Premoniciones acertadas: ¿Tarea intelectual o de la Seguridad del estado?


Parte de la tarea de un intelectual es la búsqueda de la verdad, y para un intelectual latinoamericano que se precie de ser de izquierda, la verdad incluye las estrategias imperialistas contra los pueblos de Nuestra América. Alrededor  del actual debate y las denuncias de que el “laboratorio de ideas” Cuba Posible es financiado por poderes extranjeros se ha dicho que para eso existen los órganos de la Seguridad del estado. En tal sentido resulta pertinente revisitar la polémica -recogida en este artículo escrito hace algún tiempo por Ernesto Sierra, y publicado originalmente en La Jiribilla– que en su momento generaron los intelectuales latinoamericanos Ángel Rama (uruguayo), y Roberto Fernández Retamar y Ambrosio Fornet (cubanos) alrededor de la revista Mundo Nuevo a la que acusaron de vínculos con la CIA a través de organizaciones como la Fundación Ford y el Congreso por la Libertad de la Cultura, herramientas de una estrategia del gobierno de Estados Unidos que según ha explicado la más acuciosa investigadora sobre el tema sigue vigente. ¿Asumían entonces Retamar y Fornet desde la Casa de las Américas  una tarea correspondiente a la Seguridad del estado? No lo creo, ellos solo combatían un proyecto que, como vislumbró tempranamente Retamar, acabaría “asumiendo, sin dudas más hábilmente, y por tanto más negativamente, posiciones contrarias a los intereses de nuestros pueblos.” Ahora, que Cuba Posible se suma a la campaña imperialista contra la Revolución bolivariana las máscaras de la cultura vuelven a carecer  de sentido.  Sigue leyendo

Volver a Palabras a los Intelectuales. Por Iroel Sánchez


(Transcripción de la intervención en el espacio Dialogar, dialogar de la AHS, realizado en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana)

Gracias por la invitación, gracias por poder estar aquí, en este ambiente más íntimo, y sobre todo por estar sentado al lado de Ana Cairo, yo quisiera callarme para seguirla escuchando. Ana es de esas personas que ha acumulado un conocimiento enciclopédico, no solo sobre la cultura sino también sobre muchas otras cosas, y un tipo de intelectual como ese cada vez escasea más, lamentablemente. Esa calidad, esa visión no solo de lo artístico y literario sino también de lo social, histórico, político, y creo que tenemos que aprovecharla más. Sigue leyendo

Belén Gopegui en #LaPupilaTv (video)


Belén Gopegui es una mujer que no desperdicia las palabras, porque sabe lo que valen. Lleva más de dos décadas publicando libros y se le considera la mejor escritora de su generación en España.

Estudió Derecho porque pensaba que así podría hacer para cambiar el mundo. Pero decidió que le gustaba demasiado escribir y a eso se dedicó desde 1993, año de su primera publicación. Son ya numerosas sus novelas, “La escala de los mapas” la primera y muy exitosa; luego verían la luz “Tocarnos la cara”, “La conquista del aire” -que fue adaptada al cine-, “El padre de blancanieves”, “Deseo de ser punk”, “Lo Real” y “Acceso no autorizado” entre otras. Sigue leyendo

Las crónicas de Guillermo. Por Víctor Casaus y Guillermo Rodríguez Rivera


El Centro Pablo quiere seguir recordando a nuestro hermano Guillermo Rodríguez Rivera a través de las palabras que siguen y que el autor colocó al principio del libro Las crónicas de Segunda Cita, que Ediciones La Memoria publicó este mismo año.

Las recordaciones ya presentes y los futuras incluirán los variados e intensos brillos de la inteligencia y la agudeza de Guillermo y seguramente abarcarán su poesía temprana y consecuente, su ensayística profunda y amena, su narrativa también portadora del (buen) humor que acompañó felizmente todas esas aventuras de la imaginación que el autor nos fue regalando a lo largo del tiempo.

Aquí van entonces estas palabras que cuentan de otro de sus oficios sagaces: el de periodista polémico, el de analista sincero de las realidades circundantes (las globales y los cercanas). Sobre ellas nos ofreció sus opiniones y apuntes en los últimos años, como entradas en el blog de otro hermano querido, Silvio Rodríguez.

Continúan, entonces, junto a Guillermo, los debates necesarios.

Víctor Casaus

AL LECTOR

Víctor Casaus, además de ser poeta y ensayista y el innegable promotor de la novísima trova cubana, lleva su capacidad de promover mucho más allá del culto a la guitarra, que ha conce­bido limpia de polvo y paja.

A ello le ayudan los diversos instrumentos que ha conformado en el Centro Pablo de la Torriente Brau, que dirige y que incluye una editorial capaz de poner en blanco y negro muchos textos interesantes. Por eso, me honró que me propusiera editar una selección de las crónicas que he publicado en Segunda Cita, el blog de Silvio Rodríguez, casi desde que se fundó.

Debo decir que inicialmente no me pareció posible conformar un libro con esos trabajos, pero la joven Patricia Ballote Álvarez se encargó de recopilarlos y al final he topado con más de trescientas páginas que hablan de casi todo lo humano y de un poco de lo divino.

En verdad, la de periodista fue una de mis primeras vocacio­nes. Y ciertamente el primero de mis trabajos. Empecé a los 18 años escribiendo para la revista Mella, que era el órgano de la Asociación de Jóvenes Rebeldes. Llegué allí para hacer crítica de cine, pero, muy rápido, Carlos Quintela y Esther Ayala, director y jefa de redacción de la publicación, me fueron convenciendo para que abordara muchos otros asuntos, para que verdaderamente me convirtiera en un periodista. Mella fue un sitio donde empezamos a madurar muchos jóvenes picados por la voluntad de escribir, de hacer una obra de cultura: allí se fraguó mi amistad con Víctor Casaus y Silvio Rodríguez.

Periodista fui también después, cuando Edel Suárez me invitó a ser redactor cultural en Radio Reloj Nacional, que él dirigía, o cuando trabajé como secretario de redacción de la revista Cuba o, después, en la revista RC, que dirigía Lisandro Otero.

En algún momento pensé en ser periodista titulado, pero luego me convencí de que el oficio del periodista no es en verdad un saber teórico, sino una habilidad que se adquiere a partir, sin duda, de una formación humanística. José Martí, el mayor de los periodistas cubanos, no estudió la profesión, sino que fue abogado y doctor en Filosofía y Letras.

Ahora mismo no recuerdo si Silvio me invitó a colaborar en su blog, o se me ocurrió a mí enviarle algún trabajo que presumía que no iba a poder colocar en otro sitio. Lo cierto es que Segunda Cita hizo renacer a aquel periodista de mi primera juventud, tal vez jubilado demasiado pronto. Un día me preguntaron: “¿Por qué usted no tiene un blog?”. Respondí: “¿Quién dice que no lo tengo? Mi blog es Segunda Cita”. En verdad, lo quiero como una parte mía.

En estos días, releyendo estas páginas y otras más que creí que no hacían el grado para estar aquí, he comprobado cuánto he escrito para Segunda…, también acaso porque la generosidad de su dedicado editor me ha permitido expresarme con una libertad que no ceso de agradecerle.

Estas crónicas abordan asuntos nacionales ‒casi siempre po­lémicos‒ e internacionales, pero preferí no encasillarlas así, tal vez porque hay algunas que transitan de un lugar al otro, en un mundo interconectado. Me pareció mejor dejarlas aparecer generalmente con la misma naturalidad con que se publicaron.

Algunas veces incluyo algún comentario casi siempre discre­pante sobre algunas de ellas y mi respuesta al mismo.

Las hay de muy variados tiempos, y también muy variados colores, pero creo que todas ellas tienen algo que decirnos hoy. Ojalá el lector me acompañe en ese parecer.

Guillermo Rodríguez Rivera

Como ejemplo de las crónicas de Guillermo, al publicar en La pupila insomne este envío del amigo Víctor Casaus incorporamos esta crónica de mucha actualidad publicada en Segunda cita el 24 de febrero de 2014. 

¡Qué fallo! Por Guillermo Rodríguez Rivera

Las verdaderas revoluciones son siempre difíciles. Che Guevara sabía algo de eso y decía que, en las verdaderas, se vence o se muere, porque una revolución no es una tranquila, pacífica obra de beneficencia, como cuando las encopetadas damas de la alta sociedad salen a hacerle caridad a los que no tienen justicia.

Una revolución es un vuelco, una ruptura, un abrupto cambio de perspectiva. Es cuando los oprimidos dejan de creer en que los que mandan –los que los oprimen– tienen la verdad de su lado, y piensan que el mundo puede ser diferente de como ha sido hasta entonces.

Pero claro que los opresores no se resignan a abandonar sus posiciones de dominio y luchan a vida o muerte por ellas, aunque aparentemente, los “otros” sean sus connacionales: enseguida se enajenan de la mayoría del pueblo, porque las revoluciones –no los golpes de estado– siempre son obra de la mayoría.

En un respetuoso diálogo con el presidente venezolano aunque no tanto con sí mismo, el cantautor Rubén Blades, hace años uno de los abanderados de la canción social en América Latina, expone su concepto de revolución:

            Para mí, la verdadera revolución social

            es la que entrega mejor calidad de vida a

            todos, la que satisface las necesidades

            de la especie humana, incluida la necesidad

            de ser reconocidos y de llegar al estadio

            de auto-realización, la que entrega oportunidad

            sin esperar servidumbre en cambio.

            Eso, desafortunadamente, no ha ocurrido

            todavía con ninguna revolución[1].

Ni va a ocurrir en ninguna revolución verdadera, Rubén. No era sino la voluntad de mejorar la calidad de vida de la gente lo que inspiró la Reforma Agraria cubana, que entregó parcelas a miles de campesinos sin tierra y, esencial para procurar mejor calidad de vida, fue la alfabetización cubana de 1961, –porque no hay autorrealización sin saber leer– pero enseguida llegaron la invasión de Bahía de Cochinos y el bloqueo económico que es repudiado cada año en la ONU, aunque acaba de cumplir 52.

Me fascina esa idea de que una revolución social “satisface las necesidades de la especie humana”, y claro que eso solo lo hace una revolución cuando se la ve históricamente: no habría democracia ni derechos humanos sin la prédica de los iluministas: sin Voltaire, Montesquieu, Rousseau, pero los que llevaron adelante esas ideas en la práctica social, los que las impusieron como “necesidades de la especie humana” –Danton, Marat, Robespierre , porque las monarquías gobernaban por derecho divino– guillotinaron a la aristocracia francesa que se rebeló contra ellas, la aristocracia que ahogaba en sufrimientos, en miseria los derechos de los sans culottes, acaso los que Evita Perón llamó en su momento “los descamisados” y Martí “los pobres de la tierra”. 

El tiempo ha pasado, nos recuerda Blades, pero los derechistas venezolanos llaman “los tierrúos” a esos pobres sin zapatos que ellos explotan en el siglo XXI. Es imposible que una revolución haga felices a los dos grupos, porque la revolución va a dar justicia, y hacer justicia no es una fiesta de cumpleaños.

Es decir que nunca ha habido una revolución social como entiende Blades que debe ser. ¿Será que él no sabe lo que es una revolución social? Según se deduce de lo que escribe, no lo la sido ni la inglesa, ni la francesa, ni la rusa, ni la mexicana, ni mucho menos la cubana que lideró Fidel Castro. Presumo que tampoco la venezolana de hace doscientos años, pese a que Blades escribe de esa Venezuela que ama como “el pueblo de Bolívar”. Y ¿qué hizo el Libertador? ¿Una tranquila y plácida obra de bienestar social? No gritó Patria o Muerte, sino que firmó un decreto de guerra a muerte para los enemigos de la patria, que eran los de la revolución.

Blades no sólo lo proclama ahora en esa respuesta a Maduro, sino que lo cantaba en sus canciones latinoamericanistas: “de una raza unida, la que Bolívar soñó”. Entonces, ¿el intento de realizar el sueño de Bolívar no es el proceso integrador que emprendió Chávez, y que enfrenta a un imperio que nos quiere divididos, sino que únicamente servirá para mover el culo bailando salsa? Y cantar a voz en cuello: “A to’a la gente allá en los Cerritos que hay en Caracas protégela”. A “to’a esa gente” la protegen, además de María Lionza, los médicos de Barrio Adentro, porque esos que gritan y agreden en las calles no se ocuparon jamás de la salud de los venezolanos humildes.

Tal vez fue María Lionza la que los mandó a bajar de los Cerritos, cuando el golpe de estado de abril de 2002, para sitiar el ocupado palacio de Miraflores y exigir el regreso del presidente que habían elegido.  No te dejes confundir, Blades, “busca el fondo y su razón”, y trata de entender las revoluciones de la historia, no las que soñamos para tranquilizarnos.

Para Blades, el programa político del chavismo “obviamente no es aceptado por la mayoría de la población”. Lo que quiere decir que la mayoría que eligió a Maduro, no lo es.  Blades ignora las 18 elecciones ganadas por el chavismo y el casi 60% de votantes que el PSUV obtuvo en las elecciones de diciembre –que la derecha dijo que sería un plebiscito– y declara mayoría a los representantes de la vieja derecha derrocada por Pablo Pueblo, porque ese hombre –nos recordó Neruda–  despierta cada doscientos años, con Bolívar.

Me recuerdo a mí mismo, en los años setenta, en el antiguo apartamento de Silvio Rodríguez, con su puerta negra en la que había golpeado el mundo, descubriendo los primeros trabajos de Rubén Blades con la orquesta de Willy Colón. Nos encantábamos de encontrar una salsa patriótica, “La maleta”, aunque sabíamos que no eran ideas unánimes entre los latinoamericanos. Ninguna idea hondamente renovadora consigue apoyo unánime, al menos cuando aparece: el poder establecido –eso que los norteamericanos llaman stablishment– tiene muchos resortes, muchas maneras de “convencer”, de imponer sus intereses, y sabe que son pocos los que no ceden ante ellos.

Una cosa es cantar y otra vivir lo que se canta, y cantarlo en todas partes. Tengo vivo el recuerdo de ese extraordinario salsero que es Oscar D’Leòn, cantándole, en los años ochenta, a un público cubano que lo adoraba, que llenaba un coliseo de 15 mil localidades para escucharlo y cantar con él. Lo recuerdo feliz, arrojándose al suelo del aeropuerto de La Habana para besar la tierra de la isla al partir y, a las semanas, lo vi abjurando de su viaje a Cuba, cuando los magnates del disco en el Miami contrarrevolucionario, lo acusaron de comunista por cantar en La Habana, y amenazaron con cerrarle todas sus puertas, que eran también las más lucrativas de su realización como artista.

Oscar sabía que esa derecha, esa burguesía –y mucho menos el poder imperial que tenían detrás– no bromeaban: a Benny Moré, que era el mejor cantante de América Latina, la RCA Víctor no le grabó un disco más cuando decidió quedarse a vivir y a cantar en la Cuba revolucionaria.

Todo me lo explico, pero tengo la tristeza de que ya no podré escuchar a Rubén Blades como ese cantor de nuestra América que quiso ser. 

[1] Respuesta de Rubén Blades a Nicolás Maduro

Guillermo Rodríguez Rivera: Un hijo de Martí


Hoy es 19 de mayo, día en que  en 1895 José Martí cayó combatiendo contra el colonialismo  español. Poco antes había escrito: 

“Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.”

En palabras sobre un libro de Guillermo Rodríguez Rivera, Cintio Vitier dijo de Martí: “desde su caída en Dos Ríos, todos los cubanos somos o debemos ser sus hijos.” Sin dudas, Guillermo lo fue. 

Pocos libros han tenido en tan breve plazo una vida tan intensa como Por el camino de la mar o Nosotros los cubanos. No menos intenso fue su autor que llegó a definirnos con este ensayo que según Vitier es un “tratado de historia de Cuba que sólo pudo escribirse desde los años que hemos vivido de Revolución”. Ahora que El Guille se nos ha ido, su “clásico”, que sólo pudo ser escrito por quien como él fue un cubano esencial y cultísimo, nos es cada vez más imprescindible para conocernos y mejorarnos como hijos de Martí.  Sigue leyendo

ICL: Soñar y hacer realidad los sueños. (Respuestas a un cuestionario de Madeleine Sautié)


En ocasión de cumplirse cincuenta años de la fundación del Instituto Cubano del Libro (ICL), la periodista Madeleine Sautié envió a varias personas que trabajamos en esa institución un cuestionario para un abarcador artículo que apareció este viernes en el diario Granma,  y que por obvias razones de espacio no puede recoger todas las respuestas de los encuestados. Este es el cuestionario con mis respuestas. Sigue leyendo