El pan y la rosa juntos. Por Omar Valiño


Apenas concluida la intervención con que el presidente Díaz-Canel clausuró el Congreso de la Uneac, califiqué de extraordinario su discurso mediante un sintético texto en mi perfil institucional de Facebook. En los pasillos el entusiasmo era notorio, la emoción notable.

Hasta algunos ateos señalaban que Fidel allá arriba lo miraba contento. Para mí no se trata de una simple apreciación. Tiene que ver, en primera instancia, con la sensación colectiva de varias generaciones de escritores y artistas cubanos que allí, en esas mismas salas del Palacio de Convenciones, dialogaron con Fidel tantas veces en las últimas décadas. Diálogos socráticos, escrutadores, a veces tensos, sobre asuntos difíciles muchos de ellos. Y que ahora, ese intercambio, de honesta dimensión intelectual, se recupere desde la sensibilidad del humano que sabemos partícipe del disfrute estético ante el arte y la literatura, como confesó en el introito de su discurso, le confiere una valía estratégica. Se comprende esencial entonces la dimensión cultural desde la cual ve las problemáticas y los desafíos del país.

Sentí que un núcleo grande de amistades y colegas presentes allí, ya “viejos” compañeros de viaje, aquilatábamos con la razón de haber vivido, dicha continuidad. En este mundo de horribles e impresentables políticos, incitadores al odio y las discriminaciones, contar con un presidente de esta comprensión espiritual, es un privilegio.

Otra explicación muy profunda de la reacción del cónclave ante el discurso del presidente, lo constituye el anuncio previo al inicio del congreso en torno a medidas de transformación de la economía cubana. Y, en el final del evento, los conceptos que apuntan al enriquecimiento de la vida cultural de la nación. Economía y cultura, base y espíritu, pan y rosa juntos, como señaló Nicolás Guillén.

En pocos días de una semana, Díaz-Canel, encabezando un equipo y una dirección, pasa a una ofensiva fundamentada en un año de recorridos y chequeos, del contacto directo con la realidad a la toma de decisiones conceptuales y prácticas que actúen de manera global sobre viejos y nuevos problemas. Ambas direcciones son absolutamente decisivas.

Y son absolutamente fidelistas: responder a los esquemas prefabricados del enemigo, a los pretextos y falacias que siempre encontrará, con creación, autocrítica, libertad y amplitud.

Y, como también apunté en esas breves líneas en FB, es un dirigente que va convirtiéndose en líder y dibuja horizontes para seguir junto a él. ¿Cómo no estar de acuerdo con esas líneas maestras del final de su discurso si en ellas se acrisolan los sueños de generaciones de cubanas y cubanos por un país mejor? Esa es también la Cuba que yo quiero. De ahí el orgullo infinito de ser cubano. Y la convicción de responder a la consigna raigal de ¡Patria o muerte!, de la cual él no ha abusado y que significativamente la expresa como colofón de un foro de intelectuales, con un ¡Venceremos!

(La Jiribilla)

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