Reguetón: ¿Gusto o intereses? Por Javier Gómez Sánchez


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Pensemos en la historia. La década del 90 estuvo dominada por la salsa cubana o timba, que se escuchaba en las fiestas y en la radio de forma bien delimitada con la música disco. En el 2000 ya la timba de NG La Banda no estaba en su auge mayor pero agrupaciones nuevas como Carlos Manuel y su Clan, Bonny y Kelly, Arnaldo y su Talismán, refrescaban la escena salsera, y le daban sus últimos momentos de gran popularidad. Algunas orquestas como La Charanga Habanera, los infaltables Van Van y Adalberto Alvarez y su Son, se mantenían. Otros como Manolín El Medico de la Salsa, e Isaac Delgado -quien terminó retornando a Cuba- decidieron continuar sus carreras en el extranjero, como luego haría también Carlos Manuel. Sigue leyendo

Cuestionar el reguetón no es necesariamente un prejuicio. Por Carlos Ávila Villamar


Después de leer tantos análisis sobre reguetón, he identificado dos premisas fundamentales acerca de la cultura que están implícitamente asumidas en la mayoría de ellos. La primera, la de los más críticos, afirma que la cultura es un condicionante de la sociedad, y que por tanto el reguetón es malo, porque empobrece el gusto musical y promueve los valores más ruines. La segunda premisa, sostenida por analistas que hablan desde una neutralidad cómplice, afirma que la cultura -en este caso el reguetón- es una expresión de la sociedad, y por tanto no debe ser juzgado. No espero posicionarme en el centro de estas dos posturas, cosa que sería muy fácil e improductiva, solo quiero reducirlas a su argumento de fondo, y evitar por tanto declaraciones irresponsables. Sigue leyendo

Las palabras de Alpidio


Alpidio Alonso

Alpidio Alonso en el VIII Congreso de la UJC

La lectura de un artículo publicado en el diario Granma me ha hecho volver sobre estas palabras de la intervención del poeta Alpidio Alonso en el VIII Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas, efectuado en diciembre de 2004.

No abogamos aquí por el aburrimiento, ni el elitismo, y mucho menos venimos a alentar el síndrome de la prohibición. Todo lo contrario. Sigue leyendo