El valor del tiempo. Por José Ramón Cabañas Rodríguez


«La persistencia de la memoria» (detalle). Salvador Dalí

En los últimos años se han venido sucediendo una serie de cambios económicos en Cuba de diversa magnitud y celeridad, que son difíciles de asimilar de forma rápida en el plano normativo. Las medidas de Trump contra Cuba y la ocurrencia de la pandemia de la COVID19, han alterado la forma y la profundidad en que estas pudieron haber impactado la realidad de cubanas y cubanos.

Como parte de esos cambios, se comenzó a corregir algo que gravitaba en el presupuesto de cada organismo e institución: el bajo costo de la mano de obra, en comparación con casi cualquier otro recurso material.

En el mundo uno de los motores del desarrollo tecnológico es la necesidad de sustituir recursos humanos por maquinarias. El interés en reducir los costos lleva a empresas y servicios por ese camino. El hecho de haber tenido esos valores invertidos en nuestros presupuestos durante muchos años, llevó a que cualquier jefe o directivo cubano estuviera dispuesto a contratar varios trabajadores antes de adquirir una computadora, o un tractor.

Ya existen empresas y sectores donde empieza a corregirse ese desequilibrio, aunque no se exprese todavía en los resultados de producción. Cabe decir, por cierto, que la fuerza de trabajo cubana es como promedio educada, resiliente y sana, algo que la sitúa entre aquellas con mayor valor económico en el mundo.

Aunque hemos avanzado en ese sentido, aún nos queda mucho camino por recorrer para otorgarle el valor adecuado a otro recurso: el tiempo. En sectores productivos y no productivos, trabajadores y dirigentes no comprenden en muchos casos el valor real de ese recurso no renovable. Nunca se ha calculado el costo del tiempo perdido en la vida de una empresa, una unidad de servicios, o una cooperativa. El capitalista sí lo hace.

La necesidad obvia de coordinar posiciones, en condiciones de baja conectividad y ausencia de herramientas de comunicación, nos obligaron durante algún tiempo a programar reuniones interminables. Esa realidad ya ha ido cambiando paulatinamente, y aunque el ser humano sigue siendo un ente social, en muchos casos no se necesita de un contacto físico extendido para poder acordar un curso de acción, o para forjar un consenso.

Las reuniones pueden tener un impacto sobre la producción y los servicios, pero no crean valor de forma directa por sí mismas. Son totalmente necesarias, pero el tiempo que se emplea en las mismas podría ser muy inferior, si se prepararan todas de forma adecuada, si se definen los objetivos con claridad y se exige hacer presentaciones sintéticas.

¿Quién no ha estado en un cónclave de tres horas con 30 asistentes, en el que el 90% del tiempo es empleado en un diálogo entre solo 2 participantes?

Si el tiempo tuviera valor en nuestros presupuestos, o si se descontara una cuota de salario o ingreso por derrochar horas y minutos de forma improductiva, quizás nos encontraríamos sólo para lo estrictamente necesario.

En el sector no productivo, es común escuchar una frase halagadora respecto a un trabajador que se queda en su oficina hasta altas horas de la noche con inusual frecuencia. Y quizás el reconocimiento sea justo, pero una pregunta a hacer sería: ¿cuántos resultados concretos aportó ese tiempo? ¿esta persona necesita algún entrenamiento para mejorar sus cualidades de aprendizaje, capacidad de síntesis, o sencillamente para comprender lo esencial?

Es probable que, efectivamente, tal persona tenga muchos resultados y sea altamente eficiente. Pero entonces el análisis del tiempo nos indica en otra dirección: la distribución de funciones no es equitativa en el colectivo y alguien más debería estar trabajando con la misma intensidad.

Es obvio que estos razonamientos no se pueden realizar de forma esquemática, ni para todos los sectores. Pero también es evidente que no ponderamos con frecuencia el tiempo consumido de forma improductiva.

Andando de la mano del valor del tiempo, caemos entonces en el valor del tiempo político. Esta categoría, sin embargo, podría ser mucho más complicada y no es lo mismo razonarla al interior del país, que hacia el exterior. Pero ambas dimensiones están vinculadas.

La estabilidad social y la seguridad ciudadana que trajo al país la Revolución cubana, cambiaron en cierta medida la sensación del tiempo entre los cubanos. El liderazgo indiscutido de los principales dirigentes, significó que una parte considerable de la población depositara en ellos la confianza de sus necesidades y ansiedades, dejando de aportar ella misma en el influjo de las soluciones a los problemas diarios y de la proyección en el largo plazo.

El cerco político-económico y los intentos de aislamiento, llevaron además a cierta desconexión con el mundo exterior, en relación nuevamente al tiempo que toman diversos procesos en los cinco continentes.

Durante más de 60 años el tiempo político de un cubano no ha estado determinado por un cambio de gobierno, por la validez de una legislación, o por la caducidad de una tecnología.

En el mundo entero sólo el factor de la sucesión de generaciones tecnológicas implica cambios en estilos de trabajo, en aperturas y cierres de empresas, en reformas de enseñanza. En Cuba no ha sido así, pero no implica que desconozcamos lo que nos rodea y cómo esas dinámicas pueden influir en nuestra realidad.

Lo anterior se advierte de manera clara en los tiempos de negociación de un directivo empresarial cubano y otro extranjero. El primero se guía por una línea de tiempo, donde pesan sobre todo las consultas a sus superiores. El segundo siente el peso terrible de la bolsa de valores, los precios a futuro, el término de los créditos bancarios y las valoraciones periódicas de su junta directiva. El primero no conoce el desempleo, como norma, el segundo si, y le aterra.

Pero hay un tiempo político internacional que a veces conocemos menos. En un solo país de cualquier nivel de desarrollo y tamaño están cambiando constantemente personas y tendencias a nivel local, medio y nacional. Esas variaciones y muchas otras crean oportunidades con la misma celeridad con que se desvanecen.

Por muy buena información que hayamos consumido sobre un país, a veces el tiempo que toma solo volar hasta su capital, ha sido suficiente para que nos encontremos una realidad distinta a la que estudiamos. A eso unamos el influjo de la vida económica, cultural, medio ambiental y de otras esferas.

Cuando hablamos de grupos de países la complejidad es aún mayor. Aún en aquellos que muestran una subordinación política a grandes potencias, o entre estas mismas, hay oportunidades para Cuba. Al tratar con aquellas naciones que se consideran amigas, o más cercanos a nuestra historia, aparecerán de modo inesperado factores negativos, que podrán ser hasta disuasivos de un proceso.

Ese cambio constante, que cada día es más distorsionado por la prensa y las redes sociales, nos obliga a tener una comprensión clara de los tiempos políticos en cada caso y a no pensar que las contrapartes están esperando eternamente por nuestras propuestas, o que estarán aún allí de forma paciente para cuando decidamos dar una respuesta a iniciativas formuladas por ellos.

Entre otros factores, el tiempo tecnológico ha influido en que los minutos del tiempo político tengan menos de sesenta segundos. Y esta tendencia continuará aumentando hacia el futuro. Cada vez contaremos con menos horas para decidir, por lo que estamos más obligados a estudiar, prever, pensar en varios escenarios y permanecer alertas. Estamos también más presionados para separar lo secundario de lo principal.

El tiempo político en las relaciones internacionales es sumamente difícil de calcular, pero es aún más difícil de eludir.

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