Cuba y EEUU antes de Girón (Parte III y final). Por Fabián Escalante


El 17 de mayo de 1960 inició sus transmisiones Radio Swan. Esta emisora pretendía confundir a la opinión pública cubana con informaciones groseramente manipuladas so­bre los acontecimientos políticos que ocurrían en la Isla. Los equipos transmisores, con 50 kilovatios de potencia, estaban instalados en la isla Swan, ubicada en el Atlántico hondureño. Transmitían las 24 horas del día y pretendía, además, dirigir las acciones de la clandestinidad y más tarde, preparar una campaña de guerra sicológica que acondicionara el terreno de la inva­sión mercenaria. En los registros internacionales aparecía inscrita como una filial de la Gibraltar Steamship Company, y el espía David A. Phillips era su mentor.

Los primeros reclutas que debían ser entrenados en las artes de la subversión, el sabotaje y el terrorismo, arribaron en junio a la pequeña isla de Usseppa, situada en la cayería floridana. En el grupo inicial iban 25 hombres, casi todos ex oficiales del ejército de’ Batista, como: José Pérez San Román, futuro jefe militar de de la Brigada; Miguel Orozco Crespo, quien llegaría a comandar los gru­pos de misiones especiales; Jorge Rojas Castellanos ex oficial del antiguo ejército y sobrino de un general batistiano; Manuel Blanco Navarro, ex casquito, y otros, captura­dos en su mayoría posteriormente por las fuerzas de Seguridad cubanas cuando desembarcaban en las costas de la Isla.

En Guatemala, el jefe de la estación de la CÍA, Robert Kendall Davis, gestionaba con el dictador local, Miguel Idígoras Fuentes, la autorización para colocar en ese terri­torio los campamentos para el entrenamiento de los mercenarios. De esa manera tendrían la clandestinidad necesaria para la realización de la operación contra Cuba. También eliminarían las evidencias públicas que se originarían de ejecutarse las acciones desde el propio territorio de Estados Unidos.

Entre junio y julio comenzaron a funcionar las oficinas de reclutamientos en la Florida y otros estados de la Unión donde residían cubanos. El plan consistía en captar tres­ cientos hombres que constituyeran la cantera de la cual extraer a los agentes que operarían con la clandestinidad cubana. El instructor principal era el coronel del ejército filipino Napoleón Valeriano, especialista en lucha antiguerrillera, y connotado asesino de patriotas en su país.

Las ideas iniciales eran demasiado pragmáticas. Según la percepción de los analistas de la CIA, las revoluciones en Cuba se habían forjado por un grupo selecto de hombres, a los cuales el pueblo seguía ciegamente. La justeza de la causa no era una preocupación, pues en su concepto el pueblo era una masa abstracta, sin voluntad y seguidora de sus dirigentes, encarnaran o no sus aspiraciones. Fue por ello que el plan consistió en formar grupos o teams de cinco hombres, especialistas en diversas materias subversivas, que debían infiltrarse en la Isla para colocarse a la cabeza del movimiento clandestino y gestar la sublevación. Cada provincia tendría su cuota de teams, de acuerdo con las capacidades de la contrarrevolución y las condiciones del terreno. Así, Pinar del Río, Matanzas, Las Villas y Oriente serían el centro de la lucha guerrillera, en La Habana y Camagüey predomi­naría la lucha en las ciudades.

La tarea del coronel Valeriano fue ardua, pues a pesar de disponer de una amplia cantera de reclutas, sólo pudo preparar 85 hombres, de los cuales pudieron ser infiltrados 35 en los primeros meses de 1961. De ellos 20 fueron capturados. No fue un récord, pero representaba un mag­nífico promedio para los jóvenes oficiales del G-2 cubano.

El 16 de junio de 1960 el embajador norteamericano en Cuba. Phillip Bonsal, recibió una urgente citación del Minis­terio de Relaciones Exteriores. Se trataba de informarle que dos de sus diplomáticos habían sido capturados por fuerzas de Seguridad aquella tarde, en una reunión con contrarre­volucionarios cubanos, y estaban declarados personas in­deseables en nuestro país; por tanto se les concedían algunas horas para que abandonaran el territorio nacional.

Eran los agregados Edwin L. Sweet y Wílliam G. Friedeman, quienes fueron sorprendidos en una residencia ubicada en las avenidas 42 y Quinta, en Miramar, cuando instruían a varios jefes de grupos en actividades subversi­vas. En el registro efectuado a la casa de Friedeman se ocuparon banderas y documentación nazi; éste reconoció ser un fervoroso simpatizante de la causa fascista.

El 5 de junio de 1960 Manuel Artime proclamó en Cosía Rica la fundación de su organización contrarrevolucionaria Movi­miento de Recuperación Revolucionaria (MRR), afirmando que era la mejor organización en Cuba. Varios días más., tarde, el 22 de junio, se reunían en México los hombres seleccionados por la CIA para constituir la “oposición res­ponsable” que aunaría los esfuerzos del exilio. La misma se denominaría “Frente Revolucionario Democrático”, FRD. Previamente, al igual que Artime, cada “líder” fundó su propio grupo, y así nacieron las organizaciones contrarrevolucionarias Resca­te, Montecristi Triple A y Movimiento Demócrata Cristiano.

En los primeros días del mes de julio, Richard Bissell convocó una reunión ultra secreta del grupo operativo anti-cubano. El propósito, escuchar el informe de Joseph Scheider, jefe de los laboratorios de la CIA. Los científicos acababan de descubrir una .sustancia novedosa derivada del LSD que produciría a quien se le suministrara un estado hilarante hasta perder el conocimiento. El plan consistía en suministrárselo a Fidel Castro durante una de sus habituales compare­cencias televisivas. Luego, mediante una hábil manipulación de la prensa, declararían una locura temporal en el dirigente cubano y así acabarían con su carismática influencia. Sin embargo el operativo fracasó al no encontrar a la persona adecuada para realizar la acción.

En agosto de 1960 los laboratorios de la CÍA contaban con otro nuevo producto. Unas sales de talio con efectos depilatorios. Esperaban una oportunidad de acceso a Fidel para impregnarle estos polvos y que perdiera la barba, la cual consideraban era un factor importante de su imagen carismática.

Otro invento fue puesto a disposición del arsenal opera­tivo de la CIA; se trataba de un agente químico para ser aplicado a un tabaco. Cuándo Fidel lo fumara padecería de una desorientación repentina que les posibilitaría realizar una campaña de prensa acusándolo de demencia, y arrui­nar su autoridad y prestigio. Sin embargo, la rama operativa no contaba con los elementos en Cuba que le permitieran llevar a cabo estos planes, por lo que éstos permanecieron cierto tiempo engavetados, con la lógica frustración de los científicos.

En agosto la planificación de la operación cambió drásticamente su curso en tanto los informes que llegaban de Cuba revelaban un alto nivel de apoyo popular a la Revolución.

Por esas razones, el énfasis se dirigió a la organización de una expedición armada que con apoyo interno o sin él barriera al gobierno de la Isla. Se destinaron trece millones de dólares para la formación de una brigada mercenaria de aproximadamente 600 hombres. Confiaban que, como en Guatemala, el desembarco de una tropa armada y equipa­da, con el respaldo de Estados Unidos, haría caer la Revolución en un par de días.

En Cuba trabajaban varias células clandestinas de los movimientos contrarrevolucionarios, entrenadas y armadas por la CIA. Uno de sus jefes, Rogelio González Corso, alias Francisco, había sido infiltrado recientemente para lograr la unidad de todos los grupos opositores bajo la bandera del Frente Revolucionario Democrático (FRD). Éstos serían la cantera con la cual trabajarían los teams de infiltraciones que se preparaban en los campos de Guatemala y Panamá.

Simultáneamente, los agentes de la CIA en la embajada norteamericana continuaban en busca de nuevas posibili­dades para agredir a la Revolución. Durante el segundo semestre de 1960 llegó al conocimiento de estos espías la información de que el gobierno revolucionario establecería relaciones diplomáticas con la Unión Soviética y la Repúbli­ca Popular China. Inmediatamente organizaron planes para averiguar cuáles serían los locales utilizados para las ofici­nas de estas representaciones.

La primera operación técnica puesta en marcha fue con­tra la sede soviética. De acuerdo con su informante, ésta radicaría en el último piso del residencial Rosita Hornedo, hoy hotel Sierra Maestra, en la barriada de Miramar. Desde hacía varios meses habían reclutado al hijo del dueño de aquellas edificaciones, Alfredo Izaguirre de la Riva, periodista de profundas convicciones anticomunistas.

La segunda penetración técnica fue contra la agencia de prensa china XINHUA, ubicada en un local del edificio del Retiro Médico, situado en la avenida 23 y calle N en el Vedado. Un agente de nacionalidad norteamericana, Mario Nordio, fue designado para alquilar un apartamento situado sobre el local que ocupaba la agencia de prensa. Cuando todo estuvo listo, la estación de la CÍA en la embajada envió a tres técnicos: Eustace D. Brunet, Edmundo R. Taranski y Daniel L Carswell, quienes se encargarían de barrenar el piso y colocar los micrófonos.

Todo iba bien, hasta que el 8 de septiembre el G-2 los capturó por sorpresa. Nordio huyó y trató de refu­giarse en la casa de otro espía-diplomático, Robert. L Need, pero de nada le valió, y al día siguiente, tras la denuncia pública, todos eran expulsados del país.

Todavía reciente la denuncia cubana, en Washington se reunían Bissell y los coroneles King y Sheffield Edwards, este último, director de las oficinas de seguridad de la CÍA. El tema central era la eliminación de Fidel Castro. Edwards propuso una nueva alternativa: encargar la tarea al sindicato yanqui del juego organizado, al cual la Revolución le había expropiado sus casinos y lo había expulsado del país. El plan expuesto se ejecutaría mediante un viejo operativo, Jim O’Connell, quien utilizaría a uno de sus agentes, Robert Maheu, para contratar a los elementos de la mafia.

El mafioso escogido fue John Rosselli, figura del bajo mundo criminal relacionado con el juego en Las Vegas. Maheu conocía a Rosselli desde finales de los años cin­cuenta cuando había cultivado su imagen de hombre duro, Jo cual ahora le servía de aval para encomendarle el asesi­nato.

El 9 de septiembre de 1960 Rosselli y Maheu se reunieron en el restaurante Brown Derby del barrio californiano de Beverly Hills. Allí se le planteó al mafioso que altos funcio­narios gubernamentales necesitaban desembarazarse de Fidel Castro y se le solicitó reclutara a las personas adecua­das. Rosselli vaciló, pero al final expresó tener un compro­miso con su gobierno; aceptó la tarea, .pero impuso la condición de reunirse con un representante oficial. Cuatro días después, Jim O’Connell se entrevistaba con Rosselli en el neoyorquino hotel Plaza, y le brindó las garantías requeridas.

En esos días Fidel Castro visitaba la ciudad de Nueva York para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde quería exponer la verdad de lo que acontecía en Cuba, pues era sistemáticamente calumniada por las transnacionales de la información.

Esa fue la ocasión esperada por los operativos de la CIA que seguían sus pasos. Una habitación en el hotel Waldorf Astoria se alquiló para la escolta policial que el gobierno norteamericano ponía a disposición de los jefes de Estado.

El plan consistía en reclutar al jefe del grupo de policías para colocar subrepticiamente en la habitación del dirigente cubano una caja de tabacos. Éstos contendrían una pequeña carga explosiva destinada a volar su cabeza. El policía se negó airadamente, esgrimiendo el argumento de que su misión era cuidarlo, no matarlo.

Fidel regresó a Cuba, mientras los planes CIA-Mafia continuaban su curso, Rosselli y Maheu se trasladaron a Miami y a mediados de octubre de ese año el mafioso le presentaba a su cómplice dos individuos de toda su con­fianza: Salvatore Giancana y Santos Trafficante, quienes serían los encargados de buscar a los ejecutores entre los cubanos exiliados.

A fínales de noviembre, Giancana le propuso a O’Connell buscar otra forma de asesinato, donde el ejecutor tuviera la posibilidad de escapar con vida. Ambos pensaron en el veneno como el método más indicado. Scheider fue llama­do de nuevo y sus laboratorios se pusieron a trabajar…

El 5 de octubre desembarcó por la bahía de Navas, situada entre los poblados de Moa y Baracoa, un destaca­mento de mercenarios integrado por 27 esbirros batistianos, acompañados por dos norteamericanos. El jefe del grupo era el connotado criminal Armentino Feria, alias El Indio, quien fue capitán de una banda paramilitar batistiana. A los pocos días todos eran detenidos por el Ejército Rebelde y las milicias campesinas, que desde los primeros momentos iniciaron su persecución. Entre los capturados se encontraba el yanqui Tony Salvad, asesor militar de Feria. La aven­tura terminó con un rotundo fracaso.

El 8 de octubre las fuerzas del Ejército Rebelde concluían una importante operación en el macizo montañoso del Escambray. Los contrarrevolucionarios del patio, estimula­dos por la CIA, fomentaron destacamentos armados en aquellos parajes, que cometían crímenes y desmanes con­tra la población campesina. El objetivo enemigo consistía en preparar una fuerza militar en la retaguardia de las tropas revolucionarias, para en el momento oportuno, cuando desembarcasen su brigada mercenaria por las costas cu­banas, aniquilaran las líneas de suministro y retaguardia. Además, tenían la misión de crear el clima de caos y desestabilización que evidenciara una guerra civil en el país y justificase la invasión y la propia intervención de Estados Unidos.

Los jefes contrarrevolucionarios Porfirio Ramírez, Plinio Prieto y Sínesio Walsh respondían al FRD de Tony Varona, quien a través de su cuñado José Ruíz Sánchez, alias Comandante Augusto, coordinaba con la embajada yanqui el suministro aéreo de armas, municiones y logística que la CIA les enviaba. En septiembre lanzaron en paracaídas a un asesor norteamericano nombrado Richard Pecoraro, quien debía entrevistarse con los jefes de bandidos, conocer sus necesidades y recomendar las medidas orga­nizativas necesarias para mejorar la combatividad de ¡as tropas en vísperas de la invasión de Bahía de Cochinos.

La operación del ejército rebelde aniquiló las principales agrupaciones contrarrevolucionarias y se ocuparon nume­rosas armas y pertrechos militares. Mientras, en las ciuda­des cubanas continuaba una lucha sin cuartel entre estas ellas y las fuerzas de la Seguridad, que apoyadas en el pueblo, las iban desmantelando.

Un caso importante sería denunciado en ese mes de octubre. Se trataba de la operación “Ópera”, mediante el cual el G-2 penetró la estación de la CIA en la embajada nortea­mericana, en las personas de! coronel Erickson S. Nichols y el mayor Robert Van Horn, ambos agregados militares. El objetivo de estos espías era organizar la contrarrevo­lución en la ciudad de La Habana. Iban a poner en práctica un amplio plan subversivo que se proponía volar la refinería Ñico López, la planta eléctrica de Tallapiedra, promover alzamientos en el Escambray y atentar contra la vida de dirigentes de la Revolución, en particular del Comandante en Jefe.

Entre los agentes más importantes de la CIA involucrados en estos planes, se encontraba la norteamericana Geraldine Shapman, una bostoniana casada con un millonario taba­calero. Fue reclutada por el mayor Robert Van Horn y era una de las personas claves para la coordinación de los envíos de armas a los bandidos del Escambray. Fue arrestada el 15 de noviembre cuando se ocupó un importante cargamento de armas y explosivos en un apartamento de su propiedad en el elegante reparto Biltmore, hoy Siboney, del municipio Marianao. En sus declaraciones ante las autoridades cuba­nas, la Shapman explicaría los preparativos que se estaban realizando en la Florida y Guatemala para invadir a Cuba. Ella misma había alquilado una casa en Miami, destinada a servir de tránsito a los reclutas que marchaban hacia los campamentos en Centroamérica. La Revolución Cubana una vez más denunció estas evidencias; sin embargo, pocos quisieron escucharla. La conjura instrumentada ha­bía comprado Presidentes y silenciado los medios de difusión masiva del continente.

En septiembre agentes de la seguridad cubana penetraron en Costa Rica a uno de los grupos de apoyo a los mercenarios que se preparaban en Guatemala, esclareciendo el volumen del contingente que se entrenaba y el punto de partida de la proyectada invasión: Puerto Cabezas en Nicaragua

El 1ro de diciembre de 1960 Richard Bissell convocó una reunión urgente del grupo operativo anticubano. Horas antes había recibido un cablegrama cifrado procedente del jefe de la estación de la CÍA en Guatemala, Robert Kendall Davis. EI mensaje exponía:

“Urgente: Bissel, Kirkpatrick y Barnes:

“La brigada sufre una profunda desmoralización. Pepe San Román5 se niega a continuar al mando de las tropas por labor de zapa que Varona está realizando para imponer a un hombre suyo como jefe militar. Es necesario acabar con las discusiones políticas y pacificar a los expediciona­rios. Nadie asiste a los entrenamientos y prácticamente hay una insubordinación. Espero instrucciones. Fin. Fin”.6

Días más tarde el Grupo Especial del Consejo Nacional de Seguridad aprobaba un aumento del presupuesto y ordenaba al Pentágono que facilitara todas las armas y especialistas requeridos para la operación contra Cuba, que ahora recibiría el nombre codi­ficado de “Pluto”.

El tráfico aéreo y naval entre Costa Rica, Nicaragua, Guatemala y la Florida era intenso. Aviones y barcos carga­dos con hombres y mercancías atravesaban constantemen­te sus rutas y fue en aquella época en que avispados cubanos, norteamericanos y otros alegres partidarios de la libre empresa, comenzaron el próspero negocio del contra­bando encubierto de armas y pertrechos militares para la “causa de la libertad”. Después, inspirados en lo productivo del negocio, el whisky se convirtió en la mercancía principal; luego sería el comercio de la sangre y más tarde, la droga.

En diciembre la fuerza de tarea de la CIA se reunió nuevamente con Bissell y concluyeron que los hombres reclutados no eran suficientes y que había que organizar un contingente de ataque de mayor envergadura, que contara con poderosos medios, marina y fuerza aérea y así se organizaría en los días posteriores la brigada de asalto 2506 con un componente de 1,500 hombres, artillería, tanques, armas de todo tipo, aviones de combate y transporte y finalmente una flotilla de embarcaciones que los transportarían a costas cubanas y brindarían el apoyo naval necesario.

Por otra parte en noviembre, se reportaron 80 actos de sabotajes en la capital cubana, a los que sumarían 57 más al mes siguiente, mientras en ese periodo, se realizaban 35 en Pinar del Rio, 16 en Las Villas, un asalto a una estación de policía en la capital camagüeyana y 7 acciones terroristas en Santiago de Cuba.

Un complot para asesinar a Fidel Castro se puso en marcha, mediante el cual un agente –Félix Rodríguez Mendigutía- infiltrado desde USA y con colaboración interna se proponía disparar al líder cubano cuando visitara la casa de la compañera Celia Sánchez, el cual fracaso por la acción de las seguridad del estado.

Mientras, en los primeros días de enero, Estados Unidos rompería relaciones diplomáticas con el gobierno cubano y comenzarían a infiltrarse por vías aéreas, marítimas y legales los teams de agentes y las armas necesarias para “levantar” la contrarrevolución interna.

El 20 de enero, mientras tomada posesión de la presidencia John Kennedy, la CIA probablemente sin su consentimiento organizada el departamento ZR/Rifle que tenía la misión de “liquidar a líderes políticos hostiles a las políticas norteamericanas”, con Fidel como primera prioridad.

En febrero, la CIA decidió, debido a las discrepancias existentes relativas al protagonismo de cada una de las organizaciones contrarrevolucionarias que operaban dentro de Cuba, ex filtrar a sus jefes para unirlos e instruirlos en las acciones que el “frente interno” debía desarrollar en apoyo a la invasión que se preparaba y agruparlos bajo una entidad que denominó Frente de Unidad Interna, FUR.

En ese mes también la CIA decidió asegurar la participación de Estados Unidos en el conflicto contra Cuba que se estaba preparando, organizando un contingente de 163 exilados, que en uniformes del ejército rebelde y al mando de Higinio Díaz Ane deberían atacar la Base norteamericana de Guantánamo, para hacer parecer ante el Mundo que las fuerzas revolucionarias tomaban represalia por la agresión militar que debía desarrollarse en Bahía de Cochinos.

El 13 de marzo, los jefes de la contrarrevolución interna al mando de Humberto Sorí Marín, Rafael Díaz Hanscon y Rogelio González Corso se infiltraban por las inmediaciones de Jibacoa en la provincia de la Habana y convocaban a un conclave el día 18 a todos los jefes internos para una casa del reparto Siboney en Miramar, con el objetivo de instruir a todos en las acciones a desarrollar en vísperas del desembarco mercenario. Mientras enviaba a un grupo de sus hombres al reparto Celimar, muy cerca de la capital a recoger 40 sacos de explosivos plásticos infiltrados en una de aquellas noches por embarcaciones enemigas, ocasión en que fueron capturados por las milicias revolucionarias.

El día señalado para la reunión, alertados por la empleada de la residencia, la Seguridad cubana detuvo a todos los dirigentes reunidos, ocupando los planes y escondrijos donde se había ocultado las armas y explosivos para las acciones. Fue un golpe demoledor. La “quinta columna” interna había sido desmantelada.

Sin embargo la CIA no se conformó con los fracasos. En marzo estuvieron listas las pastillas de botulina sintética un veneno letal que habían preparado en sus laboratorios y que introdujeron en Cuba a través de uno de los diplomáticos de la embajada española, quienes las entregaron a Juan Orta, por entonces jefe de las oficinas del Primer Ministro y a un gastronómico del restaurante Pekín a donde Fidel acostumbraba a comer comida china. Ambas acciones fracasaron a causa de no coincidir los asesinos con el líder revolucionario.

Otro complot de asesinato fracasaría ese mismo mes, a causa de la detención de Díaz Hanscon uno de los dirigentes apresados, en tanto tenía previsto colocar una potente bomba en el Instituto de Ahorro y Vivienda en ocasión de una reunión pautada para el 28 de ese mes, en la cual Fidel revisaría el cumplimiento de los planes de construcción de viviendas de ese organismo.

Finalmente el golpe definitivo lo daría el pueblo cubano y sus organizaciones políticas que en vísperas de la agresión detuvieron a miles de contrarrevolucionarios en todo el país, desmantelando así cualquier tipo de acciones subversivas en apoyo a los invasores.

Hoy al leer estas notas – retazos de nuestra historia- resulta asombroso, incomprensible quizás para algunos, que el pueblo cubano haya resistido tamaña ofensiva, jamás antes conocida. Sin dudas, una de las páginas más heroicas escritas, que a decir verdad, solo pudo ser posible por la confluencia de dos factores determinantes: la decisiva participación de nuestro pueblo en la defensa de sus conquistas y la invaluable dirección y guía de Fidel Castro. Jamás nadie en aquellos tiempos, se preocupó por el tamaño o el poderío del enemigo a enfrentar, simplemente como un solo hombre, el pueblo combatió y los venció rotundamente.

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