Alicia Alonso baila en mi cabeza (cuento) . Por Senel Paz


El pasado sábado el diario Granma, publicó un fragmento de este cuento del destacado narrador cubano Sanel Paz. Senel ha tenido la deferencia enviarnos el cuento íntegro, con la primera parte que por razones de espacio no salió en el periódico, y aceptar la invitación para publicarlo completo en La pupila insomne.

Como dice la introducción de Granma, el relato, “narra el descubrimiento de los teatros habaneros en los años 70 por parte de David, el personaje que conocemos por diversos textos de Senel y las películas Una novia para David y Fresa y chocolate, de las que ha sido guionista”, acompañado por su amigo Miguel.


Deambulábamos por la zona del Prado, sin saber que era la zona del Prado, y queríamos ver una película de samuráis. No sabíamos dónde quedaban los cines, qué ómnibus tomar, y caminando y caminando pasamos frente a un teatro que se llamaba Martí. Había función. Nunca habíamos ido a un teatro y nos paramos frente a la cartelera. De pronto, no te podría decir por qué, a mí me gustó el ambiente y propuse entrar. Miguel se rascó la cabeza.
Nos tuvimos que sentar donde indicó la acomodadora porque resulta que en los teatros no es como en los cines, en los teatros te tienes que sentar donde diga tu papeleta y de ahí no te puedes mudar ni aunque te caiga un cabezón delante. Por suerte, las butacas eran muy cómodas, mejor que las del cine, y yo enseguida me puse a mirar en redondo: los balcones, las cortinas, el techo con dibujos, las lámparas, las columnas, el telón, los músicos trajeados que afinaban los instrumentos en un foso frente al escenario. Al parecer no querían que el público los viera en los preparativos, pero yo los veía de todos modos, o al menos las cabezas de los más altos. También me dediqué a observar a los espectadores. Ninguna de aquellas personas podía imaginar que alguien como yo estuviera allí, pero estaba, y Miguel también, y formábamos parte del público al igual que ellos aunque no andábamos tan bien vestidos. Eran diferentes a los que asisten al cine. Cuchicheaban bajito, muy educados, con programas en las manos, mujeres con joyas, muy pintadas, hombres con saco y corbatas, hasta con leontinas y relojes de bolsillo que consultaban de vez en cuando, y unas viejas viejísimas, de antes, envueltas en tules y estolas y rodeadas de afeminados, y todos se conocían entre sí y se saludaban de una fila a otra o desde los balcones, con medias sonrisas e inclinaciones de cabeza. Era igual a las películas, como si de pronto, en la sala de un cine Miguel y yo hubiéramos saltado a la pantalla y ahora nos codeáramos con los personajes. Los ojos se me humedecieron de la emoción, qué bien me sentía, mejor que cuando entré a la catedral a ver la iglesia por dentro, y me hundí en la butaca y aspiré para llenarme los pulmones del olor del teatro y las fragancias de las señoras y los caballeros. Si mamá me viera, pensé; si mamá pudiera asomarse por algún agujerito y ver a su hijo en un teatro de La Habana, arrellanado en su butaca, una butaca roja que nadie le puede arrebatar porque es suya hasta el final de la función. O mejor: si mamá estuviera aquí, con un vestido como el de aquellas señoras que alguien le habría prestado, con mangas hasta el codo para que no se notaran las manchas de güito en los brazos, típicas de una guajira que ha pasado mucho tiempo al sol. ¿Y si estuvieran abuela y mis hermanas y los vecinos? Y aún mejor, si el teatro estuviera en nuestro pueblo y todo el vecindario se apelotonara allí. Dios mío. Algún día traeré a mamá a La Habana y la invitaré al teatro, a este mismo, y si consigo un auto, que por qué no lo voy a conseguir, un Chevrolet del 57, blanco con rebordes azules, al día siguiente vamos a la playa, ella sola en el asiento de atrás, mirándose en el espejito de su vanity y exclamando: “¡Un día en el teatro y el otro en la playa, mañana en el cabaret para oír cantar a Olga Guillot, y pasado una foto frente al capitolio! ¡Qué grande es la Revolución, qué vida me estoy dando, a lo Rita Haywoth! Rita Haywort es la actriz preferida de mamá, junto a Margarita Balboa y Raquel Revuelta. La adora en Gilda, en el momento en que levanta la cabeza y su cabellera inunda la pantalla. “Habrá que oír a otra cantante”, le aclararé yo, “Olga Guillot se largó para Miami y está prohibida hasta en la radio.”
En esto, apagaron las luces. Vi que la sala quedaba en penumbras, una penumbra que no era oscuridad sino eso, penumbra, siempre se veía algo, y algunos regresaron corriendo a ocupar sus puestos. Me estremecí al escuchar el ruido del telón al descorrerse, como si se descorriera dentro de mí, y la obra comenzó.
Salí del teatro ahogado, orgulloso, dos centímetros más alto. La obra había estado magnífica, con bellas muchachas que bailaban y cantaban y levantaban las piernas, y actores que nos hicieron reír. Y con su contenido, por supuesto, porque era arte revolucionario, y, entre broma y broma se le recordaba al imperialismo yanqui que la Isla de Pinos era cubana y siempre lo sería. Todo esto dicho por los personajes del Gallego, la Mulata y el Negrito, los tres muy graciosos y que existen desde que Cuba es Cuba. A Miguel también le gustó la representación, se le adivinaba en la cara. “En la vida real, esas cotorritas deben ser tremendos puntos”, dijo, “una hasta creo que me miró”, y nos vimos por el Prado con un par de ellas rumbo a algún cabaretucho. Yo hablaba alto y manoteaba y echaba un discurso acerca de la importancia de la cultura y que debíamos asistir más a los teatros y visitar los museos en lugar de perder el tiempo en la pelota o el malecón. No podía parar de hablar, a los tímidos nos ocurre eso: cualquier excitación nos pone nerviosos y nos soltamos a dar palique. Estaba contento porque a Miguel le había gustado la experiencia, algo propuesto por mí había resultado bueno y él lo contaría en la escuela con esa gracia suya que hechiza a todo el mundo, y yo quedaría como una especie de héroe que sabe pasear por La Habana y se conoce la ciudad como la palma de la mano.
La segunda ocasión en que fuimos al teatro, sin embargo, no resultó tan buena. Andábamos por la misma zona y pasamos por la acera del Centro Gallego. Es un edificio bellísimo. Visto desde el Parque Central o el portal del Cine Payret, la fachada parece que se mueve. En cada esquina tiene una torre, rematadas por una cúpula, encima hay un ángel con las alas desplegadas, apoyados en la punta del pie, a punto de alzar vuelo. De algún modo deben estar bien fijos, porque a esa altura y siendo, como son, de bronce, representan un peligro para quien pase por la calle. Yo sabía que el edificio albergaba un teatro, entre numerosas instalaciones, y le propuse a Miguel entrar también a este y así serían dos los que nos apuntábamos para darnos balijú frente a los demás. “Pero aquí no hay cotorras”, me dijo él cuando estuvimos frente a los anuncios, “aquí lo que hay es la bailarina esa que baila, Alicia Alonso.”
El señor de la puerta, en vez de tomar nuestras entradas y darnos paso, nos apartó a un lado y se dedicó a recibir con sonrisas y reverencias a los demás, y solo cuando le vino en gana, tras echarnos una mirada de arriba a abajo, nos mandó a entrar con una advertencia: “Aquí no se viene a jugar; a la primera que hagan llamo a la policía y los saco, están advertidos”. “¿Qué le pasa a este”, dijo Miguel cuando nos alejamos, “¿querrá que regrese y le parta la cara?, ¿no se ha enterado de que el teatro no es suyo sino del pueblo?”
De nuevo estaba yo en la sala de un teatro y miraba las lámparas, el techo, los palcos, las mismas viejas de la otra vez. Todo era más lujoso y bello. Enseguida apagaron las luces, volví a escuchar el telón que se corría, y comenzó la representación. Apenas habían trascurrido unos minutos cuando toda la gente se levantó a un tiempo y empezó a aplaudir a rabiar. “¿Qué pasa?”, preguntó Miguel, “¿llegó Fidel?” Miramos a los lados y no vimos movimientos de escoltas. No se trataba de eso, era Alicia Alonso que estaba a punto de aparecer. No la anunciaron, pero lo supe porque aunque uno nunca haya asistido al ballet la presiente y, en efecto, entró por un lateral. Fue recibida con gritos de “¡Bravooo!, ¡Bravooo!, ¡Bravooo!”, a pesar de que no hizo nada, solo aparecer. Miguel me miró y si se lo propongo nos paramos y nos marchamos en ese instante. Pero yo no me quería ir. Al contrario, no podía apartar los ojos de Alicia. Aguardó paciente a que el público se calmara, y cuando sucedió, movió un brazo y con esto el escenario se convirtió en un lago y ella en un cisne y empezó a bailar. A mí me parecía que no era posible, que no podía estar viendo lo que veía, que nadie puede bailar así, ni ella aunque lo estuviera haciendo. Se desplazaba sin tocar el piso, permanecía en el aire tanto tiempo como deseaba y descendía en cámara lenta, se posaba sobre el tablado y avanzaba o retrocedía o giraba y movía las alas. Sufría por alguna razón que yo no alcanzaba a comprender, pues en el ballet no hablan, y amaba al príncipe que permanecía junto a ella sosteniéndola por el talle, elevándola sin esfuerzo alguno porque Alicia Alonso no pesa nada, y ella no sabía si quedarse con él o marcharse, y se ofrecía o lo rechazaba, extendía o recogía el cuerpo, y todo esto en la puntiquita de los pies que es lo que tiene valor y hace del ballet un arte. Los demás cisnes -porque había muchísimos-, la rodeaban, la protegían, inquietos, siempre uno a continuación de otro, como si fuera uno solo desdoblado, y con ciertos compases de la música daban unos salticos muy graciosos que nunca se me olvidarán.

Miguel se había dormido. Dejé que apoyara la cabeza sobre mi hombro para que no cabeceara y continué mirando y mirando. Quería saber qué le pasaba a Alicia Alonso. Un muchacho delgado a mi lado me dio un codazo y exclamó: “¡Esta noche está genial, deja que venga el cisne negro!” ¿El cisne negro?, me pregunté para mis adentros; ¿qué cisne negro?, ¿acaso la obra trata de algún problema racial, como el poema Balada de los dos abuelos, de Nicolás Guillén, y yo no me había dado cuenta? Claro, no podía preguntar. Me eché hacia delante y me esforcé en captar los detalles, el contenido del ballet, y debido al esfuerzo, o por la música que escuchaba sin darme cuenta de que la oía, se me empezaron a cerrar los ojos. Yo no quería, quería permanecer alerta, pero la figura de Alicia se me desdibujaba, sus contornos se difuminaban, hasta que se dividió en dos y una Alicia se fue a la pata del escenario, bailando, y la otra permaneció en su sitio, bailando también. Solo con mucho esfuerzo lograba juntarlas: cerrando un ojo, achicándolos, abriéndolos bien, mojándomelos con saliva, y luego ni con esto y ya no sabía si estaba viendo a Alicia o la soñaba, si la música me llevaba por las nubes o por el bosque o el lago o dónde estaba yo, y fue así hasta que un estruendo de la orquesta me despertó, pegué un salto y quedé ante un brujo. “¿Qué pasa?”, alcanzó a preguntar Miguel que también se despertaba. Algo nos habíamos perdido. El brujo estaba en la escena y se había apoderado de Alicia Alonso. La rodeaba con sus brazos larguísimos y se la llevaba consigo y el príncipe ni sus amigos podían hacer nada para evitarlo. Alicia Alonso aleteaba desconsolada y, muy triste, muy triste, se perdió con el brujo entre los árboles y la bruma del fondo. Inmediatamente, como siguiendo una orden, los del público se pusieron de pie y comenzaron a aplaudir y gritar diez, quince, veinte veces más que al principio, totalmente fuera de sí, con las venas del cuello hinchadas, a punto de tirarse de los pelos o encaramarse en las butacas. “¡Bravooo, bravooo Alicia, bravíiiisimo!”, chillaban, hasta que reapareció, supongo que para calmarlos y pedirles que guardaran la compostura y cuidaran las butacas, pero fue peor porque al verla la gente se volvió loca y aplaudió como yo nunca hubiera creído que los seres humanos podían aplaudir. Alicia Alonso les correspondía con reverencias y ellos la bombardeaban con flores y más vítores, y a mí me pareció que sí, que Alicia había bailado bien, pero que no era para tanto. “¡Vámonos!”, dijo Miguel rotundo, y salimos atropellando gente, a la que poco le importaba, los podías matar que seguirían aplaudiendo. “A ti se te ocurren cada cosas” me dijo ya en la calle, mientras nos alejábamos a toda prisa. “La isla de las cotorras, el lago de los cisnes: a mí no me vuelvas a invitar a una obra de aves; ¡qué tiempo y dinero perdidos!; y por si no te diste cuenta, el noventa por ciento de los que estaban allí eran maricones o invertidas, empezando por el portero; yo no vengo más aquí.”

Estaba furioso y yo empecé a sentirme mal y me comenzó a salir ese odio que a veces me tengo por no saber pasear con un amigo. Miguel se dio cuenta y al rato me pasó el brazo sobre los hombros y dijo. “Pensándolo bien no estuvo tan mal, Alicia Alonso baila bien, no va a tener la fama por gusto”, y me invitó a una pizza para que olvidara el asunto. Acepté, pero no tenía deseos de comer pizza alguna y también me prometí que no volvería al ballet.
Y ya me había olvidado por completo del episodio cuando, varias semanas después, una noche mientras buscaba el programa Nocturno en el radio portátil de Miguel, de pronto escuché una música que me hizo detener el dial. La reconocí enseguida, cerré los ojos, y nos más hacerlo se me apareció Alicia Alonso en la mente, bailando, bailando, y bailó para mí toda la noche y me sentí feliz y con ganas de llorar.

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