El bicentenario de Carlos Marx y los desafíos del presente. Por Olga Fernández Ríos


Hace doscientos años, el 5 de mayo de 1818, nació en Tréveris, Alemania Carlos Marx quien desde mediados del siglo XIX, junto con su amigo y colaborador Federico Engels, generó una tradición de pensamiento filosófico capaz de correlacionar teoría y práctica, interpretación y transformación de la sociedad. Más allá de sus importantes aportes en el campo del conocimiento, con impactos en el posterior devenir de la ciencia y de las ciencias sociales en particular, debe recordarse que Marx no fue solo un teórico de extraordinario calibre, sino un activo revolucionario involucrado en disímiles formas de lucha a favor de los trabajadores y en la organización de la clase obrera desde una perspectiva internacionalista. Con ese enfoque desarrolló una profunda teoría anticapitalista no superada aún y una  prospectiva del cambio social a favor de la sociedad comunista con capacidades para movilizar a obreros y trabajadores, a otros sectores de la sociedad y a intelectuales.

A pesar de esos valores y otros que no hemos reflejado, teniendo en cuenta el tiempo transcurrido, pudiera preguntarse: ¿Tiene sentido y perspectiva la obra de Marx en el siglo XXI a pesar  de ser una concepción que surgió en las condiciones del siglo XIX?

La respuesta es positiva con dos acotaciones: 1) ni en la obra de Marx, ni en la tradición de pensamiento que él generó encontraremos todas las respuestas para enfrentar el análisis del complejo panorama de principios del siglo XXI; 2)  En su concepción del mundo y la sociedad sí encontraremos muchas respuestas, por lo que no es posible realizar ese análisis eludiendo a Marx. Tampoco pueden ignorarse su método de interpretación de la realidad – que se nutre de los datos que la historia brinda-, y las claves que aporta para la  transformación revolucionaria a favor de una sociedad más justa y equitativa.

Entre las razones que ratifican la vigencia del marxismo en las condiciones contemporáneas, de momento mencionemos dos: la reproducción ampliada de las lógicas del capital que han sido determinantes en la dominación imperial hasta nuestros días, confirmando tesis planteadas por Marx, y la validez del paradigma marxista a favor de un nuevo tipo de sociedad que barra con los vicios y contradicciones que el capitalismo ha generado.

Una mirada al  capitalismo hoy

En los años 90 del pasado siglo, como consecuencia del derrumbe del socialismo de Europa del Este y la URSS, en muchos lugares apresuradamente se dictó sentencia de “muerte del ideal socialista” y el triunfo definitivo del capitalismo, mientras que el debate sobre el marxismo se centró fundamentalmente en la llamada crisis de esa concepción, ignorando las complejidades y desviaciones que condujeron al retorno al capitalismo en aquellos países. Con más racionalidad y serenidad hoy sabemos que la precaria realidad en que  viven más de dos terceras partes de la humanidad aporta muchísimas razones para continuar inspirándonos en la  obra de Marx y para refutar los cuestionamientos de su vigencia y las dañinas versiones esquemáticas de que fue objeto o que se desarrollaron en su nombre.

El contexto socioeconómico actual muestra por sí mismo la vigencia del marxismo cuando el capitalismo real mantiene la lógica de desarrollo analizada por  Marx y Engels que incluye el expansionismo de los intereses de la burguesía denunciado en el Manifiesto Comunista (1848). En ese texto se denuncian las razones por las cuales la burguesía…“obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización, es decir a hacerse burguesas. En una palabra se forja un mundo a su imagen y semejanza”.

Como nunca antes el capitalismo se ha mundializado con los negativos efectos que provoca el predominio del mercado y el crecimiento de la exclusión social que perjudica a seres humanos y a países considerados de segunda categoría  impedidos de alcanzar altos niveles de desarrollo. Sin acudir a estadísticas, a simple vista se observa la creciente degradación que sufre el capitalismo que cada vez más apela a la violencia para mantener sus intereses transnacionales, lo que se ha acrecentado desde la segunda mitad del siglo XX.

Nuestra mirada al capitalismo contemporáneo tiene en cuenta dos vertientes. La primera se refiere al mantenimiento de las lógicas del capital analizadas por Marx, lo que también nos lleva a revisitar importantísimas tesis de Lenin sobre la conversión del capitalismo en imperialismo. La segunda se relaciona con el despliegue de mecanismos de dominación con un mantenido y creciente uso de la violencia, sin olvidar que el capitalismo ha atentado simultáneamente contra los dos pilares de la vida en este planeta: la naturaleza y el ser humano,  lo que ha sido visible desde los procesos de colonización cuando se destruyeron territorios, recursos naturales y pueblos originarios.

Hay innumerables evidencias que muestran que el desarrollo del capitalismo a lo largo del siglo XX no ha logrado erradicar la pobreza extrema, ni las desigualdades sociales. Tampoco ha logrado racionalidad en el uso de los recursos naturales y energéticos, graves problemas que no pueden desvincularse del sistema en el que se han desarrollado. El panorama actual muestra cómo el capitalismo, en su forma neoliberal,  fragmenta cada vez más a las sociedades, ahonda las brechas socioeconómicas entre seres humanos y entre países; reproduce las lógicas violentas de la dominación, incluyendo un perverso uso de la ciencia y la tecnología contribuyendo a una situación internacional muy compleja en la que no han faltado el terrorismo de Estado, la ideología del fascismo, y la reafirmación del individualismo más exacerbado, a la vez que los grandes centros del capital son los alimentadores fundamentales del tráfico de drogas internacional.

Teniendo en cuenta ese escenario, las razones de la vigencia de la obra de Marx están, en primer lugar, en la propia existencia del capitalismo cuando, independientemente  de nuevas fórmulas técnico-organizativas y de dirección y otros cambios dentro del propio sistema, sus contradicciones, lejos de solucionarse, se han acentuado. Sus relaciones mercantiles hoy incluyen  el trasiego de órganos vitales del ser humano y recursos naturales, así como los logros de la ciencia y la técnica, los avances de las comunicaciones y de las técnicas de información.

Pero también hay que reconocer que el capitalismo tiene otras formas de actuar. Junto con la violencia y  la barbarie, tiene la capacidad de presentarse con un rostro atractivo que transita a través de la cultura de la imagen y la palabra que le acompaña durante siglos, de forma tal que todo lo que es funcional logra imponerse, de una u otra forma, como práctica cultural que llega a penetrar a millones de seres humanos en todo el planeta. Con gran habilidad se ha promocionado una cara bonita de ese sistema con símbolos en la  cultura del entretenimiento, en los medios masivos de comunicación, en la moda y en la difusión de una ideología a favor del modo de vida capitalista que, para millones de seres humanos en todo el planeta, no deja de ser más que un ideal irrealizable.

No hay que esforzarse mucho para mostrar que la cultura de mercado que tiene su centro en EEUU como negocio e instrumento de dominación y de exclusión social, ha generado espacios de silencio en la sociedad y formas de sumisión sostenidos por el miedo, que lamentablemente puede funcionar como un elixir paralizante: miedo a la represión, a las guerras, al desempleo, a enfrentar las consecuencias del endeudamiento, o a enfrentar los desplazamientos identitarios que el sistema ha generado en forma de las llamadas tribus urbanas, mafias, pandillas juveniles o a través del crecimiento de la violencia  hacia mujeres y niños. Pero lo más atroz de esa anticultura, es que trata de opacar la violencia económica y bélica inherente a la naturaleza del capitalismo, lo que de hecho trae aparejado discriminación y violencia contra los pobres y los sectores considerados marginales, que pasan a ser los grandes culpables a castigar, ocultándose la verdadera causa que los hacen marginales: la desigualdad e inequidad social. Es como un círculo vicioso del que nunca habrá salida si no se escarba en sus causales.

Lo cierto es que la dominación capitalista cada vez más trata de realizarse también desde lo cultural para opacar el lado de la violencia y la barbarie, por lo que también debe enfrentarse desde lo cultural, a pesar de que eso entraña  muchos desafíos e interrogantes. En esa dirección arribamos a una perspectiva que suma a favor de la vigencia del legado de Marx: la contraposición de dos polos opuestos, la cultura de la desesperanza, la violencia y la guerra y la cultura de la esperanza, de dignificación humana, de justicia, solidaridad, internacionalismo, resistencia y autoestima de los pueblos.

La primera trata de doblegar la ira y la esperanza popular para  lograr un mundo más justo; apuesta al desmontaje de los paradigmas y de los símbolos  asociados a cambios emancipatorios, profundiza en las debilidades y no en los logros de los países que han decidido realizar procesos antiimperialistas o socialistas.  El segundo polo cultural a favor de la dignificación humana, es en el que se inserta el legado de Marx, con la peculiaridad de ser capaz de articularse con las más avanzadas corrientes de pensamiento y de tradiciones nacionales progresistas. También porque no entra en contradicción con  valores fundamentales de esas tradiciones y porque expresa lo intercultural frente a las lógicas de la colonialidad propias del capital.

La necesaria relectura del pensamiento de Marx sobre la nueva sociedad

Este es un plano del análisis imposible de soslayar, mucho menos desde Cuba donde desde hace cerca de 60 años se despliega un proceso de transición socialista en condiciones muy adversas, entre otras razones por la multifacética y permanente agresividad e injerencia de sucesivos gobiernos de Estados Unidos. Se trata de un proceso que nos ha obligado a repensar la teoría y la práctica socialista  del siglo XX. Muchos debates se han suscitado en los que se ratifica con fuerza la continuidad del socialismo despojado de interpretaciones esquemáticas.

En la obra de Marx y en la tradición de pensamiento que generó, se revelan las contradicciones que surgen entre teoría y práctica cuando, si bien la primera resulta indispensable para la transformación revolucionaria, mal concebida o mal administrada, puede convertirse en una traba  al desarrollo de la sociedad anti capitalista. Al igual ocurre si las decisiones coyunturales pierden de vista el ideal de sociedad al que se aspira.

Lo cierto es que la transición socialista requiere de fundamentos teóricos, de una teoría abierta y crítica como lo es el marxismo, capaz de  explicar la dialéctica entre interpretación, proyección y transformación de la sociedad, lo que es fundamental en los procesos de ruptura revolucionaria con el capitalismo.

En la obra de Marx hay una concepción de la nueva sociedad, científica y políticamente fundamentada, con claves vigentes que no son “recetas”  sobre una u otra forma de realizar la transición hacia un nuevo tipo de sociedad. Hay una concepción global, pero no encontraremos modelos, sino fundamentos que aportan a la identidad de ese proceso. En ninguna obra  se exponen detalles o fórmulas específicas que debieran adoptarse, no hay indicaciones, ni precisiones que solo pueden trazarse a partir de los contextos históricos específicos.

En otras palabras, el marxismo va a las esencias y no a las formas en que se produce la transición socialista. Precisamente esa acertada combinación de aportar un nuevo proyecto de sociedad sin moldes preconcebidos, hace que la obra de Marx sea una importante arma científica, ideológica y política. No cabe la menor duda que en las condiciones del mundo actual debe emprenderse una tarea gnoseológica con relación a los fundamentos marxistas del proyecto socialista, teniendo en cuenta que siempre, de una u otra forma esa sociedad tendrá cauces inéditos, o al menos muchos de sus componentes y contradicciones, serán inéditos.

En este  aspecto hay aportes de importancia estratégica cuando se concibe la nueva sociedad como cambio civilizatorio y cultural que no se inicia dentro del capitalismo, sino que requiere de un contradictorio período que desde sus inicios debe construir un sistema de emancipación integral que favorezca al ser humano individual y a la sociedad en toda su multiplicidad. Se trata de un proceso en el que deben gestarse las nuevas relaciones de producción y transformarse las correlaciones entre intereses individuales y sociales,  entre realizaciones materiales y espirituales, cultura, ética y valores.

Una idea clara atraviesa la concepción de Marx sobre la nueva sociedad cuando señaló que el comunismo “no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente”. Esta tesis encierra un valor metodológico como corresponde a un concepto científicamente fundamentado. Se trata de la terrenalidad del ideal de sociedad que se levanta a partir de las condiciones históricas, de las contradicciones  e intereses que marcan un contexto social determinado.

  1. Son temas que atraviesan  la obra de Marx y Engels en la que se identifica comunismo como proceso de emancipación y recuperación humana cuyas coordenadas apuntan a lograr transformaciones pensadas por y para las masas populares. Mientras el capitalismo cultiva posiciones  que favorecen el exclusivismo de la política a favor de élites de poder, convertidas hoy en partidos con fines electorales, el marxismo contribuye a la construcción de subjetividades, reivindica el derecho de que todos seamos actores políticos, sujetos de la política y ese es un importante reto de la transición socialista en cualquier lugar.

Dos comentarios finales:

1.- En las circunstancias creadas por el capitalismo y exacerbadas en la actualidad, todo apunta a reconocer la imposibilidad de ese sistema para eliminar el deterioro medioambiental, la pobreza extrema, la explotación económica y  las grandes brechas de desigualdad social, por lo que sigue en pie la propuesta de Marx encaminada a la búsqueda de un nuevo paradigma de desarrollo de la sociedad opuesto al capitalismo.

2)  Hoy son millones los que sienten el efectivo poder de las ideas y aportes  de Marx y Engels que significan un acumulado de pensamiento y acción revolucionaria a favor de la búsqueda de un mundo mejor. Es un pensamiento que algunos consideran como punto de no retorno que Antonio Gramsci  entendió muy bien cuando señaló que Marx inició intelectualmente una era histórica que probablemente durará siglos; Jean Paul Sartre la concibió como irrebasable filosofía de nuestros tiempos y Fidel Castro lo incorporó en sus concepciones reconociendo que … “Mientras más madura mi conciencia política, más admiro a Marx, porque él vio la solución con el corazón, con la inteligencia, con la ciencia y con la conciencia”.

 

6 pensamientos en “El bicentenario de Carlos Marx y los desafíos del presente. Por Olga Fernández Ríos

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  2. “Carga undolor en la vida…”

     

    “En labodega craneana”

    se guarda toda lahistoria

    que cabe en unamemoria

    de tecnología humana.

    Lista para que mañana

    se conozca del pasado

    porque ya estácomprobado

    que el que de todo seolvida

    “carga undolor en la vida

    que nopuede ser curado”.

     

    Orlando Mederos

    Cuba/EUA.

     

    “En labodega craneana”

     

    El regalo de unpensante

    podrá llegarconvincente

    a través delsubconsciente

    al justo, del puebloamante.

    Otros sienten que unpurgante

    por dentro losdesengrana.

    Como idolatría humana

    esos “DOS SIGLOS DE CARLOS”

    hemos sabidoblindarlos

    “en labodega craneana”.

     

    Ramón Espino Valdés

    Cuba/México.

    05/05/2018.

  3. HAY QUE SEGUIR LEYENDO E INTERPRETANDO A MARX

    Por: Roilán Rodríguez Barbán
    Máster en Cultura Económica y Política

    I. La formación de un pensador revolucionario.
    Este 5 de mayo de 2018 se cumple exactamente el Bicentenario del Natalicio de Karl Marx en la provincia de Prusia Renana, ciudad alemana de Tréveris. Con sólo 17 años de edad, ya Marx asombraba por la profundidad de sus ideas y por la manifiesta decisión de entregar su vida al servicio de la humanidad; valga la semblanza martiana para valorar el genio de su figura: “…Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles merece honor (…) Aquí están los buenos amigos de Karl Marx, que no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas y en los destinos de los hombres, y hombre comido de ansia de hacer bien”.
    En 1842 es que se produce en París el primer encuentro entre Marx y Engels. Ambos pensadores comienzan a desarrollar una concepción propia sobre el proceso histórico, más realista y vinculada a las necesidades sociales concretas surgidas como resultado de la lucha política y social del proletariado, la cual apreciaron directamente.
    El proceso de formación de la nueva concepción dialéctico materialista del mundo continúa desarrollándose en otras obras de Marx y Engels, tales como: “Manuscritos económico- filosóficos de 1844”, “La sagrada familia”, “La Ideología Alemana”, “Miseria de la Filosofía”, y “El Manifiesto Comunista de 1848”.
    Esta última obra, de profundo contenido teórico- revolucionario, marca un hito importante en el proceso de formación del marxismo, arma teórica del proletariado en su lucha contra la burguesía.
    II. El hombre es sensibilidad humana.
    Decía Marx: “El hombre es directamente un ser natural. Como ser natural y como ser natural viviente está provisto, por una parte, de las fuerzas naturales de la vida, es un ser natural activo. Estas fuerzas existen en él como tendencias y habilidades, como impulsos. Por otra parte, como ser natural, corpóreo, sensorial (…) es una criatura que sufre, condicionada y limitada…”
    “…es sensibilidad humana…”
    Carlos Marx planteaba que “no solo con el pensamiento, sino con todos sus sentimientos, el hombre se afirma… en el mundo”.
    Tal como se dejara ver en las Tesis sobre Feuerbach: “I. El defecto fundamental hasta el presente de todo el materialismo anterior -incluyendo al de Feuerbach- es que sólo considera las cosas, la realidad del mundo sensible, en forma de objeto de observación y no como actividad sensorial humana, no como actividad práctica, no subjetivamente …”
    “… Así se explica que el aspecto activo ha sido desarrollado por el idealismo, en oposición al materialismo, pero en forma abstracta, porque el idealismo no conoce, naturalmente, la actividad real concreta como tal. Feuerbach quiere objetos sensibles, realmente distintos de los objetos mentales, pero tampoco concibe la actividad humana como una actividad objetiva…”
    “XI. Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diversas maneras; de lo que se trata es de transformarlo…”
    III. El surgimiento del Marxismo.
    El surgimiento del Marxismo estuvo condicionado por el proceso de nacimiento y desarrollo del capitalismo que trajo consigo la aparición de dos clases antagónicas, la burguesía explotadora y el proletariado explotado. Las condiciones que se crearon como consecuencia del desarrollo del capitalismo, exigían una explicación científica capaz de convertirse además en arma para la lucha del proletariado. La concepción dialéctico materialista creada por Marx y Engels fue la respuesta que revolucionó el pensamiento de la época.
    Desde el momento de su nacimiento, los conocimientos filosóficos han ido evolucionando y sustituyéndose unas teorías por otras, como una muestra del camino ascendente del hombre en el proceso del conocimiento de su propia esencia así como de sus vínculos multifacéticos con la realidad.
    En este milenario, contradictorio y penoso camino ocupan un lugar especial Carlos Marx y Federico Engels ya que, al decir de Lenin, su genio estribó precisamente “en haber dado solución a los problemas planteados antes por el pensamiento avanzado de la humanidad. Su doctrina pareció como continuación directa inmediata de las doctrinas de los más grandes revolucionarios de la filosofía, la economía política y el socialismo”.
    Ahora bien, lo característico de esta teoría científica es que, en la misma medida que constituye continuación del pensamiento anterior, rompe con los elementos ya caducos y, en forma de negación dialéctica, se enriquece con nuevos elementos aportados por la práctica y la reelaboración creadora de sus fundadores, por tanto constituye un salto cualitativo en el propio desarrollo del pensamiento de la humanidad, en el sentido de no ser una doctrina encerrada en si misma, ni surgida al margen del camino de la civilización mundial, sino que, en todo momento con su propio carácter, está abierta a otros cambios que impliquen también la continuación y ruptura características de su esencia dialéctica.
    El surgimiento de la Filosofía del Marxismo no fue simplemente la aparición de una filosofía más, sino que ella representó toda una revolución en la historia del pensamiento filosófico.
    Lo que hoy conocemos como marxismo recoge una larga herencia cultural y filosófica que, sometida a crítica, se pone en función de conocer al mundo y transformarlo. Ellos transitaron por el camino de la verdad y nos armaron de una concepción del mundo nueva y científica al servicio de la humanidad sufriente que apenas había aparecido en los grandes tratados de filosofía. Por primera vez las masas son protagonistas principales en la reflexión filosófica.
    La labor de Marx y Engels en el plano científico alcanza niveles superiores y quedó plasmada en múltiples obras, entre las que se destaca “El Capital”. Su labor intelectual dirigida al estudio de la sociedad capitalista y las vías para superarlas, así como de los avances de las ciencias naturales y sociales de la época, estuvo orgánicamente imbricada con su decisiva actividad política en la realización de su proyecto de emancipación social que tuvo sus expresiones más significativas en la fundación de la I Internacional (1864) y en el apoyo a la Comuna de París (1871), que constituyó el primer intento revolucionario de la clase obrera por tomar el poder.
    Tras la muerte de Marx, ocurrida en 1883, Engels continuó hasta 1895 su labor, tanto en la terminación de muchas de sus obras inconclusas, como en la dirección del movimiento obrero internacional. Fue éste un período de intensa actividad frente a las tergiversaciones que ya afloraban de la obra de Marx y ante los nuevos acontecimientos históricos y descubrimientos científicos que demandaban nuevas interpretaciones creativas, que Engels y otros marxistas supieron desarrollar.
    Al valorar la trascendencia de la obra de Marx, escribiría el Che Guevara: “Ese ser tan humano cuya capacidad de cariño se extendió a los sufrientes del mundo entero, pero llevándoles el mensaje de la lucha seria, del optimismo inquebrantable, ha sido desfigurado por la historia hasta convertirlo en un ídolo de piedra.
    Para que su ejemplo sea aún más luminoso, es necesario rescatarlo y darle su dimensión humana”.
    IV. El Marxismo en Fidel Castro Ruz.
    “¿Qué aportó el marxismo a nuestro acervo revolucionario en aquel entonces? El concepto clasista de la sociedad dividida entre explotadores y explotados; la concepción materialista de la historia; las relaciones burguesas de producción como la última forma antagónica del proceso de producción social; el advenimiento inevitable de una sociedad sin clases, como consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo y de la revolución social. Que “el gobierno del Estado Moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda clase burguesa”. Que “los obreros modernos no viven sino a condición de encontrar trabajo, y lo encuentran únicamente mientras su trabajo acrecienta el capital”. Que “una vez que el obrero ha sufrido la explotación del fabricante y ha recibido su salario en metálico, se convierte en víctima de los otros elementos de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista, etcétera”. Que “la burguesía produce ante todo sus propios sepultureros”, que es la clase obrera. El núcleo fundamental de dirigentes de nuestro movimiento que, en medio de intensa actividad, buscábamos tiempo para estudiar a Marx, Engels y Lenin, veía en el marxismo- leninismo la única concepción racional y científica de la Revolución y el único medio de comprender con toda claridad la situación de nuestro propio país. En el seno de una sociedad capitalista, contemplando la miseria, el desempleo y la indefensión material y moral del pueblo, cualquier hombre honesto tenía que compartir aquellas irrebatibles verdades de Marx, cuando escribió: “Os horrorizáis de que queremos abolir la propiedad privada. Pero en vuestra sociedad actual la propiedad privada está abolida para las nueve décimas partes de sus miembros. Precisamente porque no existe para esas nueve décimas partes existe para vosotros. Nos reprocháis, pues, el querer abolir una forma de propiedad que no puede existir sino a condición de que la inmensa mayoría de la sociedad sea privada de propiedad”. El marxismo nos enseñó sobre todo la misión histórica de la clase obrera, única verdaderamente revolucionaria, llamada a transformar hasta los cimientos a la sociedad capitalista, y el papel de las masas en las revoluciones. “El Estado y la Revolución”, de Lenin, nos esclareció el papel del Estado como instrumento de dominación de las clases opresoras y la necesidad de crear un poder revolucionario capaz de aplastar la resistencia de los explotadores. Únicamente a la luz del marxismo es posible comprender no solo el curso actual de los acontecimientos, sino también toda la evolución de la historia nacional y el pensamiento político cubano en el siglo pasado”. “(…) Se pierde todo el sentido dialéctico cuando alguien cree que esa misma economía de hoy es igual a la de hace 50 años, o hace 100 años, o hace 150 años, o es igual a la época de Lenin, o a la época de Carlos Marx. A mil leguas de mi pensamiento el revisionismo, rindo verdadero culto a Marx, a Engels y a Lenin”. Cuando era estudiante supe teóricamente lo que era el comunismo utópico, descubrí que yo era un comunista utópico, porque todas mis ideas partían de: “Esto no es bueno, esto es malo, esto es un disparate. Cómo van a surgir las crisis de superproducción y el hambre cuando hay (…) precisamente más capacidad de crear riquezas. ¿No sería más sencillo producirlas y repartirlas?” Por ese tiempo parecía, como le parecía también a Carlos Marx en la época del Programa de Gotha, que el límite a la abundancia estaba en el sistema social; parecía que a medida que se desarrollaban las fuerzas productivas podían producir, casi sin límites, lo que el ser humano necesitaba para satisfacer sus necesidades esenciales de tipo material, cultural, etcétera. Cuando escribió libros políticos, como El 18 Brumario, Las luchas civiles en Francia, era un genio escribiendo, tenía una interpretación clarísima. Su Manifiesto Comunista es una obra clásica. Usted la puede analizar, puede estar más o menos satisfecho con unas cosas o con otras. Yo pasé del comunismo utópico a un comunismo que se basaba en teorías serias del desarrollo social (…) “Lenin sobre todo estudió las cuestiones del Estado; Marx no hablaba de la alianza obrero- campesina, vivía en un país con gran auge industrial; Lenin vio el mundo subdesarrollado, vio aquel país donde el 80 % o el 90 % era campesino, y aunque tenía una fuerza obrera poderosa en los ferrocarriles y en algunas industrias, Lenin vio con absoluta claridad la necesidad de la alianza obrero- campesina, de la cual no había hablado nadie…” “Con dogmatismo no se hubiera jamás llegado a una estrategia. Lenin nos enseñó mucho, porque Marx nos enseñó a comprender la sociedad; Lenin nos enseñó a comprender el Estado y el papel del Estado”. “Pienso que la experiencia del primer Estado socialista, Estado que debió arreglarse y nunca destruirse, ha sido muy amarga. No crean que no hemos pensado muchas veces en ese fenómeno increíble mediante el cual una de las más poderosas potencias del mundo, que había logrado equiparar su fuerza con la otra superpotencia, un país que pagó con la vida de más de 20 millones de ciudadanos la lucha contra el fascismo, un país que aplastó al fascismo, se derrumbara como se derrumbó. ¿Es que las revoluciones están llamadas a derrumbarse, o es que los hombres pueden hacer que las revoluciones se derrumben? ¿Pueden o no impedir los hombres, puede o no impedir la sociedad que las revoluciones se derrumben?” “(…) No tendría sentido hablar de conciencia revolucionaria si no existiera el capitalismo desarrollado y globalizado, ya previsto hace casi cien años. La conciencia del ser humano no crea las condiciones objetivas. Es al revés. Sólo entonces puede hablarse de revolución…” “En pleno auge del capitalismo en Inglaterra, que iba a la vanguardia con Estados Unidos y otros países de Europa, en el mundo dominado ya por el colonialismo y el expansionismo, un gran pensador y estudioso de la historia y la economía, Carlos Marx, partiendo de las ideas de los más prestigiosos filósofos y economistas alemanes e ingleses de la época- entre ellos Hegel, Adam Smith y David Ricardo, con los cuales discrepó- elaboró, escribió y publicó sus ideas sobre las relaciones de producción e intercambio en el capitalismo en el año 1859 bajo el título Contribución a la crítica de la Economía Política. En 1867, continuó divulgando su planteamiento con el primer tomo de su obra cumbre, que lo hizo famoso: El Capital. La mayor parte de su extenso libro, a partir de notas y apuntes suyos, fue editado por Engels, que compartía sus ideas y como un profeta divulgó su obra después de la muerte de Marx, en 1883. Lo publicado por el propio Marx constituye el análisis más serio que se escribió nunca sobre la sociedad de clases y la explotación del hombre por el hombre. Nació así el marxismo, que ha sido el fundamento de los partidos y movimientos revolucionarios que proclamaban el socialismo como objetivo, entre los que se contaban casi todos los partidos socialdemócratas que al estallar la primera guerra mundial traicionaron la consigna enarbolada por Marx y Engels en el Manifiesto comunista, publicado por primera vez en 1848: “¡Proletarios de todos los países uníos!”. Una de las verdades que el gran pensador expresaba textualmente de forma sencilla es: “En la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. No es la conciencia del hombre lo que determina su ser, sino por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una fase determinada del desarrollo de las fuerzas productivas materiales de la sociedad, entran en contradicción con las relaciones de producción existentes… De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas y se abre así una época de revolución social… Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen las fuerzas productivas que caben dentro de ella y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales de su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua”. Yo no podría explicar con otras palabras esos conceptos claros y precisos emitidos por Marx de modo tal que, con una elemental explicación de sus profesores, hasta un joven cubano de los que ingresaron el pasado sábado 14 de junio en la Juventud Comunista pueda comprender su esencia. Sobre el desarrollo concreto de la lucha de clases, Marx escribió La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850 y El 18 Brumario de Luis Bonaparte, dos excelentes análisis históricos que deleitan a cualquier lector. Era un verdadero genio. Lenin, continuador profundo del pensamiento dialéctico y las investigaciones de Marx, escribió dos obras fundamentales: El Estado y la revolución y El imperialismo, fase superior del capitalismo. Las ideas de Marx, puestas en práctica real por él con la Revolución de Octubre, fueron igualmente desarrolladas por Mao Tse Tung y otros líderes revolucionarios en el Tercer Mundo. Sin ellas la Revolución Cubana tampoco habría estallado en el traspatio de Estados Unidos. Si el pensamiento marxista se hubiese circunscrito simplemente a la idea de que “ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella”, el teórico del capitalismo Francis Fukuyama habría tenido razón al proclamar que la desaparición de la URSS era el fin de la historia y de las ideologías y debía cesar toda resistencia al sistema capitalista de producción. En la época en que el creador del socialismo científico expuso sus ideas, las fuerzas productivas estaban por desarrollarse plenamente, la tecnología no había aportado todavía las mortíferas armas de destrucción masiva capaces de provocar el exterminio de la especie: no existía el dominio aeroespacial, el derroche sin límites de hidrocarburos y combustibles fósiles no renovables; el cambio climático no se conocía en una naturaleza que parecía infinita al ser humano, ni se había presentado la crisis mundial de alimentos para compartir entre incontables motores de combustión y una población seis veces superior a los mil millones que habitaban el planeta el año en que nació Carlos Marx. La experiencia de Cuba socialista tiene lugar cuando el dominio imperial se ha extendido por toda la Tierra. Al hablar de la conciencia no me refiero a una voluntad capaz de cambiar la realidad sino, por el contrario, al conocimiento de la realidad objetiva que determina la conducta a seguir. Decenas de millones de personas habían muerto en la guerra provocada a mediados del siglo XX por el fascismo, que nació de la entraña antimarxista del capitalismo desarrollado previsto por Lenin. “…Hasta hace muy poco se discutía sobre el tipo de sociedad en que viviríamos. Hoy se discute si la sociedad humana sobrevivirá”. “…Lo asombroso de nuestra época es la contradicción entre la ideología burguesa imperialista y la supervivencia de la especie. No se trata ya de que exista la justicia entre los seres humanos, hoy más que posible e irrenunciable, sino del derecho y las posibilidades de supervivencia de los mismos”. “… Cuando Martí escribió esas palabras lapidarias, Marx ya había escrito El Manifiesto Comunista en 1848, es decir, 47 años antes de la muerte de Martí, y Darwin había publicado El origen de las especies en 1859, para citar sólo las dos obras que, a mi juicio, más han influido en la historia de la humanidad. Marx era un hombre tan extraordinariamente desinteresado, que su trabajo científico más importante, El Capital, tal vez no se habría publicado nunca si Federico Engels no se hubiese ocupado de reunir y ordenar los materiales a los que su autor consagró toda su vida. Engels no sólo se ocupó de esa tarea, sino que fue autor de una obra titulada Introducción a la dialéctica de la naturaleza, en la que habló ya del momento en que la energía de nuestro sol se agotaría”.
    V. Sin ser una conclusión.
    Rindo especial tributo a Carlos Marx un día como hoy, cuando han pasado exactamente dos siglos de su natalicio, sin que pierda vigencia su extraordinaria doctrina. Hay que seguir leyendo e interpretando a Marx.

  4. Excelente artículo.
    Pero por mucho que el capitalismo brutal trate de enmascararse al final su propia naturaleza antihumana y depredadora del ser humano y la naturaleza terminara fracadando y derrotado por los pueblos sumidos en la ignoranci, que no comprendan la esencia de la sociedad en la que viven.
    Han sido hábiles en controlar los medios y masificarlos con su mensaje clasista consumista y enajenador. La alta tecnología y el desarrollo impetuoso de los medios de producción les ha permitido crear muchísimos ricos y una amplia clase media pricipalmente en un grupo de naciones desarrolladas las cuales les han vendido al resto del mundo el sueño america e europeo que no es mas que una quimera con un final trágico por la destrucción del medio ambiente y el agotamiento de los recursos naturales del planeta y un desastre climático y medioambiental.
    Las fuerzas revolucionarias han perdido su capacidad de propaganda y asociación internacional y de crear en sus naciones fuertes organizaciones obreras y sociales despojadas de toda mentalidad pequeñoburguesa y con una nueva joya ideológica revolucionaria.

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