El arte callejero y revolucionario de Banksy. Una exposición en París. Por Patricia Pérez Pérez


Impregnado del genio artístico de Blek le Rat e influenciado por la rabia creativa de Jean-Michel Basquiat, sus policías armados nos miran con caras versión smileys en uno de los más opulentos hoteles de Las Vegas (Palms Casino Resorts); cuadros suyos se infiltran en la Tate Gallery o en el British Museum, en el MOMA o en el Louvre, colocándose con mensajes graciosos o irónicos al lado de otras grandes y reconocidas obras maestras; la subasta de su célebre Soup Can versión « Tesco » (más barata que la Campell), en Auckland, relega a un segundo plano las obras de Picasso y de Andy Warhol, y su muñeco de talla humana con uniforme naranja y capucha, como los prisioneros torturados en la Base naval de Guantánamo, se inserta hora y media y sin permiso en el decorado de las montañas rusas del gran parque de Disneyland, en California, haciendo correr tras el invisible autor de los hechos a los agentes del FBI en 2006.  

El arte incisivo, reivindicativo y poético del anónimo Banksy, cuyo rostro e identidad reales siguen siendo prácticamente un misterio, se mofa de las guerras y del capitalismo, cuestiona las decisiones de los estados, se rehúsa a adentrarse en los estrechos límites de los museos (y a ver a la gente pagar por ellos), rechaza las fronteras impuestas por la alta monetización del mercado del arte y traspasa las barreras a menudo infranqueables que dividen a los hombres, como el indecente muro construido por Israel, que convierte a Palestina en una gran prisión a cielo abierto. Allí dejó Banksy algunas de sus más conocidas obras (2005, 2007, 2015) y puso a disposición del público en internet las fotos y minidocumentales de sus peregrinaciones en Gaza. Su variación de la célebre foto de Nick Ut mostrando a la niña de 9 años quemada con napalm durante la guerra en Vietnam, nos ofrecía ya en 1994 una visión aun más crítica de esa realidad monstruosa, al insertar en forma de denuncia, a cada lado de la menor, las figuras sonrientes e inquietantes de Mickey Mouse y un Ronald MacDonald, llevándola cada uno del brazo y con cinismo hacia ningún lugar. Banksy subrayaba, con apenas 20 años, la complicidad entre los monopolios y un gobierno cuyo ejército ha sido el que más reiteradamente ha utilizado ese tipo de armas para la destrucción de ciudades y poblaciones civiles en el mundo.

Napalm, Banksy, 1994, Imagen sacada de su libro Wall and piece (2005: 111)

La exposición de Banksy (sin Banksy) en París

Es por la trascendencia que ha alcanzado durante las dos últimas décadas su joven y genial producción artística que el Espacio Lafayette-Drouot, situado en distrito 9 de la capital francesa, acoge actualmente la exposición « El mundo de Banksy », dedicada al movimiento de Arte Callejero o Street Art y a su mítico y escurridizo maestro de Bristol (Inglaterra). La exposición, que mezcla imágenes y sonido, inaugurada en 2019, se prolongará hasta el 31 de diciembre de 2020, revelándole al público francés e internacional unas 100 copias de obras suyas, reproducidas en talla real por una decena de artistas del mundo entero (también anónimos) en un espacio de 1200 m².

Las imágenes « banksyanas » han sido reunidas en las diferentes salas, clasificadas según los países que las acogen y se acompañan, en el caso de los murales, de fotografías tomadas en los sitios en que fueron realmente producidas. Aun si estas copias se hallan inmersas en un universo ajeno al que escogiera su creador al realizarlas, —lo que en cierta medida resta algo de autenticidad al conjunto—, se espera sin embargo que el visitante pueda reconstruir con tal muestra gran parte de la trayectoria del artista y su manera de adaptar constantemente su arte mural a los espacios y a las reivindicaciones que requieren los tiempos modernos que ha vivido.

En la entrada del recinto parisino se puede leer : « Si usted está sucio, es insignificante y mal querido, las ratas son su único modelo de referencia ». Dicha frase, además de ser un guiño a uno de los motivos que junto a los monos, los niños y los policías es uno de los más conocidos y recurrentes de Banksy —y de ser un anagrama de ‘arte’ en inglés (rat-art) —, realza de inicio el compromiso a la vez plástico, social y ético característico de la narrativa del artista que, en su « homenaje a los olvidados de la historia » como lo quiso Agnès Varda en su película Murs Murs (Muros Muros o Murmullos), es el heredero de otros grandes muralistas y creadores del arte callejero francés y mundial.

La exposición se compone de más de cincuenta célebres serigrafías y de recreaciones de las obras callejeras más conocidas del artista, conjunto que permite al visitante viajar a través de los países y ciudades del mundo que han acogido sus creaciones: Inglaterra (país natal de Banksy, donde se concentra la mayor parte de su producción), Estados Unidos, París, la ciudad de Belén en Cisjordania. Atrapado por sus temáticas recurrentes y provocadoras, sus recursos más utilizados como la sátira y el oxímoron (figura principal de su retórica como en Rage, the flower Thrower), el visitante activo decodificará un poderoso universo referencial donde la ironía, la inversión de perspectivas, el irreverente sarcasmo y los contrastes cuestionarán tal vez sus prejuicios y otros « preconstructos » sociales, solidarizándolo quizás con los mensajes críticos y de paz dejados reiteradamente por Banksy en el espacio público.

El conocido Rage, Flower Thrower ‒que también hallamos en la portada de su libro Wall and Piece, de 2005 (descargable en pdf en internet)1‒ a pesar del título (Rabia), es un grito por la paz, doblemente admirable por el hecho de haber sido plasmado por el artista en las condiciones adversas de un entorno plagado por la tensión y porque el agitador enmascarado de Banksy intenta romper el conocido círculo vicioso de la violencia, lanzando un esperanzador ramo de flores en lugar de una piedra o de un coctel molotov.

Múltiples son los temas y mensajes presentes en la exposición parisina, los mismos que, como un arma de destrucción masiva ante la indiferencia, ha dejado Banksy en sus cuadros o en las calles del mundo con la maestría de sus aerógrafos y plantillas (o esténciles), ya sea contra la guerra o el uso de las armas, contra la pobreza, contra el racismo y la xenofobia, contra la mafia y el terrorismo, contra la deforestación o el abuso animal, contra el mal gobierno y, de manera general, contra las consecuencias del desorden implantado a escala mundial por el capitalismo. Pero ese todo kafkiano se acompaña también de imágenes donde no escasea el humor, la poesía o los mensajes de esperanza tan necesarios para encarar las realidades del mundo de hoy.

Video filmado por Banksy en Gaza, después de los bombardeos de 2014.”Este año TÚ descubrirás un nuevo destino. Bienvenido a Gaza”.

Contra el establishment y el mercado del arte

En un mundo mediatizado, « peopolizado », que ansía sin mesura verlo y saberlo todo, Banksy hace de su invisibilidad y de sus mensajes un arma insolente, subversiva. « ¿Qué tú miras ? », le asesta con uno de sus grafitis a una cámara de vigilancia en Londres. Si Inglaterra le rinde culto a Lady D, Banksy imagina en 2004 un falso distribuidor de dinero, con billetes falsos de 10 libras, creados por él con la imagen de la princesa y acompañados de la graciosa inscripción : «Banksy of England». Cuando la multimillonaria Paris Hilton lanza su primer disco, Banksy inserta discos falsos, con falsos títulos de canciones en tono de burla (¿Para qué sirvo ? ¿Por qué soy célebre ?) en los estantes de las tiendas. En 2015, deja su mensaje a favor de los más de 4500 inmigrantes asinados en la « jungla » de Calais, pintando –a modo de ejemplo subversivo de los estereotipos‒, a un conocido un hijo de inmigrados sirios que aportó grandes beneficios económicos a los Estados Unidos: el fundador y líder de Apple, Steve Jobs.

Banksy transforma el naufragio de La Balsa de la Medusa de Theodore Gericault (1818) en patera para criticar el maltrato de los inmigrantes en esa ciudad del norte francés; pinta una «Cosette que llora» por culpa de los gases lacrimógenos, a solo unos metros de la Embajada de Francia en Londres (enero 2016). Retoma así uno de los temas que había insertado el año anterior en un parque de atracciones paródico y distópico llamado Dismaland, situado en el pueblo costero de Weston-super-Mare, donde falsas barcas llenas de refugiados flotaban en un estanque mientras los empleados llevaban grandes globos negros proclamando «soy un idiota». Allí exhibió juntas las obras de tres artistas palestinos y tres israelíes, con el fin de generar un posible diálogo entre ambas partes. En una entrevista exclusiva y en grupo reducido, el artista aseguró que no se trataba de un parque en contra de Disney, sino de «un parque temático cuyo tema principal es que los parques temáticos deberían tratar temas más serios», según lo refiere el periódico Luxemburger Wort1. El spot publicitario inquietante de ese parque lúgubre cuya traducción es « tierra deprimente » (Dismaland) fue asumido por Banksyfilms en Youtube.

Incontables son las anécdotas que pululan en torno al andar de este Robin Hood del arte callejero: todas las exposiciones de su obra en el mundo (Nueva York, Roma, Moscú, Bélgica, París…), tienen lugar sin él. En 1999, en el momento de la inauguración del club londoniano Fabric, Banksy cubre las paredes del baño con un graffiti y termina en prisión, pero tiempo después de su liberación, regresa allí y hace otro de mayor envergadura que hoy está protegido y vale grandes sumas de dinero. Su versión desacralizadora del Éxtasis de la beata Ludovica Albertoni (de Bernini, 1671-74) acompañada de una Coca Cola y una hamburguesa de Mc Donald’s (2008) fue cubierta en Nápoles por otro grafitero (Hus) en 2010. Los habitantes de la ciudad lanzaron entonces una petición para salvar la Madona de la pistola, otra de las dos únicas imágenes dejadas allí por Banksy, la cual ha sido felizmente protegida con un marco de madera y un cristal desde 2016. Su presencia inaudita en la pasada Bienal de Venecia (que ya hemos comentado en otro trabajo en este blog) se ganó, por su relevancia e irreverencia, toda la atención del público.

Los alumnos de la primaria Bridge Farm, en Whitchurch, votaron masivamente a favor de darle a uno de los pabellones de la escuela el nombre del artista de Bristol. Para mostrar su agradecimiento, Banksy aprovechó las vacaciones escolares para adornar una de las paredes del patio con una obra de su propia cosecha que se salvó in extremis de ser borrada en el momento del regreso a clases, gracias a un caluroso mensaje dejado allí por el artista.

Pero el coup de maître más espectacular de Banksy, que a nuestro juicio supera las peripecias anteriores, fue la mala pasada que le jugó a la Sotheby’s en octubre de 2018. En el momento de la venta de la obra Girl with balloon, subastada por 1,18 millones de euros (el triple de lo previsto y un récord para el artista), sus cómplices presentes en la sala activaron por control remoto un mecanismo que el mismo Banksy había escondido en su interior y la obra se autodestruyó. El creador difundió un video en la red social Instagram del momento en que el papel, inspirado en una obra previa (la del muro del South Bank de Londres, 2002), se hace trizas al pasar por una trituradora instalada en la parte inferior del marco. Sin embargo, la compradora mantuvo su oferta y la obra le fue asignada con un cambio de nombre : Love is in the bin (El amor está en la papelera) siendo ahora denominado como el primer trabajo artístico de la historia que se crea en vivo durante una subasta, comparado por la Gagosian Gallery con el Erased de Kooning Drawing de Robert Rauschenberg. Banksy, además de asumir su gesto recuerda que incluso en una venta de prestigio todo su arte es efímero.

Un grupo de obras, como su crítica al espionaje telefónico del estado inglés, su monumental mural antiBrexit en Douvres (2017), donde un obrero rompe una estrella de la bandera europea a golpe de cincel, han sido borradas sin miramientos por el gobierno inglés, pero el mensaje crítico de Banksy perdura en las conciencias de los habitantes o de sus seguidores y sus fotografías siguen existiendo numéricamente en diversos sitios de internet. Algunos de sus grafitis, vandalizados pocas horas después de su realización, han sido salvados por gente del pueblo como el Draw the raised bridge, recuperado gracias a la acción inmediata de un limpiador de cristales en el condado de Yorkshire.

Banksy, su compromiso político y su relación con Francia

La obra de Banksy es cada día más apreciada por el público europeo y mundial por ser representativa de las inquietudes y reivindicaciones de las mayorías, por su tono poético y sus constantes mensajes de paz; pero a la vez inquieta y molesta a aquellos cuyas certidumbres e intereses económicos o políticos pone públicamente el artista en tela de juicio mediante guiños irónicos que intentan “animar a la gente a pensar”. Si bien Banksy ha debido vender algunas de sus realizaciones para su sustento, mucho le ha regalado al público, concientizándolo con su arte o simplemente alegrándole la vida, como lo hizo con varias de sus obras murales creadas en Gaza y en Cisjordania para el pueblo palestino.

En 2014, Banksy muestra de nuevo su creciente capacidad de creación y su compromiso ético cada vez más asumido, dibujando una juvenil pareja que se abraza mirando cada uno hacia su respectivo móvil en la puerta de una asociación destinada a los jóvenes de Bristol, salvándola así de la bancarrota.

Durante la celebración de la primera exposición en Inglaterra de la obra de Basquiat (2017), gran artista y grafitero neoyorkino que como él pintaba en los vagones del metro y se burlaba de las galerías de arte, Banksy le dedica dos de sus obras. En una de ellas reproduce un retrato célebre (Boy and Dog in a Johnnypump) del estilo neoexpresivista y primitivo del estadounidense (hijo de haitiano y puertorriqueña, fallecido a los 27 años), mezclándolo hábilmente con dos policías característicos del suyo. Por medio de esa «colaboración no oficial» en un área externa del museo, el artista reafirma su solidaridad con los artistas callejeros y los afrodescendientes, y lanza su crítica al poder al imaginar —según se lee en un mensaje dejado en Instagram— la entrada que quizás los policías del Metropolitain le habrían reservado al artista de haber podido asistir a una muestra tan relevante e inspiradora como la suya propia.

En junio de 2018, en fechas cercanas al Día Mundial de los Refugiados y conmemorándose los 50 años del levantamiento social de 1968, el arte de Banksy invade las calles de París para exponer y nuevamente denunciar la violencia, el racismo, el antisemitismo y las posturas intolerantes del gobierno francés, aquellas que apenas unos meses más tarde desembocaron en la llamada crisis de los chalecos amarillos. Al lado de la Sorbona sorprende con la imagen de un hombre cruel vestido de negro quien después de serrucharle la pata a un perro que aun sangra le da de roer al animal su propio hueso, imagen que bien podría ser una alegoría del poder. Otra obra en la avenida de Flandes, inspirada en la hagiográfica imagen de Jacques-Louis David («Bonaparte cruzando el gran Saint Bernard »), esconde al jinete caballeresco que bajo una capa roja nos observa y nos cuestiona, tomando el aspecto de un héroe medieval o de un Abdala cuya identidad (singular como la de Banksy o plural como la del pueblo) aun está por revelarse.

Una silueta con cara triste sobre una de las puertas de auxilio del Bataclán, sala de espectáculos que fuera el blanco de un ataque yihadista el 13 de noviembre de 2015, lleva también el signo de la solidaridad de Banksy con las más de noventa víctimas del cruel atentado. La puerta fue cortada con una sierra y robada en la noche del 25 al 26 de enero del 2019, incrementando la fama del ya consagrado artista. Uno de los policías presentes en el rescate de las víctimas del Bataclán, conmovido por tan lamentable gesto, estuvo a cargo de las investigaciones internacionales que el pasado 10 de junio de 2020, lo condujeron tras la pista del culpable hasta Italia, donde la puerta felizmente fue encontrada y recuperada.

Otra obra parisina apareció sin firma (como ya es costumbre) en junio de 2018 con el estilo distintivo del pintor callejero inglés. La imagen, una de las más criticas y conmovedoras obras de Banksy en París, representa a una niña que intenta cubrir con repetidos motivos rosa la negrura de una esvástica.

Realizada con toda intención en un espacio próximo a la Puerta de La Chapelle, no muy lejos del antiguo Centro de Primera Acogida a los Refugiados, esta imagen nos hace volver sobre los pasos de otro de los grandes artistas que inspiraron a Banksy, gran maestro y precursor del arte callejero a nivel mundial (paradójicamente más conocido como Street art), quien además del francés Blek le Rat, ha sido una de las grandes influencias en la obras del misterioso artista británico y de otros artistas como JR. Sus temáticas, estilos y reivindicaciones deben mucho a las que en un pasado no muy lejano desplegó en las calles de Francia y del mundo Ernest Pignon-Ernest, cuyas obras más célebres nos conducen al racismo «institucionalizado» de una Niza hermanada con la ciudad del Cabo durante el Apartheid, a la representación de los hombres y mujeres desempleados de Calais, a la permanencia de la violencia de todo tipo en el París de 1971 y, lo que es mucho más sorprendente aun, a la admiración que su arte de revelar a los invisibles produjo en otro artista e intelectual cubano : el gran Alejo Carpentier.

 

La exposición dedicada a Banksy en París integra, además, la reconstitución de lo que consideramos su esfuerzo más honorable para dar visibilidad a uno de los conflictos más largos de la humanidad y una clara expresión de la responsabilidad que asume plenamente el artista ante el martirio del pueblo palestino: el Wall Off Hotel. Inaugurado un siglo después del inicio dela intervención británica que ha generado tantos conflictos a estas tierras (2017), este establecimiento cuyo eslogan publicitario es «la peor vista del mundo», está situado frente al muro que separa la ciudad de Belén de Israel. El sitio fue escogido por el grafitero para denunciar con su celebridad la inhumana ocupación israelí de los territorios palestinos y para atraer al turismo, indispensable a la supervivencia de las poblaciones en constante asedio en esa región del mundo. Con los beneficios obtenidos (venta de souvenirs, alquiler de nueve habitaciones) Banksy contribuye a la financiación de varios proyectos locales.

Para acercarnos mejor a la realidad histórica y estética de ese hotel en Cisjordania, el Espacio Lafayette-Drouot nos permite entrar en la única habitación del Wall Off Hotel que ha sido reconstituida fielmente, y en la que el peso de la guerra y del muro de Israel en Cisjordania gana en ligereza con un fresco que muestra una pueril batalla, donde un representante de cada parte se defiende con un almohadón de plumas, juego de niños que por su simbólica cercanía con otro cuadro desvía la atención sobre otra prisión, tristemente célebre, al recrear un mar poco paradisíaco y un sol que arroja una luz penetrante sobre otros condenados de la tierra cuya mirada invisible interroga al espectador como esperando una respuesta lógica para su condición de náufrago de la humanidad y de la justicia.

En el pasado mes de mayo, ante la trágica realidad que vive el mundo azotado por la pandemia de la Covid 19, Banksy rindió homenaje al personal médico con la obra « Game Changer », dándole a las enfermeras ‒verdaderas heroínas del presente– la importancia que se merecen en uno de sus lienzos, donde pone simbólicamente de lado a Batman y a Spiderman, arquetipos creados por la sociedad de consumo. Unos días después (el 6 de junio), conmovido por el asesinato de Georges Floyd en Minneapolis (25/05/2020), Banksy compartió con sus seguidores de Instagram una foto de otro lienzo en homenaje a la memoria del joven estadounidense, acompañado de un mensaje de denuncia al supremacismo blanco que lo llevó a la muerte:

« […] Al principio pensé que tenía que callarme y escuchar a los negros sobre este problema. ¿Pero por qué haría yo eso? No es su problema, es el mío. El sistema ha fallado con la gente de color. El sistema blanco » […] (Banksy, Instagram).

A modo de conclusión

La fakeexposición El mundo de Banksy, prevista anteriormente hasta finales de junio pero alargada por causa de la Covid-19 hasta diciembre, hace resaltar la estrechez del recinto que la acoge para abarcar con nuestros sentidos la totalidad del alcance de su obra. Pero fuera del interés comercial y especulativo que hay detrás de cualquier evento como este, denunciado por el propio artista, creemos que el deseo de los colaboradores de reunir su esencia en el espacio reducido de un museo, se impuso quizás como una necesidad ontológica de preservar el influjo primigenio del compromiso de Banksy, que nos eleva y nos trasciende. Acercarnos a su universo artístico y revolucionario nos hace mejores, y la deuda que tácitamente contraemos con su mirada crítica nos invita, al igual que otros muralistas de renombre, a un cuestionamiento que sobrepasa los límites de lo eminentemente pictórico.

En este mundo nuestro, donde el miedo institucionalizado es un fantasma que corteja a la mentira y al individualismo, Banksy, como buena parte de los artistas callejeros del mundo, ha llenado con su arte algo más que el vacío de ciertos muros. Cada trozo ganado en defensa del pueblo en el espacio público, sean cuales sean las técnicas, las vías y los países escogidos, es también un rasguño en en la lápida del silencio moderno donde suenan hoy, como ecos lejanos, las voces de los intelectuales más brillantes y honestos de la Tierra. En el caso de Francia, que acoge esta exposición, la figura de grandes hombres como Voltaire, quien defiende a un joven judío acusado injustamente, o Victor Hugo, que enfrenta al poder en beneficio de los pobres, o Zola quien restablece a Dreyfus, o Sartre, que arenga al proletariado en Billancourt, parecen disolverse en el tiempo y –como lo subraya Shlomo Sand1‒ en el inquietante nacionalismo y la crispación identitaria de las llamadas «élites» que dominan desde el poder o la escena mediática. Pero al recordar a Stéphane Hessel, a Noam Chomsky, a Atilio Borón o la osadía que han pagado muy caro activistas como Berta Cáceres o Julian Assange, nos viene a la memoria el arte del joven Banksy y uno de sus más conocidos grafitis : There is always hope.

Galería de imágenes, pinche sobre cada una para verlas ampliadas a tamaño competo:

*https://www.banksy.co.uk/out.asp

1 http://library.uniteddiversity.coop/More_Books_and_Reports/Banksy-Wall_And_Piece.pdf

2 « Banksy ouvre son “Dismaland”: Bonjour tristesse », Luxemburger Wort, 23/08/2015.

3 Sand, Shlomo, La fin de l’intellectuel français ? De Zola à Houellebecq, Paris, La Découverte, 2016, 276 p.

 

 

Un pensamiento en “El arte callejero y revolucionario de Banksy. Una exposición en París. Por Patricia Pérez Pérez

  1. Saludos estimada Patricia.Cada escrito tuyo viene cargado de profesionalismo y claridad.Uno aprende y descubre muchas cosas que son tan significantes, pero que estan escondidas.Así como Banksy con su arte Callejero, por este mundo han pasado miles, que han dejado su historia en la pintura, en fotografías y otras artes de expresió,las cuales reflejan la realidad de los pueblos.Saludos.

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