseverar que a los gobernantes norteamericanos y las oligarquías de la región no les interesó en demasía distinguir entre revolucionarios nacionalistas -radicales, reformadores o populistas- y los que fueron “leales a Moscú o a La Habana”, sino optar por la seguridad de sus múltiples intereses y brindar el apoyo a los círculos de poder más reaccionarios y retrógrados -sin eran anticomunistas mejor- y sobre todo a la oficialidad de los ejércitos para que sacrificaran la democracia política y social e impusieran regímenes militaristas de mano dura en el subcontinente, bajo el manto de la seguridad nacional y colectiva.

Al acercarnos a los 60 del triunfo, se percibe claramente que “la amenaza comunista” a través de Cuba fue utilizada tanto como pretexto para activar en extremo los mecanismos oligárquicos de liquidación del movimiento popular y también el auspicio de reformas cuyo cumplimiento parcial o total permitió sostener los aspectos fundamentales del orden capitalista interno y el sistema hemisférico de dominación imperial. En el primer aspecto, se destacó la reconfiguración / fortalecimiento de los aparatos represivos militares-policiales para convertirlos en instrumentos de la doctrina de la seguridad nacional y, en el segundo aspecto, el engendro estadounidense de la Alianza para el Progreso para evitar nuevas Cuba, destruir la única y provocar la desmoralización de las fuerzas políticas y sociales radicales. En tercer lugar y no menos importante, el “peligro comunista” fue la justificación de las intervenciones directas y encubiertas contra todo el subcontinente.

Los  apologistas  del  imperio y sus seguidores, incluyendo a la intelectualidad cortesana,  en  el  subcontinente  trabajaron  intensamente  con  el  propósito  de  aislar,  neutralizar  y  destruir  a los  que se  le  opusieron,  aplicó  censuras  calvinista – fascistoides  incluso –  a  lo interno de  sus sociedades, trataron de frenar todos los conflictos que fueron contra sus intereses, intentaron disimular su propia barbarie, lucharon denodadamente por desintegrar la perspectiva crítica y radical de los que cuestionaron su sistema capitalista de dominación ordenando actuar, con todos los medios posibles, para  liquidar las formas tradicionales y contemporáneas de resistencia. Aún más, echaron la culpa de lo que estuvo mal, desde su óptica, a la incapacidad de sus dirigentes y, como es obvio, al resto del mundo. Nunca antes se realizó una campaña de propaganda subversiva de tal naturaleza contra un país y su pueblo como la desarrollada con respecto a Cuba.

La elaboración de una política exterior independiente, popular y democrática por la joven dirigencia de la Revolución Cubana era, entonces, de una importancia vital para lograr la supervivencia del proceso revolucionario con el fin de ganar un espacio autonómico y obtener el tiempo necesario para que se fortaleciese el proyecto histórico en el plano interno y lograr el reconocimiento internacional del mismo. 

Asimismo, su construcción acelerada tenía que permitir el alcance urgente de la legitimación del proceso triunfante y producir en las esferas de poder de Washington el “efecto de demostración”, la aceptación de lo que era inaceptable para esos círculos: la existencia de una Revolución y la necesidad de la convivencia con ella en el continente. Ello constituyó un serio esfuerzo cubano para que se validara, en el sistema interamericano, un pluralismo político regional y no se produjera la exclusión de un país con un sistema socioeconómico y político diferente al resto de los países del subcontinente.

Un balance de los primeros elementos principistas de la conformación de la proyección internacional cubana nos permite apreciar algunos objetivos decisorios de su accionar exterior, que al pasar de los años se confirmaron y ampliaron en la elaboración de otros programas prácticos.

1)         La Cuba revolucionaria se hizo heredera, cumplidora y defensora de los principios y normas del derecho internacional vigente, en especial, los que afirmaron el derecho a la autodeterminación y la soberanía nacionales.

2)         Rechazó las políticas injerencistas e intervencionistas en los asuntos internos de los Estados.

3)         Consolidó y reestableció, en cada caso, las relaciones diplomáticas, políticas, económicas y comerciales con todos los gobiernos y actores de la escena planetaria, sin distinción de ideologías, filosofías, culturas y religiones.

4)         Refutó en todas las tribunas nacionales, regionales e internacionales las apetencias imperiales, las dictaduras y los regímenes que reprimían y oprimían a sus pueblos y otras naciones, al igual que repudió todas las formas de colonialismo, neocolonialismo, la discriminación, el racismo y las xenofobias existentes.

5)         Proclamó la necesidad de resolver los asuntos económicos y sociales estructurales de los países del Tercer Mundo a través de profundas transformaciones internas autóctonas y llamó a la cooperación entre ellos, incluyendo, a las demás naciones ricas y desarrolladas, sobre la base de la equidad, la seguridad recíproca y el respeto mutuo.

6)         Se hizo partícipe de los principios de la convivencia pacífica entre los Estados y de la solución de los diferendos y conflictos entre las naciones a través de las vías políticas y diplomáticas, reafirmando la necesidad de la paz para el desarrollo.

7)         Rechazó firmemente la ocupación o establecimiento de bases militares norteamericanas en territorios latinoamericanos y caribeños, en especial, en la propia Cuba, Panamá, Puerto Rico y las ya mencionadas bases de entrenamiento de mercenarios en Guatemala, Nicaragua, República Dominicana y otros países.

8)         Fue consecuentemente solidaria e internacionalista.

9)         Batalló por continuar la recuperación del pensamiento latinoamericano frente al panamericanismo.

10)       Llamó constantemente a la unidad, en primer término, de los pueblos latinoamericanos y caribeños y, en segundo término, a sellar vínculos estrechos con todas las naciones subdesarrolladas. La presencia cubana como miembro fundador del Movimiento de Países No Alineados fue el símbolo de la armonía de su discurso con la práctica.

Las formas y los métodos para implementar tales principios de política exterior fueron de una dinámica extraordinaria.

  • La vanguardia política del proceso revolucionario hizo partícipe al sujeto popular de la política internacional que se fue conformando. El pueblo fue informado y consultado de forma permanente del accionar exterior de la Revolución y ésta aumentó su capacidad de acción colectiva convirtiéndose en un agente activo en la aprobación por consenso de las políticas iniciadas y su desarrollo. La política exterior popular y no secreta es un rasgo de la Cuba revolucionaria desde el propio primero de enero de 1959, además de que siempre expresó la verdad histórica en plena armonía y convergencia con su accionar y discurso político.

Si en varios momentos de su accionar guardó cierto silencio acerca de las actividades internacionalistas realizadas fue como una medida elemental de seguridad, no solo para los cubanos involucrados y la propia Revolución, sino para proteger a los insurgentes latinoamericanos y caribeños. Algunos movimientos cubanos de solidaridad fueron detectados no solamente por la eficacia de la CIA, otros órganos de inteligencia norteamericanos, los agentes infiltrados y las posibles indiscreciones sino porque, el grado de conocimiento del pueblo de esas acciones, ninguno, parcial o mínimo, convirtió en mito histórico lo que para el sujeto popular formaba parte intrínseca del quehacer revolucionario de su proceso y convicción internacionalista: cada pronunciamiento y alzamiento guerrilleros tenía seguramente el apoyo incondicional de su Revolución. Era la versión de la mística revolucionaria en su visión más prístina, aquella misma que las autoridades de Washington habían convertido en una “amenaza cubano-sino-soviético y como resultado de “la exportación de la Revolución”.

  • La dirección revolucionaria desde mediados de 1959 introdujo cambios esenciales en la dirección de la política exterior nombrando a diplomáticos y funcionarios que estuvieron plenamente identificados con las ideas de la Revolución. Momento esencial de ese proceso de depuración del viejo aparato diplomático y su respectiva reconstrucción fue el nombramiento de Raúl Roa García como Secretario de Estado en junio de 1959, y la  transformación de este organismo en el  Ministerio  de  Relaciones  Exteriores  el 23 de diciembre  de  ese  mismo  año.   Este punto sería necesario puntualizarlo en una investigación futura para conocer cuántos fueron los cambios en el personal diplomático cubano -de alto y mediano rango-, cuales embajadores resultaron removidos y quienes abandonaron a la Revolución, etc. Esta búsqueda se realizó, pero solo pudimos llegar a una conclusión obvia, consistente en que todos los embajadores y personal diplomático de la dictadura batistiana fueron destituidos. Este aspecto que parece ser una sola cuestión de cifras y nombres tiene una importancia singular, porque a partir del triunfo revolucionario los funcionarios del servicio exterior fueron piedra angular en la exposición y ejecución de la proyección internacional de la Isla y no pocos problemas se suscitaron por la presencia de individuos que no interpretaron o compartieron el sentir del proceso, más las equivocaciones de compañeros revolucionarios que en el aprendizaje cometieron algunos errores.
  • La Revolución Cubana trató siempre de llevar la iniciativa en las denuncias ante posibles agresiones contra su proceso y, también, contra otras naciones llamando a la movilización de los pueblos en su defensa, potenciando de esa forma la tradición de rebeldía y solidaridad, ignorada y subestimada por parte de las naciones agresoras.
  • Hizo uso continuado y multifacético de las diversas tribunas internacionales y organismos multilaterales y regionales para exponer las realizaciones de su proceso nacional revolucionario y su proyección internacionalista, latinoamericanista y antiimperialista para explicar las motivaciones de su accionar en la arena internacional. Esa capacidad expositiva sirvió para desenmascarar los planes de agresión y sentar permanentemente en el banquillo de los acusados a aquellos que pretendieron hacerlo con su proceso.
  • Cuba se ofreció de sede de innumerables encuentros, reuniones, conferencias, conclaves, concursos, seminarios, entre otros, que permitieron la llegada a La Habana de miles de interlocutores de las más disímiles tendencias ideológicas y políticas, de cientos de miles de ciudadanos de diversos sectores y grupos sociales que compartieron de primera mano la experiencia original cubana. Estos eventos políticos, económicos, comerciales, sociales, profesionales, de carácter oficial o no oficiales, sirvieron además para estrechar los vínculos con numerosos actores político-sociales actuantes y potencialmente revolucionarios. La presencia en las trincheras cubanas de miles de extranjeros que se sumaron en las grandes movilizaciones militares -y productivas también- en la Isla es un ejemplo diáfano de la solidaridad permanente de aquellos que arribaron a Cuba en los más variados tipos de visitas.
  • Los dirigentes de la Revolución realizaron innumerables intervenciones públicas, ofrecieron entrevistas con los más disímiles corresponsales de prensa, la radio y la televisión extranjeros, inauguraron y clausuraron múltiples de eventos que siempre fueron considerados fórums de importancia vital para que Cuba convocara a la opinión pública regional y mundial e hiciera a la misma parte esencial de la defensa del proceso revolucionario y en eco permanente de los acontecimientos de la Isla y lo que sucedía alrededor de la misma. El Comandante en Jefe Fidel  Castro fue el ejemplo más relevante de ese protagonismo necesario y que algunos enemigos de la Revolución llamaron el narcisismo cubano, el carisma de su líder y el deseo de convertirse en “el prima donna de mayor publicidad en el mundo”.
  • Su política exterior solidaria e internacionalista fue muy activista y osada dispuesta a enfrentar riesgos en sus relaciones con los EE.UU. y sus aliados como una forma también de evitar un conflicto directo con los primeros al ganarse muchos amigos en el Tercer Mundo y en la arena internacional. En este sentido, resulta necesario apuntar que, si es cierto, que el proceso cubano necesitó de muchos simpatizantes y colaboradores en el Tercer Mundo y, en especial, en América Latina y el Caribe, tampoco puede negarse que, al ayudar a los movimientos revolucionarios más radicales, a quienes consideró víctimas de agresiones, opresión nacional y clasista, arriesgó intereses muy concretos como pudo ser una normal relación con los propios EE.UU. y sus aliados en el orbe.

     Si la política exterior de la Revolución Cubana se hubiera basado solo en la real política, como afirman algunos autores y políticos, entonces, no pudiéramos aseverar definitivamente que su asistencia a otros países y fuerzas de izquierda reflejó un grado elevado de política de principios e ideales militantes, poco usual en los asuntos exteriores de una nación pequeña -incluso de países grandes y medianos- a solo 90 millas de la potencia imperialista más fuerte de la historia.

     En esos años, la firme y activa posición cubana en defensa de las causas justas en el mundo trajo como consecuencia que se debilitaran sus relaciones con otras naciones como, por ejemplo, España y Francia. La acusación constante al régimen franquista en todas las tribunas internacionales, la expulsión del clero español de la Isla ante la toma de parte de estos en la batalla ideológica de la jerarquía católica contra el proceso revolucionario y la ayuda material al Movimiento de Liberación Nacional de Argelia en su lucha contra los colonialistas franceses, en momentos que esa potencia europea sostenía un intercambio comercial de azúcar que beneficiaba al pequeño país caribeño, demuestran este accionar independiente, desinteresadamente solidario y de riesgos  reales explícitos e implícitos.

  • La aplicación de los principios básicos del internacionalismo y la coexistencia pacífica se realizó incluso en medio de las inevitables contradicciones cuando se trató de conciliar las relaciones estatales y el apoyo al movimiento revolucionario, pero nunca fue en detrimento de los actores sociales y políticos de la izquierda. El caso de México es el más llamativo en este aspecto y, aunque no nos detuvimos en el análisis de su tratamiento en particular, podemos precisar que el rechazo del gobierno de los Estados Unidos Mexicanos a la política norteamericana de sancionar a Cuba en la OEA, produjo un efecto moderado de la parte cubana. Si las relaciones diplomáticas, económicas y comerciales mantuvieron un bajo nivel, más bien formal, los contactos con las fuerzas revolucionarias de ese país fueron regulares, pero no se produjo una intromisión en los asuntos internos de ese país y se mantuvieron vías de comunicación con sus autoridades oficiales. Similar situación puede evaluarse en los vínculos cubanos con los gobiernos caribeños.
  • El manejo de las relaciones bilaterales con las pequeñas naciones caribeñas, muchas de las cuales no eran todavía independientes, tuvo también una política diferenciada. El Caribe se percibió correctamente como lo que es, una parte inseparable de América Latina, pero, a su vez, una zona diferente en cuanto a la cultura, las etnias, las raíces históricas, el idioma y otras razones. Estos países y pueblos anglófonos y francófonos fueron muy susceptibles, por su tamaño y poca población, hacia los latinoamericanos y las islas mayores en su mar común sintiendo cierta indiferencia y recelo hacia los mismos, por lo tanto, también hacia Cuba. Cualquier acontecimiento político importante en su vecindad y mucho más si este conllevaba alianzas con potencias mundiales, especialmente, euroasiáticas los llevó a ciertas desconfianzas y temores. También evitaron una confrontación con las pretensiones hegemónicas norteamericanas y sus instrumentos de dominación. También existieron subestimación y desconfianza de los latinoamericanos hacia los caribeños. Los vínculos con Gran Bretaña y Francia los convertía en posibles plazas o enclaves militares -ya lo eran económicos, comerciales y financieros- de estas potencias en el área. Por lo que los recelos fueron comunes.

Cuba, sin embargo, nunca se mostró como una amenaza militar directa e indirecta, incapaz de ejercer presiones o chantajes hacia estos países pequeños, ni siquiera de tener apetencias territoriales para con ellos y, todo lo contrario, los apoyó en su despegue independentista con sus pocos medios económicos y recursos humanos disponibles. He aquí un ejemplo de convivencia pacífica, respeto y seguridad mutua.

  • La implementación de la proyección internacional cubana y sus prioridades estuvieron referidas, en lo fundamental, a las dinámicas de los cambios sucedidos en el múltiple panorama socioeconómico y político latinoamericano y caribeño, a las graduaciones de la autonomía que han tenido en cada momento concreto los gobiernos del subcontinente al interior de sus sociedades y frente a la política estadounidense y, finalmente, a la aparición, permanencia y desaparición -incluyendo mutaciones ideopolíticas- de las organizaciones, agrupaciones y movimientos, actores sociales y políticos en el escenario de la izquierda de la región.
  • Realizó la búsqueda de nuevos aliados estratégicos imprescindibles, tanto de gobiernos, pueblos y diferentes actores sociales en apoyo de su quehacer en todas las esferas de la vida social y con vistas a consolidar sus fortalezas en el enfrentamiento con el imperialismo norteamericano y evitar el aislamiento de la Isla en el escenario regional y mundial.
  • En la conformación, evolución y desarrollo de la proyección internacional de la Revolución Cubana, la responsabilidad en el diseño y ejecución de la misma recayó desde un inicio en un sistema integrado de instituciones estatales, políticas, de masas y sociales en el cual la vanguardia política, ejerció el papel rector. Según un politólogo cubano este es un subsistema que es un componente del sistema político cubano, pero la política estatal (Ministerio de Relaciones Exteriores) nunca entró en contradicción con las desarrolladas por las organizaciones e instituciones políticas creadas. Estas últimas fueron un complemento de la primera.

Y cuando se produjo el rompimiento de las relaciones diplomáticas, políticas y de otra índole, por parte de los gobernantes latinoamericanos y caribeños con el Gobierno Revolucionario Cubano, la vanguardia política: las Organizaciones Revolucionarias Integradas y luego el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba, así como la AJR, la UJC, los CDR, la FMC, la CTC, la ANAP,  la Casa de las Américas, el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfico, el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, el Movimiento Cubano por la Paz y la Soberanía de los Pueblos, la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, entre otros, desempeñaron un rol decisivo en mantener y ampliar los vínculos de Cuba con las fuerzas y actores sociopolíticos progresistas, democráticos y revolucionarios del continente y de otras partes del mundo. Por ello, muchos de los lazos de amistad y cooperación deben encontrarse, y se encuentran, en las relaciones mantenidas y profundizadas entre los trabajadores, campesinos, estudiantes, organizaciones juveniles, intelectuales y otros grupos y sectores agrupados en distintas agrupaciones político-sociales de Cuba y el continente americano.

  • Utilizó las diversas organizaciones multilaterales de las Naciones Unidas, incluida la propia ONU, y otros componentes del sistema internacional para legitimar las relaciones de hermandad y colaboración amistosa desinteresada de sus organizaciones políticas, de masas y sociales con sus homólogas en otras latitudes con el fin de hacerse de espacios políticos y sociales en un mundo bipolar muy reducido para sí para los anhelos e intereses de su proyecto político, en el cual aspiraba a  la creación de un frente amplio antiimperialista y solidario.
  • Salvo excepciones no rompió relaciones con ningún gobierno, aunque estos le fueran hostiles. Las excepciones en estos años fueron República Dominicana y la china de Formosa. Más tarde, se rompieron relaciones diplomáticas con Israel, el régimen de Pol Pot, o los Khmer Rojos en Cambodia  (Camboya), entre otros, pero fue la excepción y no la regla,
  • El Gobierno Revolucionario, acorde a la experiencia histórica y las concepciones ideopolíticas, siempre identificó al imperialismo norteamericano como el enemigo principal, no solamente de Cuba, sino del resto de las naciones latinoamericanas y caribeñas, pero no excluyó de su agenda política la exploración de una posible convivencia pacífica con los EE.UU.

Ese “modus vivendi”, como algunos  autores lo  han denominado,  fue y sigue siendo una posibilidad que el proceso revolucionario tuvo presente desde que dio sus primeros pasos. Las proposiciones para establecer una mesa y agenda de negociaciones, sin hacer concesiones, en relación de igualdad, de respeto mutuo, justa y sin intromisiones e injerencias en los asuntos internos de ambos países era una alternativa probable en el decursar de los vínculos entre ambos Estados. Las búsquedas cubanas para lograrlo fueron numerosas en estos años. Igualmente, deben recuperarse y lograr que se desclasifique parte de la documentación cubana al respecto. Un repaso a las no relaciones entre Cuba y los Estados Unidos permite incluso precisar en la prensa diaria la cantidad de viajes en un sentido y otro de políticos y diplomáticos cubanos y norteamericanos buscando las formas de un acercamiento y de bajar los niveles de confrontación. Asimismo, se puede realizar un itinerario mínimo de las relaciones de amistad entre los dos pueblos y gobiernos en momentos difíciles de ese anómalo diferendo devenido en confrontación.

La gran misión exterior de la Revolución Cubana en América Latina y el Caribe fueron, conjuntamente a las señaladas; primero, alcanzar la independencia real de la región, liquidando el sistema de dominación de los Estados Unidos en la misma; segundo, lograr la unidad e integración económica y política de todos los países de Nuestra América; tercero, impulsar la cohesión de las fuerzas de izquierda en la confrontación contra el imperialismo y su formas de opresión nacionales y, en cuarto lugar, luchar por un nuevo orden económico y político mundial que propiciara una inserción de América Latina y el Caribe de forma más independiente, ocupando un lugar destacado en la comunidad internacional y regional de acuerdo a su proporción geográfica, población y el potencial real de sus recursos económicos, políticos y sociales garantizando, además, su desarrollo. Fueron tareas históricas que solo por lo difícil de ejecutar fueron muy estimulantes.

Por otra parte, la amistad, cooperación y colaboración, limitada en un inicio, de la Unión Soviética, la China popular y el campo socialista este europeo para con la Revolución Cubana despertó viejos temores y prejuicios acerca de la presencia en el área de otras potencias extracontinentales, ajenas al sistema político imperante de relaciones. Cuba, aceptó con decisión, avalado por el orden jurídico internacional vigente, el apoyo solidario e internacionalista de la URSS y el resto del socialismo mundial, en las esferas económica, comercial, financiera, política y militar brindados, en muchas ocasiones, de manera gratuita. Pero nunca fue un satélite de la política de ese sistema, ni del movimiento comunista y revolucionario mundial. Cuba nunca necesitó la luz verde de la URSS y su bloque político-militar para llevar adelante su política exterior. Más bien, atrajo la atención de esos importantes protagonistas del escenario mundial hacia las luchas emancipadoras que se desarrollaban en esta región del planeta. Sin embargo, el equilibrio planetario entre los dos bloques no funcionó con la misma eficacia en América Latina y el Caribe.  

El liderazgo político del proceso revolucionario cubano nunca exportó la revolución hacia los demás países del hemisferio y, mucho menos, impuso   un modelo hegemónico. Ni siquiera esa descabellada idea fue consultada con los soviéticos y los chinos. Pero no seriamos objetivos si no advertimos que la política exterior cubana, tanto la del MINREX como la de otras instituciones y organizaciones políticas, de masas y sociales en su objetivo supremo de evitar la destrucción de su Revolución y sus conquistas, si alentaron y apoyaron, con ciertas limitaciones hasta el inicio de 1962, al movimiento revolucionario latinoamericano y caribeño. Las sanciones múltiples impuestas Cuba en la OEA, salvo Canadá y México (Jamaica -británica- dejó abierto su consulado), obligó a Cuba tomar las medidas para apoyar con las fuerzas posibles las manifestaciones de lucha variadas de las izquierdas continentales contra el imperialismo y los gobiernos lacayos. (Declaración de Santiago de Cuba).

En el cumplimiento de la misión de eliminar o frenar las intenciones hegemónicas norteamericanas para evitar que no surgieran “nuevas Cubas”, la Revolución Cubana apostó por el surgimiento y desarrollo de procesos revolucionarios e, incluso, por una Revolución Continental que sirviera como valladar a las agresiones imperiales contra los pueblos del hemisferio y la propia Isla. Cuba percibió que el nacimiento de nuevas revoluciones debilitaría a las fuerzas más hostiles contra su proyecto de transformación.

Y surgieron problemáticas y debates en las relaciones con las nuevas y tradicionales fuerzas de izquierda. Nunca una Revolución, aunque verdadera y auténtica, escapa a la tentación de que su modelo pueda ser aplicado, sin mecanicismos,  a la realidad de otros países y organizaciones revolucionarias que, en el caso latinoamericano y caribeño, tanto tenían en común. Quizás en la decisión de lograr la unidad de acción, en algunos momentos, se subestimó la diversidad de un subcontinente y movimiento revolucionario las cuales tenían también características y tareas disímiles por desarrollar.

Ante los llamados cubanos por lograr la unidad organizativa y de acción al interior de las diferentes fuerzas revolucionarias se opuso una realidad objetiva y subjetiva en el seno de esas sociedades y las organizaciones que se proclamaron de vanguardia. Algunas adjetivaciones y epítetos fueron lanzados y algunos grupos sufrieron el rigor de los juicios y valoraciones, acertados o no, que dividieron una vez más a las izquierdas latinoamericanas y caribeñas. La tarea de realizar la revolución empezaba a formar parte de las metas de las agrupaciones más radicales y la lucha guerrillera primó por sobre otros medios y no la urgente conjugación dialéctica de todas las vías de combate existentes. Cada Revolución vencedora crea el espejismo de ella misma como fácil proeza.

El desborde revolucionario cubano fue de tal envergadura que la línea política de su proceso -el método de lucha armada, por ejemplo- se trató de llevar a cabo en otras tierras de la región. Aunque esta situación sola se perfilaba como tendencia en los años que estudiamos, es necesaria que se incorpore de todas formas. Regis Debray, luego un desertor execrable, difamador de su jefe guerrillero, Ernesto Che Guevara, difundió la hipótesis del foquismo, que simplificaba y mentía acerca de la guerra de guerrillas. El francés, como lo denominaba el Che, en aquellos inicios y únicos momentos de este en la guerrilla boliviana, habló de un foco sin dirección política, de hacerlo sin condiciones objetivas y subjetivas, lo que convirtió la tesis del Che de crear uno, dos o tres Vietnam… en una caricatura, que nunca fue el propósito de la Revolución Cubana, menos del Guerrillero Heroico.

El propio líder la Revolución Cubana, el Comandante en Jefe Fidel Castro lo advirtió y, quizás rectificó, en una larga entrevista concedida 28 años después del triunfo de 1959. A una pregunta del periodista italiano Gianni Miná, acerca de los consejos que brindaba a los dirigentes sandinistas, Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) , en el año 1987 cuando se desarrolla el proceso del Grupo de Contadora , el dirigente cubano apuntó que, “(…) En primer lugar, ningún consejo, porque hay algo que sé muy bien, conozco a los revolucionarios y la sicología de los revolucionarios, y quien conozca la sicología de los revolucionarios no comete el error de intentar dar consejos (…) Parto de un principio: sólo damos opiniones cuando nos piden una opinión sobre cualquier tema. Podemos pensar sobre algo, pero si no nos piden opinión no la damos. Respetamos la independencia y los criterios de las organizaciones revolucionarias de manera absoluta, y yo creo que esos son factores esenciales. Nunca tratamos de hacer papeles protagónicos o hegemónicos. Nuestras relaciones son muy respetuosas y muy fraternales, y por eso nunca damos consejos, y damos opiniones sólo cuando nos las piden, tenemos muy buenas relaciones, de confianza, de amistad.  

Cuando, en esa misma entrevista, se hace alusión a la visita, en 1981, del entonces Secretario General del Partido Comunista Italiano Enrico Berlinguer a Cuba, Fidel realiza un análisis más profundo de cómo deben ser los vínculos de solidaridad entre los revolucionarios, porque “(…) hemos pasado toda la etapa de nuestro proceso revolucionario, y se vivió en cierto momento una gran división, una gran polémica en el movimiento revolucionario: existía la tendencia a buscar una unidad imposible, una homogeneidad absoluta de pensamiento frente a situaciones muy diferentes; dentro del movimiento revolucionario hubo un gran celo doctrinario que ignoraba la diversidad de situaciones existentes en el mundo, porque cada país es un mundo aparte y cada proceso tiene sus peculiaridades. (…) Y en aquel período había mucha polémica, división en el movimiento revolucionario, muchos juicios; durante mucho tiempo se juzgaba por aquí, por allá, el método, el modelo. (…) Yo diría que nosotros… (…) Debo decir que yo también, no sería honesto negarlo. Pasamos de ese período de un celo doctrinario muy grande y de una, digamos, tendencia a mirar las cosas desde un solo ángulo, de un solo color. (…) Cualquier cosa que se apartara de la tradición o de ciertos criterios, parecía un acto en contra de los principios y en contra de las doctrinas (…) Se oían muchas críticas. Yo recuerdo que el movimiento revolucionario se educó en esa polémica. (…) Era la época en que se veía una especie de unidad, más que unidad, uniformidad de criterios en el movimiento comunista internacional. La revolución nuestra triunfa por esos días y los periódicos comunistas en todas partes hacían grandes críticas al modelo yugoslavo.  Y había un centro, se veía que por su prestigio, por su autoridad, la Unión Soviética se había convertido en el centro (…) Después surgieron las discrepancias; no eran públicas, pero surgieron las discrepancias entre chinos y soviéticos, surgió la división del movimiento comunista, las polémicas, las interpretaciones, los libros, los folletos (…)”

Sin embargo, Fidel expone definitoriamente el por qué de las posiciones cubanas en aquel escenario tan complejo y la dialéctica-madurez del proceso revolucionario: “(…) Ahora, nosotros no hemos cambiado un ápice nuestras concepciones, nuestras ideas sobre el socialismo, sobre el comunismo, sobre cómo deben hacerse nuestras cosas. Creo que se han enriquecido en todos estos años, pero tenemos mucha mejor comprensión de la diversidad de situaciones y de la necesidad del pluralismo dentro del socialismo. Y estamos convencidos de un principio que es insoslayable: el respeto a la independencia de los demás partidos, el respeto a los criterios de los demás partidos, el principio de no inmiscuirnos en los asuntos internos de los demás partidos, respetar el derecho que tiene cada partido y cada país de interpretar la doctrina y aplicarla en las condiciones concretas del país. (…) Entonces, estoy convencido de que la línea que hemos aplicado con el movimiento revolucionario en América Latina y el Tercer Mundo, de respeto absoluto a su identidad, a sus criterios, y rechazar toda tendencia al hegemonismo o a ejercer el hegemonismo entre esos países, creo que es un principio aplicable a todo el movimiento revolucionario internacional, ese principio de respeto (..)”

El debate agudo con los partidos comunistas, sus líneas, métodos y tácticas de lucha Fidel Castro, lo concluye con una singularidad más de la Revolución Cubana que ha sido y es su autocrítica constante al contestarle al periodista que, “(…) En cierto período nosotros estábamos influidos también por esa especie de sectarismo, teníamos reservas y prejuicios sobre todo eso, y después la experiencia nos enseñó, nos llevó a la elaboración de estas ideas, al desarrollo de estos conceptos y de estos criterios que permitieron una mejoría de nuestras relaciones con todos los partidos comunistas en general (…) llegamos a las conclusiones de que cada partido, cada país, se enfrentaba a problemas muy serios y muy peculiares, y que tenía que elaborar la forma de aplicación de esos principios, el camino, la teoría. (…) tener para los demás el mismo respeto que aspiramos se tenga para las ideas de nuestro Partido, los métodos de nuestro Partido y el camino de nuestro Partido. Y no hay otra forma en este mundo de basar las relaciones como no sea sobre esos principios. Cada cual es responsable de lo que hace; si es acertado avanza; si es errático el camino, retrocede.”   

El análisis maduro y profundo de cómo deben desarrollarse los vínculos entre las organizaciones partidistas, agrupaciones revolucionarias de diferente signo ideopolítico, es un aporte de indiscutible valor ético-revolucionario que demuestra lo difícil que fue la experiencia de la inserción cubana en el panorama progresista latinoamericano y caribeño en los tres primeros años después del triunfo. Esa dialéctica aprendida en las lecciones vivas de la historia, no perjudicó en nada los esfuerzos cubanos, entre 1959 y 1962, por apoyar a los revolucionarios, hasta con la vida, además de poner en peligro a la propia Revolución ante la posibilidad de un zarpazo militar directo de los EE.UU. si este hubiera comprobado que esa ayuda, en hombres y armas, era real.

Según las experiencias de un entrevistado informal, que cooperó en la ayuda al pueblo y gobierno argelino y que luego cumplió misiones internacionalistas y diplomáticas en otras naciones africanas y latinoamericanas en la década de los años de la década del 60, éste nos narró que el grado de involucramiento de los cubanos en el apoyo a estos movimientos de liberación nacional y gobiernos progresistas fue tal, que muchos de ellos quienes se encontraban asesorando direcciones políticas o militares, ante la ausencia de una determinación rápida por los dirigentes nacionales de ese país, tomaban por cuenta propia decisiones en el lugar de esperar por lo que otros debían realizar. Asimismo, nos contó que ellos estaban permanentemente en las sedes gubernamentales (caso argelino) con fácil acceso a las oficinas presidenciales, ministeriales y fuentes de información. En la propia década a la que nos hemos  referido, se recibieron instrucciones desde la dirección política cubana para que limitaran su radio de acción en esas naciones, con el fin de evitar intromisiones indebidas que pudieran ser explotadas por el enemigo y dejar que las soluciones de los problemas fueran tomadas por los oriundos de los países.  

Las relaciones de Cuba con la URSS, también, poseen un matiz que es necesario abordar. Es imposible estudiar los procesos políticos e ideológicos en América Latina y el Caribe, en especial en Cuba, sin tener en cuenta el marxismo-leninismo, la política externa e interna de la Unión Soviética y de su Partido Comunista (PCUS) y del resto de los países socialistas surgidos luego del fin de la segunda conflagración mundial (1939-1945). Porque si bien la aparición de la URSS como actor gubernamental en el continente americano se inició con el apoyo a la Revolución Cubana posterior al Primero de Enero de 1959, la presencia de ésta y del movimiento comunista internacional, data desde la tercera década del siglo XX.

Un hecho que no puede soslayarse fue la influencia real de la III Internacional (KOMINTERN o Internacional Comunista) desde su fundación en1919 y de la URSS (y el PCUS) en la mayoría de las soluciones teórico-prácticas que elaboraron y llevaron a vías de hecho los partidos comunistas de la región, otras agrupaciones marxistas y diferentes personalidades o agrupaciones que abrazaron o simpatizaron con ese cuerpo teórico-metodológico.

Pero nunca antes del hito revolucionario cubano, los dirigentes soviéticos y los miembros de los destacamentos comunistas internacionales (europeos) habían prestado una atención especial al Hemisferio Occidental. Quizás la presencia de los EE.UU. y su repetida doctrina de que ésta zona quedaba bajo su influencia hegemónica total frenaron los deseos de subvertir revolucionariamente las coordenadas establecidas; por otro lado, habría que considerar que el movimiento comunista mundial tenía una tendencia eurocentrista acentuada como para percibir en esta región la posibilidad de llevar adelante una revolución socialista.

Pero la conducta soviética hacia Cuba debe diferenciarse de las políticas que desarrolló hacia el resto del subcontinente. Si el apoyo de la dirección de la URSS, bajo el liderazgo de Nikita Jruschov, a la Revolución Cubana pareció incondicional, ello no sucedió de manera similar hacia el resto de los latinoamericanos y caribeños. 

Incluso, cuando la Revolución Cubana decidió, por política propia de principios, apoyar al movimiento revolucionario de América Latina y el Caribe, además de otros pueblos de África y Asia, la dirección de la URSS no tuvo la misma percepción y comprensión hacia esa actitud. Hubo muchas contradicciones y ambigüedades en la política soviética de apoyar la resolución cubana de irradiar su ejemplo, con acciones prácticas, hacia otras naciones y movimientos revolucionarios y progresistas. Esta situación se agravó en el período posterior al que estudiamos.

Cuba fue, entonces, firme en esa política y se convirtió en un canal indirecto y, por cuenta propia, de la cooperación socialista con los movimientos de liberación nacional en el mundo. Su entrada como miembro fundador y pleno en el Movimiento de Países No Alineados en 1961, le brindó la oportunidad de realizar una política tercermundista, alejada de los compromisos de los bloques militares establecidos, la OTAN y el Tratado de Varsovia, aunque siempre fue un aliado fiel a los principios del internacionalismo proletario y socialista, enarbolados por las direcciones políticas de las naciones socialistas.

Hay que recordar que, a partir de la ascensión presidencial de John F.  Kennedy hubo cierta inclinación de mejorar las relaciones entre los EE.UU. y la URSS, y la parte soviética era participe de esa distensión e hizo no pocos esfuerzos porque ésta se concretara en los más altos niveles. Ello fue una problemática de primer orden para el socialismo mundial que entendió que no debían deteriorarse aún más las relaciones entre ambos Estados y bloques con un respaldo hacia la zona de influencia vital del imperialismo norteamericano y derivó en un debate con el liderazgo cubano que no cedió en sus empeños latinoamericanistas e internacionalistas.

Esta visión de la realidad continental y del movimiento comunista mundial no fue percibida en toda su dimensión por los círculos de poder más agresivos del imperialismo yanqui, aunque sus agencias de inteligencias siempre informaron que la disposición soviética de involucrarse en las “aventuras” latinoamericanas cubanas fue prácticamente nula. 

En un difícil panorama regional y planetario, Cuba logró llevar adelante sus diferentes roles como país latinoamericano y caribeño, tercermundista, antiimperialista, no alineado, y socialista. No se hizo una concesión de principios a ninguna fuerza oligárquica que perjudicara la lucha revolucionaria interna. Incluso, con aquellas naciones en que sus gobiernos mantuvieron los vínculos diplomáticos con la Mayor de las Antillas y no se sumaron a las sanciones se desarrolló una política que nunca sacrificara la lucha revolucionaria regional y mundial para beneficio económico y político propio. Para Cuba no existe una moneda de cambio en la aplicación de sus objetivos y propósitos en el tema de las relaciones internacionales.

Un aparte especial deviene la presencia de liderazgo indiscutible que ejerció la vanguardia política cubana, en especial, el Comandante en Jefe Fidel Castro, en el seno de los movimientos revolucionarios, incluidos los Partidos Comunistas y la nueva izquierda de América Latina y el Caribe. El carisma de Fidel es resaltado por muchos estudiosos de la Revolución Cubana como decisivo para la imagen e irradiación del ejemplo cubano. Ello es cierto si se parte de que él es una de las singularidades de la misma. La personalidad, carácter, honestidad y valentía del compañero Fidel Castro es un tema a considerar al analizar la influencia colosal, en tiempo y espacio, del papel de la personalidad en la historia y en la repercusión que tuvo el triunfo revolucionario.

Dotado de un carisma nato, de una oratoria vibrante y pedagógica, capaz de llegar a los más variados niveles de educación y cultura de la población cubana y del mundo, Fidel es el exponente más claro y profundo de la obra de la Revolución Cubana. Su genialidad política, su visión estratégica y su método dialéctico de comprender la realidad nacional, regional e internacional en sus diversos giros y cambios, coyunturas y disyuntivas, lo convirtieron en el líder revolucionario más genuino de la contemporaneidad.

En estas apreciaciones no se equivocaron en mucho, algunos de los servicios de espionaje de las potencias imperialistas. Las denominaciones que le dieron en los primeros instantes del triunfo revolucionario y poco después, de que Fidel era el “Bolívar del Siglo XX”, “el nuevo Bonaparte de América Latina”; las identificaciones de que tenía la comprensión cabal, como verdadero revolucionario, de cumplir “su misión y poder mesiánico”  para llevar adelante la Revolución en Cuba y de expandir su ejemplo a otras partes del continente y el mundo, así como de su excepcionalidad como personalidad histórica, lo convirtió rápidamente en un mito y leyenda viviente. Estas percepciones, chocan con el más rayano espíritu de suponer que era el “diablo comunista” en el Caribe o “el caudillo rojo” y otras apreciaciones distorsionadas y malintencionadas que se emitieron y se continúan emitiendo para destruir su imagen.

Pero, indiscutiblemente, su valoración y análisis acerca de la realidad revolucionaria en la región y en el Tercer Mundo fueron seguidos constantemente por todos los interesados por conocer sus opiniones y criterios. La voz de Cuba se sintetizó en la palabra hablada y escrita de Fidel. Y en una situación compleja, de bruscos virajes y cambios impredecibles, esa virtud y fidelidad a los principios revolucionarios levantó celos y envidias en algunos líderes del movimiento revolucionario. Aunque, en los años que investigamos, no conocimos de polémicas verbales públicas entre los revolucionarios del continente, si es lógico pensar que existieron críticas a la forma de pensar y actuar del dirigente cubano.

Había que romper muchas barreras mecanicistas, dogmas, y criterios sectarios para que la novedosa experiencia cubana se incluyera en el complicado entramado de las relaciones del seno del movimiento comunista y revolucionario mundial. El paradigma y el referente histórico, en aquellos momentos, lo era la Unión Soviética y su Partido Comunista que habían ejercido (con no pocas insuficiencias y errores) el papel de centro directriz de las fuerzas marxista-leninistas internacionales a lo largo de más de 42 años.

La inserción independiente cubana entonces, no solo despertó temores entre las fuerzas retrógradas y burguesas liberales, sino también ciertas inquietudes y contradicciones en los revolucionarios tradicionales y las nuevas izquierdas latinoamericanas y caribeñas. Unos miraban hacia La Habana, otros observaban a Moscú e, incluso, a Pekín. Pero Cuba era la brújula más cercana y más auténtica, teniendo en cuenta que su Revolución popular, nacional-patriótica, agraria, democrática, antiimperialista y socialista se desarrolló en el traspatio de los EE.UU. y en un país subdesarrollado del Tercer Mundo.

Así nacieron el “Fidelismo” o el “Castrismo” en el vocabulario de los revolucionarios y de los enemigos de la revolución, según quien lo usara y con cual intención. Cualquier intervención de un dirigente o funcionario cubano podía ser achacada a una política encabezada por Fidel. Nada de lo que se escribiera o expresara desde La Habana podía ser considerado a espaldas del máximo líder. Ello provocó un aluvión de artículos y libros en donde se manipuló la forma de dirección colectiva de la vanguardia cubana y se individualizó en una sola figura.

Pero indudablemente el impacto de sus palabras, realizadas de manera magistral por la televisión y en tribunas públicas nacionales e internacionales, fue de un enorme significado. Ello propició que se convirtiera en poco tiempo en un líder de resonancia regional y mundial.

Los seudorrevolucionarios de forma inmediata y mediata fueron descubiertos por sí mismos cuando acusaron a Cuba de entrometerse en sus asuntos internos y denegar de la línea revolucionaria pretextando una imposición desde el exterior. Y los revolucionarios verdaderos, aunque quizás con algunas ideas diferentes, lo respetaron y apoyaron a la Revolución Cubana de manera irrestricta.

Finalmente, los documentos programáticos de la Revolución Cubana en 1960 y 1962, la primera y segunda Declaración de La Habana, fueron además de una síntesis de la evolución y realidad cubana y continental un propósito de perspectivas optimistas acerca del futuro de la región. Fueron programas de luchas, no solos del pueblo cubano sino de todas las masas populares del Tercer Mundo, en especial, los latinoamericanos y caribeños.

Ello mostró la sagacidad y voluntad de los revolucionarios cubanos de articular su lucha transformadora con la de los demás pueblos y movimientos progresistas y democráticos del planeta.

A pesar de la separación del Gobierno Revolucionario de Cuba del seno de la OEA y del aislamiento relativo de la Revolución, esta no quedó solo en el andar cotidiano por subvertir constantemente el orden establecido. La denominada soledad cubana fue un eufemismo y de ello se encargarían de demostrarlo los intensos combates latinoamericanos y caribeños de mediados y finales de la década del 60 y la presencia cubana en cada uno de ellos, además del apoyo in crescendo de los demás pueblos para con su proceso revolucionario y socialista.

Y ante los peligros y amenazas exteriores en aumento, la revolución se creció y aceptó los retos y desafíos con soluciones novedosas, por demás acertadas. Ello garantizó su perdurabilidad en el tiempo y le ganó definitivamente un lugar en la historia. A pesar de que siempre contó con detractores porque al decir del fallecido escritor brasileño, Jorge Amado, “nadie logró permanecer indiferente a la Revolución de los barbudos. O se estaba a favor o se estaba en contra y siempre ferozmente. Era imposible la neutralidad, la imparcialidad, los términos medios.”

Orlando Cruz Capote es Dr. en Ciencias Históricas. Investigador Auxiliar. Instituto de Filosofía. Citma, Cuba.

Julio 18 de 2018.

9 pensamientos en “¿Por qué somos internacionalistas? Por Orlando Cruz Capote

  1. Diría que nuestra Revolución tuvo una brevísima etapa democrática burguesa y esto se debió principalmente a que la burguesía nacional era sumamente débil, política y económicamente, ante el imperialismo.
    La liberación nacional fue alcanzada, tal y como dice Orlando, en la etapa socialista. Nuestra Revolución rompió con varios esquemas, entre ellos la conducción de una revolución agraria y antimperialista por un un partido radical que aún no había devenido Partido Comunista ni había adopatdo la ideología del marxismo- leninismo.
    “La Revolución Cubana iba a seguir otro camino. A su frente no aparecería un Partido Comunista, y sin embargo la revolución agraria y antimperialista se realizaría a plenitud. Pero no sólo eso, la Revolución no se detendría en esta su primera fase: puesta en la alternativa de detenerse y perecer o seguir adelante y consolidarse, forzada por el imperialismo a rendirse o desafiarlo y profundizarse, la Revolución Cubana pasaría con toda rapidez, como la que Lenin guiara en la Rusia de los Zares, de su breve etapa democrático-burguesa a convertirse en una revolución socialista. Lo haría bajo la dirección de un grupo no definitivamente proletario, que no estaba organizado en partido marxista-leninista. A Fidel Castro y sus compañeros les corresponde el mérito de haber realizado esa gran faena histórica. Y resulta conveniente indagar cómo fue posible, determinar si la experiencia cubana constituye una excepción del pronóstico marxista-leninista o si, por el contrario, lo confirma.”
    Carlos Rafael Rodríguez, fragmento del texto La Revolución, publicado en mayo de 1966 en forma de conferencias mimeografiadas destinadas exclusivamente a los alumnos de la Universidad de La Habana. http://www.granma.cu/granmad/2013/06/21/nacional/artic01.html

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  4. Alejandro, pero honor a quien honor merece, la brevedad que tuvo la etapa democrática burguesa en Cuba , en parte también debemos agradecérsela a la prepotencia hostil de nuestros amiguitos del norte, esos, los mismo que hoy emplean y asalarian a encumbrados intelectuales neo revolucionarios, y que entonces crearon, armaron y sostuvieron a bandidos, delincuentes, terroristas, que asesinaron vilmente a jóvenes campesinos y milicianos, parece que los infaustos comparadores de presidentes, llorones y asalariados de conciencia, piensan que al pueblo de Cuba se le ha olvidado, a ya los protectores de esta caterva con sus conciencias, la historia les pasara la cuenta, y de las copla no quedara ni estribillo.

  5. Exacto Juan Carlos, la lucha de clases fue muy intensa en esa etapa, mientras el imperialismo utilizaba a los elementos de esas clases siquitrilladas-la contrarrevolución interna- para realizar invasiones y agresiones de todo tipo con el objetivo aniquilar a la Revolución. La Reforma Agraria, que extirpó el latifundio de nuestro campos fue el parteaguas que demostró el contenido social emancipador de la Revolución, lo cual acrecentó la agresividad económica y política de los imperialistas y sus lacayos.

  6. Alejandro, lo que quiero decir que en la radicalización de nuestro proceso, la hostilidad del imperio actuó como un catalizador que aumento la velocidad de la profundización revolucionaria y socialista, cada medida hostil del imperio fue respondida con mas revolución, y con mas socialismo. Saludos para ti ,para Rodolfo y para el Toco,ahora voy a ver el discurso de Raul porque no sabia que iba a ser a las cinco de la mañana .

  7. Desde la indómita, rebelde, heróica y hospitalaria Santiago de Cuba, cuna de nuestra Revolución:

  8. memorizando yo , y meditando de aquellos primeros años 1960-1961-1962 ,
    recuerdo muy perfectamente que el Gobierno de Cuba aun sin experiencia ni haber poclamado ningun Partido , Cuba era acusada de ser COMUNISTA.
    ” quizas yo no pueda afirmar esata Verdad personal mia vivida en aquellos primeros años de revolucion , ” pero de que decian que era Comunista los exbirros de Batista , asesinos , otros que fueron TORTURADORES porque torturaban, Ya despues convirtiendose en los PRIMEROS TERRORISTAS en el MUNDO ” porque ni Bin lade exitian en aquellos años ni aun ningun grupo Radical islamista , ” estos Exbirros de Batista Fueron los primeros asesinos en el Mundo de Atacar IMPUNEMENTE a Cuba ” con Bombas , amatrallamientos , asesinatos, Atentados y sabotajes ” ” tenian carta Blanca ”
    Ya despues se volvieron ” niños Buenos, despues del 11 de Septiembre y derrumbe de las Torres gemelas y la Persecusion de los terroristas islamicos por el Mundo, ellos tubieron que acojerse al Buen Vivir,
    ” Pero aquellos Politicos Botelleros ” que lograron salir de Cuba HuYENDO a la Justicia revolucionaria y la de todo un Pueblo Sufrido y amordazado por el Miedo , los golpes , Humillaciones , Tortura a muchos de nuestros compatriotas Cubanos de aquella decadas,, muchos CHIVATOS , Policias y Soldados que lograron Huir a la Guaridas en Miami ” Todos ellos Habian PLANTADO el CARTELITO de COMUNISTAS a Cuba y a Fidel, ” pero todavia en Cuba que yo recuerde , no se habia pronunciado declares COMUNISTA y despues alla por el 1965 si me acuerdo que Cuba declaraba ser COMUNISTA ” doy la razon a Fidel castro Ruz , tubo mucha Inteligencia , mucho charisma , mucho Valor Personal, y mucha Capacidad Intelectual , tubo mucha personalidad y un GENIO dentro de su Alma ” porque supo valerse para mantener a Cuba y a nuestro Pueblo Cubano a salvo, y sinceramente , Gracias a la URRS de aquellos años y a esta Amistad brindada a Cuba ? Como no buscarse Fidel castro UN Amigo Poderoso Cuando la Libertad de Cuba volvia a PELIGRAR de que Los Policias , exbirros de BATISTA y todos aquellos Politicos Botelleros , CARAGUANTES , explotadores y ladrones estaban con la promesa de Volver a Cuba y de CONQUISTAR de nuevo su DICTADURA MILITAR contra un Pueblo Cubano de Pie ”
    Fidel Castro Ruz fue y es Tremndo COJONUDO ! se lo digo a mahoma en su cara , la Verdad no se Puede Tragar ni seconder , aunque corra Mucho… ” Para aquellos falsos Revolucionarios de pacotills ” recuerden ; NO vengan con el TENEDOR que hoy lo que hay de comidad es una SOPA “

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