“Efecto Guaidó” pierde el encanto. Por Franco Vielma


En el devenir político de la derecha venezolana como oposición política, han transcurrido años y circunstancias que han delineado el estado de ánimo tanto de su dirigencia como de sus seguidores.

Separemos para empezar, que dirigencia y seguidores del antichavismo no son una misma cosa aunque lo parezca. Esa distinción marca posiciones claras entre sectores diversos que solo están amalgamados mediante la aspiración de desplazar al chavismo del poder y de la realidad política venezolana.

Partiendo de esa distinción es indispensable reconocer a la dirigencia opositora como una logia de intereses económicos y posiciones de fuerza, cimentados sobre el desplazamiento de la vieja elite partidista venezolana y las aspiraciones de oligarquías nacionales y extranjeras en retomar el control total de Venezuela, es decir, las elites económicas nacionales y trasnacionales que históricamente se han servido de la renta petrolera.

Les caracterizan los grandes egos, la ausencia de cohesión programática, la inadecuada lectura del adversario y la incapacidad de articularse políticamente pese a tan afines intenciones, cuestiones que marcan su devenir regularmente errático, a veces en la política y muchas veces en las vías de golpe de Estado y desestabilización.

En los seguidores de la oposición, es indispensable reconocer a una masa claramente caracterizada por las visiones del país afines a la narrativa opositora, que es ampliamente diversa pero que desde todas las direcciones apunta al chavismo como elemento antagónico.

Esa masa adquiere varias formas, ha adquirido variaciones por ser genuflexa, pero ha guardado elementos inconfundibles de clasismo, la creencia en su propia “superioridad” y la construcción de una identidad esencialmente antichavista. En su visión, el chavismo simplemente debe dejar el poder y en el mejor de los casos, dejar de existir.

El uso funcional de las narrativas antichavistas

En recuento, las narrativas antichavistas han servido de vehículo en todas las encrucijadas de la política. En todas las elecciones, pero con especial énfasis durante los años 2002, 2003, 2007, 2010, 2014, 2016, 2017 y 2019, años de grandes conmociones y eventos de golpismo abierto, en algunos casos casi lograron desarticular la vida nacional empujando al país al borde de la guerra.

El denominador de discurso en esas circunstancias, ha sido el manejo exacerbado de la “esperanza” opositora y el constante rediseño de un sentido de “confianza” política que siempre debe afianzarse entre los dirigentes y seguidores de la oposición. Una retórica perenne, que siempre promete el desplazamiento “inmediato” del chavismo por vías instantáneas, sean legales o sean ilegales, pero “legítimas” estas últimas, pues según dicen ellos en años recientes, están luchando contra una “dictadura”.

Las agendas narrativas en esos momentos han tenido una similitud enorme: han sido vehículo de convocatoria a la movilización, a la “resistencia”, en muchos casos a la violencia para propiciar “la salida” del “régimen”. Han tenido una semiótica exasperante respaldada en la emocionalidad mediante el uso de la rabia y el odio por el adversario.

Han sido declaraciones abiertamente viscerales donde se ofrecen resultados inmediatos. Donde se legitima el uso de “cualquier vía” que ofrezca instantáneamente la caída del chavismo. Donde se declara el “derecho legítimo” de que la oposición tenga el poder, porque sí.

Se basan en la promesa de que ellos, un sector “educado y decente” de la sociedad venezolana, construye su épica-país para cambiar la realidad nacional de un momento a otro “extirpando” al chavismo, y además negando la sinergia histórica y todos sus procesos. La creencia del “país instantáneo”.

Es una narrativa donde pueden verse intercaladas todas las apreciaciones trágicas sobre el país y la sociedad, pero donde se convoca al ánimo y al respaldo de la aventura a cargo de los dirigentes opositores.

Entre la tragedia y la esperanza, entre la rabia y el deseo de “construir un mejor país” (sin el chavismo), entre la violencia y la cordura, entre votar o dar el golpe, entre salir a marchar, o sufrir por dar como cierta una “crisis humanitaria” que no aguanta un examen según los indicadores de la ONU. La emocionalidad antichavista es una montaña rusa, que no es divertida en lo absoluto, por la estela de encanto efímero y decepción profunda y prolongada que deja.

Es una narrativa triunfal, que se infla y se desinfla rápidamente conforme se han armado las agendas de golpe y desestabilización y conforme se han desarticulado e inhabilitado.

El “efecto Guaidó”

Una pregunta bastante seria para los especialistas en salud mental, debe ser la profundidad del daño psicológico que ha sufrido la población venezolana toda y especialmente la que ha sufrido los embates, presentaciones y giros de la agobiante retórica antichavista, lugar donde yacen los más evidentes rasgos de obcecación política en el país.

Es un problema latente, que además se volvió migrante. Y para colmo, no vemos que haya un tratamiento de ello como un problema muy serio de salud pública.

El “efecto Guaidó”, como nueva cúspide de la disputa por Venezuela, tiene al “efecto Trump” como marca de origen, pero Guaidó es más propicio por ser esa la palabra que resume en criollo el vigente auge y declive de los ánimos entre los seguidores de la oposición.

“Vamos bien”, “cuando cese la usurpación”, “la luz volverá cuando cese la usurpación”, “todas las opciones están sobre la mesa”, “cuando se vaya la luz salgan a la calle”” “simulacro de la ‘Operación Libertad'”, “solicitar la intervención extranjera” y muchas otras frases-símbolo, resumen el momento de una dirigencia antichavista que nuevamente en sus derroteros habituales intenta mantener el ánimo entre sus seguidores pero que lidia en simultáneo con un desgaste en su agenda, conforme pasa el tiempo y los “resultados prometidos” parecen bastante lejanos.

A la luz de los eventos de 2019 donde se ha alcanzado un nuevo cenit en la disputa por Venezuela, la oposición vive otro momento. Este es particularmente inédito por ser el lugar de mayor inflexión en el que, desde la misma Casa Blanca, se ha asumido la conducción programática y casi total de la agenda de destitución del chavismo, amenazando como nunca antes la estabilidad nacional.

Es este un punto de bifurcación y ahí confluyen todas las narrativas de las cuales se ha servido el antichavismo venezolano y trasnacional.

Es decir, hay que invadir Venezuela porque hay “crisis humanitaria”, se hackea al sistema eléctrico nacional y ello no es creíble porque “el gobierno no sirve”, se bloquea el ingreso al país de alimentos y medicinas pero “las sanciones son contra Maduro”, se ataca a las instituciones venezolanas pero “hay que hacerlo porque es un narco régimen”, se congelan bienes, fondos y se bloquean cuentas de la república y ello se avala porque “son cuentas de la corrupción del régimen”. Etcétera.

Y en esta como en otras oportunidades, apareció la narrativa triunfal antichavista, la del “país instantáneo”, pero condimentada con la fraseología de primer nivel de funcionarios de Washington prometiendo una “caída inminente” en cuestión de “horas” y “días”, del presidente Maduro. Marco Rubio, John Bolton, Mike Pompeo, Elliott Abrams y hasta el mismo Donald Trump se han servido de promesas colocadas en líneas cortísimas de tiempo.

Y he allí que los seguidores del antichavismo depositan sus nuevas esperanzas confiando en la efectividad de la Casa Blanca de dar golpes de Estado o en peores circunstancias, armando guerras y cometiendo magnicidios. So pena de quienes aun siendo antichavistas tienen reservas sobre una intervención extranjera y los caminos desenfrenados de la inestabilidad generada por un conflicto.

No obstante, la frustración está comenzando a campear en el imaginario antichavista a la luz de los eventos y a los casi 100 días de Guaidó. Al día de hoy, el Diputado Juan Guaidó está sin “gobierno de transición”, sin hacer efectivo ningún ejercicio elemental de poder y sin quiebre de la fuerza armada.

Pero por otro lado, Guaidó ha cosechado el quiebre de posturas en la cacareada “comunidad internacional” sobre la posibilidad bélica en Venezuela y Washington está en la posición incómoda se sostener la posibilidad de una intervención con la cual han hecho “bluffing” y que tienen cuesta arriba por contrapesos en la política interna estadounidense.

Guaidó ha logrado su inhabilitación para ejercer cargos públicos y el allanamiento a su inmunidad parlamentaria con juicio en ciernes incluído. Probablemente la puesta del cargo a la orden del Director Técnico de la selección Vinotinto ha sido el único tambaleo de cargo que ha logrado Guaidó y sólo a los detractores de Dudamel le hizo gracia tal cosa.

Mientras tanto, los seguidores antichavistas brillan más por su ausencia en las manifestaciones convocadas y “simuladas”, luego de casi tres meses de movilizaciones y promesas de “Día D”.

Los humores en ese sector político otra vez se posicionan en el lugar de los desencantos, el umbral de una nueva etapa de frustración, esta vez bastante pronunciada, pues luego de Washington no hay instancia en este planeta con la que el chavismo pueda medirse. Si Trump fracasa ¿qué sigue? Es la pregunta de muchos antichavistas.

La insostenibilidad del “Vamos bien” parece más evidente, el apoyo frenético a Guaidó desciende y en simultáneo aumenta la tristeza antichavista. El “país instantáneo” no aparece a lo lejos. Y la realidad está alcanzando a quienes ciegamente creyeron que sería posible revertir el proceso histórico venezolano de los últimos 20 años jugando unas cartas en la mesa en el fragor y frenesí de un demente autojuramentándose en una plaza del municipio con más ricos en el país, patrocinado por el Presidente más errático en la historia estadounidense.

(Misión Verdad)

 

5 pensamientos en ““Efecto Guaidó” pierde el encanto. Por Franco Vielma

  1. El chavismo es considerado como un elemento antagónico por la oposición en Venezuela debido a que representa a los humildes, frente a resto de partidos, en que están representadas las grandes familias compromisarias de las oligarquías nacionales e imperiales: conservadores, liberales y socialdemócratas. El objetivo final es garantizar que ningún partido de los humildes ( representado ahora en el gran polo patriótico) vuelva a disputar el poder en Venezuela, lo que bajo ningún concepto supondría el restablecimiento de la democracia sino de la tiranía plutocrática anterior a Chávez, conocida como puntofijismo.

    También la oposición de los partidos agrupados en estas tres grandes familias fuera de Venezuela lo que pretende es preservar el modelo clásico de las democracias burguesas, en que el pueblo es convocado siempre a elegir entre los partidos turnistas y a ver en los partidos que representan a las mayorías humildes la encarnación del mal: el antisistema. Esto hasta cierto punto es correcto pero lo que hay que valorar aquí no son las posibles amenazas a la democracia sino la legitimidad o ilegitimidad de la transición hacia la democracia real desde las democracias burguesas.

    El modo en que cierran filas contra el chavismo desde fuera de Venezuela partidos conservadores, liberales y socialdemócratas, así como los grandes medios de persuasión de la oligarquía, lo que viene a significar es que no van a tolerar ninguna alternativa de poder, a un partido compromisario del pueblo en sus instituciones nacionales, del mismo modo que no lo están permitiendo en Venezuela desde Chávez, en Bolivia desde Evo Morales y así en el resto de procesos emancipatorios.

    En Venezuela no hay una dictadura sino un sistema en transición a la democracia real y una oligarquía nacional e internacional que se empeña en impedirlo por todos los medios posibles. La narrativa es siempre la misma en todas las naciones con procesos emancipatorios y se parte de una semántica que busca primero el linchamiento moral para pasar después a otras estrategias de lucha destructivas en el terreno económico y bélico.

    La tiranía lleva ya muchos años construyendo una matriz falsa en el ámbito semántico, donde no es necesario aportar pruebas sino reincidir en una misma narrativa hasta el infinito. Alguien vio alguna vez a dios o al diablo, las encarnaciones del bien y del mal en la religión cristiana? Por supuesto que no. Sin embargo, si seleccionaramos una lista de atributos semánticos y pidiéramos a sujetos experimentales que los asociaran con uno u otro, la mayoría de creyentes no tendrían dificultad alguna a la hora de responder, a pesar de que dios y diablo son conceptos ficticios, conocidos por muchos sólo por la transmisión oral.

    Con el chavismo ocurre algo parecido: el oligopolio mediático de la oligarquía lo ha convertido en un fenómeno de ficción que encarna el mal en el ámbito semántico de la política, del mismo modo que lo encarna el diablo en el ámbito de la religión católica. Cualquier operación de castigo contra el maligno Maduro contará siempre con el visto bueno de la opinión pública receptiva a la matriz y a nadie le preocupará nunca la suerte que corra el infierno chavista ni pedirá cuentas a los valientes cruzados, por graves que sean sus crímenes y mundanos los intereses.

    Lo que no esperábamos es que se atrevieran a profanar también el mundo del derecho a través de la perversión del lenguaje, que tantas veces puso en práctica la Inquisición y que mantiene en la cárcel a Lula más de un año. Según recientes declaraciones de un experto brasileño, esta forma de operar afecta a más de 170.000 presos brasileños, que son presos políticos. Aceptar como válido que un guarimbero se autoproclame presidente y que un juez sátrapa encarcele a líderes sociales en base a conjeturas e inferencias no solo no es justo ni democrático sino que nos sumerge de nuevo en el imperio de la fuerza y la barbarie.

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