Sanciones, trumpismo e hipocresía imperial(II). Por Ángel Guerra Cabrera


Los planes desestabilizadores y las agresiones de Estados Unidos contra la Revolución Bolivariana iniciaron muy temprano después de que el comandante Hugo Chávez asumiera la presidencia en enero de 1999. Luego de una feroz arremetida del sector empresarial contra el presidente, se produjo el derrotado golpe de Estado en abril de 2002, seguido en noviembre por el sabotaje contra Petróleos de Venezuela(PDVSA), la empresa pública que genera el 98 por ciento de los ingresos en divisas del país, cuya prolongada paralización significó una pérdida económica de 16 mil millones de dólares.

Las política desestabilizadora y golpista de Washington contra el gobierno bolivariano no ha cesado nunca, pero es a partir del año 2013, con posterioridad al deceso de Chávez y en el primer gobierno del presidente Nicolás Maduro, que se inicia la guerra económica, primero de forma encubierta pero más adelante toma un cariz abierto y formal, de modo que está sustentada en decretos y leyes emitidos por la Casa Blanca y por el Congreso de Washington. El primer documento público en esta escalada es la Orden Ejecutiva 13692 dictada por el presidente Barack Obama en marzo de 2015, que con una cara muy dura declara a Venezuela como “una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos”. La orden ha sido prorrogada cada año primero por Obama y más tarde por el peculiar sujeto que ocupa hoy la oficina oval en la Casa Blanca.

No es ocioso reiterar que estas acciones transgreden flagrantemente la Carta de la ONU y otros importantes instrumentos del derecho internacional, como han subrayado los expertos del organismo internacional que han investigado y reportado las brutales agresiones contra la economía y el bienestar de los venezolanos; por cierto, sin que este organismo les haya prestado atención, pese a la seriedad y profesionalismo con que han elaborado sus informes. Al extremo de que la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, en una actitud que deja muchos cuestionamientos sobre su honestidad e integridad personal y como funcionaria internacional, se prestó a presentar un informe sobre los derechos humanos en el país bolivariano que parece dictado por el inefable John Bolton. Toda una paradoja, pues existe una asombrosa semejanza entre la guerra multidimensional de Nixon y Kissinger para derrocar al presidente Salvador Allende y la que se está llevando a cabo contra Venezuezuela.

Mayo de 2016 marca un hito importante en la guerra económica pues el banco alemán Commerzbank cierra todas las cuentas de instituciones, bancos públicos venezolanos y de PDVSA, en julio toma la misma medida Citibank, que un año después se niega a recibir los fondos para la compra de 300 mil dosis de insulina destinados a Venezuela. A partir de mediados de 2016, se repetirán e intensificarán acciones de esa naturaleza por muchos otros bancos y comenzará el bloqueo sistemático a la compra de alimentos y medicinas por Caracas hasta llegar a extremos de cerco y acoso tal vez sin precedentes, pues junto a Estados Unidos participan activamente sus aliados de la Unión Europea y las deleznables marionetas del Grupo de Lima: Duque, Bolsonaro, Piñera y Macri.

También a mediados de 2016 las inescrupulosas calificadoras de riesgo colocan a Venezuela con el riesgo financiero más alto del mundo (2640 puntos), muy por encima de países en guerra, a pesar de haber cumplido con sus compromisos de deuda externa. Desde el año 2013 el país pagó 63 566 millones de dólares, sin embargo, el riesgo país incrementó 202% durante el mismo período.  Cada 100 puntos de ese indicador equivalen al pago de un 1 por ciento adicional de tasa de interés. Se trata de una maniobra sin fundamento financiero, cuyo objetivo es encarecer el pago de la deuda para aumentar la sangría de la economía venezolana.

En agosto de 2017, Trump emite la Orden Ejecutiva 13 808 que prohíbe la adquisición de deuda por Venezuela por un plazo mayor a 90 días, la obtención de acciones por su gobierno y el cobro de ganancias por Caracas, que corta los ingresos de Citgo, la muy productiva filial de PDVSA en territorio estadounidense. Posteriormente, Washington se roba Citgo con la complicidad del super títere Guaidó, como ha ocurrido con muchos otros activos venezolanos. Un caso escandaloso es la retención de oro por valor de 1200 millones de dólares depositado por Venezuela en el Banco de Inglaterra.

Al igual que hace con Cuba, Washington impide que Venezuela tenga acceso a medicamentos en el mercado internacional. Las transnacionales Abbot, Pfizzer y Baster se han negado a emitir certificados de exportación para medicamentos oncológicos destinados al país suramericano en un acto verdaderamente inhumano y criminal, que ha ocasionado la muerte de pacientes.

En la próxima entrega se explicará cómo se generan la agresión contra el bolívar y la descomunal inflación y cómo el pueblo enfrenta esta política genocida.

Twitter: @aguerraguerra

4 pensamientos en “Sanciones, trumpismo e hipocresía imperial(II). Por Ángel Guerra Cabrera

  1. Una vez que USA logró sustituir el colonialismo clásico por su fórmula neocolonial, cambiaron las reglas de juego, los guiones existenciales, los órganos de propaganda y la diplomacia, obteniendo como resultado las mayores desigualdades de la historia entre las grandes metrópolis y la periferia. Ahora se supone que vivimos en un mundo libre en que las naciones soberanas toman sus decisiones sin otros límites que los consensuados en forma de normas jurídicas por las instituciones internacionales. La presencia de bases militares yanquis en multitud de naciones no tiene otra misión (faltaría más) que garantizar la “paz”, la “democracia”, las “libertades” y los “derechos humanos”, mientras que la omnipresente cultura imperial lo que garantiza es un estilo de vida y unas creencias compatibles con el modelo económico y las relaciones internacionales.

    Desde esta narrativa, se acabaron las invasiones militares típicas del colonialismo clásico. Cualquier medida de fuerza debe estar justficada en la disfuncionalidad de la nación que debe ser intervenida por los garantes del orden supranacional. En este sentido, lo bueno que tiene la guerra no convencional es que no necesita partir de una declaración de guerra formal, ni siquiera de una condena por instituciones internacionales en base a crímenes de lesa humanidad o lesa patria. Basta con declarar a quien lleva el paso cambiado “una amenaza inusual y extraordinaria” contra la nación que impuso las reglas del nuevo orden neocolonial, de forma tal que la verdadera independencia y autodeterminación jurtifique todo tipo de medidas represivas (económicas, mediáticas, terroristas e incluso militares), como si se tratase de restablecer el orden en una nación donde se ha producido un acto de rebeldía o un proceso secesionista. Así es como contemplan el mundo los arquitecto y vigilantes norteños del nuevo orden imperial.

    A estas alturas, ya debería ser demasiado grotesco y obsceno que las naciones responsables de las mayores desigualdades entre los grandes centros de poder y la periferia así como de los mayores crímenes de lesa humanidad sigan siendo las encargadas de restablecer la “democracia”, el “estado de derecho”, las “libertades”, los “derechos humanos” perpetrando nuevos crímenes de lesa humanidad. Si no lo es, se debe a que han logrado crear un oligopolio de medios de persuasión que ha convertido la política en una perversa cantinflada, donde resulta demasiado fácil enmascarar las mayores injusticias y legitimar los mayores crímenes, como los que se están cometiendo en Venezuela y en otras regiones del mundo donde se persiguen los mismos objetivos que los nazis o los británicos y franceses en el colonialismo clásico pero a través de métodos de guerra no convencional, al menos inicialmente, hasta que los daños físicos, económicos y morales provocados por la guerra económica, mediática y terrorista legitima el uso de la fuerza.

    Hoy estamos asistiendo a uno de esos deplorables actos de falsa bandera que el imperialismo yanqui tantas veces ha utilizado en su modelo neocolonial para justificar las invasiones militares. El escenario no ha sido Venezuela sino el Golfo de Omán, en que dos petroleros han sido bombardeados y, como no podía ser de otra manera, los medios de persuasión de la tiranía, repitiendo al dictado las enseñanzas del maestro Goebbels desde un falso pluralismo y una falsa independencia, están enfilando los cañones contra Irán, que nunca tuvo aspiraciones imperialistas y que sabe que USA anda buscando o creando un pretexto para legitimar una agresión. Aquí en España todos los medios que he podido consultar dicen exactamente lo mismo. La fuente de información no puede ser más “solvente”: la V Flota de Estados Unidos. Uno de los barcos siniestrados es japonés, curiosamente el día que el primer ministro acudió a Teherán a intentar rebajar la tensión, siendo la nación nipona uno de los mayores clientes de Irán, que no ha cumplido la reciente orden imperial unilateral de bloquear la venta del petróleo persa.

    Para cualquier medio de información objetivo, riguroso y conocedor del típico modo de actuar yanqui para justificar una intervención militar, este sería un caso de manual, como el del Maine, el de las fragatas del golfo de Tonkin o el de las torres gemelas. Sin embargo, todos los medios del oligopolio dirigían sus acusaciones hacia Teherán bajo el argumento de que estaban probando fuerza para conocer el margen de maniobra que tienen. ¿Alguien en su sano juicio puede aceptar esta mamarrachada a sabiendas de que USA recurre siempre a esta táctica para permitirse hacer en este discreto orden neocolonial lo que hacía sin contemplaciones y con el mayor desprecio hacia la vida y los derechos ajenos en la conquista de los pueblos indígenas de norteamérica? ¿Qué podría ganar Irán probando fuerza: lo mismo que Sadam Husein cuando los representantes yanquis le aseguraron que una invasión de Kuwait no tendría consecuencias? Todos los sicarios de falsimedia son plenamente conscientes de que mienten al insinuar que Irán es responsable de los atentados. En el telediario del TVE1, el periodista se atragantaba mientras exponía la versión oficial de los hechos, dando un deplorable espectáculo. Pero no vayamos a pensar que este modo de actuar esta reservado para quienes buscan la emancipación de este sistema esclavista. El neoliberalismo es basicamente una forma de guerra no convencional en las relaciones centro-periferia y dentro de los estados.

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