La persistente deformación de atacar los síntomas y no las causas. Ernesto Estévez Rams


Recuerdo no hace muchos años, un funcionario en cargo de dirección que se molestaba porque los estudiantes universitarios ya no le dedicaban en igual número que antes, la tesis de graduación a la Revolución. Su solución, insinuada sin mucha sutileza, era que los tutores debían asegurarse que sus supervisados hicieran tal referencia. Si tal cosa hubiera ocurrido, y por suerte el claustro ignoró olímpicamente la sugerencia, la recuperación numérica de dedicatorias “revolucionarias” se hubiera tomado por “éxito” en el trabajo político-ideológico, el cuadro hubiera sido felicitado por ello, y nadie se hubiera detenido a pensar en el impacto enajenante y contrarevolucionario de la medida, totalmente opuesta a la labor ideológica que necesitamos.

Cada acto simbólico que se convierte en liturgia termina vaciándose de contenido, ya sea desde la mención del bloqueo como figura retórica, hasta la entrega del día de haber para la patria como reflejo automático. Todo acto revolucionario ha de ser singularidad consciente. Cada acto simbólico de la Revolución ha de ser revolucionario.

La práctica de juzgar a los jóvenes por su parecido formal a las generaciones que le preceden es una liturgia vaciadora. Claro está, hacer que sean calco de los que le antecedieron es imposible y por tanto, el resultado es un Frankestein grotesco: los enajenan de su edad y les abortan el potencial de liderazgo. Agunos que siguen ese camino alegran a los mayores, pero en el mejor de los casos son ignorados, o en el peor, detestado por sus coetáneos. Un joven que defendiendo a la Revolución no sea contestario y rebelde, no es un buen revolucionario.

Me da tristeza ver esa forma de alienación que es poner la mayor cantidad de adjetivos al lado del nombre de Fidel como si con eso lo hicieran más grande y a ellos, más revolucionarios. Fidel no necesita liturgias. Fue más explícito, pidió contra ellas como voluntad última. Los que invocan a Fidel como quien cae en trance por tocar el manto de Turin, poco favor se hacen como revolucionario. El Che los hubiera llamado guatacones. Pero ese discurso levanta sonrisas y hacen ganar palmaditas en los hombros, muchos lo hacen ingenuamente y de buena voluntad, pero no por ello menos equivocados. Ese discurso que nada tiene que ver con el de revolucionario es un discurso enajenante, pero lo aplaudimos y lo alentamos.

Es esencial despojarnos de todo lo que no funciona en un ejercicio a fondo. Desterrar esa inclinación por el facilismo que no es solo resultado del desconocimiento del problema, es, en mayor grado, resultado de una mentalidad aldeana incapaz de ver lo que trasciende y solo reducida a lo inmediato. Súmale el sentido de tribu que enfoca en lo que abarca la vista, y tiende a desechar lo que trasciende el alcance de los sentidos más inmediatos. Agrégale la presión interior por un actuar que conlleve el reconocimiento individual y de lo que se deriva de tal reconocimiento. En ese fermento nace y crece la mentalidad de feudo, donde el interés más abarcador de la nación se sacrifica en la cotidianeidad de “defender” a como de lugar, la pequeña parcela al alcance de la mano. Cuando esa mentalidad de feudo se generaliza, entonces se enquista la Revolución.

La incultura política, la superficialidad, unida a la búsqueda en la inmediatez de los resultados, son vicios enraizados que no apuntan a pensar como país. El hecho de que tal actitud sea, en no pocos casos, recompensada socialmente, en primer lugar por las propias estructuras sociales, instituciones y organizaciones, apunta a que el problema no es de individuos, es estructural. Derrotémoslo.

Nuestro sectarismo ha de ser uno solo: no permitimos espacios como caminos para regresar al capitalismo. No nos dividamos en como imaginamos la utopía poscapitalista, ni siquiera en definir un camino único, unámonos en combatir al enemigo de la humanidad.

El imperialismo no perdona, pero piensa. Disfraza desde la izquierda su propuesta de retroceso, impostando un discurso de diversidad y de cambio. Nada hay más sectario que pedir rendir las armas en nombre de la tolerancia. No hay discurso superador que parta de la ucronía, toda acción política está asentada en sus circunstancias sociales, por necesidad en el tiempo. Fidel la definía como sentido del momento histórico. Toda propuesta debe ser por tanto analizada desde las circunstancias en que se proclama. En la Cuba de ahora, el signo de toda acción política se define en términos de como se posiciona en la práctica, en la guerra entre Cuba y el imperialismo, que es decir en la guerra entre Cuba socialista y la hegemonía del capitalismo-mundo. Ellos no nos dan tregua, nosotros no la pedimos.

Nuestra mayor fortaleza política es la base socialista de nuestra democracia. Y esa democracia se defiende en la cotidianidad de nuestras vidas, desde nuestras casas, nuestros centros laborales, nuestras organizaciones. A la posverdad se le derrota con la verdad tangible de transformar nuestra realidad día a día, a fondo, buscando conquistar el cielo por asalto.

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