La Universidad. Por Ernesto Estévez Rams


Cátedra de Cultura Científica “Felix Varela”

Universidad de la Habana

Al describir la universidad, luego del fracaso de la reforma en una Cuba dirigida por mediocres, Mella escribe que “La mayoría de los estudiantes seguirán ingresando en la Universidad con la idea de salir pronto y con el título que sea más productivo…”(¿ Puede ser un hecho la reforma universitaria? Julio Antonio Mella, 1925). Y productivo significaba aquello, que al margen de lo que necesitaba una Cuba subdesarrollada y desigual, le garantizara al egresado una vida cómodamente asimilada al entramado social existente. Así de estrecho era el horizonte que una universidad mediocre le inculcaba a sus estudiantes. Una universidad así no debía velar por la calidad del egresado o la utilidad social del mismo, colgar el titulo en la pared bastaba para la satisfacción familiar o era ventaja suficiente para abrir un gabinete o una consulta privada. Reducir el papel social de la universidad al de garantizarle, al margen de la calidad de lo que se enseñaba o aprendía, un graduado universitario a la familia que lograba un estudiante en sus aulas, era la justificación para entronizar la mediocridad mas esterilizante.

Mella no exageraba.

En la caracterización de nuestra educación superior que se hizo para la reforma universitaria en 1962, se concluía que esa educación era desvertebrada, corrupta e inservible socialmente (La reforma de Córdoba: Impactos y continuidad en las experiencias de la República de Cuba, Elvira Martín Sabina, En La reforma Universitaria, CLACSO, 2008).

La Revolución vino a cambiar todo esto.

Con la Revolución la universidad adquirió la función social esencial que le fuera negada por tantos años. Pero no sólo eso. La transformación más profunda fue abrirle sus puertas a los preteridos de siempre. El Che en el 59 le pedía a la universidad como su tarea primera pintarse de negro, de mulato, de obrero, de campesino, de pueblo, no solo entre sus estudiantes sino además entre su claustro. Y fue eso lo que la universidad hizo. Y no solo se abrió y se pintó, sino además se multiplicó. ¡ Y de que forma !

El 10 de enero de 1962 se hace pública la disposición legal denominada “Bases fundamentales de la reforma de la enseñanza superior”. El documento había sido elaborado por el Consejo Superior de Universidades que integraban estudiantes y profesores de las tres universidades existentes. Los pilares de esta reforma eran garantizar una enseñanza con calidad y hacer esta extensiva a todo el país; lograr un amplio sistema de becas; lograr incorporar las mejores experiencias pedagógicas haciendo de la enseñanza un proceso activo y participativo; imbricar al desarrollo universitario las investigaciones y la extensión universitaria; reestructurar las carreras universitarias incorporando nuevas que fueran esenciales al empeño de lograr el desarrollo económico, social y cultural de la nación; lograr la articulación de la enseñanza precedente con la universitaria.

La universidad dejó de ser fábrica de mediocridad para tornarse en crisol y tesorero de cultura desde el pueblo y para el pueblo que emergía como el actor esencial de la Cuba nueva.

Frente a la necesidad perentoria de desarrollar al país, la solución audaz fue la de lograr paulatinamente esa masividad a la vez que se aumentaba la calidad, y por tanto, la exigencia en los estudios universitarios. A nuestros claustros se fueron incorporando lo mejor de nuestros intelectuales y profesionales a la vez que se desterraba la corrupción, se actualizaban los planes de estudio con lo más avanzado en ese momento y se incorporaba una bibliografía publicada por nuestras editoriales que traían a la isla las mejores obras en cada campo del conocimiento. Nuestras carreras se hicieron crecientemente más exigentes en la medida que el propio desarrollo económico y social, demandaba mayor calidad del gaduado a tono con la aspiración de estar en la frontera civilizatoria y cultural de la humanidad. La extensión a todo el ámbito nacional, también trajo como consecuencia un descubrimiento y rescate del talento individual para las universidades por encima de la geografía, el origen social, racial o de género.

En esta concepción, la incorporación de la investigación a la universidad fue un cambio radical de nuestra enseñanza superior.

El 18 de Septiembre de 1988 al cumplirse 900 años de la fundación de la Universidad de Bolonia, considerada la primera de la historia, rectores de diversas universidades europeas firmaron la llamada Carta Magna Universitaria donde establecen que las universidades “producen, examinan valoran, y ofrecen cultura por medio de la investigación y la enseñanza” para luego afirmar que la enseñanza y la investigación son inseparables si sus matrículas no pretenden quedarse atrás de “las necesidades cambiantes, las demandas de la sociedad y los avances del conocimiento científico”

Tal idea ya había sido enunciada en nuestra geografía latinoamericana setenta años antes de la declaración de Bolonia, convertida ya en centenaria en este 2018, con el inicio del movimiento de la reforma universitaria en Córdoba. En ella se abogaba, entre otras cosas, por la inserción social de la universidad a la vez que se vinculaba la investigación y la enseñanza. La idea bebía de muchas fuentes incluyendo a Ortega y Gasset de quien es la afirmación de que “la enseñanza superior consiste (…) en profesionalismo e investigación” (Misión de la Universidad, José Ortega y Gasset, 1930).

Para que una universidad rebase la mera condición colonizante, de educador de conocimiento creado mas allá de sus muros o de su sociedad, debe convertirse en un creador de conocimiento, valga decir de cultura. Se vuelve de ese modo en un ente fundamental que sirve a la sociedad no sólo en su reproducción sino, de modo esencial, diseñándola en sus posible escenarios futuros. La incorporación de la investigación le permite a la universidad tener una incidencia creadora sobre la sociedad en general y sobre el esfuerzo de desarrollo en particular, a la vez que educa y prepara al estudiante como generador de conocimiento. Permite además, dibujar en todas las esferas de la cultura, la sociedad que se quiere y las herramientas y conocimiento que lo harán posible. La investigación por tanto, no es un añadido a las funciones universitarias sino que, en la universidad moderna, es componente esencial que define a la universidad misma. La insistencia en una educación activa tiene como componente clave el del estudiante como parte activa de esa investigación que a su vez, incide sobre la propia universidad. Nada más lejos de la idea fabril donde nunca el producto interactúa con su proceso de producción y por tanto, en esa dimensión, también se desterraba la concepción de la universidad como mera factoría de egresados reproductores.

En una reflexión sobre la formación del receptor cultural, Felix Sánchez apunta sobre las áreas de la formación cultural en tres aspectos a) la formación del creador artístico; b) de agentes culturales y; c) de consumidores o receptores culturales. La primera área tiene que ver con la formación especializada que conduce a un actor creador de cultura en un sentido muy específico y profesionalizante. La segunda área apunta a la necesidad de un mediador capaz de imbricar la creación cultural con su consumo social y la tercera función formadora y la más preterida, centro de la reflexión de Sánchez, la necesidad social de un receptor capaz de asimilar la creación cultural paso esencial para que esta se realice socialmente (La pena del salón vacío, Feliz Sánchez, Gaceta de Cuba, Septiembre-Octubre, 2017).

Si asumimos cultura en su concepto más amplio que el del arte, aún podemos suscribir las tres direcciones de formación como pertinentes a las funciones univesitarias. El sujeto esencial de la universidad es el estudiante, pero el estudiante como sujeto social activo y al asumirlo como tal, debemos interiorizar que al formarlo estamos en esencia gestando a un creador cultural altamente especializado con capacidades profesionalizantes. Queda claro que la función de ese creador cultural comprende pero rebasa el ámbito artístico para ubicarse como un actor creativo cuyo accionar incide en todos los ámbitos económicos y sociales. Debemos entender que nuestros universitarios, aún cuando estén incidiendo en espacios tan específicos como la organización económica, o como parte de las fuerzas productivas lo hacen, o deberían hacerlo, como creadores culturales. Cuando un ingeniero proyecta una obra, una maquinaria, un dispositivo o un servicio lo hace como creador cultural. Un científico generando conocimiento básico o aplicado, lo hace como creador cultural. Un filósofo, un sociólogo, un antropólogo, un abogado, un historiador, un filólogo son creadores culturales. Un economista, un contador es un creador de cultura. En fin, toda universitario se debe formar como un actor cultural altamente especializado. Y ese hecho no queda disminuido porque cada uno lo haga esencialmente en un ámbito específico de la cultura.

Pero la función formadora universitaria no se reduce a esa sola área y también comprende la necesidad de formar a su sujeto como agente cultural. Que la creación cultural necesite de agentes no es una necesidad nueva pero lo que sí es probablamente nuevo, es que el nivel de especialización y abstracción alcanzado por el desarrollo civilizatorio de la humanidad, haga de esa necesidad una clave imprescindible en el desarrollo de la sociedad. Y ello no se reduce, aunque en ello sea más evidente, al comunicador social. Si la función social del agente cultural es poner en circulación el producto cultural, debemos entender que ese producto se ha vuelto tan especializado que necesita de un agente igualmente especializado y profesionalizado y en ello la universidad es esencial como formadora. Si somos más eficaces en la primera de las funciones, en esta ya no lo somos tanto.

Todo producto cultural necesita ser examinado y evaluado como parte de un proceso de aceptación o rechazo social. Y ese proceso colectivo de realización o aborto, necesita de agentes culturales que traduzcan a la vez que eduquen a la sociedad con respecto lo que se ha producido.

Aún si somos exitosos en las dos áreas descritas ello no basta. La tercera es igualmente esencial en la formación universitaria. Crear un receptor cultural profundo es fundamental para tener un actor orgánico a la sociedad que pretendemos construir. Ello implica a la universidad como paideia o humanitas. Reconocemos que el espacio universitario es a su vez un escenario donde se forman valores humanistas, ideológicos y políticos que respondan a las tradiciones históricas de la nación cubana y beban del pensamiento descolonizante y liberador del ser humano, pero ¿reconocemos acaso la necesidad de formar valores culturales universales que sean transversales a todas las carreras? Insistimos en un formación de todos nuestros egresados en ciencias sociales, en cultura política, en valores patrióticos, pero no hacemos lo suficiente con una formación artística, científica etc. No hacemos lo suficiente para formarlo como receptor cultural profundo. Quizás deberíamos reflexionar, frente a los asaltos simbólicos evidentes de los últimos años, que dejar determinadas áreas de la cultura al margen de la formación del estudiante es dejarle el terreno de batalla a otras hegemonías culturales contrarias a la nuestra.

La formación universitaria tiene un importante aspecto instrumentalizador y de creación de funcionalidades específicas, pero no podemos reducirlo a ello. Cuba se encuentra inmersa en una batalla épica por la emancipación humana en un escenario abrumadoramente desigual. La batalla exige la formación de un egresado con un nivel adecuado de conocimiento artístico, histórico, filosófico y científico, al margen de su especialidad, que le permita enfrentar con éxito los asaltos ideológicos y culturales de la hegemonía capitalista y proyectar nuestra propia ideología y cultura al conjunto de la sociedad nacional y allende los mares. Si hablamos de creación cultural, lo hacemos como conocimiento asentado e incorporado desde la profundidad de la educación y no desde el adoctrinamiento. Puestos a adoctrinar, la batalla está perdida de antemano frente a la engrasada maquinaria generadora de símbolos del capitalismo, lavatorio de pensamiento e implantador de superficialidades. Pero si en cambio, de educar se trata, entonces la batalla está planteada desde un espacio donde ocupamos el terreno alto: el decursar del pensamiento humano y la historia de sus batallas culturales en el plano filosófico, estético y científico nos trae ventaja discursiva y argumental, decisiva frente a esa misma maquinaria incapaz de volver a esconder sus vergüenzas una vez que han sido puestas al descubierto. Pero el acto del desnudo, solo se da en toda su fuerza revolucionaria cuando se es capaz de integrar en el mismo discurso todas las culturas que el capitalismo ha puesto tanto celo en mantener divorciadas. No ayudamos al pensamiento emancipador cuando caemos en la trampa de instrumentalizar la educación universitaria como mero formador de recursos humanos en plan factoría, para la reproducción ampliada de la dinámica económica, o bálsamo aliviador de dolores sociales, mientras creemos que un parche doctrinario bastará para saldar la formación política o ideológica, haciendo caso omiso a una adecuada formación cultural.

No se cumple bien la función formadora universitaria si no entendemos como parte de ella, la de crear un sujeto humanista crítico desde el conocimiento, la cultura y la capacidad de indagación.

Al mirar a la universidad desde esta perspectiva, chocamos otra vez de inmediato con que cualquier visión que parta de considerar que la eficiencia de una universidad se mide por una supuesta productivad de estilo fabril y con énfasis en lo instrumentalizador, es una reducción costosa. Y lo es en términos de lo que Cuba necesita hoy y mañana, incluso en el plano de su capacidad de sostenibilidad y reproducción social. Gestar con éxito un creador cultural, un agente cultural y un receptor cultural se hace desde la visión de cada estudiante como un individuo diferente. Su formación por tanto requiere un acto de creatividad y adaptabilidad de los procesos formativos que solo puede darse y se da cuando cada profesor asume su papel de pedagogo, todo lo opuesto de un operario industrial monótono preocupado en lograr que cada producto sea igual al anterior y al próximo. Nuestro éxito se mide porque logremos que esa arcilla fundamental de nuestra obra se conforme en una pieza única, todas con esa calidad que le haga ser capaz de realizarse como individuo en la medida que le es útil a la sociedad y sea un actor esencial en su reproducción y evolución.

En “La Universidad en el Socialismo”, Carlos Rafael Rodríguez, reflexionando sobre las funciones de la educación universitaria, afirmaba ”… la sociedad comunista hacia la que nos encaminamos no será nunca posible sino sobre la base de lograr en ella lo que hemos definido como “el hombre nuevo”. (…) repudiamos como opuesta al socialismo la comunidad de los autómatas, administrados por la propaganda o por la imposición, y abogamos por su antítesis: el hombre pleno…” El fragmento forma parte de una inmersión conceptual en la universidad que necesita la Revolución y tiene como conclusión, que la universidad en una sociedad como la cubana, que aspira a ser una alternativa viable al capitalismo enajenante, no puede reducirse a la formación instrumental del joven. Es necesario insistir en ello cuando en la pŕactica parece haber un discurso sumergido, reductor del papel de la universidad en Cuba a mero creador de agentes económicos.

Desde el plan Bolonia, ese asalto neoliberal a la educación transportado del mundo anglosajón al espacio europeo, el énfasis que se nos hace desde los centros hegemónicos del poder capitalista es en instrumentalizar la universidad como creador de profesionales “útiles” económicamente. Reducciones de los tiempos de carreras bajo la justficación de costos y necesidad económica. Para Europa el plan Boloña, que reduce el tiempo de las carreras e instrumentaliza la formación universitaria “corre el riesgo (…) de acabar con la ciencia y el conocimiento en las aulas, bajo la premisa de grados cortos pensados exclusivamente para satisfacer al empresario“ (Críticas al plan Bolonia, Revista Fusión, Marzo 2009). La universidad como “fábrica” en serie y masiva de un profesional atrofiado en sus dimensiones menos atractivas como fuerza productiva. No podemos caer en esa trampa, en ello nos va la vida. Corremos el peligro de que mientras en el discurso negamos tal posibilidad, en la práctica damos pasos no conscientes en esa dirección aniquiladora. Se puede estar en contra de las políticas distributivas del neoliberalismo y su apropiación privada extrema de la riqueza creada en colectivo, a la vez que se abraza inconscientemente su instrumental teórico creyendo erradamente que es camino hacia el desarrollo.

No nos engañemos, los contextos cambian, pero las batallas de ayer siguen siendo las mismas batallas de hoy.

Cuba en Revolución, no ha sido nunca pasivo receptor de agendas de otros, sino por el contrario, conformador de agendas emancipadoras y centro ideológico mundial. En educación superior lo hemos sido y hemos de continuar siéndolo, pues el espacio de lo universitario es esencial en la lucha ideológica mundial. Nuestras universidades deben ser ejemplo no solo desde lo instrumental, sino también, desde lo conceptual, empezando por el propio diseño curricular. El reduccionismo oculta en la práctica que esta batalla desborda la mezquindad del aldeano y va dirigida contra el gigante de siete leguas y como único se logra la victoria final es dando batalla total en todos los ámbitos: económico, cultural, científico, tecnológico, ideológico y educativo.

Deberíamos reflexionar sobre lo que advierte el profesor cubano Manuel Calviño, que “el economicismo (…) cree en el concepto burgués del éxito, y no ve el significado esencial del desarrollo humano. Tiene una fe ciega en lo material pero no entiende la espiritualidad humana (…) la función educativa, transformadora del ser humano es la clave para que la mejora económica no solo se produzca, sino adquiera su nuevo sentido liberador” (Tomado de “Donde esta la inteligencia de las emociones”, de “Cambiando la mentalidad… empezando por los jefes”, Manuel Calviño, Editorial Academia, p. 211).

Hoy, la transformación de nuestra educación superior es una oportunidad de realmente ser creativos e ir a fondo en muchos asuntos. Las transformaciones que la educación superior cubana necesita no son asunto disciplinar sino un tema transversal que recorre toda la educación superior y a la sociedad. Necesitamos una verdadera estrategia de cambio en el espíritu martiano que Fidel nos inculcaba de plantearnos obras grandes, obras gigantes, obras colosales, de la misma magnitud que esta Revolución socialista.

Estamos a 290 años de la creación de la primera universidad cubana, universidad heredera crítica de su historia y renacida en el crisol de una Revolución cuyo encantador trastorno telúrico nos puso frente a la posibilidad real de tomar el cielo por asalto. A esa posibilidad no solo no podemos renunciar, sino que tiene seguir siendo la meta de todos nuestros sacrificios, en ello radica la única garantía de victoria y nuestra universidad tiene que estar a la altura de ello.

7 pensamientos en “La Universidad. Por Ernesto Estévez Rams

  1. Hace muchos años que usted y yo pasamos por ese momento de nuestra formación universitaria, de aquellos días de debates y sueños de futuro tengo muy buenos recuerdos, creo y siempre lo he dicho que la asignatura más difícil que enfrentábamos los estudiantes de la CUJAE era como llegar, esa se cursaba por los 5 años y no importaba el currículo de la guagua que tuvieses que coger, siempre estuvieron en candela. Pero reconozco que la formación profesional fue muy buena, con profesores muy profesionales y bien preparados en cada uno de los disimiles campos del saber que necesitábamos vencer, no importaba el llamado plan de estudio que estuviese de moda, profesorado ofrecían y estudiantes disfrutábamos de una excelente preparación profesional de cara a nuestra entrada al mundo real del trabajo asalariado. La cosa se complicaba después. Otra cosa era todos aquellos procesos de concientización revolucionaria que cíclicamente aparecían como nubarrones y éramos llamados a reuniones de colectivos en donde las decisiones ya estaban tomadas, el lema siempre fue “La universidad es para los revolucionarios” el problema era que era aceptado por revolucionario en cada momento de este largo proceso, en mi curso no lo eran y por ello fueran separados de la universidad, dos católicos muy buenos estudiantes por cierto ambas, uno que dijo que las calculadores rusas eran una mierda y ofendía el sacrosanto ideológico de aquel momento (1981 más o menos) y algunos otros que ya se manifestaban como no creyentes de todo aquello, que por aquel entonces eran muy previsores.
    Pero con el paso del tiempo las cosas son muy interesantes, la secretaria general de la juventud de siempre, después de haber sido ajustado el escalafón de notas al llamado escalafón integral de aquel entonces y pasar a ocupar el primer lugar porque se lo “merecía”, recibir por ubicación laboral aquella codiciada empresa del momento que fue “El metro de la Habana”, pero al poco tiempo fue también una de la primera que paso a vivir a territorio enemigo, el que siempre vocifero “que yo si soy revolucionario” cuando se comenzó a estrechar todo aquello se fue a vivir con su padre en territorio enemigo. Para hacerle corto todo esto, hoy más de la mitad de mi graduación vivimos en el exterior, muchos de aquellos llamados a ser “hombre nuevo” y formados en la “La Universidad en el Socialismo” ante la realidad y transformación que se llega con el “hombre pleno” fuimos otros. Pero eso fue hace mas de 30 años, que veo hoy en los amigos de infancia en Cuba de mi hijo mayor, los que completaron una preparación profesional universitaria están buscando un posgrado o master aquí en Canadá o países europeos que les cambie sus vidas y le permita vivir el mundo, buscan y logran muchísimos títulos superiores y al mismo tiempo salirse a vivir y trabajar fuera de Cuba. Pero inclusive aquellos egresados de mi edad que continuaron sus vidas como profesores universitarios en muchísimos casos los veo hoy impartiendo clases en universidades en toda Latinoamérica, la Universidad Metropolitana del Ecuador (UMET) y otras de la región cuentan con un excelente claustro de profesores muchos de ellos cubanos formados en épocas del “hombre nuevo”.
    Después de entender en los dos últimos párrafos de este este larguísimo alegato de que estamos hablando, al concretar ”la transformación de nuestra educación superior es una oportunidad de realmente ser creativos e ir a fondo en muchos asuntos. Las transformaciones que la educación superior cubana necesita no son asunto disciplinar sino un tema transversal que recorre toda la educación superior y a la sociedad.”, piénsenlo bien el problema de fondo creo yo no ha sido ni expuesto en toda esta historia de la formación profesional y la sociedad de la Cuba de hoy.

  2. ¡Excelente! Ese penúltimo párrafo es contundente. Hace falta darle áun más visibilidad a este importante análisis. Nos enfrentamos a muchos peligros, uno de ellos un pragmatismo no exento de atractivos en estos tiempos complejos.

  3. Gracias, Arturo.
    Coincido con tu opinión. En cuanto a lo que dice Livio, yo recuerdo con cariño los tiempos de la CUJAE en la misma época, donde tuve amigos como Elías, un creyente muy activo de una iglesia pentecostal con quien conversaba y aprendía mucho y nunca ni él ni yo tuvimos problemas por ello.

    Abrazos

  4. Don Livio siempre mirando detrás de la cortina a ver si descubre el mago de Hoz, y no alcanza a ver simplemente que todo es humo y espejos y un truco de éxito delirante, ese éxito anglosajón. Intenta hacernos ver que vive mortificado por lo que significó su etapa de sueños frustrados en la Cuba revolucionaria que le tocó vivir y que abandonó sediento de su parcela particular de éxito personal; como siempre me ha parecido desde este foro al leer sus comentarios, ahora también, nació en el sitio equivocado, que en lugar de la guagua que le tocaba, le hubiera gustado ir a la universidad en un descapotable color fusia y gafas demodé postizas, bailar el charlestón y llevar las amiguitas y amiguitos de curso a un party en el jardín de la casa colonial de Miramar, que el Vedado ya era para clase media, en fin Livio, no sabes cómo me alegran tus éxitos cansino-diensis, chévere…..

  5. Cuba forma profesionales y por lo que se dice son libres de irse si lo desean y eso no necesita defensa, son libres de hacerlo.
    Lo que se debe defender es la oportunidad de que los cubanos puedan seguir estudiando aunque se vayan, y eso será hasta un día que se le permita al pueblo cubano vivir como son sus deseos.
    Pero no regresar a los tiempos aquellos que en el lugar donde yo nací, el famoso Realengo 18, de unos mil muchachos solo teniamos escuela unos 20, yo era uno de los privilegiados. Por eso cuando llego a la zona Raul con el Segundo Frente todos querían ser combatientes, jovenes y viejos, para que sus hijos pudiesen estudiar algun dia. Muchos dieron sus vidas para eso.
    Después todos estudiaban cuando la revolución construyo todas las escuelas necesarias. Gracias a la revolucion muchos pueden ser destacados profesionales fuera del pais. Incluso existen algunos muy mal agradecidos de no recordarlo.

  6. Gracias Guaso por narrarnos en esta crónica personal aspectos de nuestra historia que algunos ingratos y olivdadizos, movidos o manipulados por quién sabe cuáles oscuros e innobles intereses, pretenden hacernos olvidar. Mencionas el Realengo 18, otra de esas páginas de nuestra historia que los más jóvenes deben conocer profundamente, y vuela mi imaginanción a aquella magnífica crónica de Pablo de la Torriente Brau que leí en mis años de secundaria, ajeno a toda esa pacotilla de la Rand, u otros escritorzuelos afines, con los cuales quieren seducirnos. Saludos
    “El que quiera conocer otro país, sin ir al extranjero, que se vaya a Oriente; que se vaya a las montañas de Oriente donde está el Realengo 18 y en donde se extienden otros, como el de Macurijes, el de Caujerí, El Vínculo, el Bacuney, Zarza, Picada, Palmiján y algunos más. Que se vaya a Oriente, a las montañas de Oriente. El que quiera conocer otro país. Que monte en una mula pequeña y de cascos firmes y se adentre por los montes donde la luz es poca a las tres de la tarde y los ríos, de precipitado correr, se deslizan claros por el fondo de los barrancos, con las aguas frías como si vinieran del monte.”
    Aquí se les dejo la crónica de Pablo, “Realengo 18”:
    http://www.lajiribilla.co.cu/2006/n294_12/294_13.html

  7. Pingback: La Universidad. Por Ernesto Estévez Rams | argencuba

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