El coronocapitalismo. Por Carlos Fernández Liria


El sentido común ha sido tan derrotado en las últimas décadas que vivimos acostumbrados al delirio como lo más normal. Aceptamos como inevitables cosas bien raras. Por ejemplo, que el mayor peligro con el que nos amenaza el coronavirus no es que infecte a las personas, sino que infecta a la economía. Resulta que nuestra frágil existencia humana no resulta tan vulnerable como nuestro vulnerable sistema económico, que se resfría a la menor ocasión. Naomi Klein dijo una vez que los mercados tienen el carácter de un niño de dos años y que en cualquier momento pueden cogerse una rabieta o volverse medio locos. Ahora pueden contraer el coronavirus y desatar quién sabe si una guerra comercial global. Los economistas no cesan de buscar una vacuna que pueda inyectar fondos a la economía para inmunizar su precaria etiología neurótica. Se encontrará una vacuna para la gente, pero lo de la vacuna contra la histeria financiera resulta más difícil.

Para nosotros es ya una evidencia cotidiana: la economía tiene muchos más problemas que los seres humanos, su salud es más endeble que la de los niños y, por eso, el mundo entero se ha convertido en un Hospital encargado de vigilar para que no se constipe. Somos los enfermeros y asistentes de nuestro sistema económico. El caso es que hace cincuenta años aún se recordaba que este sistema no era el único posible, pero hoy en día ya nadie quiere pensar en eso. Por otra parte, los que intentaron cambiarlo en el pasado fueron tan derrotados y escarmentados que todo hace pensar que en efecto la cosa ya no tiene marcha atrás y que cualquier día que los mercados decidan acabar con el planeta por algún infantil capricho o alguna infección agresiva llegará el fin del mundo y santas pascuas. “El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin el hombre”, decía Claude Lévi-Strauss. Estaremos aquí mientras así sea la voluntad de la Economía. Lo mismo se pensaba antes de la voluntad de los dioses. La diferencia es que éstos, normalmente, no tenían el carácter de un niño de tres años, ni se contagiaban del virus de la gripe.

Sorprende leer algunos textos de hace un siglo, cuando todavía no habíamos ingresado en este manicomio global. Por ejemplo, es muy impactante releer una conferencia que John Maynard Keynes impartió en Madrid en 1930 y que llevaba el significativo título “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”. Hace de ello casi cien años. Y eso era lo que se planteaba Keynes, qué sería del mundo económico cien años después. La cosa tiene incluso gracia. El gran genio de la economía del siglo XX pronostica, nada más y nada menos, que en cosa de cien años (allá por el año 2020, vaya) “la humanidad habrá resuelto ya su problema económico”, es decir, que nos habremos librado de la “economía”, del problema de cómo “administrar recursos escasos”, sencillamente porque ya no serán escasos. La cosa le parece evidente a la luz de lo que él considera una “enfermedad” que ha contraído la economía de su tiempo: el paro y la sobreproducción. Esta “enfermedad”, al contrario que el “coronavirus”, anunciaba un futuro muy prometedor y, en realidad, demostraba (¡increíble afirmación!) “que el problema económico no es el problema permanente del género humano” (el subrayado es de Keynes). O sea, acuerdo total con Aristóteles y desacuerdo con la filosofía subyacente a la ciencia económica: no somos un homo economicus, sino un ser social que tiene un problemilla económico que se puede remediar (en Aristóteles, teniendo esclavos; en la actualidad, con el progreso técnico y la organización de la producción). Hasta el momento, la economía ha sido una enfermedad congénita para la humanidad (o quizás, más bien, un virus que contrajo con la separación de las clases sociales, porque en las sociedades neolíticas, según atestigua la antropología, siempre se trabajó mucho menos que ahora). En todo caso, con la revolución industrial se habría descubierto la vacuna. En resumen, a Keynes le parece obvio que, allá por el año 2020, los seres humanos podrían trabajar “quince horas a la semana, en turnos de tres horas al día” y, aún así, seguiría sobrando riqueza: “tres horas al día es suficiente para satisfacer al viejo Adán que hay dentro de nosotros”.

Así es que el bueno de Keynes se plantea un grave problema existencial: ¿qué hará la humanidad con tanto tiempo libre?, ¿no le provocará ansiedad?, ¿nos pasará a todos como “a las esposas de las clases adineradas, mujeres desafortunadas que ya no saben qué hacer con su vida desocupada y aburrida”? El ocio puede ser un arma de dos filos, pues el aburrimiento puede ser letal desde un punto de vista psíquico. Otro peligro es que no seamos capaces de reprimir nuestros instintos agresivos, impidiendo las guerras, que todo lo destruyen. Es una cuestión de educación, habrá que acostumbrar a la población a divertirse y a ser buena gente. Por lo demás, si dejamos que los especialistas en economía resuelvan los cada vez menores problemas económicos, del mismo modo “que hacen los odontólogos, como personas honestas y competentes”, todo irá bien.

En fin, sorprende que un genio económico como Keynes ni por un momento repare en que bajo condiciones capitalistas es imposible repartir el trabajo y reducir la jornada laboral, algo que Marx ya demostró en 1867. Y que, por tanto, el problema no será el aburrimiento o la agresividad, sino el capitalismo. El capitalismo no genera ocio, sino paro, que no es lo mismo. Paro y trabajo excesivo; pero de repartir nada, porque económicamente es imposible, porque la economía se pondría enferma con ese reparto, un auténtico virus letal desde el punto de vista de los negocios. En cuanto a las guerras, bajo el capitalismo tienen poco que ver con la agresividad humana. Como muy bien dijo en los años ochenta el filósofo Günther Anders, “el capitalismo no produce armas para las guerras, sino guerras para las armas”. Las guerras son, ante todo, mercados solventes para la producción armamentística. Así son los caprichos de eso que llamamos “la economía”.

Keynes no menciona eso del “capitalismo”, lo mismo que tampoco suele mencionarse hoy. El capitalismo es sencillamente la vida económica de la humanidad, como se piensa en Intereconomía y, en general, en nuestro actual modelo ideológico. Pero Keynes no era un vulgar tertuliano y pensaba, como todo bien nacido, que ese “problema económico” se podía dejar atrás. Hasta el momento, como dijo Raoul Vaneigem en 1967, “supervivir nos ha impedido vivir”; pero ha llegado el momento de librarnos de la asfixiante lucha por la supervivencia y comenzar a vivir un poco según lo que Marx llamaba “el reino de la libertad” (en palabras de Aristóteles, no hay que conformarse con vivir, sino con una vida buena). Así es que, como Keynes era una buena persona, sólo le queda el recurso a la ingenuidad: la humanidad no será tan estúpida de seguir sin repartir el trabajo y aprovecharse de la sobreproducción (que la sociedad de consumo demuestra a diario de manera tan extravagante). Él no podía sospechar que los “especialistas odontólogos” que iban a acabar  por gestionar la “economía” iban a ser Milton Friedman y sus Chicago boys, y que, en el año 2020, lejos de “habernos librado del problema económico”, íbamos a vivir en una cárcel económica asfixiante, temerosos de la que la economía contraiga algún virus o estalle en alguna imprevisible rabieta. Actualmente, lo primordial ya no es construir un Estado del Bienestar para la población, sino estar pendientes del Bienestar de la Economía, que tiene sus propios problemas y sus propias soluciones, que poco tienen que ver con las de los seres humanos.

Sorprende tanta ingenuidad en un hombre de la talla de Keynes. Qué diferencia con el diagnóstico que hacían las izquierdas. Yo ya no creo mucho en eso de la célebre “superioridad moral de la izquierda”, pero sí creo que su superioridad intelectual fue indiscutible. Aún recuerdo una entrevista en la televisión que hicieron durante la Transición a Federica Montseny, cuando regresó a España tan anciana. “Sigo pensando lo mismo de siempre. Hay que superar el capitalismo, porque el capitalismo es incapaz de repartir el trabajo”. Lo mismo que había diagnosticado Paul Lafargue, el yerno de Marx, en su magistral ensayo El derecho a la pereza (1880), en el que definía el comunismo como el medio para lograr que los avances de la técnica se tradujeran en ocio y en descanso, en lugar de en paro y en sobreproducción. Si las lanzaderas tejieran solas, había dicho Aristóteles, no harían falta esclavos. Pues, bien, afirma Lafargue, las lanzaderas ya tejen solas. Cada descubrimiento técnico que doble la productividad, debería ir seguido de una decisión parlamentaria: ¿preferimos tener el doble y seguir trabajando lo mismo o trabajar la mitad y tener lo mismo que antes? Puro sentido común. Lo mismo que dice Keynes. Lo que pasa es que Lafargue sabe que bajo el capitalismo eso es imposible. Por eso era comunista, sólo que en un sentido enteramente opuesto al estajanovismo  y a la cultura proletaria que se instauró en la URSS y la China maoísta (algo que seguramente tuvo poco que ver con el comunismo y bastante con el hecho de estar continuamente en guerra o amenazados por ella).

Pero pensemos en otro eminente genio del siglo XX: Bertrand Russell. En 1932 escribió Elogio de la ociosidad, un texto en todo semejante al de Paul Lafargue, donde podemos leer: “El tiempo libre es esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos. Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí mismo fuera bueno, sino porque el ocio es bueno. Y con la técnica moderna sería posible distribuir justamente el ocio, sin menoscabo para la civilización”. Con la técnica moderna, sin duda que sí. Con el capitalismo no, como bien se ha demostrado cien años después. Otro ingenuo. Aunque no tanto: Russell tiene muy claro que, durante la guerra, la “organización científica de la producción” (lo que en el lado comunista se llamaba “planificación económica”) había permitido fabricar armas y municiones suficientes para la victoria. “Si la organización científica”, nos dice, “se hubiera mantenido al finalizar la guerra, la jornada laboral habría podido reducirse a cuatro horas y todo habría ido bien”. Pero, por el contrario, “se restauró el antiguo caos: aquellos cuyo trabajo se necesitaba  se vieron obligados a trabajar excesivamente y al resto se le dejó morir de hambre por falta de empleo”. En los años 30, Bertrand Russell protesta indignado con impaciencia: “¡Los hombres aún trabajan ocho horas!”. Ello lleva a la sobreproducción en todos los sectores, las empresas quiebran, los trabajadores son despedidos y arrojados al paro. “El inevitable tiempo libre produce miseria por todas partes, en lugar de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede imaginarse algo más insensato?”. Russell no ve otra solución que reducir la jornada laboral a cuatro horas diarias. Eso acabaría con el paro y con la sobreproducción que hace quebrar a las empresas. Vemos que coincide punto por punto con el diagnóstico de Keynes. En cambio, si hoy en día se te ocurre decir la cuarta parte de esto, te consideran un demagogo populista. Keynes y Russell están superados, debe de ser que ya tenemos gente más lista por ahí, en las tertulias de la radio (o quizás en las Facultades de Economía).

“Cuando propongo que las horas de trabajo sean reducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo restante deba necesariamente malgastarse en puras frivolidades”, continúa diciendo Bertrand Russell. No, porque él tiene confianza en las virtudes civilizatorias del ocio, del tiempo libre. De hecho, está convencido de que “sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese salido de la barbarie”. Lo que ocurre es que, como bien sabía Aristóteles y bien recordaba Paul Lafargue, para que haya existido una clase ociosa siempre han hecho falta esclavos o proletarios. Pero ya no es así, los progresos técnicos de la humanidad nos auguran “un mundo en el que nadie esté obligado a trabajar más de cuatro horas al día”, de modo que ahora es posible “democratizar el tiempo libre” y que “toda persona con curiosidad científica pueda satisfacerla, y todo pintor pueda pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros”. El tiempo libre se invertirá en las artes y las ciencias, en la política y el progreso moral de la humanidad. “Puesto que los hombres no estarán cansados en su tiempo libre, no querrán sólo distracciones pasivas e insípidas” y muchos dedicarán sus esfuerzos a “tareas de interés público”. La conclusión de Bertrand Russell es impactante por ser muy de sentido común: “Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; en vez de esto, hemos elegido el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir necios para siempre”.

¿No? Que se lo pregunten a nuestros actuales tertulianos y a nuestras autoridades económicas también. Sí hay una razón y se llama capitalismo. Porque Russell, como Keynes, piensan que es una cuestión de necedad o de humana insensatez. Russell piensa que es porque nos han comido el tarro con una ética del trabajo delirante. Estamos empeñados en que “el trabajo es un deber”. Empeñados en que “el pobre no sabría cómo emplear tanto tiempo libre”. De ahí su angustiosa pregunta: “¿Qué sucederá cuando se alcance el punto en que todo el mundo pueda vivir cómodamente sin trabajar muchas horas?”. Pero Russell (como Keynes) se preocupaba inútilmente. Los tiempos iban a demostrar que, mientras siguiera existiendo el capitalismo, eso no sucedería jamás, sino todo lo contrario. Gozamos ahora de desarrollos técnicos inimaginables para él (y para Keynes). Y no ha aumentado el tiempo libre, sino el paro y la precariedad. Y el trabajo excesivo. Y sería demasiado sarcástico eso de intentar convencer a los precarios y los parados de que si se empeñan en trabajar es porque hay una “ética del trabajo” que les tiene comido el coco. No es una cuestión ética. Es una cuestión económica, que tiene que ver con un sistema que Lafargue, Montseny y Marx hacían muy bien en llamar “capitalista”.

De hecho, ha ocurrido todo lo contrario de lo que pensaban Keynes o Russell. En realidad, actualmente no es que trabajemos “todavía” ocho horas. La gente trabaja mucho más. En un cierto sentido, incluso (como ha contado Santiago Alba Rico en sus últimos libros), actualmente trabajamos 24 horas diarias, pues el capitalismo ya no sólo explota el trabajo, sino también el ocio. La tecnología, bajo el capitalismo, no ha liberado ocio alguno: ha borrado las fronteras entre el ocio y el trabajo. Así que hasta los parados generan activamente beneficio y no sólo, como antes, en la medida en que el paro era una función de la producción misma, sino porque están conectados a la red y consumiendo no sólo mercancías baratas sino imágenes asociadas a grandes empresas de la comunicación. El situacionista y anticapitalista Vaneigem, en 1967, sí que era bien consciente de que esto empezaba ya a ocurrir: “Ahora, los tecnócratas, en un hermoso aliento humanitario, incitan a desarrollar mucho más los medios técnicos que permitirían combatir eficazmente la muerte, el sufrimiento, la fatiga de  vivir. Pero el milagro sería mucho mayor si en lugar de suprimir la muerte se suprimiera el suicidio y el deseo de morir. Existen formas de abolir la pena de muerte que hacen que se la eche de menos”.

En todo caso, la ingenuidad de Keynes, la sensatez de Russell, la genialidad de Lafargue, nos retrotraen a épocas en las que aún no se había perdido el sentido común, cuando aún se tenía el derecho a no estar loco. No porque el mundo no estuviera igual de loco, como atestiguan dos guerras mundiales y no pocas crisis económicas devastadoras, sino porque el sentido común no había sido todavía tan pisoteado. Aún no habíamos perdido tantas batallas, como demuestra el espíritu del 45 que Ken Loach inmortalizó en su magnífica película: “si el socialismo nos ha permitido gestionar la guerra, tiene que  servirnos para gestionar la paz”, se decía por aquél entonces. La segunda guerra mundial la habían ganado los comunistas. Pero es que también las grandes potencias aliadas, durante la guerra, habían sido socialistas a la hora de organizar su producción. ¿No podía hacerse lo mismo para organizar la paz? Sin duda, así lo demostró la Europa del Bienestar durante dos décadas. Pero había otra guerra en curso, la de la lucha de clases. Y un duro camino que recorrer hasta que el magnate Warren Buffett dijera su célebre frase: “naturalmente que hay lucha de clases, pero es la mía la que va ganando”.

La derrota estaba servida. El “socialismo del bienestar”, que existió en Alemania y los países nórdicos durante los años sesenta y setenta, como una especie de lujo que los ricos se podían permitir, ha sido derrotado. Y los intentos de hacer lo mismo que tuvieron los países más pobres, ensayando un socialismo compatible con el orden constitucional y la democracia, fueron machacados uno tras otro mediante un rosario de golpes de Estado, invasiones y bloqueos económicos. Ahora bien, por lo menos, no perdamos del todo la memoria y el sentido común. Recordemos qué es lo que ha pasado y no nos creamos más juiciosos que Keynes o Russell. Lejos de habernos librado del “problema económico” vivimos sometidos a una economía cada vez más chiflada, cada vez más vulnerable y cada vez más tiránica. Pero el que la economía se haya vuelta loca no implica que nosotros nos volvamos locos también,  olvidando  dónde está el problema. En esa época, ni las izquierdas ni las derechas habían perdido el juicio como ocurre actualmente (como empezó a ocurrir a partir de los años ochenta, cuando se inició la hegemonía neoliberal). Fue un autor católico bien de derechas, como era G.K. Chesterton, quien mejor describió el problema psiquiátrico al que nos veíamos abocados y lo hizo en 1935, poco más o menos en los años en la que han hablado Keynes y Russell. Conviene releer ahora su magnífico artículo Reflexiones sobre una manzana podrida. Dependiendo de nuestras convicciones religiosas -nos dice- podemos o no creer en los milagros. Y en los cuentos de hadas. Podemos creer que una planta de alubias puede subir hasta el cielo, pues al fin y al cabo que existan las alubias ya es un misterio bastante increíble. Pero lo que no puede ser es que cincuenta y siete alubias sean lo mismo que cinco. O que multiplicar panes y paces dé como resultado menos panes y menos peces. Una cosa es la fe o la credulidad y otra muy distinta la locura y el absurdo. “La historia de los panes y los peces no convence al escéptico, pero tiene sentido. Pero ningún Papa o sacerdote pidió jamás que se creyera que miles de personas murieron de hambre en el desierto porque fueron abundantemente alimentados con panes y con peces. Ningún credo o dogma declaró jamás que había muy poca comida porque había demasiados peces”.

Y sin embargo, nos dice Chesterton, “esa es la precisa, práctica y prosaica definición de la situación presente en la moderna ciencia económica. El hombre de la Edad del Sinsentido debe agachar la cabeza y repetir su credo, el lema de su tiempo: Credo qua impossibile”. La situación es tan absurda que “nos enteramos de que hay hambre porque no hay escasez, y de que hay tan buena cosecha de patatas que no hay patatas. Esta es la moderna paradoja económica llamada superproducción o exceso de mercado”.

El problema fundamental estaba ya previsto desde hace mucho tiempo por Aristóteles, que descubrió la “economía” al tiempo que nos advirtió de sus peligros. El mayor enemigo de la ciudad, de la polis, nos dijo, es la hybris, la desmesura, el infinito, la falta de límites. Y la economía corre demasiado el riesgo de devenir infinita. Un médico, por ejemplo, en tanto que médico persigue la salud del paciente. Su actividad tiene un fin que se completa y concluye con la sanación del enfermo. Por eso es muy importante que el médico no cobre dinero (o como ocurre hoy día en la sanidad pública, que cobre un sueldo fijo del Estado). Porque si el médico comienza a cobrar por sus curaciones, se habrá iniciado un proceso que no tiene por qué tener fin, pues el fin ya no es la salud, sino la ganancia y el ansia de ganancia no tiene por qué detenerse nunca, de modo que la salud o la enfermedad se convierten más bien en medios para seguir haciendo girar la rueda de los negocios. A este tipo de economía, Aristóteles le llamó “crematística” y la consideró con razón el mayor enemigo de la ciudad. Y su temor tenía mucho de profético, porque apuntaba ya a una situación en la que la sociedad entera estuviera sustentada por el infinito y la desmesura. Un monstruo tiránico para lo que todo serían medios de enriquecimiento. Ni en la peor de sus pesadillas, Aristóteles habría podido concebir el mundo actual, en el que la economía ha cobrado vida propia y tiene ya su propio metabolismo que en absoluto coincide con el de la sociedad y los seres humanos que la habitan.

Chesterton pone el mismo ejemplo: un hombre que vendía navajas de afeitar y luego explicaba a los clientes indignados que él nunca había afirmado que sus navajas afeitaran, pues no habían sido hechas para afeitar, sino para ser vendidas. Lo mismo que ahora los tomates, que ya no tienen porque saber a tomate con tal de que se vendan. Y así con todo lo demás. Durante los años 80, las vacas gallegas se alimentaron de mantequilla. Puede parecer absurdo desde un punto de vista humano, pues la elaboración de mantequilla lleva mucho trabajo y la mantequilla sale de las vacas. Pero desde un punto de vista económico resultaba de lo más sensato. Todas las empresas que fabrican mantequilla intentan agotar el mercado, de modo que acaba sobrando mucha mantequilla. La única salida a la crisis del sector es intentar imponerse a la competencia, procurando ser el último en quebrar, lo cual requiere fabricar masivamente más mantequilla al mejor precio. Y entonces se descubrió que las vacas alimentadas con mantequilla producían mucha más mantequilla. Al fin y al cabo, la mantequilla no se producía para engordar, sino para la venta. Ya lo había previsto Chesterton en 1935, porque en esos tiempos aún quedaba algo de sentido común: “Si un hombre en lugar de fabricar tantas manzanas como quiere, produce tantas manzanas como se imagina que el mundo entero necesita, con la esperanza de copar el comercio mundial de manzanas, entonces puede tener éxito o fracasar en el intento de competir con su vecino, que también desea todo el mercado mundial para sí”. La sed de ganancia introduce el infinito en la ciudad, la hybris hace reventar a todas las instituciones destinadas a administrar la modesta vida finita de los seres humanos. De hecho, en la actualidad, el infinito económico ya no cabe en este mundo, ha rebasado los límites de un planeta finito y redondo, y amenaza con hacerlo reventar. No podemos seguir creciendo un tres por ciento anual en un planeta como este, que más bien decrece por agotamiento de sus recursos.

Pero el diagnóstico de Chesterton, siendo genial como es, también tiene algo de ingenuo, aunque menos que el de Keynes o Russell. “El comercio”, nos dice, “es muy bueno en cierto sentido, pero hemos colocado al comercio en el lugar de la Verdad. El comercio, que en su naturaleza es una actividad secundaria, ha sido tratado como una cuestión prioritaria, como un valor absoluto”. Es como si el Dios del Génesis, en lugar de contemplar su creación y ver que las cosas eran “buenas”, hubiera exclamado que eran “bienes” destinados a ser comprados y vendidos de forma generalizada. En esto tiene toda la razón, por supuesto. Pero Chesterton se olvida de explicar por qué el mercado se ha convertido en un amo, en lugar de seguir siendo, como le correspondía, un buen esclavo. Marx, en cambio, sí se empeñó en intentar explicarlo  y concluyó que se debía a una estructura de la producción, impuesta a sangre y fuego en los anales de la historia, a la que había que llamar “capitalismo”. Si llamamos “comunistas”, ante todo, a los que se empeñaron en luchar contra  esa estructura capitalista, no cabe duda de que, en ese sentido, los comunistas tenían (teníamos) toda la razón. Pero no vivimos en un mundo de fantasías, sino enfrentados a la cruda realidad. Hace ya tiempo que perdimos la batalla de los hechos. Pero, por lo menos, que no nos hagan también perder el juicio. El capitalismo existe. No es la economía natural del ser humano. Es un sistema particular, que tiene su propio metabolismo, cada vez más neurótico, cada vez más vulnerable a todo tipo de virus y bacterias, pero que sigue siendo infinitamente poderoso, por lo que, probablemente no acabará más que llevándose todo por delante.  No parece probable que  el capitalismo, en su demente evolución, nos vaya a traer el comunismo, como creyeron las filosofías de la historia marxistas del siglo XX. Es más probable que nos traiga el Apocalipsis, si no es que ya vivimos en él.

Hace ya varios siglos que la humanidad contrajo un virus fatal, una especie de pandemia económica a la que, hoy en día, podríamos llamar “coronacapitalismo”. Ese virus respira con más fuerza que todos nosotros juntos. Como una metástasis cancerosa tiene sus propios objetivos y no se preocupa demasiado del cuerpo de la humanidad, al que acabará por exterminar,

(Cuarto Poder)

11 pensamientos en “El coronocapitalismo. Por Carlos Fernández Liria

  1. Que jodida “verdad”, pero verdad al fin y al cabo, vivimos ” en una borrachera de padre y muy señor mio”, vivimos en una cabrona Matrix, por suerte hay quien nos recuerda el tubo que hay que desconectar. Gracias por esto.
    Saludos

  2. No es difícil coincidir con Carlos, tras la lectura del artículo, en que el problema es el coronacapitalismo, del que el coronavirus sería una de sus perversas manifestaciones, en esta versión crematistica de la economía, en palabras de Aristóteles, donde los procesos económicos tienden hacia el infinito, a través de la acumulación sin límites en un pequeño planeta de recursos limitados.

    Con sobrada razón, el genio griego consideraba la hybrid (desmesura, infinito) como el mayor enemigo de la polis y no cabe la menor duda de que la mentalidad capitalista es la medusa de cien tentáculos que crece ilimitadamente como si el infinito pudiera sustentarse en una pequeña partícula cósmica: el planeta Tierra.

    Sí, como apuntan las investigaciones, el hombre es originario de Africa, donde disfrutaba de una dieta omnívora todo el año y vivía de forma itinerante, habría que concluir que su inclinación hacia la acumulación de útiles y comida debió ocurrir en alguna etapa avanzada de su expansión por regiones marcadas por las estaciones y que empezó a hacerse sedentario probablemente cuando se hizo recolector de alimentos no perecederos y, sobre todo, cuando descubrió el cultivo de cereales y legumbres, que se podían almacenar durante mucho tiempo, lo que posibilitó la existencia de grandes comunidades y civilizaciones. De hecho, la existencia de culturas tan complejas como las mesopotámicas se explica por el cultivo de cereales como el trigo y el centeno o legumbres como el arroz, mientras que en China fue el arroz y en América el maíz.

    No es difícil de entender que estás culturas acabaran por conquistar y destruir al resto al disponer de alimentos que se podían almacenar en grandes cantidades todo el año, generando así un excedente que posibilitó la división del trabajo y la existencia de clases sociales en complejos núcleos residenciales. Existiría ya por entonces la crematistica, que Aristóteles consideraba responsable de los procesos catabólicos de la polis, al incurrir en la desmesura y tender hacia el infinito?

    Nada ha arrastrado más al hombre a incurrir en la desmesura y a tender hacia el infinito en un pequeño planeta de recursos limitados que la religión. En la cultura egipcia clásica eran legión los que vivían como esclavos y muchos los recursos dedicados a la construcción de tumbas descomunales para albergar los restos en descomposición de unos pocos individuos. Qué utilidad podía tener desde un punto adaptativo? La única explicación racional es que esa competencia intraespecifica, que describió magistralmente Konrad Lorenzo y que acaba produciendo graves efectos hipertroficos (la imposibilidad de volar en algunas aves), logró aglutinar a mucha gente en una compleja civilización que, de otro modo, jamás habría existido. Valió la pena? Qué sentido tiene tanto sacrificio con un inútil propósito religioso para los privilegiados de aquella sociedad?

    Si enorme e inútil han sido los sacrificios del ser humano por culpa de las religiones, no lo ha sido menos esa otra forma de desmesura que es el capitalismo, en que la acumulación hacia el infinito acaba convirtiéndose en síndrome de Diógenes, pues esta es la apreciación que nos debe merecer la acumulación de dinero físico y virtual, que amenaza con convertir el mundo en un enorme vertedero de cosas inútiles y que nos convierte a los humanos y resto de seres vivos en mercancías de usar y tirar.

    Al ser el trabajo un coste de producción bajo el capitalismo, no debe sorprendernos que sea una forma de esclavitud y que tienda a condenar al hombre al nivel de subsistencia. Puesto que la tecnología y la ciencia hacen cada día más productivos el factor trabajo, debería redundar en mejores condiciones de vida para el trabajador y jornada más reducida. Pero ello colisiona con el hecho de que el trabajo es un coste, como lo son los medios de producción y a los capitalistas les gustaría que su dinero fuera productivo por si mismo a través de la especulación. Por ello, no es cierto que creen empleo sino que crean plusvalías. Lo destruirían todo o sustituirían por máquinas si favoreciera su plusvalía. La sociedad del ocio que plantean Bertand Russell y Lafargue ni tienen cabida bajo el capitalismo.

    Entre las reflexiones que podemos hacer en tiempos de coronacapitalismo es que este virus bien podría ser un invento de la hegemónica economía virtual para maximizar plusvalías afectando a la economía real. No olvidemos que, de cada 10 dólares que circulan en la economía, sólo 1 circula en la economía real, que está colapsada por la sobreproducción, ambicionado las grandes rentas de capital y corporaciones fagocitar a la pequeña y mediana empresa, conquistar nuevos mercados, acabar con los procesos emancipatorios. La tentación de buscar la maximización de beneficios atacando a la economía real parece pues muy poderosa.

    Pensemos que hay fondos de inversión que manejan cifras astronómicas, como Blackrock, con una cartera de 7 billones de dólares (siete veces el PIB de España). No importa si los grandes propietarios de las rentas de capital lo son también de la economía real. Saben que atacando a esta eliminan a la competencia y le sacan máxima rentabilidad a los fondos de inversión si la crisis la pagan los trabajadores vía presupuestos públicos privatizando las pensiones o rescatando las bolsas, donde la grandes corporaciones elevan artificialmente el precio de sus acciones con la recompra. Un desastre en toda regla que hace inviable una vida digna en la polis, condenándolo a toda clase de plagas bíblicas y de última generación, como la COVID-19. Los ricos pueden ponerse a salvo del virus mediante el aislamiento mientras los trabajadores, autónomos y los que operan en economía sumergida (legión en América Latina) pagan con su salud y vida, generando el estado de shock necesario en economía real para que las rentas de capital logren su objetivo.

  3. Me refería en mi comentario a legumbres como las lentejas, mientras en América fueron los frijoles los que, asociados a diferentes cereales, permitieron el surgimiento de las grandes civilizaciones clásicas en el mundo, que arrasaron al resto y crearon pronto sus fórmulas catabólicas o crematisticas, y así ha seguido el mundo hasta el día de hoy, sin que hayamos logrado hacer realidad un proyecto equilibrado y humanista de polis, al estilo de lo que plantearon Platón y Aristóteles.

  4. Hace un tiempo atrás escribí sobre el libro de Harari, que “inesperadamente” después de tres años sin pena ni gloria se convirtió en un bestseller, su idea de cómo evolucionamos viene bien al Capitalismo de hoy, “la capacidad de inventar una realidad” y compartirla socialmente hizo que prevalecieramos frente a otras especies, y llegáramos hasta acá. Lindo regalo la de este “historiador” para perpetuar el status quo, pero no es el único, somos bombardeados diariamente con ideas parecidas.
    http://lalunadenoka.blogspot.com/2018/03/cuando-al-sapiens-lo-embrutecen-todos.html?m=1
    Saludos

  5. No entiendo exactamente lo que Keynes nos
    quería decir con que dentro de unos cien
    años, los recursos dejarían de ser escasos.
    Bueno, las materias primas sobraban
    en comparación con nuestro tiempo, y el
    Reino Unido aún tenía sus colonias.
    Ahora, con la circulación casi paralizada
    en todo el planeta, la carrera por las mate-
    rias primas dió un frenazo: los países de
    la OPEP decidieron recientemente bajar
    la producción de crudo para evitar unos
    excedentes enormes.
    El economista británico se refirió enton-
    ces a los recursos humanos. Pero para
    realizar las próximas innovaciones téc-
    nicas ahorradoras de mano de obra, se
    necesitarían con frecuencia unas mate-
    rias primas especiales – como fue y
    sigue siendo el caso del cobalto y del
    silicio, imprescindibles para la electró-
    nica comunicativa de la que todos dis-
    frutamos hoy. De las consecuencias
    para la RD de Congo y Bolivia, ya sabe-
    mos de sobra.
    Se llevó a cabo un experimento con
    resultado – el así llamado socialismo
    científico, de economía cien por ciento
    planificada. Su puesta en práctica en
    una sexta parte del planeta, durante
    la Guerra Fría, causó precisamente
    una deceleración, tanto de la produc-
    tividad como de la innovación(la tec-
    nología militar soviética siempre apar-
    te) – pero incluso del ritmo laboral in-
    dustrial: las esperas de plantillas en-
    teras por alguna u otra pieza de ma-
    quinaria que faltaba, llegaron a ser
    un fenómeno habitual. En aquellos
    largos ratos los obreros, efectiva-
    mente, tenían el tiempo para perma-
    tirse un trago si algún pícaro lograra
    llevar consigo, a la chita callando,
    un botellín de vodka – y hasta para
    cantar y recitar poemas. Una con-
    quista – aunque involuntaria, con-
    traria a la moral estajanovista ofi-
    cial.
    Pero dentro de la organización co-
    munista rusa Sut Vrémeni hay voces
    que claman en contra de la econo-
    mía toda planificada y por una mix-
    ta – industrias claves, de materias
    primas y de tecnología puntera,
    públicas, y la pequeña y mediana
    empresa, privadas, e incluso una
    importación selectiva (según la
    intervención de un integrante de
    la comuna nuclear, Yuri B, v. la
    pág. 207, en la última obra de
    Sara Rosenberg, ‘La voz de las
    luciérnagas’, Ed. Akal-Foca, Ma-
    drid 2018). Todo un concepto
    socialista no alineado a la más
    clásica. Si esta ‘URSS 2.0’ pueda
    conseguir incluso la jornada de
    cuatro horas, vamos a ver. El
    desafío se halla en la necesidad
    de una cooperación inteligente
    con unos socios comerciales de
    ética de trabajo confuciana – Chi-
    na, Japón, las dos Coreas y Mon-
    golia – afortunadamente consoli-
    dada en Siberia ya desde hace
    un cuarto de siglo.
    El ocio creador es incluso un con-
    cepto filosófico elaborado por
    un latinoamericano – el escritor
    uruguayo José Enrique Rodó.

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  8. De seguirse consintiendo que la economía se contagie con el coronacapitalismo, lo que van a administrar los nietos, biznietos y tataranietos de Keynes (ahora con Milton Friedman como director de orquesta) ya no van a ser recursos abundantes en jornadas de trabajo de 15 horas semanales sino las deudas impagables de sus progenitores y un planeta inhabitable y esquilmado. Si algo ha dejado claro el coronacapitalismo es que utiliza cualquier objeto para hacer copias de sí mismo, para producir capital, que es el fin último y único del capitalismo.

    Sería bueno que nos fuéramos dando cuenta de esta fatalidad antes de que el planeta Tierra se convierta en un agujero negro de capital deuda en busca inter e intragaláctica de algún planeta de pardillos a los que endosarles la responsabilidad de pago. Ya tenemos 9/10 partes de la economía en situación virtual, por lo que no debe sorprendernos que se esté aprovechando este poder asimétrico para convertir cada vez una mayor proporción de economía real en virtual, que es la que mayor tasa de ganancia proporciona en forma de capital, siendo irrelevante que sea tangible o intangible.

    Alguien podría explicarnos el valor adaptativo y el virtuosismo del capital replicante, que todo lo convierte en dinero físico o electrónico, inclusive al propio ser humano, si se pudiera interpretar que la nueva versión del COVID-19 utiliza a nuestra especie estratégicamente para contagiar a la economía real? Para que necesitamos que 9 de cada 10 dólares sean capital circulante en busca de su replicante crecimiento? Por qué consentimos que instituciones no públicas como los bancos o la Reserva Federal sean incubadoras de coronacapitalismo?

    Cada vez que un banco concede un préstamo crea dinero, de ahí que no deba extrañarnos que el Banco Central Europeo tenga prohibido prestar directamente a los estados de la UE, haciéndolo a través del lobby bancario, que consigue así replicarse a gran velocidad, haciendo de los intereses de la deuda una de las mayores e indigestas partidas presupuestarias, con carácter preferente a derechos como la salud o la educación. Gracias a la COVID-19, lo que más se va a replicar va a ser el virus del capital, que ya se está creando en cantidades industriales, además de que se está dando servicio a buena parte de ese capital circulante, con la esperanza de ampliar pronto el contagio a una parte creciente del capital de sangre roja perteneciente a las rentas de trabajo y del sector público (como las pensiones públicas y parte de los tributos directos a través de los correspondientes recortes).

    Cuando el coronacapitalismo lo infecte y lo transforme todo en capital virtual, lo que va a quedar para las generaciones futuras van a ser las deudas de sus progenitores. Para entonces y como diría Lafargue, sería preferible que no naciera nadie o que nos invadiera la peste, que quizás sería lo único que podría librarnos del virus de homo económicos capitalista. Para el yerno de Marx, la peste era preferible a las “bondades” de la revolución industrial, que condenaba a niños mujeres y adulto a la peor y más nociva forma de esclavitud de la Historia, que provocaba terribles crisis de sobreproducción para las que sólo existía una solución: guerras de descaste y de conquista de nuevos mercados. Hasta cuándo?

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  10. Hola, excelente nota, muy esclarecedora, este es sin dudas un tiempo bisagra, de aquí en adelante solo queda el cambio de rumbo, o nos vamos todos al tacho.

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