Antonio Guiteras, un fundador del comunismo cubano. Por Fernando Martínez Heredia


Dos veces escogió el sistema de dominación existente en Cuba tener un gran crecimiento económico con gran explotación social, y sin revolución. La primera vez fue en el primer cuarto del siglo XIX: convertirse en el primer exportador de azúcar del mundo, y seguir siendo colonia de España mientras la América ibérica se independizaba. La opción fue muy criminal y le duró bastante, pero no pudo evitar que en el último tercio del siglo sucedieran dos revoluciones, que conquistaron la identidad nacional y el Estado y una cultura nacionales.

La segunda vez que los dominantes tomaron esa alternativa fue en el primer cuarto del siglo XX: abandonar los objetivos radicales de la Revolución del 95 y lograr otro gran crecimiento económico con gran explotación social, y sometida a la relación neocolonial con Estados Unidos. Pero esta vez solo le duró ese primer cuarto de siglo, porque a fines de los años veinte se combinaron los graves límites de aquella estructura económica y la deslegitimación del sistema político en 1927 con el alto nivel y la profundidad de oposición activa al régimen dictatorial que permitían el gran desarrollo previo que habían tenido la conciencia política y las experiencias prácticas revolucionarias a escala masiva en la sociedad cubana.

Entonces sucedió la tercera revolución cubana, la Revolución del 30. Fue muy profunda y abarcadora, y generó transformaciones muy importantes, pero no pudo acabar con el sistema de dominación y crear un orden nuevo liberado. En cuanto a conciencia política y experiencias prácticas, en la Revolución del 95 la vertiente radical dentro de los independentistas avanzó mucho más de lo que parecía posible, planteó la república democrática con liberación nacional y justicia social, y produjo el proyecto de José Martí. El radicalismo dentro de la Revolución del 30 partió de aquellos avances y de la cultura política más avanzada, y planteó que en Cuba era obligatorio ser antimperialista para ser revolucionario y que el carácter del proceso debía ser socialista de liberación nacional.

Julio Antonio Mella y Antonio Guiteras fueron los dos líderes principales en aquella época. Mella logró ser el pionero de esa nueva posición en Cuba, cuando no estaba todavía entre los pensamientos posibles ni entre las opciones prácticas. Aunque fue asesinado a los veinticinco años de edad, abrió el nuevo camino y se ganó ser el símbolo del joven rebelde. Antonio Guiteras sí llegó a vivir la etapa de la crisis revolucionaria –de los primeros meses de 1933 a marzo de 1935–, en que esa solución más radical era planteable, y se lanzó a tratar de hacerla realidad.

Primero fundó y dirigió una organización política insurreccional independiente de toda política burguesa, Unión Revolucionaria, en 1932-1933, que combatió sobre todo en Oriente, con un proyecto de liberación nacional y social. Después encabezó una gestión práctica formidable, como ministro principal del Gobierno Revolucionario Provisional que existió entre septiembre de 1933 y enero de 1934, bajo el ataque incesante de Estados Unidos y de la contrarrevolución cubana. Guiteras implantó medidas y emprendió actuaciones muy radicales de justicia social, soberanía nacional, pelea frontal contra el imperialismo y sus cómplices nativos, tratando de darle bases al socialismo de liberación nacional en Cuba, mediante el ejemplo de los hechos y la creación de motivaciones que llevaran al pueblo a grados altos de movilización y de conciencia. Y en una tercera fase, otra vez en la clandestinidad, creó y dirigió una gran organización política de lucha armada a escala nacional, la Joven Cuba, que intentaba tomar el poder mediante la insurrección armada, y desde él liberar a Cuba e implantar el socialismo.

Los enemigos de esa revolución tuvieron muchas fuerzas a su favor, y los grados de conciencia y organización independientes del pueblo de Cuba eran todavía muy insuficientes para que se pudiese llevar a cabo aquella tarea. El viejo nacionalismo era patriótico, pero los límites puestos a la Revolución del 95 y tres décadas de desgaste liberal-conservador ya no le permitían enfrentar nuevos desafíos y vencerlos. El liberalismo democrático tenía la enfermedad incurable de temerle a los Estados Unidos y requerir su tutoría, y de no ver más allá de un buen ordenamiento burgués.

Entre las ideologías y los movimientos del siglo XX, el comunismo nacido de la expansión internacional del bolchevismo y de la influencia de la Unión Soviética era lo más prometedor para las revoluciones que comenzaban a necesitar las colonias y neocolonias del mundo para liberarse realmente. Pero lo que sucedió desde la segunda mitad de los años veinte, sobre todo a partir de 1928, resultó negativo en la práctica para la comprensión acertada, la estrategia y la táctica de las organizaciones, y las ideas de los seguidores de la Internacional Comunista. El caso cubano fue un ejemplo claro de esto. La teoría de Marx y las ideas y la práctica política de Lenin, el ejemplo y la esperanza de una gran revolución triunfante, la llegada del marxismo como un instrumento de potencialidades muy superiores, propiciaron un gran salto hacia delante de la cultura de liberación en Cuba. Pero fue una paradoja trágica que los comunistas cubanos obedecieran orientaciones y tuvieran creencias emanadas de una cultura política manifiestamente inferior a la que había ganado Cuba en los sesenta años previos.

Por su parte, Guiteras ya pudo asumir el socialismo anticapitalista y utilizar las ideas más avanzadas sin pertenecer a aquel movimiento comunista. A fines de 1932, escribió el manifiesto programa de Unión Revolucionaria, en el que reconocía que había varias ideologías entre los opositores a Machado y aspiraba a que unieran sus esfuerzos, al mismo tiempo que presentaba una propuesta “que sirva de aspiración común al pueblo de Cuba”. Pero al explicar con muchos detalles todo lo que pretendía la organización, queda claro que llevarlo a cabo exigía todo el poder para los revolucionarios, y que, aunque no usara la palabra socialismo, por su alcance no cabía dentro del capitalismo neocolonial, y daría lugar a una revolución socialista de liberación nacional. Este revolucionario iba a la raíz de los males de Cuba y proponía el único remedio eficaz a ellos, que implicaba que los cubanos se apoderaran de su país, liquidaran la explotación y se fueran transformando a sí mismos.1

La actuación de Guiteras lo ratificaba como un valiente y un ser humano fraternal y muy austero, pero sus ideas iban mucho más allá de lo que parecía posible hacer en Cuba, inclusive podían parecerle una locura a las personas más juiciosas. Ya estaba compartiendo las cualidades y el destino de Céspedes, Maceo, Martí, Mella, y el que tendrían después Fidel y el Che.

Hay muchas expresiones de su posición socialista cubana antimperialista durante los cuatro meses en que formó parte del gobierno revolucionario. Añado lo que expresa según el acta de una reunión del Gobierno Revolucionario: “Que en distintas ocasiones había hablado de tal necesidad, de que el gobierno se trazara un programa y que ese programa fuese explicado ampliamente al Ejército y al pueblo, para que supieran qué era lo que estaban defendiendo, pues de lo contrario iban a creer que todo se reducía a cambiar un gobierno por otro”.2

A la caída de aquel gobierno, Guiteras declaró desde la clandestinidad: “Actualmente estoy en la oposición y lucharé por el establecimiento de un Gobierno donde los derechos de los Obreros y Campesinos estén por encima de los deseos de lucro de los Capitalistas Nacionales y extranjeros.”3

Estudiar su artículo “Septembrismo” es fundamental para conocer sus ideas. Son marxistas su análisis de los acontecimientos y las fuerzas en pugna, y los instrumentos de acción política que propone; pero el punto de partida de Guiteras y su lenguaje es su país, neocolonizado pero dueño de una maravillosa epopeya nacional y presa de un ansia inmensa de justicia social. Es decir, Guiteras parte del potencial revolucionario de la cultura nacional. Logra hacer la valoración más atinada de una revolución que no ha terminado todavía: “mostró un mundo de posibilidades al pueblo de Cuba (…) esa posición erguida mostró a los revolucionarios el camino”. Concluye con una profecía que es a la vez una definición: “Esa fase de nuestra Historia es la génesis de la revolución que se prepara, que no constituirá un movimiento político con más o menos disparos de cañón, sino una profunda transformación de nuestra estructura económico-político-social”. La revolución será el gran cambio de todas las estructuras fundamentales del país, implicará liquidar todo el poder de la burguesía y el imperialismo, y las relaciones sociales en las que ese poder se basa. Menos, no sería suficiente. Y se despide con la profesión de fe del revolucionario comunista, en la lengua nacional: “espero confiado el momento oportuno para nuestra liberación absoluta, que es la que responde al clamor de las masas que todo lo sufren, que todo lo padecen”.4

El fundamentado y extenso Programa de Joven Cuba, publicado en el diario Ahora en agosto de 1934, es uno de los documentos políticos trascendentales del siglo XX en Cuba. En él se afirma que Cuba tendrá que asumir el socialismo para lograr completarse como nación.

Guiteras se comporta como un comunista, aunque no se identifique como tal. En aquellos tiempos, en Cuba ese apelativo sólo se aplicaba a los miembros del Partido Comunista. Si hoy puede resultar inusual llamarle así es solamente porque después que la revolución socialista de liberación nacional triunfante en Cuba en 1959 convirtió en algo natural comprender qué es un comunista y cómo este proviene de una lucha y unas ideas comunistas, y no de una organización determinada, la cuestión volvió a oscurecerse en la ideología estructurada durante una etapa prolongada, y sus efectos se sienten todavía.

El pensamiento y la actuación de Antonio Guiteras configuraron el tipo de comunismo cubano procedente del encuentro de las luchas de liberación nacional con el socialismo, en las nuevas condiciones creadas por la crisis de la primera república y por la Revolución del 30. Guiteras fue de los que más aportó al legado revolucionario que ella dejó, y además le añadió un símbolo y un ingrediente sintetizador de ideologías, y de las necesidades cubanas que padecieron abandonos o anduvieron muy discordes durante las dos décadas siguientes: la personalidad más trascendente de aquel evento resultó ser un joven combatiente, valeroso y carismático, dueño de ideas claras y muy radicales, antimperialista, socialista e insurreccionalista. No es asombroso que el movimiento de jóvenes del centenario martiano que desató la insurrección de los humildes, por los humildes y para los humildes en los años cincuenta se encomendara también a Antonio Guiteras cuando fue al asalto del Moncada.

1 Ver Fernando Martínez Heredia, La revolución cubana del 30. Ensayos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, pp. 55-58.
2 Ramiro Capablanca, Acta del Consejo de Secretarios de 15 de noviembre de 1933. En Olga Cabrera, Guiteras, la época, el hombre, Arte y Literatura, La Habana, 1974, p. 355.
3 Antonio Guiteras, diario Luz, 20 de enero de 1934. En Pensamiento Crítico núm. 39 (especial), La Habana, abril de 1970, p. 284.
4 Bohemia, La Habana, 1º de abril de 1934, págs. 20 y 22,

11 pensamientos en “Antonio Guiteras, un fundador del comunismo cubano. Por Fernando Martínez Heredia

  1. Septembrismo
    Bohemia (Cuba) 1 de abril de 1934
    Por: ANTONIO GUITERAS
    historia.cubaeduca.cu/medias/interactividades/…/Septembrismo.pdf

    En el curso de los días que nos separan del quince de enero del corriente, han ido apareciendo, en diversas revistas y en la prensa diaria, artículos donde el autor señala las que a su juicio fueron las causas que hicieron caer al gobierno de Grau y donde se hacen continuas manifestaciones sobre la “doctrina septembrista”.
    Aunque en muchos de ellos he sido aludido, no he creído necesario contestar públicamente, señalando mi actuación en el mencionado gobierno, suponiendo que es harto conocida para necesitar ser esclarecida. Pero en el semanario BOHEMIA, correspondiente al 25 de marzo del corriente, aparece un artículo firmado por Sergio Carbó, escrito con el propósito, según manifiesta, de salvar la realidad histórica, más importante que la de su personalidad destacada. Y en nombre de esa realidad histórica escribo estas líneas.
    No creo oportuno comenzar dando, como en la mayor parte de los casos, una síntesis de mi actuación revolucionaria, porque los actos realizados contra una tiranía están en razón directa del amor con que se defienden las ideas y las persecuciones y sufrimientos pertenecen a la eficacia del aparato represivo de esta tiranía, no teniendo nada que ver con la idea misma.
    En la larga lucha contra el machadato, soberbia floración de una planta sembrada hacía treinta años, se aceptó casi universalmente la doctrina: Todos para destruir; para construir, unos cuantos. Terrible doctrina que es básica casual de muchos de nuestros males. Pero, a pesar de este postulado fatal, ya en época del Déspota entre la pléyade de conspiradores, se formaban distintos núcleos al conjuro de la similitud de ideas o de intereses, pero no lo suficientemente separados unos de otros para cobrar fuerzas bastantes a afrontar solos la labor de una insurrección o posteriormente una obra de gobierno.
    Para eso hubiera sido necesario hacer una labor de propaganda y conspiración que los hubiera alejado de los otros núcleos, de este modo, debilitando -aparentemente- el frente de la oposición. Digo aparentemente, porque si bien es verdad que hubiera debilitado el frente antimachadista, hubiera creado y fortalecido, sin embargo, un frente revolucionario en la gran acepción de esta palabra.
    La tragedia que debía desarrollarse al caer la tiranía machadista y dar comienzo por tanto la obra constructiva, empezó al iniciarse las negociaciones dirigidas por Sumner Welles y la subsiguiente formación de lo que se llamó la Mesa Redonda. Los antiinjerencistas, que no aceptamos la intervención de Washington en nuestros asuntos interiores, nos aislamos completamente de los demás sectores y cuando se produjo la caída del Déspota traicionado por sus más fieles servidores, la alta oficialidad del Ejército, (la subalterna conspiraba aparte y no pudo producir su golpe), formamos la oposición al gobierno “mediatizado” de Céspedes.
    El cuartelazo del 4 de Septiembre, dado por las clases y alistados del Ejército y la Marina, con el fin de hacer una amplia depuración interior y obtener algunas reivindicaciones de carácter moral y material, puso fin al caos creado en ese organismo por las facciones que luchaban por una depuración completa y los que trataban de evitarla a toda costa. Pero el gobierno de Céspedes, impopular y débil por la mediocridad que caracteriza a todos los gobiernos de concertación, cayó también arrastrado por la enorme ola.
    Los elementos civiles que colaboraron en este movimiento y los que acudieron después, responsabilizándose con el mismo, fuimos los de la oposición antiinjerencistas, que habiendo adoptado en principios el programa del D.E.U. (Directorio Estudiantil Universitario), pretendimos ponerlo en práctica.
    Cuando la forma colegiada espantó demasiado a los buenos burgueses, Grau fue proclamado presidente por el mismo grupo que se había reunido para formar la pentarquía y que se había constituido en lo que se llamó la Junta Revolucionaria de Columbia.
    Tuve entonces el honor de ser llamado a colaborar con el gobierno de Grau desde una Secretaría tan importante como la de Gobernación; y esto fue sugerido, según tengo entendido, por el compañero Irisarri, que a pesar de no haber tenido relaciones conmigo, conocía mi historia revolucionaria contra el machadato y contra el gobierno “mediacionista”. La idea fue acogida con agrado por muchos de los miembros del Directorio Estudiantil Universitario (D.E.U.) y otros revolucionarios, entre los cuales estaba Sergio Carbó, que no dudo hizo todo lo que pudo por traerme a colaborar con el gobierno revolucionario, pues manteníamos relaciones durante las épocas de lucha anti-machadistas y antiinjerencista.
    A éstos que desde lejos me llamaron, les estoy personalmente agradecido porque me dieron la oportunidad de hacer desde un alto puesto todo lo que podía por la revolución. Pero no dudo que fue la apreciación de lo que había hecho y lo que creyeron podía hacer por Cuba, el móvil fundamental de esa determinación.
    Nuestra labor desde el gobierno, luchando contra los sectores mediacionistas era ardua; pero más arduo aún era nuestro esfuerzo gigantesco para convertir el Golpe del 4 de Septiembre en una revolución antiinjerencista y sobre todo determinar hasta dónde llevar el antiinjerencismo.
    Nuestro programa no podía detenerse simple y llanamente en el principio de la No Intervención. Tenía que ir forzosamente hasta la raíz de nuestros males: al imperialismo económico, el que hizo retroceder a muchos antiinjerencistas, dividiéndose nuestras filas.
    Ante los decretos que, como enormes martillazos iban rompiendo lentamente esa máquina gigantesca que ahoga al pueblo de Cuba, como a tantos otros de la América Latina, aparecían en escena para combatirnos, todos sus servidores nativos y extranjeros y su formidable clamor espurio nos restaba uno a uno nuestros colaboradores que eligiendo las exclamaciones derrotistas, “de este modo no nos reconocerán nunca los americanos”, “estas medidas alejan el reconocimiento”; a las más terribles aún “los
    americanos desembarcarán”, “cerrarán sus puertas a nuestro azúcar”, etc., nos abandonaban.
    Yo, que tengo la satisfacción de haber llevado a la firma del Presidente Grau los decretos que atacaban más duro al imperialismo yanqui, los vi retroceder, porque acudían a mí Carbó, Lucio de la Peña, Batista y los otros- para convencerme de la necesidad de disminuir el ataque, de variar nuestra conducta.
    Pero esa labor, conjuntamente a la beligerancia reconocida al proletariado, no obstante la actuación aislada de algunos miembros del Ejército, era para nosotros toda la Revolución. Un estudio somero de la situación político-económica de Cuba, nos había llevado a la conclusión de que un movimiento, que no fuese antiimperialista en Cuba, no era una revolución. Se servía al imperialismo yanqui o se servía al pueblo, pues sus intereses eran incompatibles.
    Existía el peligro de perder el Poder, abandonados en el camino por los que parecían más identificados con nosotros, pero el poder, imposibilitados de hacer la Revolución, no significaba nada para nosotros. Su único objetivo en nuestras manos era la de instrumento para hacer la revolución. Por ello no nos arredramos ante la posibilidad de perderlo.
    Y aquí quiero que quede establecido de un modo claro, que Grau no abandonó inesperadamente su cargo, por su propia voluntad. Previas juntas de jefes de Distritos Militares en Columbia, sucesivas entrevistas del jefe del Ejército con Caffery y algunos de los dirigentes de los sectores mediacionistas, habían decidido el golpe a la Revolución. Grau cayó impulsado por los místicos del reconocimiento, con Batista a la cabeza, que habían retrocedido aterrados anta la verdadera revolución que por primera vez veían en todas sus luces.
    Fracasamos, porque una revolución sólo puede llevarse adelante cuando está mantenida por un núcleo de hombres identificados ideológicamente, poderoso por su unión inquebrantable, acunados por los mismos principios y no por la doctrina de “todos para destruir”.
    Si Carbó lee estas líneas comprenderá por qué estamos separados y sabrá que a pesar de esta abismo infranqueable, también le devuelvo un saludo cordial.
    A pesar del quebranto, el gesto del gobierno de Grau no ha sido estéril. Esa actitud fortaleció el espíritu de las clases y alistados del Ejército y la Marina, que vieron en ese momento una consagración gloriosa de su grito de rebeldía del 4 de septiembre, espíritu cuyo clamor no puede ser acallado con el derecho de usar botas de oficial. Esa actitud rectilínea, mostró un mundo de posibilidades al pueblo de Cuba, que ya había bebido con ansias los escritos de nuestros intelectuales, que le mostraban la senda de la Revolución verdadera. Esa posición erguida mostró a los revolucionarios el camino. Esa fase de nuestra Historia es la génesis de la revolución que se prepara -que no constituirá un movimiento político con más o menos disparos de cañón, sino una profunda transformación de nuestra estructura económico-político-social.
    Y sépalo el señor Carbó, espero confiado el momento oportuno para nuestra liberación absoluta; que es la que responde al clamor de las masas que todo lo sufren, que todo lo padecen.

  2. Impresionante el Antonio Guiteras en, Septembrismo.., que facilitas leer Alejandro, hay extractos que remueven el alma, pero hay uno en especial que identifica plenamente con el posterior movimiento 26 de julio y que dio fruto definitivo al triunfo de la revolución cubana, las palabras en boca de Antonio Guiteras que se pueden leer en tu comentario:

    – Fracasamos, porque una revolución sólo puede llevarse adelante cuando está mantenida por un núcleo de hombres identificados ideológicamente, poderoso por su unión inquebrantable, acunados por los mismos principios y no por la doctrina de “todos para destruir”.

  3. Aguda observación Tocororo. He ahí la piedra de toque del éxito y desarrollo irreversible de una verdadera revolución. Saludos.

  4. Indiscutible el pensamiento y acción de Antonio Guiteras. Sin embargo, al titular este magnífico trabajo de Martínez Heredia, como que él fue el fundador del comunismo cubano -ese fue el caso de Carlos Baliño y Julio Antonio Mella- no se puede obviar la actividad de Rubén Martínez Villena. Todo hay que contextualizarlo. A pesar que el primer partido comunista cubano seguía las órdenes de la III Internacional -Internacional Comunista o Comintern- no les resta méritos en el combate antimachadista y antimperialista.

  5. Bienvenido, compañero Orlando.
    Gracias por su valioso aporte. Solo preciso que Fernando dice “un fundador” que, entiendo yo, es distinto de “el fundador”.

    Abrazos

  6. Pingback: ANTONIO GUITERAS, UN FUNDADOR DEL COMUNISMO CUBANO. FERNANDO MARTÍNEZ HEREDIA | EL CIERVO HERIDO, un blog de Omar González

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