“Una invitación a estarse atentos”. Por Eliseo Diego


Este 2 de julio, Eliseo Diego, uno de lo más grandes autores de la literatura cubana y extraordinario poeta de nuestra lengua, cumplirá cien años. Siempre es una maravilla leerlo, pero ojalá su centenario facilite que aquellos que no lo han hecho lo disfruten, y que quienes ya lo conocen, revisiten su obra. A continuación, el prólogo a uno de sus primeros poemarios “Por los extraños pueblos”, que publicamos por deferencia de su hija, la escritora Josefina de Diego.  

Fue escrito este libro para mi madre, y para mis hijos, Constante Alejandro, Eliseo y Josefina. A los que quisiera decir enseguida cómo sucedió que teniendo ganas de leerlo, y no hallándolo, así completo, por más que lo busqué en muchos sitios diferentes, decidí por fin escribirlo yo mismo. Pareciéndome que habrá otras razones más graves para hacer un libro, pero ninguna más legítima.

Y ya escrito, y no hallando una bastante para publicarlo —siendo en cuanto a los demás tan riesgosa la que me llevó a escribirlo—, y deseando justamente poner estas palabras en la primera página; penque quizás podría ser útil, no a mis hijos, que para ellos fue escrito, sino a cualquier otro muchacho que ahora estará oculto. Esto pensé, sabiendo que un libro anterior sirvió a quien era entonces un niño, o poco más, y es hoy para mí un amigo, y un poeta que nos agranda el tiempo. Porque en esto ya no tengo dudas: o un libro es útil o no vale la pena, y cuando decimos que no sirve ¿habrá algo más tremendo? ya lo decimos todo.

¿Y para q sirve un libro de poemas?, preguntarían ahora, obedientes, mis hijos. Servirá para atender, les respondería. Maestros mayores les din, en palabras más nobles o más bellas, q es la poesía; básteles entretanto si les enseño que, para mí, es el acto de atender en toda su pureza. Sirvan entonces los poemas para ayudarnos a atender como nos ayudan el silencio o el cariño.

No es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, sino para dar testimonio. A lo que Dios me dio en herencia he atendido tan intensamente como pude; a los colores y sombras de mi patria; a las costumbres de sus familias; a la manera en que se dicen las cosas; y a las cosas mismas oscuras a veces y a veces leves. Conmigo se han de acabar estas formas de ver, de escuchar, de sonreír, porque son únicas en cada hombre; y como ninguna de nuestras obras es eterna, o siquiera perfecta, que les dejo a lo más un aviso, una invitación a estarse atentos. A estar, mejor que estuve yo nunca, en lo que Dios nos dio en herencia.

 

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