#LaPupilaCumple10: Viva la Revolución. Por Ernesto Estévez Rams


“Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo”
Luis Eduardo Aute,

Para la reciclada mentalidad colonial criolla toda trascendencia es, no solo irrelevante, sino dañina. Al fin y al cabo para ellos, el planeta, en toda su diversidad y riqueza, se reduce a la hegemonía cultural norteamericana. Es la mentalidad de que “outside is America”. Cómo esperar entonces que puedan reconocer trascendencia en la cultura propia. Mucho menos reconocerle utilidad a la virtud y necesidad al ideal emancipatorio. Como bien señala Luis Britto en El imperio contracultural: del rock a la posmodernidad, “las bombas empiezan a caer cuando han fallado los símbolos” (Luis Britto, Editorial arte y literatura, 2005) . En el caso de Cuba, que ciertos sectores del poder imperial en EE.UU hayan decidido dejar de insistir en las bombas, aunque reconocimiento al fracaso de la violencia física para derrocar la Revolución, es también resultado de la certeza de que hoy pueden lograr el mismo propósito con la violencia cultural.

La mejor arma de dominación y conquista en la historia siempre ha sido la cultura. Originalmente llegada después, o junto, a la conquista de las armas, acompañó al conquistador español, con la cruz en la mano, a la larga mucho más efectiva para asegurar la hegemonía que el arcabuz.

Una república frustrada, resultado del encontronazo entre una nacionalidad cristalizada en la manigua cubana por décadas de lucha y la intervención recolonizante de la potencia imperial emergente de los EE.UU, no podía ser circunstancia social favorecedora del desarrollo armónico de una cultura nacional. Todo el siglo XVIII y XIX fue testimonio de un creciente sentido de cultura propia, pimero criolla y luego cubana, que fue gradualmente abarcando todas sus dimensiones: artística, literaria, científica. Más aún, ese sentido creciente de empeño intelectual propio se forjó sobre la certeza de que una Cuba independiente sería no sólo condición necesaria, sino suficiente, para el florecimiento de la cultura que sería base de una sociedad educada en la virtud. Todo ello se frustró con la intervención recolonizadora. Las consecuencias fueron terribles. Un complejo de inferioridad social, civil e intelectual, sobre todo a partir de la segunda intervención norteamericana, fue penetrando en todos los estamentos de la sociedad cubana.

La idea de que éramos incapaces de valernos por nosotros mismos fue la premisa ideológica esgrimida por los interventores y sus amanuenses locales, para justificar la colonización desde el norte. Ese “complejo” en lo político fue trasladado a los demás ámbitos sociales, incluyendo la cultura. La educación pública, cuando fue promovida por los invasores, en particular por Magoon en la segunda intervención, se hizo en buena medida como instrumento de penetración cultural norteamericanizante. No sólo se introdujo en las escuelas el mantra de que la independencia de Cuba era resultado del altruismo de los Estados Unidos de América, sino además, que el futuro de Cuba estaba indisolublemente ligado a su supeditación al vecino norteño. Lo peor no es la visión que de nosotros tenía el interventor, sino que esa perspectiva penetró en no poca medida en la sociedad insular, aupada por la medio burguesía nacional clientelar de las migajas que dejaba el capitalista transnacional. Apareció la idea de que la prosperidad entraba por el puerto o los aviones, desde los EE.UU, como la tierra mítica del cuerno de la abundancia. Junto a ello, la convicción de América como “continente vacío”, lo cual en la cultura afirmaba que siempre seríamos provincianos, imitativos, atrasados y hasta patéticos.

Todo ello vino acompañado del secuestro de los símbolos de la nacionalidad cubana, incubados dolorosamente durante más de un siglo, primero de desarrollo criollo y luego cubano e insurgente. La bandera era admirada como símbolo supremo y demostración de que éramos una nación independiente. Pero la pomposa formalidad oficial en su uso, era sólo un juego de máscaras. En un complejo, pero no menos claro, propósito de engaño, los sucesivos gobiernos genuflexos pretendieron hacer de la apropiación superficial de la simbología de lo nacional, una manera de canalizar el irreductible ímpetu patriótico hacia cauces de esterilidad no transformadora. La idea de que ya no había nada que hacer en términos emancipatorios, que todo estaba hecho, era parte del mensaje que se intentaba transmitir detrás del uso fatuo de la bandera. Luego, y de manera creciente, sobre todo en la corrupción y decadencia moral de los gobiernos auténticos hasta Batista, los símbolos patrios fueron tornándose cada vez más en mercancía o promotores de mercancía. La mercantilización de la vida en Cuba, especialmente en La Habana alcanzó nuevos niveles. Con la promoción del negocio del turismo dirigido al ocio más banal y degrandante, los símbolos nacionales no escaparon de la ola de relajo. La televisión que comenzaba y el anuncio publicitario agregaron el uso de los símbolos culturales de lo cubano como puro fetichismo promotor del consumo. Todo valía en función de la ganancia, en especial de esquilmar al turista norteamericano, ávido de engullir lo prohibido en su casa pero permitido en nuestra tierra, cercana y a la vez éxotica, vista como paraiso de pecado y excesos.

Sólo la Revolución, culminación de un largo y azaroso proceso de regeneración nacional desde el pueblo, puso fin a todo eso y recuperó como arma redentora de la nación los símbolos de la patria. Redifinió su función de síntesis de todo lo que nos hace distintos del otro, a la vez que nos une en función de un destino y propósito común basado en lo socialmente emancipador. En ese último sentido, se da, solo posible desde una revolución como la nuestra, que los símbolos de la nacionalidad propia se tornan para nosotros mismos en recordatorio de lo universalizador de nuestra gesta. La bandera no es plasmación simbólica de chovinismo o arrogancia imperial, superioridad cultural, fetichismo consumista, sino recordación de un deber de justicia social y humildad, que va más allá de la geografía nacional para estar en todo rincón del planeta donde haya un revolucionario cubano o no que lleve por dentro la enseña de la isla redentora.

La bandera ahora acompaña la firma de la reforma agraria, al alfabetizador lo mismo en el campo cubano que en el nicaraguense, en el angolano, en el venezolano; al pueblo soldado lo mismo en Girón que en Bolivia, Argelia, el Congo, Angola, Etiopía; al médico lo mismo en cualquier rincón del país que en Guatemala, Bolivia, Ecuador, Mozambique, Sudáfrica, Sierra Leona; al deportista lo mismo en el Pedro Marrero o el Latinoamericano que en San Juan, Montreal, Moscú, Madrid, Atenas, Londres.

Toda esa historia viene a la mente al ver la triste manera en que se usó la bandera sobre el cuerpo de bailarinas para recibir al primer crucero norteamericano llegado a Cuba desde hace mucho tiempo.

Pero más allá de lo anecdótico del hecho en sí, lo que debe llevarnos a reflexionar es, en que medida este suceso es reflejo de un mal más profundo, que silenciosamente hemos ido incubando desde adentro y hoy se siente con suficiente fuerza para mostrar la cara. Perfumes con nombres de Celia, Alejandro, Chávez o el Che; una proliferación en establecimientos de venta en divisas o del sector turístico, de modelos de publicidad que recuerdan esos empeños de asociar los símbolos de lo cubano con la mercantilización y la mercachiflería. Ninguno de esos ejemplos nacieron huérfanos, fueron diseñados, aprobados o aceptados por personas con poder de decisión empresarial, administrativa o política. Son reflejo de la emergencia de actores sociales con importantes lagunas culturales e históricas, que los conducen a no rebasar en la apropiación de la simbología nacional, su dimensión utilitaria mas pueril. La realidad demuestra que las carencias culturales en el plano de los valores que defiende la Revolución, no se quedan vacías, son llenadas consciente o inconscientemente por una simbología ajena y contrapuesta a esos mismos valores. Y en el contexto cubano, las lagunas no conquistadas por la cultura revolucionaria, son llenadas con aguas recicladas del neoautonomismo o el neoanexionismo.

Conceptualizado por el Che en “El hombre y el socialismo en Cuba” y desarrollado por otros como Alfredo Guevara, la Revolución necesita del revolucionario “difícil”, contestatario y a la vez, fiel en la médula y culto en la expresión más cabal del término, para que su rebeldía resulte cósmica y no la del aldeano ignorante del gigante de siete leguas. El peor enemigo de la Revolución es la entronización de la mediocridad en los espacios de decisión política, administrativa, económica. Personas sin sentido del titanaje universalizador que Fidel de manera permanente le confirió a la Revolución. Debemos negarnos a aceptar que el destino de la Revolución más grande del tercer mundo sea el naufragio en las costas de lo culturalmente estéril.

En demasiadas ocasiones se promueve a personas a espacios de decisión que desconfían de la mirada culta, de la necesidad de la reflexion pausada, del espacio para el pensamiento. A ello no escapa la seleccion de los que dirigen entidades económicas, políticas, educativas o culturales con casi nula cultura y poco sentido del diálogo, resultado de la incomprensión de la complejidad social actual. La busqueda del buen administrador capaz de atenerse a una disciplina, no niega la necesidad del dirigente capaz y culto que logra conducir procesos complejos y diseñar e implementar respuestas adecuadas, frutos de su pensamiento. Si promovemos la incultura, no podemos luego escandalizamos cuando se le ocurre diseñar o aprobar manifestaciones vulgares y sietemesinas de identidad nacional o de lo revolucionario.

Debemos entender además que la lucha contra la corrupción económica comienza en primer lugar por una batalla contra la corrupción cultural. Por la incultura entra la vanidad de creer que el “sacrificio” de dirigir te hace merecedor de privilegios. Por la incultura entra el afán desmedido de lucro, de poseer bienes materiales como fin primero de la actividad humana.

Tenemos un problema serio en la degradación de lo político, lo histórico y lo ideológico como símbolo cultural en todos los grupos etáreos de nuestra sociedad. El neoautonomismo y neoanexionismo que nunca murió, sino buscó refugio durante décadas fuera del país, hoy siente que comienza a llegar su hora. La hora de su ofensiva cultural, con la reescritura de la historia, la invocación de la nostalgia, con el desenterrar de la mentalidad de inutilidad nacional, del fatalismo frente a la hegemonía norteamericana. Y siente que las condiciones están dadas para que esa ofensiva se haga desde adentro de manera tal, que toda resistencia sea inútil. Hoy, los revolucionarios no estamos llevando la iniciativa, estamos cediendo terreno en el imaginario social, solo hay que salir a la calle para darnos cuenta. En esta guerra cultural, cada espacio que es tomado por la incultura colonizante, es una trinchera que abandonamos para ser ocupada por el enemigo. A ello contribuye, cada vez que la entronización del silencio es la respuesta pública a los cuestionamientos argumentados.

El silencio tiene extrañas maneras de aullar las ausencias.

Algunos decisores nuestros creen revolucionaria la práctica de imitar a Dorian Gray y creen necesario mostrar al público una falsa belleza, a sabiendas de que detrás de la puerta, un cuadro más real refleja las cicatrices necesarias o no, de la práctica de la autoridad. Frente a la pretensión enemiga de mostrar una imagen falsificada del ejercicio del poder revolucionario por más de cinco décadas, no hay mejor respuesta que no sentir angustia de enseñar el curtido rostro del veterano combatiente y estar dispuesto a debatir cada una de sus marcas, erradas o no, todas testigos de su entrega heroica. Al fin y al cabo, no serán esas las últimas huellas en su tesitura: la Revolución estará viva mientras su rostro siga reflejando el paso del tiempo.

En la etapa actual de la Revolución, la batalla por el triunfo se plantea contra tirios y troyanos: tanto hacia afuera contra las fuerzas imperialistas, como hacia dentro contra los representantes de la incultura estéril y colonizada. La primera se seguirá oponiendo a la trascendencia de la Revolución cubana con todas sus fuerzas, la segunda no entiende qué es trascender. Ambas batallas no pueden ni deben ser eludidas. No olvidemos las enseñazas de la historia, fue esa costra inculta la que traicionó a la Unión Soviética cuando esta se constituyó en freno a su desmedida ambición aldeana.

Hemos ido incubando durante años una pequeña protoburguesía propia, heredera de aquella clientelar con alma enana. Hoy ella siente menos verguenza en mostrarse públicamente posando para fotos en pasarelas de modas importadas y excluyentes, frecuentando espacios sociales hechos exclusivos a razón de su carácter económicamente inalcanzable para el resto. Rescatando para si y sus familias modos de vida consumistas y vacíos. Promoviendo su incultura elitista, su imagen de éxito, creando sus propias tribus sociales.

Viendo los procesos de desmerengamiento del socialismo europeo, la pregunta sobre cuándo la protoburguesía emergente toma conciencia de si misma como clase y busca aliarse con la burocracia no ha sido contestada. Preguntas como esa no sólo son importantes como curiosidad académica, son esenciales para abortar amenazas y conjurar peligros a tiempo. Hay que trascender lo descriptivo en los estudios sobre el fracaso del socialismo europeo, en particular el soviético, y ahondar para lograr periodizar, descubrir dinámicas, entender cómo se comporta el tiempo como variable social. Otras muchas preguntas de la misma índole y mirando hacia nosotros mismos esperan respuestas.

Estamos viendo en el país el paso de una forma participativa pero centralizada y verticalmente estructurada de democracia, a otras formas participativas desde lo individual y donde la centralizacion vertical se debilita necesariamente y en ciertas áreas pasa a ser irrelevante. El fenómeno, con todas sus aristas es sencillamente el resultado objetivo de un decursar social determinado.

Hay que entender que las consecuencias de ese proceso de paso a formas democráticas, igualmente participativas pero no verticales, de toma de decisiones, ha abierto la puerta a cambios importantes en las dinámicas políticas y sociales. La pretensión de imponer el silencio social a opiniones contrarias es hoy irrealista. No ya la opinión minoritaria, sino incluso la opinión éticamente rechazable (léase en ello, por ejemplo, puntos de vistas misóginos, machistas, racistas y hasta neofacistas) puede lograr y logran transmitirse por el carácter descentralizado de los mecanismos digitales de divulgación. Estos fenómenos conducen igualmente a la desjerarquización de la información y los medios. Si en la opinión pública, la veracidad y calidad de una información se daba no sólo por su presencia en los canales aprobados como la radio y la televisión, sino además por la ausencia social de la “otra” información, hoy, en buena medida, una información no se califica de calidad solo por su presencia en los medios oficiales (por el contrario, para ciertos sectores sociales, la presencia de una información en medios oficiales la hace de por sí sospechosa). Los medios de comunicación hasta ayer considerados marginales, cada vez se vuelven más centrales. Las consecuencias de todo esto aún no las apreciamos en todo su alcance.

El enemigo, en su guerra de símbolos, apuesta a nuestra lentitud en reaccionar frente a las nuevas dinámicas. Ellas, siendo irreversibles, le plantean a las ciencias sociales, como sustento de las decisiones políticas, retos en sus investigaciones básicas o fundamentales. Es evidente que la supervivencia de nuestro proyecto social pasa por encontrar formas de estructurar, dentro de las relaciones de producción socialista, una superstructura que asimile estas formas participativas no verticales, como formas también fundamentales de una democracia realmente desterradora de la enajenación humana. Alienación que aún se da en buena medida en nuestra sociedad por ser heredada en primer lugar de las prácticas del ejercicio del poder en el capitalismo, pero también fertilizadas desde nuestras propias carencias actuales.

Carencias culturales tenemos en muchos ámbitos esenciales de la sociedad. Estas carencias conducen, en ocasiones, por ejemplo, al mimetismo en nuestra televisión, radio y medios digitales de lo que vemos realizado por los centros de poder imperial capitalista y su industria de producción de símbolos. Si la televisión bombardea desde los productos televisivos norteamericanos, la imagen de la bandera imperial, por qué nos asombra que prolifere su uso en la población. No hay espacio televisivo norteamericano, sea seriado o fílmico, que no muestre en reiteradas ocasiones la bandera de las barras y las estrellas como símbolo poderoso de superioridad cultural. Ello, además, provoca la reacción errada de creer que la respuesta a esa invasión es usar las mismas armas culturales para promover la nuestra. No se dan batallas en el terreno escogido por el enemigo, es estratégico crear nuestros propios escenarios de guerra y obligarlos a pelear en ese espacio, así hemos llegado hasta aqui.

Todo mimetismo cultural por definición es colonial.

No hay revoluciones por revoluciones, como espejo del arte por el arte. La belleza en este caso no es fin en si misma, sino resultado de un propósito social emancipador. Las revoluciones, como el verdadero arte, no tienen que ser bonitas, tienen que ser liberadoras, en eso estriba su belleza. Si un Degas elitista podía preguntarse retóricamente, que el colmo sería que el arte se hiciera para ser mostrado, las revoluciones no pueden darse ese lujo. Las revoluciones se hacen con todos y para el bien de todos, son por tanto, bien público.

La Revolución vale más que todas nuestras vanidades y egos, que pueden llegar a ser muy grandes.

Más allá del análisis de nuestros errores pasados y recientes, o su falsa contraparte, en el halago empalagoso y el abuso de lo hagiográfico, ejercicios ambos que pueden tornarse en un regodeo enfermizo para unos y una agenda deliberada para otros, los cubanos debemos entender que esta es la Revolución que tenemos, no hay otra y no habrá otra. Si esta perece, nuestras generaciones y las que están por venir en un buen tiempo, no tendrán una segunda oportunidad de construir una utopía realizable. Es por ello que esta es la Revolución que debemos defender y que tenemos el deber de defender. Defenderla desde la cultura en todos los ámbitos. Pero debemos entender que defenderla, no es defender nuestras manquedades en nombre de ella, sino por el contrario, desterrar las manquedades que, secuestrando su nombre, se esconden a la vista de todos. Entender que es desde ese accionar permanente de emancipación, justicia social y carácter universalizador que tiene sentido un socialismo próspero y sostenible por el que siga valiendo la pena gritar: ¡Viva la Revolución !

 

5 pensamientos en “#LaPupilaCumple10: Viva la Revolución. Por Ernesto Estévez Rams

  1. Saludos. Excelente material que merece un estudio cuidadoso. He sentido en carne propia el poder de miembros de nuestra pequeña burguesía,apoyados por burócratas “tiernos y podridos”,donde el culto al dinero es lo que prevalece.Es increible como hay funcionarios,que cambian de la noche a la mañana,en cuanto ven la posibilidad de algún beneficio.

  2. Vigencia total la épica y la lirica de ese texto, es una joya poética de las ciencias políticas y sociales. Ese texto lo debiera leer todos los días los que se consideren revolucionario al igual que el texto de Enrrique Ubieta ´´Ser Revolucionario en Cuba, hoy

  3. Por la importancia estratégica de este artículo de Ernesto Esté vez,
    hago público lo que hace unos días le escribí al periódico Granma a punto de partida de un artículo publicado por el periodista Javier López Sánchez “La celebridad del líke…”:

    Compañero Javier muy atinado su artículo para demostrar el proceso de creación de paradigmas por los tanques pensantes y financieros de la política comunicacional del imperialismo yankee contra Cuba en la batalla ideológica que hoy se lleva a cabo en las redes sociales.
    El alcance de las redes sociales es exponencialmente superior al de cualquier otro medio de difusión de información radial, televisivo o escrito para los hispano lectores en el mundo, y esta política yankee va dirigida a ese universo que se multiplica con el rumor atendiendo a la psicología al menos de españoles y latinoamericanos que suelen comentar con otros, informaciones, cuando les llama su atención en el tema de crear una imagen negativa de Cuba socialista, para construir una masa crítica de opinión favorable ante un escenario de guerra de cuarta generación o de intervención militar aunque parezca exagerada esta.
    A mi juicio los internautas cubanos comprometidos con la Revolución en general salimos al combate para divulgar nuestra verdad, pero pienso este proceso requiere de estrategia, organización y logística que nos permita pasar de la defensiva a la ofensiva, así como crear una presencia en cascada durante las 24 horas en la red con soporte de imágenes históricas y frescas que permita que la voz de Cuba, puntos de vista autóctonos y domésticos así como sobre temas y acontecimientos del pasado y presente se imponga por presencia y contenido la emitida por los internautas cubanos, que estamos comprometidos con el proyecto de país libre, soberano, independiente y socialista.
    Para que siempre sobre cualquier información que circule en la red sobre Cuba, en primer lugar el imperio y sus marionetas tengan más empedrado el camino para manipular la verdad y en segundo lugar, para que los hispano lectores puedan tener elementos que les permita llegar a conclusiones propias y en el rumor difundir además de la verdad manipulada, la verdad de la Revolución. 
    Hoy este es el principal escenario comunicacional internacional en la batalla de las ideas, no podemos enfrentarnos con improvisaciones, limitaciones presenciales en la red y con mensajes sin soporte de imágenes cuando los dueños del soporte histórico de los hechos acaecidos en la historia de Cuba son patrimonio de nuestra instituciones.
    La influencia que debemos ejercer sobre los hispano lectores en la batalla de las ideas alrededor de cualquier tema sobre Cuba, nuestra verdad tiene que estar presente en el ciberespacio marcando la diferencia en calidad y cantidad. 
    Co. Javier valdría la pena si usted lo considera, le sugiero, algún artículo de segunda temporada que pudiera alertar a los internautas revolucionarios cubanos en el camino técnico para hacer nuestra presencia contundente.
    Corresponde a otros la estrategia y organización que contemple la logística y accesos a los sitios documentales de imágenes a través de la gobernanza electrónica que se implementa hoy en las instituciones del país. 
    Por eso, considero oportuno hacer llegar está reflexión al compañero Victor Gaute jefe del departamento ideológico del CCPCC, pues no tengo vía(lo he buscado en las redes sociales, no lo encuentro, ni poseo un correo electrónico), le ruego al periódico me ayude.
    Entre todos al defender la Revolución seremos más Céspedianos, Martianos y Fidelistas. 
    Gracias.

  4. También están los que pretenden reescribir la historia del periodo revolucionario desde la literatura como un experimento fallido, que acabó convirtiéndose en una especie de reserva india y que vive del recuerdo y de la venta de souvenirs para el turismo extranjero, principal fuente de ingresos económicos del país. En tiempos de coronavirus, con una deficiente gestión de la pandemia por los espurios intereses económicos en juego, el mundo neoliberal anda bastante necesitado de demostrar que este es un mundo sin alternativa, donde no caben las utopías pasadas, presentes y futuras. Quizás por ello el segundo canal de la televisión pública española no da puntada sin hilo a la hora de decapitar culturalmente a cualquier referente de la izquierda, ya se trate de Lenin, Carlos Marx o Fidel Castro. Tratándose de Cuba, Leonardo Padura es uno de sus principales activos, de ahí que anoche, además de decapitar a Lenin se decidiera decapitar al proceso revolucionario proyectando la película “Vientos de La Habana” y, a continuación, el documental “Vivir y escribir en La Habana”.

    No faltaron en el documental lectores incondicionales de Padura que aseguran que sus novelas suponen el acercamiento más honesto que se ha hecho a la realidad cubana y los libreros del estado que es el mayor fenómeno de masas de la literatura cubana del momento y que sus libros se agotan rápido. Hasta Jorge Perugorría, que es entrevistado, llega a afirmar que lo que se narra es el fracaso de una utopía, en la que se embarcó toda la sociedad cubana hasta la caída del campo socialista y que nunca más volverá. Hablar de la revolución cubana en tiempo pasado como una utopía que fracasó, y hasta como una quimera, para acabar siendo esa especie de reserva india anacrónica , me parece profundamente injusto. Creo que el señor Padura y los que piensan como él incurren en un grave problema de contextualización de su literatura. No es la sociedad cubana la que ha fracasado sino la sociedad planetaria. La revolución cubana sigue viva. Salvó a Africa de una epidemia de ébola hace unos años, del mismo modo que salvó anteriormente a Angola y otras naciones de Africa del apartheid sudafricano. Ahora, su gestión de la pandemia (como la de China y Venezuela) está demostrando que los pésimos resultados del mundo neoliberal forman parte de un plan para realizar cambios profundos en el mundo económico, sobre todo en lo que tiene que ver con las rentas de capital, ese poderoso agujero negro que, para alcanzar sus objetivos, no duda en engullir selectivamente a la economía real.

    En su contexto adecuado, la pregunta no es qué fuimos a hacer a Angola sino, en todo caso, por qué tuvimos que ser los cubanos los que libráramos a los angoleños del racismo sudafricano o por qué permitió la “prístina y democrática” comunidad internacional que un país africano ejerciera esa abominable forma de imperialismo sobre otro. Lo que ha fracasado estrepitosamente no es la revolución cubana sino el contexto en el que se enmarcó y donde sus proyectos tenían pleno sentido, lo que no le impidió seguir siendo un referente vivo y válido cuando el campo socialista se derrumbó como un castillo de naipes por haber surgido y evolucionado en un contexto capitalista que siempre le superó en capacidad destructiva. Si cayó el campo socialista de Europa del Este y el comunismo chino tuvo que reinventarse en su contexto planetario, lo milagroso es que la revolución cubana siga viva y demostrando al mundo que su utopía es más necesaria que nunca.

    Debió ser por el hecho de que el señor Padura no analiza la realidad cubana en su contexto internacional que aceptó el premio Princesa de Asturias, la nieta del personaje (d)emérito impuesto como jefe del estado por el dictador Franco y que hace unos días se dio a la fuga para no tener que responder ante la justicia. Para que hoy España cuente con la distinción cultural de los premios Princesa de Asturias antes fue necesario que las hordas fascistas dieran un golpe de estado en 1936 para impedir que en España existiera la enseñanza universal laica y que se pudiera hacer realidad una reforma agraria en un país donde unos pocos latifundistas habían convertido el suelo agrario y sus moradores en su cortijo particular. Por mucho menos, J. P. Sartre, amigo de la revolución cubana, rechazó el premio Nobel de Literatura.

    Ahora que se ha convertido en un escritor de proyección internacional, debería pedirle a USA y a España la visa para que su personaje Mario Conde nos cuente la realidad de ese mundo funcional y glamuroso al que la revolución cubana le dio la espalda. Seguro que tendría muchas cosas que decir sobre la otra Cuba que ha echado raíces en Florida y de la que no cabe afirmar que sea una utopía para el destino de los pueblos de América Latina, por desgracia para ellos. Pero que no cometa el error de meter a su personaje Conde en los fregados en que está metida la mafia miamesa y, mucho menos, transmitirle el producto de las investigaciones al presidente Trump, so pena de que este ponga precio a su cabeza y tenga que cumplir cadena perpetua en la base naval de Guantánamo. Paradójicamente, es en la “dictadura” cubana donde Padura se permite la licencia de exhibir las miserias humanas, por el simple hecho de que David y su justa causa no logró vencer a Goliat, y acabar así con sus nauseabundos crímenes.

    El fracaso de la revolución cubana en muchos de sus objetivos nos debería llenar de tristeza, rebeldía y sentimiento de culpa a quienes vivimos en las entrañas del monstruo, pues somos nosotros los que hemos fallado y hemos descontextualizado a la revolución cubana en sus objetivo internos e internacionales. Gracias a la cultura hegemónica, lo que ahora estamos viviendo, no como una utopía sino como realidad inexorable, es una pandemia producto de la mala digestión de un murciélago o un pangolín, sin la menor crítica a la gestíon plagada de errores de la crisis y que está teniendo muy graves consecuencias para las clases inferiores. Una guerra cultural, con poderoso aparajete mediático, que hace innecesario cualquier escenario de guerra convencional para alcanzar los objetivos planteados pero que en Cuba se está combatiendo con un sólo y claro objetivo: la eliminación de un virus importado e instrumentalizado en el mundo neoliberal con los más perversos propósitos.

  5. Interesantísimo el tema y magistralmente abordado. Interesantes también los comentarios. Sin duda es un tema complejo, es necesario el análisis profundo y la discusión fecunda. El asunto no se resuelve con consignas, ni por el método del avestruz. Ese final valiente, fidelista, llamando a “desterrar manquedades” es como un ejemplar homenaje al que continuó la tarea martiana, y nos alertó de los peligros internos que nos hacen vulnerables a las amenazas externas.

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