Martí y la alteridad. Del diálogo a la unión del alma americana que garantiza el equilibrio del mundo. Por Patricia Pérez Pérez


Toda la obra y la acción martianas emanan de una constante preocupación y sacrificio por los seres humanos, por todo aquel que siendo similar o diferente de su propio Yo, en ningún modo “le es ajeno”1. Ese “humanismo del otro” (Levinas)2, valor social supremo e incluyente de cuanto aqueja y lastima el alma y el cuerpo del hombre, misterio de la creación que en él fue “pasión devoradora” (Vitier & Marruz: 115)3, va madurando desde su infancia y adolescencia cubanas y se enriquece posteriormente desde experiencias y espacios vitales, culturales y sociales diversos, hasta encumbrarse, en tanto construcción poética y paradigma ético y político de la fraternidad entre los hombres – que nos abraza cual padre a sus hijos – en lazo universal que perdura más allá de su muerte.

La multiplicidad de esos otros que como ríos atraviesan su pensamiento humanista, siempre “presidido por el ideal del equilibrio” (Vitier & Marruz: 134) le incumbe desde el primero al último: el otro cubano, latinoamericano, negro, blanco o mestizo, hombre, mujer o niño del universo que para Martí fue patria. Para ellos, más que para sí mismo, escribió, padeció, conoció la soledad de la prisión y del exilio, rindió culto a su igualdad, dignidad y libertad plenas y consagró su vida a amarlos al precio de la suya. Por todo lo anterior se le considera hoy como la figura que mejor integra la poesía y el humanismo en América, y el más universal de los pensadores de nuestro continente.

Mas ese amor profundo por la alteridad no fue sin condiciones. Si bien significaba el reconocimiento de ese otro-humano, de ese “alguien separado pero estructurado físicamente en formas que compartimos” (Butler: 190)4, con similitud de necesidades y vicisitudes, el humanismo martiano no acepta la idea de subyugación a una alteridad alienante, aquella que afianza su razón de ser en el sojuzgamiento y la cosificación de sus semejantes. Ante esa relación no simétrica con el otro-alienante, que a escala personal y nacional representaba el poder español, toma pronto «consciencia de su diferencia» sobre la cual se desarrollaron su pensamiento y su praxis, siempre en continuo diálogo con la otredad, esa suerte de región que hay que alcanzar y conocer del lado opuesto del límite impuesto (social, económico, cultural y geográfico) para salvar la propia, al precio de una transgresión. Y es precisamente en ese espacio intermediario del debate entre identidad y alteridad (o entre mismidad y otredad), el de la Libertad, que se construye su ideario, se definen su acción y su compromiso ético, en una búsqueda permanente del equilibrio entre las partes, entre todos los hombres de Cuba, de América o del resto de las naciones del mundo.

I- DEL DIALOGO INTERCULTURAL

Nacido en Cuba de padre valenciano y madre canaria pobres (a diferencia de otros Padres de la independencia de Cuba), José Martí fue un criollo cuya infancia y adolescencia evolucionaron en un espacio histórico-social complejo, con tendencias políticas divergentes que convivían en el seno de una sociedad caracterizada por la multiplicidad de orígenes culturales, en el contexto esclavista de mediados del XIX. Fue el heredero pródigo de maestros y fundadores de un alma, una ética y pensamiento ya propios (José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Félix Varela, José María Heredia…), nacidos del dédalo significativo de una historia común a Europa y América, en un país con rasgos peculiares, resultado del persistente y vertical sistema de poder colonial que se prolongó en Cuba hasta 1898.

Desde su temprana edad Martí adquirió conocimientos que le dieron esa visión de águila que planea sobre la otredad y se nutre de su cultura para apreciar mejor lo que le es propio. Durante sus primeros estudios adquirió buen dominio del latín y se inició en la lengua griega, además de aprender lenguas modernas como el francés y el inglés, la historia y geografía del mundo y cubana en particular, bebiendo en las fuentes históricas y literarias de la Antigüedad, y en las de Francia y de Estados Unidos, saberes a los cuales se suman su contacto con la música clásica europea, en un medio escolar donde además debutó en las armas de la oratoria y la poesía5. De la mano de profesores que fueron grandes pedagogos, literatos, liberales y humanistas cubanos como Rafael María de Mendive, José Martí no solo entró en contacto con las ideas independentistas que abrazara su maestro, sino que logró trascender las fronteras de lo nacional con sus lecturas de los clásicos españoles o de otros países y sus tempranas traducciones de Shakespeare o de Lord Byron. El cubano ensanchó su paleta cultural libando en el vasto conocimiento del mundo europeo o norteamericano que poseía su mentor, enseñanzas que luego alimentó en sus múltiples desplazamientos de exiliado por Europa, América o los Estados Unidos, sobrepasando así la envergadura de estos países hasta alcanzar una dimensión cada vez más universal, por la agudeza de su sentido de justicia, su cabal comprensión del género humano y su discernimiento en materia de economía y de relaciones políticas entre las naciones.

La decadente monarquía española, ese otro a la vez constitutivo y alienante, interactuó durante siglos desde posiciones de opresión y avasallamiento sistemático de las libertades en Cuba, utilizando sus sólidas estrategias de dominación. Su marca fue siempre el desdeño, la imposición de sus voluntades al otro, el irrespeto por la vida humana y su falta de diálogo en igualdad de condiciones, incuestionables garantes del mantenimiento de la paz y de la democracia. La ruptura con la alteridad y la preeminencia de la fuerza como única razón de estado, avalada por una retórica pseudocientífica y de autodesignación en tanto referente universal, llevaron muy pronto al joven Martí a la defensa férrea del otro alienado, cuyos derechos reivindicó desde muy joven con el fuete de sus palabras o con su acción radical. Su verbo devino peligrosa arma desestabilizadora de las estructuras del poder colonial español, como más tarde lo fuera y lo es aun hoy contra el poder hegemónico de los Estados Unidos. Esa otredad humillante fue detonadora de una toma de conciencia y marcó el inicio de una rebeldía que lo condujeron poco a poco a la expresión de su antiesclavismo, al desenmascaramiento de las falacias de quienes sostenían tesis ignobles para justificar el racismo6 y a un americanismo y antimperialismo que no culminarán sino con su muerte en suelo cubano en 1895.

Por la patria y contra la esclavitud. La defensa del otro.

El conocer de cerca los horrores de la esclavitud más larga del continente, consecuencia directa del poder colonial en Cuba, convirtió a Martí en el principal defensor de la causa de la libertad de los negros. En 1862, horrorizado ante el cadáver de un esclavo ahorcado, juró “lavar con su vida el crimen”7, y, hasta su muerte, combatió el criminal sistema y las injusticias de las cuales eran víctimas estas poblaciones de origen africano, tanto en Cuba como más tarde en los Estados Unidos. De ahí que la libertad de esos hombres, por la cual se alzaron los cubanos venerables de la Revolución de 1868, se vincule estrechamente con la de la patria que Martí añoraba ver emancipada del poder español desde su primer texto público : el soneto « ¡10 de octubre! » 8. Con ese poema, que sale a la luz en el periódico manuscrito El Siboney, se inicia un ciclo que no se sellará hasta su muerte, y si juzgamos por su validez, que se mantiene después de ella por la perdurabilidad del ideal de independencia de la nación cubana y por su intransigencia frente a todo tipo de injerencia extranjera en la defensa de sus inalienables derechos. En ese primer alegato poético y político martiano de la patria, por la cual contienden en los campos cubanos negros, mulatos y blancos, criollos ricos y pobres, la independencia aparece como una fuerza mítica que se desplaza por el espacio nacional, creciendo entre llano y sierra y de Oriente a centro, hasta alzarse como hermosa figura femenina (« rompe Cuba el dogal que la oprimía/ y altiva y libre yergue su cabeza »), referente que reaparecerá años después en su defensa del continente americano frente al caudillismo o ante la política cada vez más agresiva del gobierno estadounidense.

Si su vocación literaria y política luego bifurcan sin nunca separarse del todo, su soneto « ¡10 de octubre ! », escrito con apenas dieciséis años, nos anuncia ya tres ejes esenciales (temporal, espacial y estético) y en constante línea ascedente en la escritura ética del joven que sufre por Cuba desde « su primera palabra » y luego por América y la humanidad hasta las últimas (cf. Carta inconclusa a Manuel Mercado), siendo ambas el zócalo de una fraternidad fundadora y de un paradigma de emancipación que, si bien son herederos directos de otros grandes hombres del continente, se fue amoldando de forma gradual en la fragua de sus viajes, en sus múltiples estancias en el seno de otras sociedades humanas y en el entendimiento visionario del pensamiento filosófico, político y económico de su época.

Yo vengo de todas partes”. El otro en la afirmación de nuestra identidad.

A pesar de haber criticado en algunos patricios su profunda «hésitation» entre «Yara o Madrid »9, y de haber sufrido el « dolor infinito », desgarrador que nos dibuja en los lienzos goyescos de El presidio político en Cuba (Madrid, 1871), la lucha por la patria que propugnaba Martí estuvo siempre despojada de rencores u odio al español (« Ni os odiaré, ni os maldeciré »10). Su postura más bien nació de un sentimiento de comprensión y hasta de piedad por el opresor, en medio de una constante e inevitable unidad y lucha de contrarios que Martí sobrepasó, afirmando un amor a la patria nacido de por sí, y no como un afecto que se afirmó en la lucha contra la cultura del otro. Pelear contra la metrópoli absolutista no significaba una guerra contra la colectividad española11, de la cual sus padres también eran parte, ni contra su legado cultural. Su lucha fue siempre en oposición al mal dominio, contra la colonialidad ejercida sobre el pensamiento y el cuerpo de los cubanos, nunca contra los hombres.

Desde muy joven Martí se propuso sostener el diálogo entre culturas no estudiando a los pueblos “por la cáscara” ni como simple admirador de “sus actos deslumbrantes ni estruendosos” (Vitier & Marruz: 255), sino yendo al corazón de ellos. Quien años más tarde expresara “Para conocer a un pueblo se le ha de estudiar en todos sus aspectos y expresiones: ¡en sus elementos, en sus tendencias, en sus apóstoles, en sus poetas y en sus bandidos”!12, al llegar a España en su primer viaje en condición de proscrito, la observa y analiza como pensador, más que como joven fascinado ante los refinamientos de la metrópoli. Si sus aprendizajes en el contexto de la patria ya habían participado en su comprensión del universo cultural europeo, como ventana salvadora en el ambiente cerrado y angustioso de la colonia, los tres años que duró la experiencia española, aunque difíciles, fueron decisivos para la evolución del juicio y la lucidez del joven cubano.

Allí se familiariza con los clásicos españoles como Quevedo, Cervantes y Calderón, con pintores como Goya o Velázquez. Estudia la carrera de Licenciatura en Derecho Civil y Canónico en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Madrid, venciendo asignaturas que serán determinantes para el futuro desarrollo de su concepto del equilibrio en las relaciones internacionales. Polemiza en los diarios sobre la cuestión cubana y en 1873 publica La República española ante la Revolución cubana, donde hace un llamado a la naciente y pronto fallida república española (11/02/1873) a ser consecuente con los principios libertarios que enarbola y a aplicarlos en el caso de Cuba, pero ante la negativa no duda el cubano en señalar y repudiar sus contradicciones:

La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada de sangre […]”13

¿cómo os atrevéis a tachar de injusticia que nosotros pretendamos recoger el fruto de vuestros pecados coloniales […]”14.

Para Martí, pecado capital era el de no dar al otro lo que ansiamos para nosotros mismos. Muy pronto entendió entonces que para liberar a su patria nada podía esperarse de la metrópoli española. Sin embargo, para quien los pueblos no se unían “sino con lazos de fraternidad y amor”15, y que como uno de sus personajes de Amistad Funesta (Grösserman), escrita por estos años, no creía “en más felicidad que este íntimo regocijo que produce ver felices a los otros”16, la huella amorosa e indeleble de España y sus comuneros de Castilla y Aragón quedó poéticamente signada años más tarde en su Poema VII de los Versos Sencillos:

Para Aragón, en España

Tengo yo en mi corazón

Un lugar todo Aragón,

Franco, fiero, fiel, sin saña17

La preeminencia del amor martiano, de raíz bíblica y humanista, no significaba servilismo adulador ni pasividad ante lo observado. Sin adulterar su castellano ni arrastrar luego las erres, se apropió de todo cuanto pudiera serle útil para hacer más profunda su expresión futura y para lograr la meta que había hecho de él un exiliado: la libertad de su patria. Ensanchando sus puntos de vista y sus perspectivas, su comprensión del mundo se enriquecerá luego con el conocimiento de la capital francesa, con la lectura de fuentes europeas y sus estancias en de la América continental y en Estados Unidos.

En la trascendencia martiana de los límites de lo nacional, en la cual la vida deviene extraordinario producto artístico y el conocimiento de la otredad, un espacio donde debe hallarse la armonía del universo, creemos necesario resaltar las breves pero valiosas experiencias parisinas, ciudad que pudo visitar en dos ocasiones (1874 y 1879), luego de sus dos destierros a España. En ella conoció a Augusto Vacquerie y a Víctor Hugo, se empapó de la vida artística de la ciudad, recorrió sus teatros, sus cafés y museos, transitó con agudeza por sus calles. De esa experiencia nacerá luego una de sus primeras colaboraciones para la Revista Universal, cuando aun era un recién llegado a México: su crónica “Variedades de París” 18. En un continente en que Francia aparecía como modelo por su pasado revolucionario, por su desarrollo cultural admirable y cuya veneración desembocaba infelizmente en voluntad de imitación, Martí nos entrega una nota discordante, una “crónica rara”, retrato descarnado de la decadencia moral de la capital francesa, de los ornamentos inútiles del edificio de la Ópera, dando cuenta a sus lectores de “los servilismos de la forma, que indican empequeñecimientos del espíritu” de ciertos artistas opacados por la figura venerable de Víctor Hugo, ese “Sublime anciano” o “montaña coronada de nieves”, quien un año antes y desde su exilio en Guernesey no dudó en apoyar la libertad de Cuba.

De él traducirá Martí su obra Mes fils, brindándonos en su introducción un agudo análisis semántico de su manera de “impensar y transpensar”19 desde una cultura y una realidad distintas para traducir la otredad de la lengua de partida. De Hugo absorberá su relación con la patria, su amor por la familia que se proyecta luego en el Ismaelillo, lo maravilloso cotidiano de su escritura, su visión de poeta rebelde, su idealismo social que como a él lo llevó al destierro, embebiéndose en el verbo visionario del francés más universal, que fue el poeta europeo más citado a lo largo de toda la obra del cubano20. Pero se debe recalcar que más allá de esa relación entre ambos poetas, la experiencia parisina aporta un dato cuya importancia se revelará más tarde y con más ímpetu en su exilio estadounidense: la importancia de la traducción, de pensar desde el otro, indispensable para conocer cómo nos ve la alteridad, cómo construye sus representaciones y nos piensa o ataca desde ellas, barrera ésta que Martí pudo superar (traduciendo del francés, del inglés o del portugués) para alertarnos a tiempo de cuanto podría ocurrir en América, según lo que se estaba fraguando desde los apetitos insaciables del gigante del norte.

Martí publicará años más tarde La Edad de Oro, contribuyendo a la literatura propia que necesitábamos en el continente para emanciparnos espiritualmente, en cuyo tercer número (sept. 1889) relata a los niños, para quien mucho trabajó, el hecho de gran relevancia que fue la Exposición Universal de París (de la cual no fue testigo); les habla de su atrevida Torre de Eiffel o de las manifestaciones artísticas de otros pueblos presentes en la exposición. También traduce para ellos el Meñique de Edouard de Laboulaye.

En sus ensayos y crónicas norteamericanas admiró igualmente la obra pictórica de los pintores impresionistas franceses, el arte de Gustave Moreau o Eugène Delacroix; se asombró con el “fuego shakespereano” de Héctor Berlioz, alabó la escritura de un Flaubert, la enciclopédica pluma de Rabelais, la letra de mármol de Corneille, el genio teatral de Sarah Bernardt o la libertad hecha estatua desde el estilo pompier de Bartholdy. Asimismo, recomendó la lectura del historiador Michelet o se entusiasmó con el verbo humanista y el amor sin fronteras ni naciones de Ernesto Renán. El cubano, que hasta donde sabemos hubo de escribir solo un poema en francés (“Je veux vous dire”)21, fue el poeta “vidente” que sin haberlo conocido describió Arthur Rimbaud, para quien siempre “Je est un autre”, y el poeta un “ladrón de fuego” que como Martí está “encargado de la humanidad” y eternamente va en busca de ese “tiempo de un lenguaje universal que vendrá”, a enriquecer la “lengua del alma para el alma”22.

De otras naciones europeas fuertes como Alemania, poseía Martí un hondo conocimiento de su filosofía, de su música o su literatura. Su anchura cultural se aprecia en su admiración por filósofos clásicos como Fichte y su «yo humano », por Hegel o Kant, por el pensamiento de Krause y por el positivismo de Lassa Oppenheim. De este último aprecia su manera de considerar el equilibrio entre las potencias mundiales como condición esencial para la existencia del derecho internacional, lo cual marcó su futura manera de percibir las relaciones políticas entre América y el mundo. Ese apego a lo más cimero de la tierra alemana se nota incluso en el influjo de Heine que se respira en el aliento estrófico de los Versos sencillos, o en su valoración de Schiller o de Goethe. Pero siempre sin perder la esencia cubana, sin cambiar el molde aunque acepte sus influencias, como lo sugiere uno de sus poemas: « Lo que al labio saco/Lo saco del pecho/Si sale en alemán, es que alemanes / El amor y el dolor se están volviendo ». Y unos versos después leemos: «No curo que imagine un alma fatua /que en ajeno taller formo mi estatua»23. Su labor de facilitador del encuentro entre países y culturas de diferentes niveles de desarrollo, que debían acercarse y conocerse, no significaba la asimilación ni la subordinación a otra nación por egregia que fuese, sino el intercambio entre ambas partes, sobre la base del respeto mutuo y del equilibrio.

Aquel cantor que sabía de «Egipto y Nigricia» y para quien «el universo habla[ba] mejor que el hombre» (Dos patrias)24, prefería sin embargo «el aire fresco del monte» (Versos Sencillos) y desde su primer contacto con la naturaleza americana su obra y acción políticas fueron inseparables del destino del continente que – excluyendo de él la porción anglosajona– Martí llamó nuestra América.

 II- NUESTRA AMERICA: UN CONCEPTO SALVADOR DE PUEBLOS.

El contacto de Martí con América y sus experiencias en México, Guatemala y Venezuela desembocaron en formulaciones que «desde adentro» buscaron cambiar en el otro la visión sobre nosotros mismos. Domar el espíritu desde la revelación telúrica y escribir un canto propio de los hombres y los mitos americanos, mostrando a América sus posibilidades verdaderas, tal fue la tarea a la que plenamente se consagró Martí.

Su intuición americana ya había comenzado en México, donde pudo observar la situación de exclusión de los indios y obreros mexicanos, donde había aplaudido las reformas liberales como solución primera a los problemas políticos y empezado a desarrollar su pensamiento económico, señalando las vías que consideraba en ese entonces como necesarias para el progreso de México. Ya por esas fechas alertaba del peligro creciente del imperio del norte, expresando con justeza la oposición entre las dos partes del continente, claramente diferenciadas para él desde estos inicios (“Por el Norte un vecino avieso se cuaja”; 1875)25.

Después de la revelación de América en territorio mexicano, la visión de un continente joven, que surge como una fuerza nueva, volcánica, se prolonga y acentúa en Guatemala. Allí comprendió Martí las dificultades que afrontaban las antiguas colonias de España a la hora de asumir un poder democrático y conoció de cerca los excesos del caudillismo y la situación de extrema pobreza de los indios, sin los cuales se hacía imposible la marcha del continente hacia el futuro. A poco de su llegada a la patria guatemalteca reiteró su renuncia del referente primigenio de la cultura colonizadora española, como se aprecia en sus cartas a Manuel Mercado, en su ensayo Guatemala, en Los Códigos Nuevos y en su «drama indio» Patria y Libertad. Estos escritos muestran la progresiva toma de conciencia de la idea de nuestra América, su constante preocupación por el hombre autóctono, que se consolidará con su presencia en la Venezuela del dictador Guzmán Blanco en 1881 y con su posterior experiencia estadounidense, de 1881 a 1995.

Para quien patria era “comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas” (La República española ante la Revolución cubana) 26, la unión americana anhelada por Simón Bolívar (cf. Carta de Jamaica, 1815 y otros escritos), – cuya herencia fundadora Martí reconoce y supera en sus limitaciones – se presenta ya en el breve lapso de su estancia guatemalteca (de marzo de 1877 hasta agosto de 1878) como la clave para cristalizar la identidad continental y completar su gesta independentista en una América que adquiere una doble carga histórica y poética (“nuestra América fabulosa”, “mi gran madre América”, “gran madre”)27, volviendo a la potente figura femenina que antes utilizara en Cuba (“¡10 de octubre!”). Sin embargo, esta unidad añorada no se fundamenta sólo en razones geográficas, sino también histórico-sociales y en las múltiples raíces culturales y lingüísticas del pasado precolombino que Martí asume y defiende plenamente en su antagonismo tradicional y exclusivo ante España como metrópoli (Patria y Libertad) o ante Europa como modelo. La dialéctica mismidad-otredad inherente a toda organización humana, se transforma así en afirmación de una identidad propia en su llamado a las repúblicas de América a conocerse y a unirse, (“Nuestra América) para integrar el concierto de las naciones del mundo y actuar de conjunto y en igualdad de condiciones.

Tales conclusiones alcanzarán un mayor grado de madurez en los Estados Unidos (con discursos como “Madre América”, “Nuestra América” o “Mi raza”), país cuyo conocimiento, como lo afirma Roberto Fernández Retamar, “iba a revelársele a Martí imprescindible para comprender mejor nuestra propia América”. (Fernández Retamar: 124)28

En Estados Unidos

En Estados Unidos vivió Martí desde sus 27 años y hasta casi el final de su vida. Allí no solo vio de cerca el drama social de una sociedad híbrida, compleja, nacida de la emigración, la cual tan nítidamente descubrimos en sus crónicas y ensayos alimentados con las novedades de ese país, con noticias que dan fe de sus avances industriales y científico-técnicos o sus cuestiones sociales. Desde allí dio a conocer Hispanoamérica a sí misma, escribiendo o pronunciando discursos constitutivos de su identidad mestiza, además de organizar la guerra que creía necesaria para liberar a Cuba del poder español.

Martí nos acerca, con un estilo novedoso que hasta ahora sigue siendo único en el periodismo latinoamericano, a las realidades, tanto individuales como nacionales, que conoce en ese país durante aproximadamente quince años. Su escritura, que como lo señaló Susana Rotker “se expande hacia otra orilla”29, de gran riqueza estilística y multiplicidad temática, con detallismo pictórico y casi cinematográfico, nos habla del arte en Nueva York, de las campañas presidenciales, de su admiración por Emerson, Longfellow o Walt Whitman, nos describe los grandes motines de sus obreros, la dramática situación de los indios, el sufragio femenino, el caso de los 7 anarquistas de Chicago, el horror desatado por el terremoto de Charleston, y exposiciones como la del pintor ruso Vereschagin o el estilo novedoso de los impresionistas franceses. En todos los arquetipos sociales que describe el cubano nos deja un retrato estetizado de una sociedad30 en pleno paso del capitalismo al imperialismo, donde la ciudad moderna es “productora, protagonista y receptora” de sucesos (Araya: 1785) en los que aflora flamante la barbarie que crece proporcionalmente con el progreso. Nueva York nos es narrada desde la visión del observador atento que escruta las pequeñeces de lo cotidiano, siempre con la inquietud de abrazar la alteridad para salvarla, con una prosa desbordante en la cual nos da su interpretación de los hechos, logrando con su estilo extender las lindes de lo poético.

Desde Estados Unidos envía a los lectores latinoamericanos sus crónicas de la vida de la sociedad estadounidense, que guardan en mayor o menor medida relación con nuestra América o que pueden tener efecto sobre ella. En ese gran corpus periodístico, sobresalen muchos escritos en favor de la nación mexicana como la traducción del “Tratado comercial entre los Estados Unidos y México”. Publicado en el primer número de La América, dicho texto, además de revelarnos una vez más la importancia de entender el pensamiento y la lengua del otro (anglófono) recalcó el interés que debía prestársele a este tratado a escala continental:

No ha habido en estos últimos años […] acontecimiento de gravedad mayor para los pueblos de nuestra América Latina que el tratado comercial que se proyecta entre los Estados Unidos y México. No concierne solo a México […]. El tratado concierne a todos los pueblos de la América Latina que comercian con los Estados Unidos. No es el tratado en sí lo que atrae a tal grado la atención; es lo que viene tras él. Y no hablamos aquí de riesgos de orden político […]. Hablamos de lo único que nos cumple, movidos como estamos del deseo de ir poniendo en claro todo lo que a nuestros pueblos interese; hablamos de riesgos económicos”31.

Martí puso en evidencia la desigualdad que el tratado, supuestamente recíproco, llevaba implícita, con desventajas mayores para México y con la quiebra previsible para el resto de los países, a los que invitaba a reflexionar sobre sus posibles consecuencias. En los años siguientes formuló soluciones (sobre todo entre 1886-1887) para afianzar la democracia en el plano económico, político y social en las tierras de América; incitó a la multiplicación de la pequeña propiedad agraria, a la investigación científico-técnica, al desenclave de las regiones más alejadas u olvidadas, al desarrollo de las industrias nacionales, e intentó contrarrestar el poder de los monopolios (industriales y bancarios) proponiendo la nacionalización de los ferrocarriles y otros medios de comunicación. Alabó, para nuestra América, sus avances y potencialidades en materia científica32. Para él, un pueblo debía estar abierto a los intercambios culturales y comerciales con todos; sin embargo, abogó por una posición electiva en el sentido en que pensaba que un pueblo debe abrirse al mundo entero, sin exclusividad, pero debe escoger, elegir lo que es conveniente para él, en función de su historia y sus especificidades y sin hipotecar su independencia33. En materia de comercio sostuvo que un país no puede tener un solo socio, sino intercambios diversificados, sobre la base de la reciprocidad y la igualdad, sin lo cual:

Quien dice unión económica, dice unión política. El pueblo que compra manda, el pueblo que vende sirve; hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad; el pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse vende a más de uno”34.

Es evidente que en esta etapa su labor de “observador vigilante de los trascendentales y crecientes intereses de la América Latina en la América Sajona”35 se ejerce plenamente, interiorizando las situaciones más complejas de la política exterior de Estados Unidos para luego alertar a las naciones al sur del río Bravo de las intenciones de esa nación arrolladora. De ahí que en el periodo que va de 1886 a 1889 sus crónicas relativas a la política expansionista estadounidense sean más numerosas (Araya: 1788)36.

Entre 1887 y 1888 se abre una etapa nueva en cuanto a la organización de la emigración cubana en Estados Unidos, en vistas a una guerra próxima en Cuba que logre poner fin al poder colonial. El 10 de octubre Martí pronuncia un importante discurso en el Masonic Temple, donde entre otras cuestiones, señala el peligro del militarismo para la guerra en Cuba. En 1888 publica y prologa la traducción de la novela Ramona, de la escritora estadounidense Helen Hunt Jackson que aborda el tema de los desplazamientos y la exterminación de los indios mexicanos causada por el expansionismo de los Estados Unidos, nación a la que Cuba y nuestra América no deben dejar de mirar con cuidado. Al año siguiente ve la luz la revista infantil La Edad de Oro (sólo 4 números), y Martí defenderá con ímpetu a su patria y a los cubanos en una carta donde responde con sobrados argumentos a una campaña mediática difamatoria contra Cuba – iniciada días antes en The Manufacturer de Filadelfia (“Do we want to Cuba?”)37– de la cual se hizo eco el periódico neoyorquino The Evening Post, respuesta martiana que hoy conocemos como “Vindicación de Cuba”38. Aceptar la alteridad y abrazarla nunca significó para Martí genuflexión ni admiración desmedida, al punto de diluir en el otro su yo, ni rechazar los cimientos sobre los cuales se construyó su identidad.

Contra el imperialismo estadounidense y los dictados de Blaine.

En 1889 tiene lugar la Primera Conferencia Internacional Americana (Washington) 39, que duró seis meses, con la participación de dieciocho gobiernos americanos durante la presidencia del secretario de estado norteamericano James G. Blaine, principal instigador del panamericanismo. Martí sigue de cerca los debates y envía comentarios de la misma al periódico argentino La Nación; reconociendo el peligro que se avecinaba para los países de América Latina, y, respondiendo a la invitación de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, procederá el cubano a la lectura de su discurso “Madre América” ante los delegados de la Conferencia, haciendo con ello un llamado a reconocer las potencialidades del continente americano y a no renegar de él. Por otro lado, atrajo la atención del resto de los gobiernos sobre las verdaderas intenciones de Blaine – quien deseaba una unión monetaria – y explicó los peligros de su “política continental”40. Frente al unilateralismo estadounidense y sus claras pretensiones de acaparar las materias primas de nuestra América, donde se venderían sus producciones excedentes a mayor precio, el cubano ya no solo se empeñará en dar a conocer los Estados Unidos a las naciones al sur del Río Bravo, sino que constantemente alertará a sus pueblos, denunciando el curso cada vez más imperialista de la política de su vecino del Norte.

En 1890 Martí, quien siempre pensaba en la libertad de su patria, funda La Liga, sociedad de ayuda destinada a la protección y a la educación de los trabajadores negros de Cuba y Puerto Rico exiliados en Estados Unidos, y ese mismo año es nombrado Cónsul de Argentina y Paraguay. Gracias a la madurez alcanzada por las experiencias vividas en las “entrañas del monstruo”, Martí publica en enero de 1891 su cenital ensayo “Nuestra América” en La Revista Ilustrada de Nueva York (1 de enero) y unos días más tarde en El Partido Liberal de México (30 de enero), expresando la urgencia de actuar para detener el avance evidente de los Estados Unidos e insistiendo en la necesidad de la unión inaplazable de las repúblicas nuestramericanas. Como delegado oficial de Uruguay, participó activamente en la Conferencia Monetaria Internacional celebrada en Washington solo unos meses después de la anterior (del 7 de enero al 8 de abril 1891). Redactó el informe de la Comisión donde expresó los principios políticos que sustentaban la dependencia monetaria que preveía Blaine, cuya consecuencia sería la sumisión política y económica del resto de los países si aceptaban la “unión” propuesta por Estados Unidos. Si Martí y nuestra América obtuvieron sus propósitos en ambas Conferencias, esa victoria fue efímera, como se comprobó más tarde con la creciente agresividad política de Estados Unidos en el continente y con los posteriores acuerdos de Bretton Woods (1944), que lograron la imposición del dólar estadounidense como moneda de referencia en el mercado mundial hasta hoy.

En junio de 1881 Martí publicará los Versos sencillos, obra que forma parte del patrimonio literario oral y escrito cubano y latinoamericano (Hernández M-D, 215)41, editado en vida del autor como su Ismaelillo (1882). En ellos hallamos también el objetivismo que antes que él reivindicara Rimbaud, el de una “poesía de lo cotidiano, del hecho desnudo, de la humilde vida diaria” (Marruz)42, donde conviven la vocación del humanista y del poeta, quien constantemente iba inyectando sentido ético y moral a través de lo literario.

Luego de comprender que la guerra de Cuba era necesaria no sólo para el destino de la isla sino para esa otra gran parte del continente que él mismo nombró “nuestra América”, Martí obró por la independencia de su país (Bases y Estatutos secretos del Partido Revolucionario Cubano, periódico Patria, discursos en Tampa y Cayo Hueso…) con el objetivo de generar y concentrar fuerzas en Estados Unidos y en el extranjero (Santo Domingo, Haití, Jamaica, Costa Rica, Panamá). Así, apoyando a Cuba frente al colonialismo español, detendríase con ello al imperialismo en el área (“peleamos en Cuba para asegurar, con la nuestra, la independencia hispanoamericana”; Patria, 18 de junio de 1892), garantizándose de tal forma el equilibrio de las naciones del mundo.

III- POR EL EQUILIBRIO DEL MUNDO.

Esta última sección pudiera llevar por epígrafe una imagen conocida de Martí: la de la diosa Themis, que sostiene en su mano una balanza, representando el equilibrio esencial para asegurar la justicia humana o entre las naciones. Además de sus estudios universitarios, que le proporcionaron sólidos conocimientos para la comprensión de las relaciones entre los países, sus estudios de Filosofía y la influencia del pensamiento de hombres insignes como el jurista holandés Huig de Groot, el italiano César Cantú, el alemán Lassa Oppenheim o el venezolano Simón Bolívar, lo llevaron a considerar esta noción de equilibrio (que no es más que el sentido común que debe liderar el vínculo entre los hombres), el cual aplicaría luego para salvar a las Antillas y a nuestra América y desde ellas, el equilibrio mundo. Tales fuentes y otras del pensamiento estratégico de la época (cf: artículos de Ernesto Quesada en la Revista Nacional de B. Aires) señalaron a Martí – quien preparaba una guerra contra España en un país pequeño y exhausto – el camino para contrarrestar la envergadura del peligro que corría nuestra América, e incluso Europa y otros continentes, ante la pujanza de la nación estadounidense, si no se buscaban vías para hallar y mantener ese equilibrio de fuerzas tan necesario.

En 1889, durante la primera Conferencia, Martí aborda por primera vez el tema del desequilibrio del mundo y reconoce – tras lo que se perfila en la esfera económica, comercial, política, marítima, militar y diplomática – lo que no tardó en llamarse “imperialismo”, el cual no demoraría en acarrear graves consecuencias para nuestra América y para la paz de las naciones del mundo.

No son meramente dos islas floridas, de elementos aún disociados, lo que vamos a sacar a luz […]. En el fiel de América están las Antillas [hispanas], que […] serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada, y la del honor para la gran república del Norte […]. Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son sólo dos islas las que vamos a libertar.[…]. Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba, se levanta para todos los tiempos”.43

En el Manifiesto de Montecristi, insistirá: « La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno […] al equilibrio aún vacilante del mundo ». Con igual fecha, el 25 de marzo de 1895, escribirá a su amigo dominicano Federico Henríquez Carvajal en el documento que se conoce como su testamento político: “Las Antillas libres salvarán el equilibrio de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”44. La noción de equilibrio, que se define “como una doctrina de las relaciones internacionales en las que las tendencias agresivas de un Estado poderoso podían ser equilibradas por una alianza de Estados más débiles con un poder colectivo igual o mayor”45, fue una solución que vislumbró Martí, gracias a conclusiones sacadas de anteriores situaciones políticas donde la balanza hizo caer el peso de la opinión pública y de los intereses de otras naciones sobre la manera de actuar de la nación estadounidense. Una de ellas fue la que desatara el encarcelamiento del ciudadano y timador norteamericano Augustus K. Cutting (el llamado caso Cutting en 1883), que estuvo a punto de desencadenar una nueva guerra entre Estados Unidos y México, durante los respectivos gobiernos de Grover Cleveland y Porfirio Díaz. La reacción de apoyo hacia México por parte de Inglaterra46, Alemania y Francia ante tal beligerancia, llevó a Martí a estudiar con sagacidad la importancia de tal correlación de fuerzas, capaz de llevar a una nación fuerte a renunciar a la decisión de atacar a un país débil si este último lograba crear alianzas con otros países de peso mayor, favoreciendo la persuasión y el mantenimiento de la paz.

Otro episodio de las reacciones interoceánicas que dio a Martí la idea de actuar por la obtención de ese equilibrio fue el momento de la inauguración de la Estatua de La Libertad en Nueva York. El cubano observó y dio luego cuenta de la realidad política que se escondía detrás de aquel gesto (“[…] a pedir la Alsacia para Francia ha venido esa virgen dolorosa, más que a alumbrar la libertad del mundo”47). La de Francia no fue en nada una postura movida por la amistad, ni fue grande el entusiasmo de los jefes militares de la Guerra Franco-Alemana que asistieron a ella (Jaurès, Ney, Deschamps, Caubert…), como tampoco el de Ferdinand de Lesseps, allí presente. Fue más bien el interés de asegurarse del apoyo estadounidense en caso de nuevos ataques militares del poderoso vecino alemán y enemigo común lo que les condujo a ello. A cambio, Francia ofrecería ayuda al gobierno estadounidense en Europa y el control futuro del Canal de Panamá. De esta situación concluyó Martí dos cosas: una, la imposibilidad de contar con Francia para ayudar a encontrar el equilibrio que necesitaba Cuba ante Estados Unidos. La otra, fue la posibilidad entre dos naciones de hacer bloque para enfrentar a otra más potente, cuyas graves consecuencias (dos guerras mundiales) en las décadas siguientes y en suelo europeo, Martí no llegó a conocer.

Para la obtención futura del equilibrio en las Antillas hispánicas y detener con la libertad de Cuba el avance de Estados Unidos en el Caribe y Latinoamérica, Martí analizó igualmente la fuerte influencia que a escala intracontinental ejercían sobre Brasil, cuya unión política y comercial, además de contribuir activamente en la ruptura de las relaciones entre los países latinoamericanos, excluía la alianza táctica entre Argentina e Inglaterra, países que ambos buscaban neutralizar en el área, asegurando de tal modo el establecimiento hegemónico de Estados Unidos en el continente.

José Martí saca una vez más partido del diálogo con otras culturas, estudiando detenidamente la interacción entre los países de Europa, América y Estados Unidos, y calculando las crecientes divergencias entre esta nación e Inglaterra, Alemania (a la cual vaciaba de sus mejores talentos alentando la emigración) y otras potencias de Europa y América Latina, como antes que él lo hicieran pensadores antillanos como Hostos y Betances. Con tal análisis estratégico, Martí esperaba hallar una forma de asegurar la independencia de Cuba, evitando que cayera sobre su patria y América todo el peso de Estados Unidos cuyas ansias de intervenirla, pretextando una guerra falsa contra España, había comprendido ya Martí viviendo allí (“impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”)48.

Ese anhelo optimista de Martí de lograr la independencia de Cuba y el equilibrio del mudo con la liberación de las Antillas fue postergado después de su muerte a causa del recrudecimiento de la política exterior del vecino del Norte, que se caracterizó, entre otras formas, por su intervencionismo político (caso de Cuba y Puerto Rico, en 1898; Enmienda Platt; firma de tratados de arrendamiento de bases navales y carboneras; Operación Éxito en Guatemala, 1951; intervención en República Dominicana, 1961; en Panamá, 1989; la implantación de bases militares…) y económico (control del Canal de Panamá, intercambio desigual con los países del área, firmas de tratados de libre comercio…), además de su apoyo a los regímenes dictatoriales de derecha, a los que brindó ayuda militar y financiera para asentar su poder en la región. Y esta política, como se comprueba en actualidad, no ha cambiado ni un ápice.

A modo de conclusión.

El “mejoramiento humano” fue el proyecto humanista al que dedicó Martí toda su vida49. Para su patria americana como para los hombres y mujeres del mundo, creó con su verbo cargado de imágenes, una nueva ética que estableció una relación distinta entre el hombre y sus propias realidades culturales y sociales. Gracias al conocimiento profundo de otras sociedades, que le aportaron los medios necesarios para una mejor comprensión del mundo, invirtió prejuicios, cuestionó representaciones y cambió esquemas inveterados (Civilización vs Barbarie; la América de los americanos, de J. Monroe) que históricamente habían servido para perpetuar el colonialismo y neocolonialismo en América o en cualquier parte del orbe. Asimismo, abrió el camino para la obtención, con la independencia de Cuba, de un equilibrio a nivel mundial que aun está por conseguirse.

A pesar de la incertidumbre que el contexto latinoamericano sugiere hoy en las relaciones entre norte y sur, dado que en algunas tierras como el Brasil de Jair Bolsonaro o la Argentina de Mauricio Macri sigue “durmiendo el pulpo” (“Nuestra América”) y reinando la razón del capital monopolista que denunciara Martí, el pensamiento del apóstol cubano nos convida a ser sujetos múltiples y activos en los cambios que aun están por producirse en nuestra América, manteniendo el infinito compromiso con los desposeídos y buscando un futuro alternativo al capitalismo, donde reine el sentido moral de la política que deben emplear las naciones.

Estados Unidos y el cadáver insepulto50 que es la OEA respaldan hoy abiertamente planes en contra de la soberanía de países como Cuba o Venezuela, dividen a América Latina, buscan alianzas con países europeos que les dan abiertamente su apoyo en los medios de difusión y en la ONU, cuestionando principios como el respeto y el derecho a la libre determinación de nuestras repúblicas. Ante ello, proyectos de envergadura continental como la creación de UNASUR y la CELAC ilustran las potencialidades de nuestra América, la influencia del pensamiento profético, poético y revolucionario de José Martí y el empeño que debemos seguir poniendo en alcanzar un proyecto liberador a escala mundial, donde los sacrificios de hombres y pueblos sirvan para salvar el destino de la humanidad.

La necesidad de poner de relieve una vez más estas facetas del pensamiento y acción redentora de José Martí, como la idea de “nuestra América” y del “equilibrio del mundo”, nos lleva a escribir páginas seguramente ínfimas, reductoras para contener la mirada mayúscula del amigo, del hijo, del padre y del héroe, del sacrificio todo hecho carne para nuestra nación y América, en íntimo y continuo diálogo con otras culturas del mundo, diálogo que hoy entablamos con él y que no ha de reducir su acción a las buenas intenciones, a riesgo de integrarnos ineluctablemente en el concierto absurdo de una Danza Macabra que sentimos cada vez más próxima. Unir la palabra al hecho, sentarse a la mesa de la fraternidad y redimir al otro, crear una alianza mundial contra la hegemonía de Estados Unidos, salvar al Hombre de una política destructora de sus derechos y de su medio natural cuya explotación controlada es indispensable para su existencia: he ahí el problema y el programa que todos debemos llevar adelante.

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1 Retomamos aquí la conocida fórmula de Publio Terencio Africano en su comedia El enemigo de sí mismo.

2 LEVINAS, Emmanuel, Humanismo del otro hombre, México, Siglo XXI, 2003.

3 VITIER, Cintio & GARCIA MARRUZ, Fina, “Los hombres en Martí”, Temas martianos I, La Habana, Centro de Estudios Martianos, (1969) 2011, p. 115.

4 BUTLER, J., Deshacer el género, Barcelona, Paidós, 2006, p.190.

5 BOUYGUES, Jean-Marc, « Formación académica y primeras lecturas de José Martí », en Cuba dans les Amériques. Relire José Martí au seuil du XXème siècle, bajo la dirección de Mélanie Moreau-Lebert y Eric Dubesset, Presses Universitaires de Bordeaux, Collection MPI, Série Les Amériques, p. 199.

6 Como señala Fernando Ortiz en su « Martí y las razas » : « Tuvo Martí una expresión genial para esas razas inventadas por los antropólogos, midiendo cráneos, narices, pelos y pigmentos y acopiando datos y juicios en las crónicas apologéticas de las conquistas y en los relatos de los exploradores y los misioneros, siempre anhelosos de resaltar lo trascendente de su blanca empresa civilizadora, tanto más elevada cuanto más baja fuese la condición de los pueblos de color. Tales razas, dijo, son “razas de librería” ». Por Fernando Ortiz, Conferencia pronunciada el 9 de julio de 1941 en el salón de recepciones del Palacio Municipal de La Habana. Tomada de la revista Caminos, N°s 24-25, 2002, pp. 35-51.

7 Poema XXX, « El rayo surca, sangriento », Versos sencillos, en José Martí, Obras escogidas en tres tomos, Tomo II, La Habana, Ciencias sociales, (1992) 2002, pp.537-538.

8 « ¡10 de Octubre ! », José Martí, Obras escogidas en tres tomos, Tomo II, La Habana, Ciencias Sociales, (1992) 2002, T. I, p. 13.

9 (En francés en el texto original) MARTI, José, El Diablo Cojuelo (19 de enero de 1869), Obras completas/Edición crítica (en adelante OC/EC), La Habana, Centro de Estudios Martianos, T.I, p.19.

10 MARTI, José, El presidio político en Cuba, ibid, pp. 63-93.

11 Ver este deseo de no odiar al español reiterado en su poema « Mi padre era español », Poesía Completa, Edición crítica, La Habana, Editorial Letras Cubanas, T.I, p. 205.

12 Ver: “México en los Estados Unidos”, Nueva York, 23 de junio de 1887, Obras completas, La Habana, Editora Nacional, 1963-1973, t.7, p.51.

13 «La República española ante la Revolución cubana», 15 de febrero de 1873, OC/EC, T.I, p.101.

14 «La solución», La cuestion cubana, Sevilla, 26 de abril de 1873, ibid, p. 121.

15 Ibid, p. 106.

16 Amistad funesta; ibid, p.134.

17 Versos secillos, Poema VII, «Para Aragón, en España», Obras escogidas en tres tomos, ob.cit, Tomo II, pp.525-526.

18 Revista Universal, México, 9 de marzo de 1875, en Obras escogidas en tres tomos, ob.cit, Tomo I, pp.69-73.

19 José Martí, OC/EC, La Habana, Centro de Estudios Martianos en La Habana, Tomo XX.

20 Alejo Carpentier, «Martí y Francia», La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo y otros ensayos, Madrid, Siglo XXI editores, p.235.

21 Poemas en hojas sueltas, OC/EC, T. XVI, p. 186.

22 Palabras entrecomilladas sacadas de las célebres «Cartas del Vidente» de Arthur Rimbaud, dirigidas a Georges Izambard (13/05/1871) y a Paul Demeny, 15/05/1871 (Traducción nuestra), en RIMBAUD, Arthur, Œuvres complètes, «Lettres du voyant», Paris Flammarion (2010), 2016.

23 Poema «10», OC/EC, T. XV, Poesía II, p. 29.

24 «Dos patrias», José Martí, Obras escogidas en tres tomos, ob.cit, T. I, p. 379.

25 Nuestra América, Edición Biblioteca Ayacucho, Tercera edición con correcciones y adiciones de nuevos textos, 2005, p. 268.

26 Ob.cit, p. 93.

27 Así la nombra en su “Carta a Valero Pujol”, Guatemala, 27 de noviembre de 1877, Nuestra América, Caracas, Ed. Biblioteca Ayacucho, 2005, pp. 310-314.

28 FERNANDEZ RETAMAR, Roberto (1978), Introducción a José Martí. La Habana, Centro de Estudios Martianos-Casa de las Américas.

29 ROTKER, Susana, Fundación de una nueva escritura : las crónicas de José Martí, La Habana, Casa de las Américas, 1992.

30 “ De Europa vienen, no solo, suecos andariegos e italianos mansos; sino irlandeses coléricos, rusos ardientes, alemanes exasperados. El irlandés, que se ve cortejado por la importancia política que le da lo numeroso de su voto, […] parte de buen grado su hacienda entre el cura que le maneja el alma, y los capataces políticos que alardean de públicos enemigos de Inglaterra. El alemán |…] es fanático propagador de medidas violentas que pongan de una vez los cimientos de las casas en las nubes, y los trabajadores socialistas en los lugares de los empresarios que los emplean. El ruso […] trae a estas inquietudes alemanas su palabra deslumbrante y fatídica como las estepas […]. De la noble Francia, […] no ha de decirse que viene a perturbar la casa ajena. De Europa vienen, pues, con los artesanos que trabajan, los odios que fermentan. Viene una población rencorosa e híbrida, que ni en sí misma ni en la que engendra produce hijos legítimos y sanos […]”, « Carta del 20 de marzo de 1885, La Nación, Buenos Aires », Martí en los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892, Edición crítica, en Fernández Retamar, Roberto & Rodríguez, Pedro Pablo, CEP de la Biblioteca Nacional de España, Madrid, 2003, Colección Archivos, p. 429

31 “El tratado comercial entre Estados Unidos y México”; Nueva York, marzo de 1883; OC/EC, t. XVIII.

32 «Ya ha salvado los mares la noticia del libro monumental que se prepara a presentar al público el naturalista cubano don Felipe Poey. No hay periódico de Europa que no alabe afectuosamente al sabio ictiólogo. Por los Estados Unidos corre ahora, con igual celebración, un extracto de esta obra mayor de análisis y paciencia, que ha requerido para llevarse a cabo todo el vigor de clasificación de un severo filósofo, y toda la bondad que atesora el alma de un sabio. [..] Nuestras tierras son tan fecundas en oradores y en poetas, como en sabios.―Ya va siendo notabilísimo en los poetas y oradores de nuestra raza el afán de hacerse hombres de ciencia »; La América, “El libro de un cubano”; Nueva York, marzo de 1883; OC/EC; T.XVIII.

33 Véase la sección « Sus ideas económicas » en el libro del profesor emérito francés Paul Estrade José Martí (1853-1895). Los fundamentos de la democracia en Latinoamérica, Madrid, Doce Calles, 2000.

34 « La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América », Nuestra América, Edición Biblioteca Ayacucho, ob.cit, p. 154-155.

35 MARTI, J., Obras completas, La Habana, Editora Nacional, 1963-1973, t. VIII, pp. 265-269.

36 ARAYA, Pedro, « Itinerario de un pensamiento », Martí en los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892, Edición crítica, ob.cit, pp. 1783-1801.

37 16 de marzo de 1889.

38 Fechado el 21 de marzo de 1889, publicado en The Evening Post el 25 de marzo, José Martí, « Vindicación de Cuba ». (Ed. Facsimilar, tomada del folleto Cuba y los Estados Unidos, “El Avisador Hispanoamericano, Publishing Co. 1889), Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1982, p. 3.

39 La Conferencia Internacional Americana tuvo lugar en Washington del 2 de octubre de 1889 al 19 de abril de 1890.

40 El giro imperialista que toma EE.UU desde 1890 y hasta 1898 (con la última batalla de Wounded Knee) corresponden, como lo recuerda Paul Estrade, a lo que Claude Julien llama « el nacimiento del imperialismo » en L’empire américain (capítulo II), en ESTRADE, P., ob.cit.

41 Sandra Hernández M-D, Épique et art poétique dans les coplas des Versos Sencillos, en Moreau & Dubesset, ob.cit. .

42 Cintio Vitier y Fina García Marruz, “La prosa poemática en Martí”, Temas martianos, ob.cit.

43 José Martí, “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, Patria, Nueva York, 17 de abril de 1894, Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, T.III, p. 142-143.

44 Nuestra América, Ed. Biblioteca Ayacucho, ob.cit, p.322.

45 Según Rodolfo Sarracino, José Martí, Nuestra América y el equilibrio internacional, La Habana, CEM, 2015, p. 19.

46 Como lo precisa Rodolfo Sarracino, « Gran Bretaña, la potencia más poderosa de la época, hacía pública su indignación en México por las amenazas del gobierno yanqui a ese país, en tanto ponía a prueba la paciencia de ese gobierno del lado del Atlántico norte con los constantes arrestos de pescadores norteamericanos, el internamiento de sus naves y el decomiso de la carga, en aguas reconocidas como jurisdiccionales por el gobierno canadiense. Todos estos hechos tampoco pasaron inadvertidos para Martí ». Ibid, p.65.

47 José Martí, Correspondencia particular de El Partido liberal. Descripción de las fiestas de la Estatua de la Libertad », en OC/EC, La Habana, CEM, t. XXIV, p. 292.

48 « A manuel Mercado », Campamento de dos Ríos, 18 de mayo de 1895, Obras escogidas en tres tomos, T.III, ob.cit, p. 604.

49 Como lo afirma Lourdes Arencibia Rodríguez, «La obra martiana en su totalidad, es la expresión por diferentes vías y medios del gran proyecto sociopolítico y humanista al que dedicó toda su vida: el mejoramiento del hombre ». En «Un traductor llamado José Martí, una valoración necesaria», Revista Temas, 1998.

50 Fidel Castro, «Atrapado por la historia»

http://www.granma.cubaweb.cu/secciones/ref-fidel/art130.html

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