Las artes y los oficios son hermanos. Por Rolando López del Amo


Las artes y los oficios son hermanos. Se trata, en ambos casos, de especialidades al servicio de la sociedad. Su propósito es hacer mejor la vida de los seres humanos, tanto desde el punto de vista material, como espiritual. Las artes y los oficios se consuman mediante el trabajo. Los que se dedican  a estos menesteres como profesión con la que ganan el sustento son, pues, tan trabajadores como un obrero industrial o un campesino o un empleado de oficina.

Arte es creación y creación es trabajo. El trabajo nos ha permitido ser lo que somos, el trabajo dentro de la sociedad de la que somos parte y en la que hemos alcanzado nuestra dimensión humana. La preservación y transmisión de la experiencia histórica acumulada, convertida en conocimiento y transmitida de generación en generación es lo que nos conforma. Un hombre aislado es nada. Esta circunstancia es la que nos ha llevado, históricamente, a tratar de perfeccionar las formas de relacionarnos dentro de la sociedad a la que pertenecemos. De esa necesidad surgieron los estados, los gobiernos, las leyes, las normas de convivencia, en fin, los elementos de orden de aceptación general. De lo anterior se desprende que cada miembro de la sociedad tenga determinados derechos y determinados deberes que son las dos caras de una misma moneda. No hay derechos sin deberes ni deberes sin derechos. El balance adecuado entre unos y otros es lo que produce el equilibrio, la armonía.

Por circunstancias geográficas e históricas la sociedad humana no es homogénea, sino diversa. Como resultado de lo anterior se fueron formando diferentes culturas y lo que en una de ellas es válido, puede no serlo en otra. El proceso de globalización que comenzó a finales del siglo XV y se intensifica en nuestros días produce un intercambio cultural que puede ir acercándonos a valores compartidos que tendrán que enfrentar grandes intereses creados de aquellos grupos que detentan el mayor poder económico, militar,  político y mediático.

Desde finales del siglo XVIII surgieron en Europa ideas que resaltaban valores individuales que debían ser patrimonio de todos los miembros de la sociedad. Las muy conocidas consignas de la revolución francesa de libertad, igualdad y fraternidad irrumpieron en un mundo dominado por el absolutismo y el oscurantismo. Pero esos valores son sujeto de diversas interpretaciones. Los grandes millonarios creen que la libertad es su derecho a ser lo que son, aunque el resto de los ciudadanos se vean obligados a una vida pobre o miserable. El anarquista no se cree sujeto a ley alguna y se proclama  con derecho a actuar sin sujeción a nada.  La igualdad también se interpreta de diversas maneras y el vago quiere ser considerado igual que el laborioso y el delincuente  igual que una persona honrada. La fraternidad parece ser el principio más claro, aunque hay quienes quieren reducirlo según diferencias étnicas o de clase social o creencia religiosa, etc.

Con su profundo estudio de la sociedad humana, Carlos Marx descubrió la esencia del funcionamiento del capitalismo europeo de mediados del siglo XIX. Si en un principio el dinero surgió como mercancía común aceptada para fijar el valor del resto de las mercancías y un productor vendía su producto para con ese dinero comprar otros productos, la relación mercancía-dinero-mercancía terminó siendo dinero-mercancía-dinero, o sea, invertir el dinero en producir mercancías para obtener más dinero. El dinero se convirtió en el objetivo de la producción capitalista y los que poseían más dinero en los más poderosos. El poeta español Francisco de Quevedo ya había advertido: poderoso caballero es Don Dinero. El capital financiero se fue imponiendo, surgieron las bolsas de valores y apareció una economía virtual levantada sobre la especulación sin relación verdadera con la economía real. Un gran casino en el que el uno por ciento de la humanidad juega los destinos del 99 por ciento restante, desangrándolo en guerras locales y regionales que pueden llegar a extenderse de modo global.

Ese es el mundo contemporáneo en el que los seres humanos tenemos que hacer nuestras vidas y tomar nuestras decisiones.

Los trabajadores del arte no escapan, no pueden escapar a la realidad mundial de la que son parte. Y hay que decidir si se está con el uno por ciento o con el 99.

Benito Juárez, el insigne Presidente indio de México, nos legó una máxima esencial para la convivencia humana: el respeto al derecho ajeno es la paz. Eso quiere decir que mis derechos deben tener en cuenta los de los demás, que mi libertad termina donde comienza la de los demás. Y eso es válido para las relaciones entre los Estados y de los individuos dentro de la sociedad. Vale aquí recordar aquella idea de José Martí acerca de que nada es un hombre en sí y lo que es lo pone en él su pueblo. No hay humanidad sin sociedad. Y esa relación entre el individuo y la sociedad está basada en normas comunes aceptadas. Los transgresores de esas normas tienen que responder ante los demás.

Por supuesto que todo evoluciona, incluyendo las normas. A veces, en una situación de grave crisis social, generalmente por el abuso de los que ejercen el poder, se produce una revolución para acelerar la evolución deseada por la mayoría de los miembros de la sociedad.

Hasta nuestros días, consideramos que la mejor forma de organizar la sociedad es la democracia, o poder del pueblo. Para que sea una democracia real –y no como la primitiva griega que excluía de ella a los esclavos y a las mujeres– la democracia actual debe ser participativa, además de electiva, controlada por las organizaciones sociales de la población trabajadora. Y esta amplia democracia tiene también sus normas de obligatorio cumplimiento para los ciudadanos.

En el mundo capitalista, basado en el predominio de la propiedad privada sobre los medios de producción y de servicios, el propietario de lo que sea impone sus condiciones, aunque también hay leyes generales que le fijan obligaciones. Pero lo esencial es que toda actividad productiva o de servicios se hace para el enriquecimiento del  propietario y según su criterio.

Este afán de ganancia rige también en la esfera del arte y la literatura. El dueño del dinero decide qué película se filma, que obra de teatro se monta, que música se ejecuta, etc. Los artistas se ven obligados a subordinar sus proyectos a lo que los dueños del capital decidan.

Por supuesto que pueden hacerse esfuerzos individuales. En 1955 tuve como jefe al entonces mejor director de teatro dramático de Cuba: Francisco Morín. Él había creado el grupo Prometeo para tratar de representar lo más valioso de la dramaturgia universal contemporánea. Como procedía de una familia de trabajadores humildes, Morín tenía que ganarse el sustento trabajando. Había  estudiado Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana, carrera que daba conocimientos pero no aseguraba medio de vida. Se hizo taquígrafo y mecanógrafo y ocupó una plaza en la Estación Terminal de los antiguos Ferrocarriles Unidos de La Habana, empresa inglesa que por no rentabilidad el Estado cubano burgués se hizo cargo de ella con el nombre de Ferrocarriles Occidentales de Cuba. La plaza de Morín fue eliminada y lo descendieron a la de Jefe de Mensajeros. Con el salario que allí ganaba pagaba el alquiler de la sala que utilizaba para las funciones teatrales de Prometeo. La sala que conocí entonces estaba en el paseo del Prado, donde funcionaba Radio Caribe, una emisora que pretendía competir con Radio Reloj. El padre y la madre de Morín actuaban como taquillero y portero acomodador para apoyar a su hijo.

Los actores trabajaban por amor al arte: no recibían remuneración alguna. Y se trataba de actores extraordinarios como Berta Martínez, Ernestina Linares, Liliam Llerena, Sergio Corrieri, Helmo Hernández, por mencionara algunos nombres.  Tal era el amor de Morín por el teatro que en una ocasión se embarcó en tercera clase de un barco de pasajeros para viajar a Europa y ver lo que se hacía en París, Londres y Roma en materia de teatro dramático. Consiguió después un local para su sala de teatro en unos altos en la calle Galiano, cerca de la iglesia de Montserrat. Un grupo de sus compañeros de trabajo, entre ellos militantes del Partido Socialista Popular y del Movimiento 26 de Julio, lo alentábamos en su empeño. No era teatro comercial el que hacía. No había banalidad ni la grosería del concurrido teatro Shanghai. Una noche con un público de una docena de asistentes se consideraba una noche de buena asistencia. Su teatro  no hacía concesiones a la vulgaridad o el mal gusto. No se proponía tampoco ofender gratuitamente a persona alguna. Perseguía un fin humanista superior, conmover, invitar a la reflexión a través de un arte exigente y depurado.

En 1960 tuve la oportunidad de proponerle hacer un ciclo de teatro clásico universal que comenzó con una puesta en escena de Edipo Rey en el teatro Auditórium, que entonces tenía tres pisos de lunetas para el público. Ahí actuaron Pedro Álvarez y Verónica Lynn a teatro lleno. Era un gran estímulo para el abnegado teatrista.

Por esa época también pudimos hacer algo interesante en el teatro de títeres con los hermanos Camejo. Con ellos se hacían funciones todos los domingos por la mañana en el antiguo jardín botánico de la Avenida 26. También iniciamos una experiencia ambulatoria y construimos un teatro móvil que se enganchaba a un transporte Jeep que tenían los Camejo para dar funciones breves en distintos parque de La Habana a la hora en la que los niños salían de la escuela. Otra experiencia que iniciamos con los Camejo fue la del teatro guiñol para adultos, utilizando como sede una sala teatro de la estación de bomberos de Zulueta y Corrales, la sala Ciro Redondo. Creo que la primera obra que montaron fue Lila la mariposa. Fue esta época también en la que se crearon las brigadas de teatro móvil Francisco Covarrubias, tres brigadas, cada una con un camión para transportar el escenario, la escenografía, las luces y la planta eléctrica y una camioneta para el traslado de los actores. El local de las brigadas se estableció en el antiguo Unión Club, en Malecón y San Lázaro, donde hoy está el Centro Hispanoamericano. Ellos llevaban obras cortas, en un acto, a pueblos, zonas rurales, unidades militares. Su primer director general fue un teatrista uruguayo del teatro El Galpón, llamado Amanecer Dota. También entonces se hicieron temporadas de Zarzuela en el teatro Payret y se creó una orquesta acompañante de treinta y cinco miembros dirigida por el maestro Félix Guerrero para el teatro lírico y se hizo una temporada de ópera con el maestro Sánchez Ferrer dirigiendo la recién creada Orquesta Sinfónica Nacional y con el apoyo del Ballet Nacional. José Lemat fue factor de organización de aquella temporada.

Me he detenido un tanto en mencionar estas experiencias vividas entre 1960 y 1961 -que comenzaron en el Municipio de Marianao al crear allí una sala permanente para Teatro Estudio, más una casa sede para las necesidades del grupo bajo la dirección de Vicente y Raquel Revuelta- para comparar la situación existente en el teatro cubano antes y después de 1959 apenas iniciado el proceso revolucionario. Hablo solamente de parte de lo que fui testigo entonces. Nuestros profesionales del teatro comenzaron a recibir un salario por su trabajo, comenzó el apoyo oficial al desarrollo de las artes en Cuba  que ha permitido promover y formar tantos talentos.

Quien trate de negar esa enorme realidad no tiene posibilidades de éxito.

El arte es comunicación y es civilización. El arte busca conmover los sentimientos y avivar el pensamiento. Para lograrlo se necesita sensibilidad e inteligencia. ¿Para qué ha de servir el arte sino para contribuir a mejorar al ser humano?

Nadie tiene derecho alguno, en nombre de su libertad creadora, de ofender a los demás, de burlarse de símbolos que son patrimonio de una nación, abonados con mucha sangre noble derramada por el bien común. Criticar es bueno, es saludable, es necesario, es imprescindible.

Nadie debe estar exento de crítica si esta es justificada. Pero criticar no es ofender y quien ofende debe asumir la responsabilidad por lo que hace.

José Martí, en su tiempo, advirtió: De todos los problemas que pasan hoy por capitales, sólo lo es uno: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia (5-101) Y Fidel, tempranamente, advirtió: hemos hecho una revolución más grande que nosotros mismos. Porque las revoluciones, como ya había dicho Martí, se hacen con los hombres como son y no como debieran ser.

De lo anterior queda claro que el error, que siempre está presente en toda actividad humana, ocurre también en las revoluciones. Lenin había advertido que la revolución no era una avenida ancha y recta. Y propuso una permanente actitud crítica y autocrítica. Pero las revoluciones tienen una profunda razón de ser histórica y su primer derecho inalienable es el derecho a ser, a existir, y su primer deber es defenderse. La revolución cubana tiene un enemigo histórico muy poderoso que lo es de la nación, a la que siempre aspiró a dominar y poseer, ya fuera anexándola, o convirtiéndola en apéndice neocolonial. Y como ese enemigo es el Estado más poderoso del mundo, las cosas de la revolución, de la nación,  han de tratarse con sumo cuidado para no deslizarse, por vanidad o resentimiento, hacia las filas de los verdugos de nuestros ancestros, esos mismos verdugos  que nos quieren sumisos.

Con Martí confiamos en que  La nación empieza en la justicia (5-334) Sea el triunfo de quien es la justicia (5-333)

Con el fango se pueden hacer cosas diferentes: revolcarse en él como los cerdos o crear obras de arte como los alfareros y ceramistas. Crear para el bien de todos es lo más gratificante. Y con buena fe y trabajo duro y sostenido se puede hacer obra extraordinaria. ¿Qué mejor ejemplo en el teatro cubano que el movimiento de La colmenita, ya de dimensión nacional e internacional?

Para ello es importante tener en cuenta aquel consejo de nuestro José Martí: ¡Desventurado el que no sabe agradecer! (7-109) Tiempo es ya de que el afecto reemplace en la ley del mundo al odio (14-82) El odio canijo ladra, y no obra. Sólo el amor construye. (5-241)

¡Qué hermoso, para un cubano, comprobar que cuando se grita ¡Viva Cuba!, un pueblo entero acompaña y corea con una sola alma y un solo corazón!

(Segunda cita)

Un pensamiento en “Las artes y los oficios son hermanos. Por Rolando López del Amo

  1. Cuando leí el título y el primer párrafo no sospeché la hondura y actualidad, además de la virtud de desencadenar la reflexión y sentimientos. Gracias por estos pensamientos e ideas tan necesarias en estos momentos de complejidades en muchos ámbitos. Acudir a Martí y a los clásicos del pensamiento revolucionario es imperativo de estos tiempos. Lamentablemente algunos acuden a otras fuentes y hasta sucumben ante espejismos endormecedores. Peligro no despreciable en nuestras muy particulares circunstancias. Necesitamos mas divulgar estos análisis y reflexiones, tanto o mas que la mejoría de nuestra maltrecha economía.

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