Cuba se opone a convertir el ciberespacio en un teatro de operaciones militares


Nuestro colaborador Juan Fernández Alfonso, quien  participó recientemente en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York en la reunión final del 5to Grupo de Expertos Gubernamentales sobre los Avances en la Información y las Telecomunicaciones en el Contexto de la Seguridad Internacional, nos ha hecho llegar esta importante información sobre un tema trascendental que abordaremos apliamente en la emisión de nuestro programa de televisión La pupila asombrada del jueves 5 de julio. 

Del 19 al 23 de Junio se celebró en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York la reunión final del 5to Grupo de Expertos Gubernamentales sobre los Avances en la Información y las Telecomunicaciones en el Contexto de la Seguridad Internacional (GEG).

El mandato de dicho grupo, dado por la Asamblea General de las Naciones Unidas, estipulaba la elaboración de un informe, que entre otros temas, debía realizar recomendaciones sobre la  manera en que se aplica el derecho internacional al uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones por los Estados.

Después de arduas negociaciones, aunque se pudo llegar a acuerdos en muchos temas discutidos, no se logró alcanzar el consenso sobre el proyecto de informe final.

Para explicar las razones por la cual no se sumó al consenso, Miguel Gutiérrez Rodriguez, Director  de la Oficina de Seguridad para las Redes Informáticas (OSRI), el experto designado por Cuba, emitió la siguiente declaración: 

Declaración de Miguel Rodríguez, representante de Cuba, en la sesion final del Grupo de Expertos Gubernamentales sobre los Avances en la Información y las Telecomunicaciones en el Contexto de la Seguridad Internacional. Nueva York, 23 de junio de 2017: 

La representación de Cuba en este Grupo de Expertos Gubernamentales ha trabajado activamente con el objetivo de cumplir el importante mandato que nos fue encomendado por la Asamblea General de la ONU en virtud de la resolución 70/237.

Nuestra participación y las propuestas que hemos presentado como contribución al trabajo del Grupo, han estado guiadas por la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, formalmente suscrita por las Jefas y los Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina y el Caribe, reunidos en La Habana, Cuba, en ocasión de la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), en enero de 2014.

La información y las telecomunicaciones deben ser herramientas para fomentar el bienestar, el conocimiento y el desarrollo humano, sobre la base del estricto respeto a la Carta de la ONU y el Derecho Internacional. Deben ser instrumentos para promover la paz y no para promover la guerra, el empleo de la fuerza, el intervencionismo, la desestabilización, el unilateralismo o las acciones terroristas.

Se requieren acciones urgentes, acordadas en el marco de las Naciones Unidas, para impedir el empleo encubierto e ilegal, por individuos, organizaciones y Estados, de los sistemas informáticos de otras naciones para agredir a terceros países, por sus potencialidades para provocar conflictos internacionales.

Lamentamos que no haya sido posible alcanzar un consenso en este Grupo para presentar recomendaciones sustantivas a la Asamblea General de la ONU.

Debo dejar registrada nuestra seria preocupación por la pretensión de algunos, reflejada en el párrafo 34 del proyecto de informe final, de convertir el ciberespacio en un teatro de operaciones militares y legitimar, en ese contexto, acciones unilaterales punitivas de fuerza, incluyendo la aplicación de sanciones e incluso acciones militares, por parte de Estados que aleguen ser víctimas de usos ilícitos de las TICs.

Consideramos inaceptable que se pretenda establecer una equivalencia entre el uso malicioso de las TICs y el concepto de “ataque armado”, previsto en el Artículo 51 de la Carta, con lo cual se intenta justificar la supuesta aplicabilidad en ese contexto del derecho a la legítima defensa.

Establecer como precedente esa peligrosa reinterpretación de las normas del Derecho Internacional y la Carta de las Naciones Unidas, constituiría un golpe mortal a la arquitectura colectiva de seguridad y mantenimiento de la paz establecida en la Carta de las Naciones Unidas. No se puede imponer la Ley de la Selva, en la que siempre prevalecerían los intereses de los Estados más poderosos en detrimento de los más vulnerables.

El proyecto final de informe también incluía una referencia a la supuesta aplicabilidad en el contexto de las TICs de los principios del Derecho Internacional Humanitario. Tal afirmación no es aceptable para Cuba, pues ello implicaría legitimar en ese contexto acciones militares y la guerra.

De manera consistente, hemos enfatizado en este Grupo la prioridad de iniciar, sin más demora, un proceso negociador en el marco de las Naciones Unidas, para adoptar un instrumento internacional jurídicamente vinculante que permita dar respuesta efectiva a los significativos vacíos legales que hoy se aprecian en el contexto de la ciberseguridad y atender de manera efectiva y sobre la base de la cooperación, los crecientes retos y amenazas que enfrentamos en esta materia. Este importante elemento se mantuvo ausente en la versión final del proyecto de informe.

Las limitaciones de tiempo impidieron que el Grupo pudiera considerar a fondo la cuestión de las acciones futuras y el mecanismo de seguimiento. Reiteramos nuestra posición de que, por su alta relevancia para todos los Estados Miembros, la cuestión de la información y las telecomunicaciones en el contexto de la seguridad internacional debe ser examinada en un Grupo de Trabajo de la Asamblea General abierto a todos los Estados, para garantizar la plena transparencia e inclusividad y la participación en igualdad de derechos en las discusiones y la toma de decisiones. Esperamos que este año la Primera Comisión de la ONU tome la decisión de convocar ese Grupo de Trabajo Abierto.

***

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7 pensamientos en “Cuba se opone a convertir el ciberespacio en un teatro de operaciones militares

  1. Tales pretensiones son inadmisibles e inaceptables por el precedente que sembrarían. Ya hoy se cometen ataques cibernéticos cuyas consecuencias, por ahora, se pueden resolver; pero muy pronto, si se aprueban tales pretensiones, nadie sabrá cuáles serían las consecuencias de tal decisión. Claro que no solo porque nuestra región se haya declarado como zona de paz y ello no estaría en correspondencia, sino porque esa aceptación sería la aceleración de lo que ya se se está practicando por algunas potencias, donde los más pobres pagarán irremediablemente las podridas. “La información y las telecomunicaciones deben ser herramientas para fomentar el bienestar, el conocimiento y el desarrollo humano, sobre la base del estricto respeto a la Carta de la ONU y el Derecho Internacional”. Si no llevamos esto al concenso los guerreristas se impondrán. De hecho ya se están imponiendo. E intuyo además (pues no tengo el conocimiento ni los medios para demostrarlo), que las TICs podrán acabar con el mundo más rápidamente que las armas nucleares. Pienso también que todavía el hombre no conoce todas las potencialidades de lo que tiene en la mano. Así como son de buenas han de ser de mortíferas.
    Saludos.

  2. Hola:-|

    Es impostergable adoptar una doctrina cibernética nacional, que se desarrolle desde adentro y para el resto del mundo. Se ha planteado mucho la necesidad de que alcancemos la soberanía tecnológica; pero yo no he vislumbrado el camino para ello. Esa doctrina cibernética que al igual que la militar —la guerra de todo el pueblo—, de alguna forma nos debe proteger de la barbarie que ya existe en el mundo de las redes, de la web.

    No he leído un artículo sobre el tema, donde no predominen los comentarios donde se demanda la Internet para Cuba y se culpe a ETECSA de todos los males; como si en Internet estuvieran todas las soluciones a nuestras necesidades cognitivas e informativas. Quizás es que la mayoría de las personas no saben distinguir entre Internet e intranet, entre infraestructura y contenidos.

    Espero que pronto lleguemos a desarrollar ese paradigma tecnológico sui géneris, propio de una sociedad también sui géneris.

    Saludos;-)

  3. Según la calidad de las diferencias: diálogo, debate, lucha…
    Por Camilo Rodríguez Noriega
    El diálogo de ideas entre iguales cursa con facilidad al debate ideológico. ¡Que fuera de esta realidad estaríamos si esto no ocurriera con cierta frecuencia!
    Es curioso cómo en ese debate se va articulando una malla ideológica cual soporte compartido en sus esencias, al tiempo que se sostienen, deshacen, rehacen y asoman múltiples cabos sueltos y hasta encontrados; un anuncio de que el tejido deberá seguir haciéndose con suma laboriosidad cotidiana. Es esa, más o menos, la textura ideológica posible de una sociedad en Revolución; de una sociedad en transición socialista. En ese entramado se cuecen, una y otra vez, los posibles frutos de unidad y se deslindan, en sus prioridades, los frentes de acción.
    Si aprendemos bien a debatir nos evitaremos que sobrevenga el encontronazo desgastador entre quienes formamos el diverso “nosotros”. Si la mesura y la reflexión no nos asisten nos abocamos al enfrentamiento interno. Si nos une en verdad lo que nos es esencial retornaremos, todas las veces, al re-encuentro. Puede ser normal que esto ocurra, pero, en nuestras condiciones de plaza que sigue siendo sitiada debiéramos evitar el empeño en naturalizarlo. Eso nos erosiona y desorienta, al tiempo que alboroza a quienes procuran que caigamos en la trampa o, al menos, que nos encharquemos cerca de ella.
    La reflexión conduce a la mesura. Reflexionar implica examinar un estado de cosas en sus diversas aristas y terminar proyectando un pensamiento final acerca de lo examinado. Es una meditación; un ejercicio de pensar nuestra propia experiencia e información sobre un asunto de interés para sacar conclusiones. Cuando se reflexiona es posible comprender mejor lo que sucede a nuestro alrededor. Nos ponemos alertas en relación con determinadas situaciones, las formas en que se desenvuelven y su significado y nos disponemos a participar en la búsqueda del mejor modo en que podemos conservar-cambiar un estado de cosas. La alerta reflexiva es un estímulo para penetrar las situaciones de interés; para ir más allá del fenómeno, captar el significado de los estados en que se expresa el objeto de análisis y disponernos mejor a una relación activa respecto al mismo. Así, cuando reflexionamos, podemos entender con mayor claridad los comportamientos, el tipo y calidad de las fijaciones mentales que tenemos sobre el asunto (y las que tienen otros) y, por tanto, si lo amerita, replanteárnoslas (e invitar a otros al replanteo) y buscar caminos para actuar de un modo superador. Si el estado de cosas es favorable o útil, desbrozaremos caminos para fortalecerlos, de lo contrario para transformarlo intencionadamente o para combatirlo.
    En fin, parece sabio que la reflexión presida cada capítulo del debate y de la lucha ideológica. Más reflexión que ese discurso de refriega que se regala a la crítica a la forma y obstaculiza el debate porque posibilita el desvío de la atención o la manipulación que subyuga el contenido. La refriega también; en su momento. La red ayuda, pero no es todo. Valen los espacios físicos que surgen para este ejercicio reflexivo, pero parecen insuficientes. Que la novedad del espacio virtual no nos haga subestimar la tradición en trabajo ideológico para discernir sobre lo histórico-social racional, desde el recurso primario del diálogo honesto, cara a cara, donde a cada cual nos toque, si no es que su imposibilidad ha sido lanzada ya por quienes no tienen mejores intenciones.
    Todo ello debe estar presidido por lo esencial. ¿Cuál es la médula ideológica del debate ideológico? La cuestión de los principios que sostenemos, crecidos desde nuestra conciencia reflexiva de los intereses supremos que asumimos, defendemos y nos esforzamos en realizar en contextos históricos concretos. Por eso, todo “tope” ideológico está objetivamente intencionado. Es menester evitar a toda costa que las escaramuzas de otros coloquen el orden del día. A veces no nos queda otra opción digna que ser subalternos de la agenda que nos colocan. La producción ideológica (desde la conexión pasado-presente-futuro), su socialización, el diálogo y el debate ideológico revolucionario son, en su unidad dialéctica, el antídoto. Digámoslo de otro modo: la médula ideológica del debate ideológico está en nuestra plataforma espiritual de anclaje para pensar y enrumbar las complejidades y contradicciones de las que somos parte y continuar construyendo un NOSOTROS, desde la diversidad.
    No siempre es menester desenvainar ‘a priori’ nuestros principios. Puede interpretarse como valladar para amordazar. Es mejor ensartarlos con tino en el tejido de las ideas que explican las realidades como totalidades. Entonces sí deben emerger apuntados y apuntadores, colmados de argumentos. En ese momento las reglas del juego quedan bien establecidas para seguir todos abriendo caminos con brújula estratégica en ristre, como batallón que rastrea todas las posibilidades, tratando de encontrar la mejor. Así hemos andado juntos muchas veces. El escenario cambió, la lucha continúa definida desde iguales pilares esenciales, con muy pocos derechos a viejos esquemas y a nuevas confusiones.
    Cuando las diferencias no son sobre unas u otras ideas sino de principios el debate se torna difícil. Ya no se busca llegar a más en unidad. La lucha ideológica sobreviene como única alternativa factible. Y hay que darla con todas las armas, conscientes de que todos los contendientes estamos apostados en trincheras. Nos corresponde conocer bien la ubicación de la nuestra. La pretensión de las partes es la de vencer al otro. Precisamente, porque somos entes ideológicos, nuestras preferencias toman aquí partido definidor. Lo que debe contar, en primer lugar, es aquello esencial que defendemos; ante todo la unidad. También es importante todo lo demás que nos define.
    El advenimiento de la polarización ideológica que instaura el enfrentamiento, la lucha, debe ser una evidencia resultante; nunca una alusión de partida.
    Sin embargo, aún en tal clima, jamás debiéramos dejar de esforzarnos por evitar que lo primero sea el etiquetado ideológico de los bandos en contienda. Solo debiera ocurrir, si es necesario, después de la argumentación posible de las ideas. Esto es muy importante, sobre todo porque las etiquetas parecieran que se establecen por cierta necesidad de sintetizar las actitudes y posicionamientos, en aras de la comunicación ideológica sin ambages. Pero los rótulos también suelen enrarecer los análisis entre nosotros mismos. No es menos cierto que a veces el rotulista es el mismo que luego desdeña que le llamen como se auto-nombró. El empleo de las etiquetas ideológicas menosprecia la historicidad de los argumentos y, por consiguiente, nos arrima a la superficialidad.
    Cuando nos incorporamos a un debate o enfrentamiento ya en curso debemos procurar suficiente claridad de su sustancia ideológica para evitar montarnos en cualquier “hojarasca” que nos llegue ensartada en velocidad digital. Al calor de nuestras emociones individuales necesitamos cuidarnos de ser confundidos, engañados o manipulados.
    Lo mejor sería el debate ideológico de todas las ideas que circulan en la nación. Pero plantearnos esto como premisa absoluta puede ser tan ingenuo e irresponsable como descalificar ‘per se’ tal posibilidad. Cuando un extranjero intruso de talaje imperialista se esfuerza históricamente en escamotearnos el derecho al pleno ejercicio de libertad de la Patria, el paisano que se acerque a sus posiciones, por mucha paja que ponga en el medio, anula su posibilidad de ser parte igual en el debate. Pero es menester no extender esto como presupuesto para manejar lo diferente que sí cabe en la infinita hondura de los principios que defendemos los revolucionarios cubanos, también en el contexto de los cambios que vivimos.
    Vale insistir en que se impone el ejercicio inteligente y reflexivo de la mesura, sobre todo para tratar en unidad, en todo lo posible, nuestras diferencias. En estas cuestiones hemos de “domar” la convocatoria inusitada y a veces furiosa de una red que disimula, en su delirio de inusual democracia, que en sus espacios hay determinadas relaciones de poder, que se emparentan con otros poderes tradicionales que aún la dominan. La unidad entre los iguales diferentes debe salir no solo viva, sino bien nutrida de cualquier debate o enfrentamiento ideológico.
    También conviene preguntarnos ¿por qué a veces ocurre ese empantanamiento dañino de ideas en el debate? Procurando una respuesta, debiéramos revelarnos ¿qué tópicos se muestran endebles en la estructuración de nuestra conciencia de realidad que nos llevan, con aparente facilidad, a maltratarnos y menoscabarnos en el bloque unido de los diferentes en Revolución? Sobre esos tópicos, teóricos y prácticos, debemos también reflexionar, dialogar y debatir. No para que nos hagan de “cuco” si no para ser más conscientes de la altura ideológica en que, todas las veces, debemos reafirmar nuestra voluntad de vencer también esta vez. Nos asiste como pueblo, por dignidad humana y patriótica colectiva, ese derecho.
    La red parece legitimar como de interés público toda su carga. Lo público en Revolución se gesta en la búsqueda unida de toda la justicia ahora posible. Ocurre en medio de disímiles dificultades y con perenne hostigamiento enemigo que da calidad a nuestra lucha de clases. Lo público no es un “vale todo”, sino la martiana convocatoria del “con todos y para el bien de todos” en su juntura dialéctica.
    La lucha ideológica es carente de ingenuidad y casi siempre convoca determinada política. En nuestro punto de miras debe estar el leitmotiv político de cada flujo ideológico, aunque ese no sea, en lo inmediato, el objeto de interés específico.
    En todo esto, tengamos siempre presente que nuestra gran complicación es coincidente con nuestro gran mérito: tratar de hacer una sociedad diferente en una nación subdesarrollada y haber andado en ese camino sorteando la perenne zancadilla mortífera del país más poderoso de la Tierra. Una sociedad sin las pretensiones de dignidad y justicia social para todos, como la cubana, se ahorraría una parte importante de los contenidos del debate y la lucha ideológica actual. Pero no nos es posible, en manera alguna, renunciar a dichas pretensiones. Por tanto, debemos seguir aprendiendo a crecer desde esa contienda y para ella, a partir de la más alta seriedad y responsabilidad social.
    Todos los días hemos de salir a escuchar, a decir nuestras verdades y a aprender en colectivo.

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