Ready to go o cómo se sodomiza la voluntad de los pueblos. Por Rafael de Águila


¨No intentaremos conseguir de nadie, ya por acción nuestra
ya por medio de terceros, cosa alguna por la cual
una parte de estas libertades
pueda quedar revocada o mermada.
Si se consiguiese semejante cosa, se tendrá por nula
y sin efecto y no haremos uso de ella
en momento alguno, ni personalmente
ni a través de terceros.¨
Carta Magna.
Inglaterra, 1215.

El pueblo británico se decide -mayoritariamente- por el Brexit. En España, a lomo de toda corrupción, el PP resulta el Partido más votado. En USA el Partido Republicano aclama -mayoritariamente- a Donald Trump como candidato, como posible Mr. President bufonea un clown, un estrafalario, uno de los candidatos menos presidenciables de la historia, un hombre sin experiencia alguna en política. Putin y Erdogan, ese dúo de Zar y Sultán, concentran cada vez más poder, con la aquiescencia -mayoritaria- de sus pueblos. Otro clown bufonesco y prostibulario -léase Silvio Berlusconi- amaga con regresar a la política italiana, eso tras gobernar, por años, con el apoyo -mayoritario- de su pueblo. El Parlament catalán -mayoritariamente- manifiesta el deseo de separarse de España, vaya a intuir Dios Padre las consecuencias que de ello se deriven. Una troglodita, léase Marine Le Pen, acumula cada vez más partidarios, en las elecciones al Parlamento europeo, las de 2014, llevó a su partido, el Frente Nacional, a ser el más votado de Francia. Cabría preguntarse: ¿la voluntad popular está en crisis? ¿Se invoca a los pueblos y deciden lo peor? ¿No alcanza el voto popular a aprehender la lógica de los acontecimientos? Por el contrario, ¿lleva todavía más a perderlos? ¿Son irresponsables las decisiones de los pueblos? ¿Inexplicables? ¿Entre lo mejor y lo peor, entre lo viable y lo inviable, entre la racionalidad y la desmesura, entre el conocimiento y la fe… el voto popular erige lo segundo? En las elecciones de marzo de 1933 el Partido Nazi obtuvo el 43,9 % del voto popular: fue el Partido más votado. Salvando las debidas distancias, se tiene hoy la impresión de que en la aldea global -pese al derrame récord de información- las fronteras entre lo mejor y lo peor, entre lo viable y lo inviable, entre la racionalidad y la desmesura, entre el conocimiento y la fe pueden devenir cada vez menos claras, cada vez menos nítidas, cada vez menos sujetas al humano discernimiento. Todo se confunde y difumina. En consecuencia, puede resultar más veleidoso e intrincado, más sujeto a errores, más difícil, decidir y elegir. Al menos decidir y elegir… lo mejor. Sigue leyendo