¿Le servirán de trampolín electoral a Trump las protestas contra la represión racista? Por Fernando M. García Bielsa


Estamos a unas seis semanas de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Desde hace meses el presidente Donald Trump, quien aspira a la reelección, sigue debajo en los sondeos respecto a su oponente demócrata Joseph Biden. Por otra parte le resulta reconfortante que cuenta con una base firme y leal de aproximadamente un 40% del electorado, que le sirve de sostén y no ha cedido sin importar lo que se diga o demuestre sobre el mandatario.

Trump ha mostrado su capacidad de trastornar la política en el país y sostenidamente ha explotado diversos temores de la población. Es un consumado y diestro manipulador. No se le debe subestimar, ni tampoco pensar que su habitual ignorancia equivale a falta de habilidades políticas.

Trump y su equipo de campaña han llegado a la conclusión que la violencia desatada en varias ciudades del país a llegado a un punto que beneficia políticamente al candidato republicano.

Veamos.

El inicio de una gran crisis económica en los primeros meses del año y las serias complicaciones generadas por la extensión y alcance de la pandemia del coronavirus en Estados Unidos, estaban generando un claro deterioro de las posibilidades de reelección del presidente Trump en las elecciones de noviembre. Su manejo de la epidemia ha sido desastroso y muy mal evaluado por la mayoría de los estadounidenses.

Para complicar más la situación, a fines de mayo el brutal asesinato de un ciudadano negro a manos de un policía en la ciudad de Minneapolis, ampliamente divulgado en las redes sociales, desató una ola de manifestaciones en cientos de ciudades y poblados en protesta contra ese asesinato racista y muchos otros anteriores que son parte de una secuela de brutalidad policiaca y racismo.

Esos hechos y el tema de la campaña antirepresiva “las vidas de los negros importan” concitaron en toda la sociedad amplias y transversales simpatías hacia los manifestantes hasta un grado del que no se tiene memoria. Mientras, las declaraciones del Presidente y algunas de sus decisiones en ese contexto fueron criticadas por muchos e interpretadas como que agudizaban las divisiones en el país y alimentaban la violencia.

Cuando estaba finalizando el primer semestre del año, el tema de la campaña antirracista y su ampliación se encaminaba, peligrosamente para Trump, a centrarse y girar en torno a la figura del Presidente, su errática gestión y su negligencia criminal respecto a la pandemia, que ocasionaba ya unas 150 000 muertes.

Sin embargo en la actualidad la situación ha derivado en una dirección que parece estarle permitiendo al presidente Trump sacar provecho político.

Mientras la prensa y todos nos concentramos en criticar las aparentes o reales torpezas del Presidente, su arrogancia y sus dichos irrespetuosos sobre los que protestan contra la represión, no se debe perder de vista que el mandatario parece haber encontrado, precisamente en esas tensiones, un tópico clave y efectivo sobre el cual impulsar su campaña para la reelección.

Se trata de la violencia urbana y los temores que genera. Ha comenzado una reacción negativa y un cierto retroceso en cuanto al respaldo al movimiento por la justicia racial. Las protestas en algunas ciudades se han complicado y prolongado durante más de un trimestre sin que las autoridades logren controlarlas. A la par con los manifestantes pacíficos, grupos de vándalos y/o ciudadanos airados han acudido al saqueo y la violencia. Por momentos las protestas contra la policía han ocasionado un deterioro de las fuerzas del orden. Se ha reportado que grupos violentos de derecha y simpatizantes de Trump incursionan en esos centros urbanos y catalizan los choques violentos.

El caso más notable es la ciudad de Portland en Oregón, pero destaca también la ciudad de Kenosha en Wisconsin, y otras en esa situación, las que, curiosamente, están regidas por alcaldes del Partido Demócrata.

Y digo curiosamente porque ese es el punto que Trump ha estado explotando políticamente con habilidad y malicia. Se involucra y logra cobertura de sus polémicas con esos alcaldes y gobernadores demócratas, aludiendo a que su poca severidad se debe a que simpatizan con los que protestan por ser socialistas y de izquierda; y agrega: “como lo son aquellos que rodean a Biden”. Los acusa de incapacidad para controlar la situación, y se pavonea dando muestras de voluntad para “ayudar” con el envío de tropas federales para terminar con los disturbios.

El Presidente alimenta los resentimientos, demoniza a sus oponentes y valida el odio. Paralelamente incorpora como un tema central de su campaña el posicionarse como custodio y guardián de la ley y el orden, proyectar la imagen de combatir la criminalidad y de estar muy preocupado con la seguridad ciudadana.

Pocas frases condensan los argumentos del Presidente: Los vándalos con sus protestas “harán que cada localidad se parezca a la ciudad de Portland que administran los demócratas. Nadie estará seguro en los Estados Unidos de Biden”. Un voto por Biden sería un voto para darles riendas sueltas a los anarquistas y agitadores que amenazan a nuestros ciudadanos. Las tranquilas zonas suburbanas no lo serían más; los vándalos que se han visto en varias ciudades en las últimas semanas, campearían por su respecto.
Como siempre, Trump aviva y explota los temores que inquietan a la población estadounidense. Su tema central ahora es que los estadounidenses no tendrán seguridad si Biden, el candidato demócrata, obtiene la Presidencia. Si ello ocurriera la nación experimentara motines como no se han visto nunca. Biden ha abrazado, dice, las políticas de la izquierda radical, pero no tiene control sobre ella.

Estas elecciones, agrega en otro momento el Presidente, serán acerca de si defenderemos el modo de vida estadounidense o si, por el contrario, permitiremos a un movimiento radical desmantelarlo completamente y destruirlo.

Sin sonrojarse utiliza tales argumentos pese a que todos esos conflictos y la oleada de violencia están ocurriendo bajo su mandato, no son ajenos a sus responsabilidades, y a pesar de que por momentos desde la Casa Blanca y el propio Trump han parecido estar echando leña al fuego.

La cuestión es que el tema de la violencia, el vandalismo y la inseguridad se sitúa ahora en los primeros planos, como una lógica preocupación ciudadana, y también como un asunto manipulado políticamente por ambos partidos. Y se puede apostar a que las controvertidas posturas y los manejos mediáticos del mandatario no son ajenos a la prominencia y el giro que ha tomado la cuestión de la violencia urbana.
Esa campaña de odio está acompañada por blogueros y columnistas conservadores quienes sin evidencia alguna riegan rumores sobre supuestas turbas de negros que estarían atacando al azar a personas blancas en lugares públicos.

La prolongación de la violencia urbana actualmente le resulta funcional a las aspiraciones del presidente Trump a fin de que tales tensiones puedan llegar a relegar y hacer pasar a un segundo plano las preocupaciones existentes respecto al coronavirus, de forma que también quede opacado el recuerdo de su insensibilidad y sus fracasos para el control de la pandemia.

Teniendo en cuenta que la brutalidad policiaca es un hecho real y repudiado por una muy extensa parte de la población, y dada la legitimidad de la lucha y las movilizaciones contra los asesinatos racistas, para los demócratas no es una opción desasociarse o dejar de apoyar a ese amplio movimiento y a Biden y otros voceros de ese partido solo les queda hacer declaraciones condenando las acciones violentas y a sus perpetradores.

Las próximas semanas previas al 3 de noviembre seguramente reservan sorpresas y otros posibles giros políticos. Pero ciertamente, de momento, estos cambios en el contexto político parecerían traer de vuelta y revivir las perspectivas de reelección del presidente Trump.

4 pensamientos en “¿Le servirán de trampolín electoral a Trump las protestas contra la represión racista? Por Fernando M. García Bielsa

  1. Ya comenté aquí hace tiempo que la muerte por asfixia de George Floyd llevaba camino de convertirse en la mejor estrategia para opacar la muerte por asfixia de miles de norteamercianos y de miles de negocios por culpa de la negligente gestión de la pandemia. El racismo plutocrático yanqui lleva instalado en el poder desde su independencia, con un primer presidente que era el segundo mayor propietario de esclavos negros de América, con una aplastante mayoría blanca (64% de blancos frente a un 12% de afroamericanos), por lo que una confrontación en clave racista, cuando la pandemia había creado las condiciones para un escenario de lucha de clases, era la mejor de las opciones para los intereses de Donald Trump. De hecho, llevamos ya muchas semanas en que los disturbios raciales le roban todo el protagonismo a los efectos de la pandemia en los informativos, al menos en los medios españoles, que se limitan a dar cifras anónimas y frías sobre millones de contagiados y miles de defunciones por asfixia, ya se trate de personas o de negocios y puestos de trabajo, a lo que ha contribuido poderosamente las negligentes medidas adoptadas desde la supresión de los servicios de vigilancia epidemiológica tiempo atrás de la pandemia, lo que no cabe atribuir al hecho de que se haya logrado producir una vacuna preventiva contra todo tipo de patologías contagiosas y se haya procedido a la vacunación de toda la población o a la ausencia de precedentes epidemiológicos recientes (como el sars cov 1 y el mers cov 2).

    Sería más correcto afirmar que estaban creadas las condiciones para otra pandemia, y no me refiero sólo a la azarosa circunstancia de una mala ingesta de un pangolín o un murciélago (existen otras formas más expeditivas de poner a los virus y bacterias en contacto con potenciales huespedes, como la vacunación masiva contra la poliomielitis realizada en Africa en los años 50 que, según fundadas sospechas, contenía el VIH además del virus de la polio, por investigar deliberadamente en tejidos de primates donde aquel es endémico y que comparten el 98% del ADN con los humanos, por lo que es fácil de imaginar que acabara adoptándonos como huesped tras miles de ensayos), y que del adecuado (mal) funcionamiento de los servicios de vigilancia epidemiológica, rastreo y aislamiento de contactos, mala praxis en las medidas de protecciónde la población (como el negacionismo en el uso de la mascarilla) iba a depender no precisamente que jamás un nuevo sars o mers se convirtiera en un grave problema de salud pública sino todo lo contrario, provocándose así una nueva crisis sistémica, que, como la de 2008, tenía como misión rescatar al capitalismo financiero (a costa de sacrificar a las personas y su estilo de vida), posibilitar la acumulación por despojo y conducirnos hacia nuevos escenarios gracias al enorme poder de algunas corporaciones y fortunas (como la economía digital).

    Contra esta triste realidad no se ha producido una adecuada respuesta ni en USA ni en el resto del mundo y a ello ha contribuido en la superpotencia y fuera de ella la tantas veces difundida muerte por asfixia de George Floyd, que ha desatado una más que justificada indignación, pero sin que pueda ser comparable la inclemente presión ejercida por la rodilla de un policía sobre su cuello con la nefasta e injustificable mala praxis de los gobiernos neoliberales en la gestión de la pandemia, cuyas consecuencias en vidas y daños a la economía no son comparables con la muerte accidental o deliberada del afroamericano. Ahora Trump, gracias al escenario de disturbios raciales, se dispone a pescar en río revuelto en una sociedad donde los afroamericanos representan sólo el 12% de la población y donde la seguridad cotiza alto. Puede que ni siquiera necesite amenazar o invadir a las naciones que se jodieron por no aceptar el orden mundial establecido y liderado por la superpotencia.

    Hasta es posible que ni siquiera necesite seducir a una mayoría de electores y que su pésima gestión en asuntos como la pandemia sea su mayor aval para renovar el cargo si tenemos en cuenta que el sistema de votación y escrutinio es electrónico y gestionado por capital privado, por lo que no es posible verificar los resultados mediante la presencia de interventores y observadores o la audiencia pública en el momento del escrutinio del voto físico (de ahí su más que justificado temor a una votación masiva por correo, que podría dar un resultado muy distinto al de la votación electrónica), lo que se resuelve en el modelo mixto venezolano con la auditoría aleatoria de la mitad de las urnas. Como en los casinos de las Vegas, es muy probable que el resultado no dependa del confiado e ingenuo jugador sino del criterio de quienes programaron con antelación los resultados de las máquinas electrónicas y que, Trump, con su mala gestión, se esté ganando el aprobado de quienes siempre tuvieron el poder en esa nación sin necesidad de presentarse a las elecciones. Ahora le toca hacer el resto a los medios de manipulación de ese poder en la sombra.

  2. Dice el autor: “La cuestión es que el tema de la violencia, el vandalismo y la inseguridad se sitúa ahora en los primeros planos, como una lógica preocupación ciudadana…”.
    El solo hecho que Trump utiliza el argumento de la seguridad ciudadana, como lo hace la derecha en casi todos los países, ¿significa que el tema sea preocupación para la mayoría, o el autor dispone de otros datos?.
    La cuestión es ¿cual es la respuesta adecuada a la manipulación de Trump?
    Me imagino que más de un dirigente demócrata estará pidiendo que se deje de manifestar contra la brutalidad policial. El problema es que los crímenes siguen ocurriendo y la campaña manipuladora no parará aunque se no haya manifestaciones.
    Un frecuente error de socialdemócratas y liberales es deseñar su campaña como respuestas a los ataque de la derecha, es decir, le dejan la iniciativa a esta.
    Y en el tema de la “seguridad ciudadana” la derecha es experta en explotarlo.
    Ahora bien, ¿tienen capacidad los demócratas para dar una respuesta a dicha campaña y revertir la supuesta tendencia?.
    Dijo el profesor James Petras el pasado 31 de agosto en radio CX36 del Urruguay: “Trump es malo pero los demócratas no se han movilizado en las calles, a sus simpatizantes. Biden no viaja, da conferencias, entrevistas pero no sale de las oficinas de su partido. Es una situación difícil que podría empeorar cuando Trump está en la calle y Biden está en la oficina.”
    Como se dice en Venezuela “o corres o te encaramas”
    Saludos,
    Miguel A.

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